El Evangelio del Diablo. 2ª Parte (y final)

 

El Evangelio del Diablo. 2ª parte (y final)

¿Qué secretos revelará la noche de difuntos?




Después de empaquetar sus cosas, Salazar, algo cabizbajo y compungido salió por la puerta principal del castillo. Aún faltaban unas tres horas para el alba y no le preocupaba tener que dormir al raso. Detuvo el caballo y la mula junto a una enorme higuera con un abrevadero al lado, lugar en el que los campesinos aprovechaban para descansar durante el mediodía. Se sentó en un tosco banco de madera y para distraer su mente, sacó un pequeño libro de oraciones y se centró en sus rezos.

Al cabo de un rato, lo sobresaltó el galope de un caballo. Alzó la vista y vio un jinete solitario, galopando a toda velocidad campo a través. La luz de la luna hizo destellar durante un instante la brillante armadura del jinete.

- Manfred...- Masculló el inquisidor, siguiéndolo con la mirada.

Afortunadamente para el fraile, el vampiro galopaba en dirección contraria a su posición. “Va hacia el castillo” murmuró de repente. Salazar tenía muy pocas posibilidades, por no decir nulas, de salir airoso de un enfrentamiento con Manfred a plena noche. La primera vez había logrado sorprenderlo inundando el campo, pero no lograría sorprenderlo con ese truco por segunda vez. Sin un milagro de por medio, sabía perfectamente como terminaría un enfrentamiento entre él y el vampiro. No podía hacer nada por la chica, sería un suicidio y él tenía un cometido concreto que cumplir.

- Además.- Murmuró para autoconvencerse.- La Biblia nos enseña que aquellos que se apartan del camino de Dios caen en la oscuridad. Te di la oportunidad de renunciar a tus dioses paganos, de buscar la protección de Dios, y la rechazaste.

También quedaban las protecciones que él había puesto en algunas puertas y ventanas. No evitarían que el vampiro entrara en el castillo, ya que podría derribar la puerta principal, pero darían a la chica el tiempo suficiente para refugiarse en la capilla.

- ¡Maldita sea! No irá a la capilla, preferirá encerrarse en su maldito santuario.- Masculló instantes después cerrando el libro de oraciones y preparándose para ensillar el caballo.- Por muy hereje que sea, no es más que una chiquilla.

No tenía tiempo siquiera para preparar una mínima estrategia, tendría que confiar en su propia habilidad y en la fuerza de su fe, pero su consciencia le impedía dejar a dejar a Thalia a merced del vampiro.


Cuando llegó al castillo, la puerta de entrada estaba astillada. Como había supuesto, no había representado un obstáculo insalvable. Junto a la entrada había un enorme caballo negro ensillado. Nada más entrar en el patio, se encontró el cuerpo destripado del pobre Hans. El fiel criado había intentado enfrentarse al vampiro con un viejo trabuco que ni tan siquiera había llegado a disparar. Salazar recogió el arma, retirando con cuidado el proyectil de plomo, con una idea en mente. El ruido que escuchaba en el salón le indicaba que tal vez, no llegaba demasiado tarde. Sacó un frasco de la alforja del caballo y corrió hacia la escalera.

Subió los escalones de dos en dos, era imposible, entre su respiración acelerada y el repentino ataque de tos, que el vampiro no advirtiera su presencia. Pero le era indiferente, sólo confiaba en darle a Thalia el tiempo necesario para escapar.

Manfred estaba en un extremo de la recia mesa del comedor, jugando al ratón y al gato con la chica. Thalia, en el otro extremo, blandiendo su espada de doble puño intentaba mantener la distancia con el vampiro. La chica tenía un corte en el brazo y su camisón manchado de sangre. El vampiro tampoco estaba ileso, sorprendentemente, tenía un feo corte en el rostro, cerca del ojo, que no cicatrizaba con la rapidez que debería. Tal vez ambos habían subestimado la habilidad de la chica con la espada.

- Un inquisidor acudiendo en defensa de una hereje.- Masculló Manfred cuando lo vio entrar.- Y yo que pensaba que había perdido tu favor.

Había algo en las palabras del vampiro que infundieron coraje a Salazar. Manfred había esperado a que él saliera del castillo para atacar a Thalia. El no-muerto sentía respeto por el inquisidor y quería evitar un enfrentamiento directo con él. Sin mediar palabra, apuntó al vampiro con el trabuco y disparó.

- ¡Thalia!- Le gritó.- Enciérrate en la capilla y no salgas hasta el amanecer.

El vampiro ni tan siquiera intentó esquivar el tiro. El cañón del trabuco le apuntaba al torso, su coraza de acero lo protegería de cualquier proyectil de plata o plomo que disparara. El fraile estaba tan desesperado por apartarlo de la chica que ni tan siquiera intentó apuntar a la cabeza. Justo cuando empezaba a burlarse del inútil tiro del inquisidor, su rostro torció una mueca de dolor.

Entre las rendijas de su armadura, en su cuello y en su rostro empezaban a salir pequeñas volutas de humo. De reojo Salazar vio como la chica escapaba por la puerta en dirección a las escaleras interiores. Sin darle tiempo a reaccionar, acometió al vampiro espada en mano.

Manfred desvió sin problema la cuchillada que el fraile lanzó a su cabeza, todo su cuerpo le ardía como si se consumiera por dentro. Tardó unos segundos en asimilar algo, cuando el trabuco disparó, no escuchó el impacto de ninguna bala.


- ¿Qué me has disparado, sacerdote?- Bramó mientras acometía con fuerza blandiendo su espada con guarda de cesta.

- Aceite sagrado.- Respondió con una sonrisa en el rostro.- El mismo que se usa en los bautizos, lo vertí dentro del cañón del arma.

La detonación del trabuco proyectó el aceite en infinidad de minúsculas gotas como si fueran perdigones. La mayoría impactaron, de forma inocua, en la coraza del vampiro. Pero otras muchas se deslizaron entre las aperturas de su armadura, o le dieron de lleno en el rostro. No lo matarían, pero le causarían el suficiente dolor para que no pudiera combatir la cien por cien.

Pese a todo, el inquisidor seguía estando en clara desventaja. Su rival era mucho más fuerte y rápido. Y su espada de plata nunca lograría atravesar su fuerte coraza, sólo un milagro le permitiría herir al vampiro en su único punto vulnerable, la cabeza.

Esquivando a duras penas un fuerte corte que lo habría partido por la mitad, Salazar rodó por debajo de la mesa. Con una fuerte patada, el vampiro volteó la mesa, arrojándola contra la puerta que daba acceso al patio interior.

Aprovechando que el fraile estaba medio incorporado, el vampiro se arrojó contra él. En un desesperado movimiento, Salazar se dio la vuelta, desviando a duras penas una estocada dirigida a su abdomen. Intentando levantarse, el fraile se defendía como podía de las frenéticas acometidas del vampiro. Y entonces, sucedió. Por primera vez en su carrera como cazador de vampiros, Salazar vio como su espada se le escurría entre los dedos. La espada de plata salió despedida hacia el techo, cayendo detrás de Manfred. Aprovechando que el no-muerto, creyéndolo indefenso, había detenido su acometida, sacó de su hábito un crucifijo y una biblia que interpuso ante su rostro.

- Esta luz resplandece en las tinieblas.- Gritó, forzando a Manfred a detenerse.- Y las tinieblas no han podido extinguirla.

La presencia de un crucifijo o cualquier otro objeto sagrado, causa en un vampiro el mismo efecto que el fuego ante un animal salvaje. Su contacto lo quema, y su instinto le previene de acercarse. Aún así, de la misma forma que una hoguera no detendrá a un lobo famélico, un crucifijo no es un obstáculo insalvable para un vampiro lo suficientemente furioso como para sobreponerse al temor que siente ante el objeto sacro.

- ¿Crees que eso va a detenerme?- Le dijo con los ojos hinchados de rabia.

- ¿Por qué quieres esa maldita sábana?- Inquirió el fraile, incorporándose, sosteniendo con una mano el crucifijo y la biblia frente a su rostro.

- De la misma forma que en tus malditos libros hay palabras que te infunden poder.- Murmuró el vampiro, dando pequeños pasos alrededor del inquisidor, buscando el momento para abalanzarse sobre él.- Hay palabras impías que podrían acabar con tu maldita iglesia. Esa guerra que azota Europa está demostrando que otra interpretación de tus escrituras es posible. Ahora imagina el conocimiento que pueden albergar esas palabras, dictadas por el propio Satanás… Suficientes para arrasar tu iglesia hasta los cimientos… Esa sábana contiene invocaciones que te harían perder la cordura, sacerdote… Con ellas puedo traer a este mundo a un demonio del Averno y someterlo a mi control… Con él a mi lado...

- ¿Quieres convertirte en profeta?- Se burló Salazar, calibrando sus opciones.- ¿Profeta de quién?

- ¿Aún no lo ves?- Respondió el vampiro.- La guerra está matando Europa, sin campesinos jóvenes, los campos se mueren. Sin cosecha, los ancianos y los niños mueren de hambre… Estás asistiendo al triunfo de la muerte… Sólo necesito unas palabras que me permitan asentar los cimientos de una nueva fe… Una fe para los muertos y quiénes se postren ante nosotros… Esa sábana contiene el evangelio del diablo. Lo que Juan tanto temía cuando escribió su Apocalipsis… Traeré al Anticristo a este mundo y con ello me convertiré en líder entre los vampiros. Incluso los más ancianos no tendrán otra opción que someterse a mi voluntad.

- ¡Te equivocas!- Gritó Salazar, mirando de reojo su espada, a pocos pasos de él .- El Apocalipsis vaticina el triunfo de la Fe Verdadera. Aunque consigas la sábana, tu intento de crear una nación de vampiros está condenado al fracaso. ¡El Papa convocará una cruzada y toda la cristiandad responderá como un sólo hombre!

- ¿El Papa?- Se burló el vampiro.- Tu iglesia no tiene influencia alguna, desacreditada por luteranos, anglicanos y calvinistas. Tu fe está quebrada, en cambio nosotros seremos legión.

- ¡Dios no lo permitirá!

- Reza lo que sepas, porque tu no verás ese final, sacerdote.- Bramó Manfred haciendo un saludo con su espada.- Esa conversación no tiene ningún sentido.

- Sí que lo tiene.- Replicó Salazar con una sonrisa en el rostro mientras escuchaba unos pasos apresurados subiendo la escalera.- Darle tiempo a esa chica testaruda para que coja mi arcabuz.

El vampiro se dio la vuelta justo en el momento en que Thalia apareció por el extremo opuesto del salón. A esa distancia era imposible fallar el tiro. Salazar ya se había lanzado contra el suelo, en busca de su espada. Desde la posición en la que estaba el vampiro, si esquivaba el tiro, se encontraría con el filo de la espada de plata. Espada que ya se dirigía contra la cara interna de su muslo, desprotegida por la armadura. Y sus reflejos estaban mermados por el aceite que aún quemaba su piel. En el mismo instante en que el arcabuz tronó, se escuchó el estruendo de la armadura y la espada de Manfred cayendo al suelo, mientras una densa neblina se formaba en el salón.


- ¡No lo pierdas de vista!- Le gritó el inquisidor al ver que la niebla se dirigía hacia las escaleras.- ¡No puede huir por las ventanas!

Espada en mano, Salazar corrió escaleras arriba, de su hábito sacó un frasco con agua bendita. Tan pronto como el vampiro volviera a transmutar en su forma física, le arrojaría el agua bendita y ahora sí, sin su armadura, lo atravesaría limpiamente con una estocada.

Escuchó un alarido cuando la niebla golpeó una de las ventanas de la biblioteca. Intentando barrarle el paso, el fraile trazó una cuchillada con su espada dirigida a la niebla, que se escurrió en dirección a la puerta entreabierta que conducía a los aposentos de Thalia. Corriendo con toda la fuerza que le daban sus piernas, el fraile entró como una exhalación en la habitación de la chica. Estampó el frasco contra la ventana en el mismo instante en que la niebla se escurría a través de ella.

- ¡Maldita sea!- Gritó frustrado, propinando una patada a un grueso baúl.

- ¿Ha escapado?- Preguntó con un suspiro la chica a su espalda.

- Te lo dije.- Le reprochó.- Tus malditas protecciones no sirven de nada contra un vampiro.

- ¿Por qué has vuelto?- Le dijo mirándolo a los ojos.- ¿Por qué te has jugado la vida por una hereje a la que desprecias?

Salazar respiraba agotado. Lo cierto es que no tenía una respuesta clara a esa pregunta.

- Podría volver. Y aún quedan un par de horas para el alba. Será mejor que ahora sí que me hagas caso y pases las últimas horas nocturnas en la capilla.

- ¿Cómo sabías que iría a buscar tu arcabuz?- Le preguntó Thalia.

- Vi el valor en tus ojos mientras te enfrentabas a Manfred. En lugar de huir, le plantaste cara.- Respondió el inquisidor.- No te quedarías encerrada en un sitio seguro mientras otro se juega la vida por ti.

El fraile bajó hasta el patio, a sacar varios frascos con agua bendita de las alforjas de la mula. A su espalda escuchó los pasos de Thalia.

- Descansa.- Le dijo.- Yo me ocuparé de dar sepultura a Hans. Y además, tengo otros preparativos que hacer.

La chica estaba demasiado agotada como para protestar. Además la herida de la cabeza sangraba profusamente, así que regresó escaleras arriba.

Con sus dos pistolas amartilladas, esparció agua bendita por la armadura y la espada del vampiro, tiradas en el salón, y dejó una ostia consagrada encima. De ese modo ya no podría volver a usarlas. Sin su espada y su pesada armadura, Manfred sería un enemigo mucho más manejable.

Sin bajar la guardia un instante, sacó el cadáver del pobre criado con ayuda de una carretilla y lo enterró junto a la entrada. Con una tosca cruz de madera marcó su sepultura y recitó una breve oración de difuntos.

Subió arriba y ni tan siquiera le pasó por la cabeza dirigirse a la capilla. Entró en la alcoba de Thalia y bajó las escaleras que conducían a su pequeño santuario y laboratorio.

- Daba por supuesto que no irías a la capilla.


Ruborizado, el fraile se dio la vuelta nada más verla. Thalia tenía el camisón levantado por encima de su cintura, y se estaba vendando un corte en el vientre. A su espalda escuchó la risita de la chica.

- La ayuda espiritual es importante.- Replicó ella.- Pero si no trato bien mis heridas, podría morir por la infección. Supongo que no puedo pedir que me ayudes a vendarlas ¿verdad?

El fraile refunfuñó algo que ella interpretó como un “no”.

- Gracias.- Le dijo finalmente.- Por haber venido… Gracias por salvarme la vida.

- Era mi obligación.- Respondió él, entrando en la estancia evitando fijar la mirada en ella, que aún estaba ocupada vendándose.- ¿Qué clase de cazador de vampiros sería yo si hubiera permanecido impasible?

- Yo creo que me tienes más aprecio del que estás dispuesto a admitir.- Dijo ella volviéndose a acomodar el camisón..- Ya puedes girarte.

- Miquel Servet...- Observó Salazar mientras hojeaba un detallado tratado de medicina que había en un estante.- Y tienes otro de Ambroise Paré.

- La anciana que me instruyó era muy sabia y letrada.- Le dijo la chica sacando otro grueso volumen.- Hace años me legó todos sus libros, algunos otros me los compró mi padre. Gracias al conocimiento adquirido, puedo tratar con eficacia las heridas físicas… Y también elaborar algo para tus ataques de tos, que por cierto, te dejaste aquí mi brebaje.

- La herida de la otra noche…

- Hiciste un buen trabajo vendando mi hombro.- Dijo ella.- Pero aún así, después de encerrarme en mi alcoba bajé aquí para elaborar un cataplasma que protegiera contra la infección y favoreciera la regeneración del músculo. La mayoría de los remedios que elaboro tienen como base el azufre, ese mineral, que la gente de fe asociáis con el diablo, tiene muchas propiedades.

Salazar ahora contemplaba con otros ojos el contenido de aquella estancia, aunque el símbolo que la presidía no dejaba de causarle escalofríos.

- El Splendor Solis.- Continuó Thalia mostrándole un grueso volumen.- Es uno de los mejores tratados de alquimia que se han escrito, y tengo también otro muy útil, de Nicolas Flamel. Dales una hojeada y juzga si realmente merezco la hoguera por lo que hago aquí.

El fraile se acercó a un pequeño matraz que contenía un polvo blanquecino. Lo examinó detenidamente, oliendo su contenido.

- Nitrato de plata.- Le explicó Thalia.- Es difícil de obtener. Desde que el vampiro apareció por estas tierras paso casi todo el día encerrada en ese laboratorio, intentando crear alguna arma que pueda destruirlo. Creí que el nitrato de plata podría tener alguna utilidad contra los vampiros.

- ¿Cómo cual?- Preguntó intrigado.

- Se disuelve bien en el agua.- Respondió la chica.- Pensé elaborar con ello alguna especie de veneno. Aunque no veo como podría llegar a administrárselo, el único tratado de vampirismo que tengo dice que no les gusta el agua.

- Vino.- Dijo el fraile.- Mezclado con vino podría servir. Hace años probé algo mucho más simple y eficaz. Bendecí las barricas de vino destinadas a un banquete, cuando los no-muertos empezaron a beber…

- Me hubiera gustado verlo.- Dijo Thalia con una sonrisa.

Extrañada, vio como Salazar adoptaba una expresión mucho más sombría, ella quiso preguntarle más detalles al respecto pero dedujo que era un tema sensible para él. Se quedó unos instantes contemplando fijamente el matraz con el nitrato de plata.

- ¿Y eso?- Preguntó el fraile acercando a la luz del candil una esfera de cerámica. Abriéndola observó que contenía un espeso y pestilente líquido negro.

- ¡Cuidado con eso!- Le advirtió ella, sujetando con fuerza su mano, apartándola del candil.- Es algo que yo llamo “aliento de dragón”, aunque en Bizancio era conocido como “fuego griego”.

- Creí que esa fórmula se había perdido.- Murmuró Salazar, asombrado.

Thalia había logrado dar con la fórmula en la que muchos alquimistas habían dedicado años y años de estudio. Encontrando el modo de reproducir esa arma que en las crónicas griegas y bizantinas tenía el poder de destruir una flota entera.

- Simplemente tuve que leer entre líneas.- Le dijo ella, quitándole la esfera de las manos.- Ver lo que faltaba en los estudios de quiénes lo habían intentado antes. Flamel detalla en su tratado, diez formas fallidas de elaborar el fuego griego. Simplemente, mediante prueba y error, fui testeando con los elementos que él no llegó a experimentar.

El fraile hojeaba, completamente absorto, las decenas de páginas y notas manuscritas por la chica. Recetas de todo tipo de pócimas y ungüentos medicinales, fórmulas alquímicas, para el abono de campos, para purificar el agua contaminada, para tratar las epidemias de las hortalizas… Thalia tenía razón en algo, si aquello lo hubiera escrito un varón, su nombre sería digno de pasar a la historia.

- Quiero pasar la noche aquí.- Le dijo ella, rompiendo el silencio tras varios minutos.- Sé que no puedo pedirte que te quedes conmigo... De hecho sería totalmente impropio de una mujer honrada si lo hiciera… Pero no quisiera dormir sola… Al menos hasta el alba.

- Anoche me dijiste que…

- Sigo sin confiar en los hombres.- Dijo ella con firmeza.- Pero contigo creo que puedo hacer una excepción. Te acabas de jugar la vida por salvarme, sin que nada te obligase a ello.

De reojo, Salazar contempló el símbolo pagano de la pared. Cada vez más convencido de que se había precipitado al juzgarla. ¿Quién era él para darle lecciones de nada? La chica no había tenido una infancia fácil, y su único consuelo habían sido esos símbolos impíos en los que creía encontrar protección. Igual que aquellas pobres mujeres sobre las que años atrás se compadeció en Navarra cuando una turba de aldeanos iba a quemar en la hoguera.

- Sin que sirva de precedente.- Suspiró finalmente, agachándose en un rincón junto a la puerta.- Y sólo porque hay un vampiro por los alrededores. Me quedaré junto a ti, velando por tu sueño.

- Gracias.- Susurró Thalia, tumbándose en el suelo y cubriéndose con una vieja manta.


Salazar, con las dos pistolas amartilladas sobre el regazo intentó mantener una atenta guardia. Aún así, no recordó en que momento, vencido por el cansancio, se quedó dormido. Cuando se despertó, se encontró a Sax, el gato negro, durmiendo entre sus piernas ronroneando. Apartando al animal se levantó alarmado, su preocupación no disminuyó ni tan siquiera al ver los rayos de luz en el hueco de la escalera mientras subía. Sólo se tranquilizó cuando, al llegar a la alcoba de la chica, escuchó sonidos procedentes del patio.

Thalia se encontraba completamente centrada en sus ejercicios con la espada. Una y otra vez repetía sin descanso los movimientos aprendidos de los tratados que había leído en la biblioteca del castillo. Tan absorta estaba que no escuchó los pasos de Salazar bajando por las escaleras.

- No juntes tanto los pies.- Le dijo el fraile, acercándose a ella.- Y relaja más la postura, que tus movimientos sean fluidos, no bruscos. Herida como estás, tampoco deberías forzarte tanto, aunque supongo que eres demasiado cabezota para entenderlo.

Thalia dejó que Salazar se situara a su espalda y sujetara sus brazos, guiando sus movimientos. Enseñándole a encadenar varios golpes seguidos de forma fluida y a la vez colocar su espada de forma que le ofreciera la máxima protección. Mientras hacía girar la espada, las mangas de su camisón se arremangaron y las manos del fraile rozaron la suave piel de sus brazos. Salazar enseguida se apartó de ella.

- ¿Nunca has estado tan cerca de una chica?- Le preguntó al ver su expresión ruborizada.

- Sólo con mi prima.

- Vaya vaya.- Dijo deteniendo su ejercicio, malinterpretando las palabras del fraile.- Y yo que pensaba que tu eras un hombre de moral intachable.

- No te confundas.- Replicó él, algo molesto por sus palabras.- Valeria es, era… Da igual, no quiero hablar de ello.

- ¿Y por qué no?- Inquirió Thalia, apoyándose en la pared.

- Entre nosotros pasó algo que me acongoja y avergüenza a partes iguales… Y no, no es lo que estás pensando.

- Pues por el tono de tus palabras.- Dijo ella cruzando las manos sobre el pecho.- Parece justamente lo que estoy pensando. ¿Por qué tantas reservas? Yo te lo conté todo sobre mi, y en cambio…

- Valeria era mi prima, falleció hace años. Fracasé como un idiota, justo cuando ella más lo necesitaba, llegué demasiado tarde… ¿Cuestión de minutos, horas, segundos? Nunca lo sabré, sólo sé que debería haberla salvado... No pude salvar ni siquiera su alma… Tampoco tengo una sepultura en la que pueda rezar por ella.

- ¿Un vampiro?- Apuntó ella en un tono mucho más compasivo.

Salazar asintió con la cabeza.

- La consumió durante semanas. Cuando destruí al no-muerto, ya era tarde para ella, había sido convertida. Valeria me imploró que la destruyera, pero fui incapaz de hacerlo, condenando con ello su alma y la mía.

- ¿Es ese el pecado que me dijiste que te avergüenza?

De nuevo, el fraile respondió con un movimiento de cabeza.

- Creo que eres demasiado duro contigo mismo.- Dijo Thalia acercándose a él.- Mataste al monstruo que la convirtió, y a ella le perdonaste la vida, le diste la oportunidad de…

- ¡Dejé libre a un monstruo!- Replicó Salazar dándole la espalda.- Un monstruo que viste la piel de Valeria. Caí en la compasión, algo en lo que nunca debe caer un cazador de vampiros. Fui incapaz de destruirla cuando tuve la oportunidad. Le fallé en todos los sentidos.

- A Valeria… ¿La llegaste a conocer bien? ¿Confiarías ciegamente en ella?

- Por supuesto.- Respondió el fraile sin vacilar, girándose para mirarla a los ojos.- Eramos casi como hermanos, yo era la única persona con quién no tenía secretos.

- A lo mejor.- Apuntó Thalia con cautela.- Aunque haya cambiado, aún queda algo de Valeria dentro de ella. Me refiero a que no necesariamente tiene porque ser como Manfred.

- Todos los vampiros que he conocido son impíos y sanguinarios. Ninguno merecía ningún tipo de compasión ni salvación.

- Salvo Valeria.- Interrumpió Thalia.- A ella la perdonaste.

- No hay día que me arrepienta de ello.- Replicó él, zanjando la conversación.- Y por favor, agradecería que no insistieras más.

- Una antigua espada templaria.- Dijo Salazar para cambiar de tema, contemplando detenidamente la espada de doble puño de Thalia.- Eso explica porqué el corte que hiciste en el rostro de Manfred no cicatrizó al instante.

Con un gesto, la chica le indicó que la tomara. El fraile sostuvo la espada de acero con una cruz paté gravada en el pomo. Los gavilanes completamente horizontales le daban el aspecto de una alargada cruz.

- In hoc signo vinces… Con este signo vencerás.- Dijo recitando la inscripción de la hoja.- Reniegas de la Fe, pero luchas bajo la cruz. Esta arma está bendecida, aún siendo de acero, dañará a un vampiro, aunque por si sola no lo destruirá. Los Templarios nunca llegaron a dominar la forja de la plata, y en su defecto, combatían a los no-muertos con estas espadas. Buscaban cercenar brazos y piernas con ellas y una vez tenían al vampiro indefenso, atravesaban su corazón con una estaca de madera.

Cuando se la devolvió, Thalia hizo un gesto hacia la espada de plata que ceñía el inquisidor. No sin cierto reparo, el fraile la sacó de la vaina y se la entregó. La chica enseguida se sorprendió por la ligereza del arma. La espada del fraile era muy distinta a la suya, diseñada para blandirse con una sola mano, disponía de una cazoleta y unos recios gavilanes que ofrecían al espadachín la protección de un pequeño escudo.

- Forjada íntegramente en plata bendecida.- Le explicó mientras le enseñaba como blandirla.- Atraviesa el no-muerto como si fuera mantequilla, si logra sobrevivir, le dejará un bonito recuerdo.

- Deberíamos buscar a Manfred, ahora que es de día.- Le dijo devolviéndole la espada.- Aprovechar ahora que…

- Manfred Bathory tiene más de seiscientos años.- Le explicó el fraile.- En esta zona hay infinidad de recovecos dónde podría esconderse. Encontrar a un vampiro durante el día, salvo que se conozca de antemano su lugar de descanso, no es tan fácil como parece… Tu padre lo intentó, y eso que se conocía la zona…

El fraile calló al ver la tristeza reflejada en los ojos color perla de Thalia.

- Si encontramos esa maldita sábana, daremos también con el vampiro, de un modo u otro. Y, lamento decir que tampoco tengo ninguna pista al respecto.

- Yo…- Balbuceó tímidamente la chica.- Conozco a alguien que podría ayudarnos… Pero tendría que ser esta noche… Es noche de difuntos y la frontera que separa el mundo de los vivos del de los muertos se vuelve algo difusa, en esa noche se puede…

- ¡Pamplinas!- Interrumpió él.- Esta noche es para santificar a quienes nos han precedido. Olvídate de herejías y rituales paganos.

- Te estoy ofreciendo una oportunidad.- Replicó ella con aplomo.- Tu lo has dicho, tu investigación está en un callejón sin salida, todo lo que podías averiguar en Selestat ya lo has hecho. Y seguramente Manfred también está igual que tu. Si no ha encontrado aún la sábana es porque las respuestas no están dónde creéis. Te estoy hablando de ir a visitar a una persona sabia y anciana. Tal vez ella tenga respuesta a alguna de tus preguntas.

- ¿A quién?- Preguntó Salazar, intrigada.

- A mi maestra.- Respondió ella, orgullosa.- ¿A quién sino?

Salazar resopló, antes de que pudiera abrir la boca para protestar, Thalia se le adelantó.

- ¿Qué perdemos por intentarlo? Yo he confiado en ti, ¿por qué no puedes confiar en mi durante una noche?

- Porque eres una…

- ¿Hereje?- Concluyó ella con voz apagada.- ¿Eso es todo lo que importa para ti, verdad?

- Está bien.- Resopló finalmente.- Vayamos a ver a tu maestra. Supongo que es mucho pedir que vayamos de día, ¿verdad?

- Tiene que ser de noche.- Respondió ella.- Ya entenderás el porque.


Al atardecer.

Salazar y Thalia estuvieron todo el día haciendo preparativos, con un vampiro rondando, el inquisidor quería salir lo más preparado posible. Cargaron la mula y el caballo con todas las armas que disponían, incluidos varios frascos y odres llenos de agua bendita. Thalia por su parte, salió de su pequeño laboratorio cargando un zurrón y con dos esferas de cerámica en ambas manos. Salazar se fijó que ambas esferas tenían adherida una especie de llave de chispa muy similar a la de una pistola.

- Llevo trabajando en este artefacto desde que el vampiro asesinó a mi hermano.- Le dijo mientras introducía ambas esferas, con sumo cuidado, en las alforjas de la mula.- No lo he llegado a probar, espero que funcionen.

Mientras el inquisidor aseguraba que las armas estuvieran a punto, la chica se entretuvo en sacar de la despensa un par de grandes calabazas. El fraile la observó atentamente mientras ella les hacía un corte en la parte superior, les vaciaba la pulpa, y tallaba en ellas algo parecido a un rostro humano. A continuación, encendió un par de pequeñas velas en los orificios que representarían los ojos.

- ¿Qué clase de herejía es esa?- Preguntó él.

- Para ayudar a los difuntos a encontrar sus hogares.- Respondió la chica.- Hans descansa junto al castillo, pero enterré a mi padre y mi hermano algo más lejos. Simplemente quiero asegurarme que sus almas encuentren el camino a casa esta noche.

- Eso es absurdo.- Masculló el fraile.- Esa noche lo que se debe hacer es ofrecer una misa para los difuntos y…

- Por favor.- Le imploró ella.- No cuestiones mis creencias, esta noche no, por favor.

El fraile calló, y dejó que la chica colocara las dos calabazas frente a la entrada del castillo. Tenía que ser duro perder a todos sus seres queridos en cuestión de semanas. La muerte de Hans había dejado a Thalia completamente sola, por una vez, el inquisidor decidió hacer la vista gorda con las prácticas paganas.

Los últimos rayos de sol empezaban a ocultarse pero Thalia aún se negaba a partir. Llevaba un buen rato buscando a Sax, el gato. Cuando finalmente lo encontró lo sujetó en brazos y lo puso dentro de su zurrón. El animal al principio maulló, molesto, pero enseguida pareció acostumbrarse a ese medio de transporte.

- Los gatos ven cosas invisibles para el resto de mortales.- Dijo ella por toda explicación.


Salieron del castillo y se internaron en el camino que conducía al bosque. En medio de los campos, brillaban pequeñas luces.

- Las almas de los difuntos, que esa noche salen para encontrarse con los vivos.- Observó Thalia.- En otros lugares los llaman fuegos fatuos.

- No es más que la combustión de materia en putrefacción.- Replicó Salazar.- Como indicaste el otro día, bajo estos campos yacen cientos de cadáveres de una batalla no muy lejana. Añade a eso toda la cosecha podrida y obtienes bolsas de gas inflamable. Es algo completamente natural y explicable.

- No todo tiene una explicación racional.- Añadió la chica, adentrándose en el bosque.

Salazar caminaba con cautela, sujetando el arcabuz, atento a la infinidad de sonidos de la noche. El crujir de las ramas retorcidas de los árboles, el ulular de algún búho, el correteo de un zorro… Tras cada sombra el inquisidor creía ver un par de ojos brillando, acechando. A Thalia el ronroneo de Sax la tranquilizaba, y para el inquisidor también era algo favorable. Seguramente el gato, con sus agudos sentidos sería el primero en advertir la presencia del vampiro. Tal vez no había sido mala idea llevarlo con ellos pensó el fraile.

La única iluminación de que disponían era un farolillo que Thalia sujetaba con el brazo extendido y que a duras penas alumbraba un círculo de cinco metros a su alrededor. Si Manfred les tendía una emboscada, no lograrían reaccionar a tiempo.

- ¿Qué demonios?- Preguntó la chica al ver como el farolillo proyectaba unas sombras alargadas en medio de un claro en el bosque.

- Sujeta esto.- Le dijo el inquisidor mientras le tendía el arcabuz a la chica y cogía el farolillo.- Si sientes algo que se mueve, dispara sin dudar.

Con la lámpara en una mano y una pistola amartillada en la otra, se acercó con cautela. Entre la hierba había manchas oscuras esparcidas por doquier. Había cajas tiradas por el suelo, jarras de vino, incluso restos de una hoguera apagada con un caldero enfriado encima.

- Esta sangre es de hace una noche.- Indicó el fraile poniendo la palma de la mano sobre una mancha oscura sobre la hierba.

Entre los objetos esparcidos por el suelo, encontró un arcabuz partido por la mitad, así como el asta de una alabarda y un par de espadas rotas.

- Es el grupo de lansquenetes a los que ayer se les impidió el paso a Selestat.- Observó.- Algo les atacó mientras estaban acampados, no tuvieron ninguna oportunidad… Supongo que, hambriento y furioso, se lanzó sobre ellos después de huir del castillo.

- ¿Y dónde están los cadáveres?- Apuntó la chica a su espalda con voz algo asustada.

- Sigamos.- Respondió el inquisidor tirando de las riendas del caballo y la mula.

- Con esta luz, nos verán a kilómetros de distancia.- Dijo la chica.- Es noche de luna llena, tal vez sería mejor que nos guiáramos por la luz de la luna.

- Sin el fanal, también detectaría nuestra presencia.- Añadió Salazar.- Un vampiro ve de noche con total claridad, y si no nos viera, el latido de nuestros corazones, o nuestro olor corporal revelaría nuestra presencia.

- Genial.- Suspiró ella.- Ahora me dejas mucho más tranquila.


Thalia guió al fraile a través de la espesura, apartándose del camino, se internaron en un antiguo robledal poblado por enormes y retorcidos árboles cubiertos de musgo y liquen cuyas ramas ocultaban la luz de la luna. El aullido de un lobo sobresaltó al inquisidor, no así a la chica.

- Los lobos son sus animales protectores.- Le indicó.- Estamos cerca.

- Un vampiro poderoso como Manfred tiene control sobre los animales nocturnos.- Replicó el inquisidor apuntando con la pistola hacia dónde se escuchaban los lobos.- Puede convocarlos a voluntad.

- En ese rincón del bosque no.- Insistió Thalia, que aún sujetaba el arcabuz.- Obedecen a mi maestra como un perro a su amo, ningún vampiro los someterá a su voluntad. Sigamos.

Los arbustos y helechos dieron paso a un pequeño camino de piedras que conducía a un pequeño claro en el que había lo que parecía un enorme y antiguo dolmen en cuyo interior se apreciaba algo de luz.

- Déjame hablar a mi primero.- Dijo Thalia, deteniendo al inquisidor a mitad del claro y avanzando hacia el interior del dolmen.

Salazar estuvo varios minutos de pie, escudriñando las sombras alrededor del claro. Escuchaba los aullidos y gruñidos de una manada de lobos que ponía nerviosos a la mula y el caballo. Aquello cada vez le gustaba menos. Thalia volvió a salir, interrumpiendo sus pensamientos.

- Dice que puedes pasar, pero debes dejar afuera todas tus armas y objetos religiosos.- Le dijo mientras a su vez ella se desprendía de la espada que llevaba a su espalda.

- ¿Estás loca?- Le susurró el fraile.- ¿Olvidas que aquí fuera hay un vampiro muy furioso con nosotros?

- El caballero rojo no se atreverá a profanar este lugar.- Dijo una firme voz femenina procediendo del interior del dolmen.- Manfred Bathory siente respeto por las fuerzas a las que yo represento. Aquí estaréis a salvo.

- ¿Y qué se supone que representa ella?- Le susurró a Thalia, desconfiado.- Tu haz lo que quieras, pero yo no pienso…

- Tu Dios aquí no es bienvenido.- Volvió a hablar la voz femenina.- Otras fuerzas, mucho más antiguas protegen este lugar. Has venido con total libertad, y libre eres también de marcharte. Pero si deseas entrar, lo harás bajo mis condiciones.

“Ya que hemos llegado hasta aquí” parecía indicarle Thalia con un gesto “ahora no es momento para hacernos atrás. Yo confío en ella, ¿confías tu en mi?”

A regañadientes el inquisidor se desprendió de sus dos pistolas y las dejó junto a la entrada del dolmen. Aún más a regañadientes, se desprendió de su espada, una biblia, varios pergaminos y todos los objetos sagrados que llevaba entre su vestimenta.

- ¿Se supone que también debo quitarme el hábito?- Preguntó con cierta sorna.

Ignorando su pregunta, Thalia entró en el dolmen. Con un bufido, el fraile la siguió. Antes de entrar, dio un último vistazo alrededor, no le gustó nada ver decenas de ojos brillando en la oscuridad. Estaban rodeados de una jauría de lobos.


El interior del dolmen parecía una cueva. Era una cavidad de unos diez metros cuadrados, excavada bajo el nivel del suelo y cubierta por las enormes losas de piedra del megalito. En su interior había todo tipo de frascos, cuencos y potes con todo tipo de hierbas, minerales y animales disecados la mayoría de los cuales el fraile no logró identificar. Del techo colgaban también plumas de ave, lagartijas secas, zarpas de rapaces, colmillos de jabalí…

Alrededor de una pequeña hoguera que daba luz y calentaba el ambiente había sentada una anciana mujer de baja estatura. La mujer tanto aparentaba tener noventa años como novecientos, con el pelo completamente blanco, el rostro cubierto por infinidad de arrugas y unas manos pequeñas y callosas.

- ¿Lo tienes?- Le preguntó la mujer a Thalia, ignorando por completo al inquisidor.- Será nuestro único talismán protector.

Por toda respuesta, la chica sacó a Sax de su zurrón y se lo entregó a la anciana. La mujer acurrucó al gato entre sus piernas, acariciándolo, era obvio por su ronroneo que la anciana no le era desconocida.

- Los gatos se mueven entre ambos mundos y su bufido ahuyenta a la mayoría de espíritus. Aún así, el ritual no estará exento de peligros.- Explicó la anciana.- ¿Estáis seguros de lo que queréis hacer? Adentrarse en su mundo es...

- Queremos obtener respuestas.- Respondió Thalia antes de que Salazar pudiera abrir la boca.- Respuestas que sólo los muertos tienen.

- Necesitaremos algo que atraiga a la persona que queréis convocar.- Dijo la anciana.

Thalia entonces sacó de su zurrón un fleco de finos cabellos quebradizos. Al fraile no le hizo falta pensar mucho para deducir que eran de la pobre mujer asesinada en el sótano de los Kramer.

- Los espíritus sólo os mostrarán lo que quieran que veáis. Nada más. Ellos no siempre tienen las respuestas que se buscan, y muchas veces no saben como transmitirlas.

- Esto es una pérdida de tiempo.- Bufó el fraile, incómodo.- Thalia dijo que vos podíais tener las respuestas que buscamos.

- ¡Pues entonces, vete!- Le espetó la anciana.- Tu presencia aquí no es grata. Si permito tu presencia es únicamente porque ella ha insistido, nada más. Y no, no tengo respuesta para lo que buscas, soy anciana, pero no tanto.

Salazar frunció el ceño pero permaneció allí. La posibilidad de adentrarse de nuevo en el bosque le inquietaba tanto como aquella misteriosa mujer.

- Cuando comience el ritual.- Dijo.- Veréis cosas que os desconcertarán, cosas que tal vez no deseáis ver. No interactuéis con ellos, y sobretodo, no les toquéis y ellos os ignorarán. De lo contrario, podríais perder algo más que vuestra cordura.

La mujer agarró un cuenco de madera con un oscuro brebaje dentro y se lo tendió a Salazar. El fraile dirigió una mirada dubitativa a Thalia.

- El jugo de mandrágora te ayudará a abrir la mente.- Le dijo la anciana.- Thalia ha sido bendecida por los antiguos dioses, y yo soy su sacerdotisa, no lo necesitamos. Tu fe en cambio, interfiere en las energías que vamos a convocar.

Salazar fue a protestar, pero la mirada de Thalia lo hizo callar. Contempló el contenido del cuenco durante unos instantes, era plenamente consciente de que le estaban administrando algún tipo de narcótico. Volvió a mirar a Thalia, ella confiaba en esa mujer, la cuestión era si él confiaba lo suficiente en la chica. “Considéralo una prueba de fe” se dijo a si mismo mientras se acercaba el cuenco a los labios “una prueba de fe en las personas”. El sabor era amargo y le quemaba la garganta, aún así, se lo bebió todo de tres largos tragos.

- Ayúdame a recitar la letanía.- Escuchó que la anciana le decía a Thalia, mientras arrojaba los cabellos al fuego.

Su mente empezó a nublarse, su visión se volvía borrosa y un hormigueo recorría de arriba abajo todo su cuerpo. Vio como la mujer lanzaba algo en el fuego, algo que causó una deflagración verdosa. Luego ambas mujeres empezaron a entonar una salmodia en un idioma totalmente desconocido para él.

Entre la húmeda tierra empezó a brotar una densa niebla, finos tentáculos que parecían de seda rodearon su cuerpo. Su tacto frío le causaba escalofríos, decenas de tentáculos blanquecinos inmovilizaban a Thalia y la anciana, como zarcillos espectrales.


De la hoguera vio emerger a un grupo de caballeros con antiguas armaduras, espectros muertos hace tiempo y que reproducían su último combate al interior del dolmen. Vio también a un grupo de campesinos escuálidos, fallecidos durante una hambruna. Finalmente vio a un chico de unos diez años, llevando de la mano a otro más pequeño, sin duda su hermano a juzgar por sus rasgos.

Ellos dos fueron los únicos espectros que se quedaron quietos. Miraron fijamente al fraile, clavando en él unos brillantes ojos verdes que le helaron el aliento. El mayor trazó un círculo con la mano y al instante, el dolmen, los recipientes, así como Thalia y la anciana de desvanecieron al instante. Salazar se vio trasladado en el interior de un edificio que conocía muy bien, sólo que muy distinto a como lo recordaba.

Veía la chimenea y la cocina del antiguo molino de los Kramer. Salazar por un momento creyó que se había teletransportado, pero en un rincón, medio atravesando la pared, había un gato negro dormitando. Un animal que identificó inmediatamente, lo único que le indicaba, en un rincón de su mente, que aún seguía dentro del dolmen.

Los dos chicos habían desaparecido. Salazar escuchó unos gritos agudos, procediendo de una estancia contigua. Dubitativo, se levantó y abrió la puerta. Era una pequeña habitación, con un camastro y una ventana abierta. Dentro había un chico de unos cinco años. El mismo chico que instantes antes había visto cogido de la mano de su hermano mayor. Acurrucado en la cama, gritaba y bramaba palabras incomprensibles para el fraile. En su regazo, el chico tenía el cuerpo destripado de un conejo.

El inquisidor tardó unos instantes en asimilar lo que hacía el chico. No estaba acurrucado, estaba escribiendo. En un extremo de la sábana, usando un fino hueso acabado en punta, garabateaba extrañas palabras en una lengua desconocida. Usaba la sangre del conejo como tinta, y escribía de forma frenética mientras de sus labios salían palabras incomprensibles.

De repente, algo atravesó el cuerpo del fraile, produciéndole un intenso escalofrío. Una figura femenina entró en la habitación, gritando algo que no llegó a escuchar, agarró al chico por el pelo y lo sacó a rastras de la cama.

El chico pataleaba desesperado, cuando la mujer lo sacó al comedor, el fraile vio algo que le heló el corazón. A la espalda del chico, lo que debería ser su sombra, proyectaba una silueta muy distinta a la de su cuerpo. La misma silueta que vio en la chimenea del ruinoso molino, el ángel negro.

La madre le dio un fuerte bofetón al chico y acto seguido se dirigió a su habitación. Visiblemente enfadada, le mostró su sábana garabateada, como si le pidiera explicaciones. El chico, agachó la cabeza sin decir nada. Cuando la mujer se dio la vuelta para coger algo de los fogones, Salazar ahogó un grito.

La sombra del muchacho se desplazó hacia la hoguera, agarrando un tronco a medio arder y se lo entregó al muchacho. El chico, ton todas sus fuerzas golpeó con él la cara interna de la rodilla de su madre. Sorprendida, la mujer cayó al suelo, sin darle ninguna oportunidad, el chico volvió a golpearla con el tronco, esta vez en la cabeza. Una vez, y otra, y otra. Salazar contemplaba horrorizado como el pequeño Kramer destrozaba sin piedad la cabeza de su madre. A la espalda del chico, la satánica silueta de su sombra proyectada sobre la chimenea, imitaba los gestos del muchacho, regocijándose con el asesinato de la madre.

El pequeño Kramer dejó de golpearla cuando cesaron los espasmos de la pobre mujer. Indiferente al crimen que había cometido, el pequeño Kramer arrojó la tea a un rincón. Sin tener en cuenta la brasa que ardía en un extremo.

Recogiendo su sábana, abrió una portezuela que conducía al sótano y descendió por ella. Instantes después volvió a subir, sin la sábana, pero llevando consigo una gruesa cuerda de cáñamo. Atando con ella las muñecas y tobillos de su madre, la arrastró hacia la portezuela con una fuerza impropia de alguien de su edad. En la chimenea, como si el Maligno quisiera dejar constancia de su influencia en el crimen cometido, había quedado marcada la silueta del ángel negro.

En el salón, la brasa de la tea empezó a quemar una alfombra de esparto, mientras las llamas empezaban a elevarse, el fraile, movido por la curiosidad, descendió al sótano. Lo que vio allí, estuvo a punto de destrozar su cordura. Utilizando una herramienta oxidada, el pequeño Kramer había abierto el vientre de su madre y, indiferente a la oscuridad del lugar, con ayuda del pequeño hueso, seguía garabateando palabras incomprensibles en la sábana extendida en el suelo mientras recitaba su satánica letanía. Arriba, el molino ardía, y en el sótano, el pequeño escribía sin detenerse, hasta llenar toda la tela de aquellas impías palabras que sólo podían ser dictadas por el Maligno.

De nuevo, un escalofrío recorrió el cuerpo del inquisidor cuando otra figura fantasmagórica lo atravesó. El hermano mayor, Heinrich Kramer, acababa de bajar al sótano. Visiblemente asustado, cubriendo su cuerpo con una capa empapada y humeante, contemplaba ahora con una mueca de terror lo que la luz de las llamas del salón permitían distinguir en la oscuridad del sótano.

Tiró fuertemente de la mano de su hermano y lo forzó a subir por las escaleras. Justo cuando salían, una biga del techo cayó encima de la portezuela del sótano. Sin detenerse un instante, tiró de su hermano pequeño hasta sacarlo del infierno en que se había convertido su casa.

Afuera, vio los espectros de varios aldeanos intentando contener las llamas. El pequeño Kramer aún llevaba, apretujada contra su pecho, la sábana que había estado escribiendo. Mientras los hombres luchaban por evitar que las llamas se propagaran hacia los árboles cercanos y produjeran un incendio en el bosque cercano, Heinrich alejó a su hermano del lugar. Salazar los siguió. Aunque más parecía que era el escenario que se iba difuminando a su alrededor hasta cambiar completamente, dando al fraile la sensación de estar caminando. De nuevo, la silueta acurrucada del gato negro, fija en un punto determinado, le indicó que él no se movía.

Ambos hermanos llegaron al cementerio cercano a la aldea. Heinrich empezó a gritar al pequeño, como pidiéndole explicaciones, señalando su sábana. El otro Kramer negaba con la cabeza, sin desprenderse de la sábana en ningún momento. Heinrich entonces reparó en la extraña sombra que proyectaba el cuerpo de su hermano. Entre sollozos, se alejó del pequeño, hasta encontrar una pala herrumbrosa. Acercándose por su espalda, lo golpeó en la cabeza hasta que lo dejó inmóvil. Acto seguido, cavó en la tierra una zanja en la que enterró el cuerpo del pequeño junto con aquella sábana maldita. Ajeno a la presencia de Salazar, Heinrich se alejó del lugar.

- Un claro caso de posesión demoníaca.- Murmuró el fraile, asimilando lo que había visto.- Un poderoso ente controlaba a tu hermano. Lo que viste en el sótano, quebró tu cordura La simple idea que tu hermano pequeño hubiera matado a tu madre, lo que le viste escribir con su propia sangre, te superó. Tu miedo ante lo sucedido te empujó a matarle, y lo enterraste en una tumba anónima.

Por un instante, el espectro de Heinrich se detuvo reparando en la presencia del fraile. Su rostro se giró, asintiendo mientras miraba fijamente a Salazar, que continuaba hablando sólo.

- Cuando volviste, nada dijiste sobre la muerte de tu hermano, debiste dar cualquier excusa. Y ellos tenían otras preocupaciones más urgentes como para preocuparse por un niño pequeño desaparecido. Supongo que les contaste que tu madre había sido calcinada dentro y que tu hermano había huido despavorido. Que intentaste perseguirlo pero lo perdiste en el bosque. Si en lugar de matarlo, hubieras buscado un buen exorcista, tal vez...

El espectro de Heinrich torció una mirada furiosa. Abrió su boca de una forma completamente grotesca y antinatural y chilló. Un chillido que penetró los tímpanos del fraile, haciendo temblar todo su cuerpo. Un chillido que le heló el corazón y le impidió moverse. El espectro de Heinrich volvió sobre sus pasos, volvió a coger la pala oxidada con al que había dado muerte y sepultura a su hermano y se acercó al fraile.

- Te enfrentaste a algo que habría quebrado la mente de cualquiera.- Dijo el inquisidor, intentando razonar con él al ver las intenciones del espectro.- Tu hermano estaba poseído por una entidad demoníaca… ¡Tu no eres un asesino!

El espectro volvió a chillar, silenciando las palabras del fraile. Salazar estaba indefenso, los tímpanos le dolían y notaba un frío gélido en su corazón. Intentó alzar los brazos, pero se encontró con la densa neblina que se los inmovilizaba como si fuera una soga. Intentó levantarse pero no pudo. La pala descendía inexorablemente hacia su cabeza. Quiso recitar un exorcismo pero sus cuerdas vocales no le respondían.

La pala no llegó a golpearlo. Algo negro y peludo se arrojó contra el espectro de Heinrich Kramer, haciéndolo retroceder. El espectro soltó la pala para quitarse del rostro a Sax, el gato negro que había saltado contra el fantasma, protegiendo al fraile. Saltó al suelo y con el pelo completamente erizado empezó a bufar y gruñir. El espectro abrió la boca para volver a chillar pero el gato no le dio oportunidad. Con un salto volvió a abalanzarse contra su rostro, atravesando su cuerpo como si fuera niebla y silenciando el grito del espectro. De nuevo en el suelo, el animal se encaró con Heinrich Kramer y volvió a bufar, lanzando arañazos contra sus piernas etéreas. Los bufidos del gato hacían estremecer al espectro y sus arañazos parecían causarle auténtico dolor. Finalmente el espectro de Kramer huyó despavorido.

Mientras el espectro se alejaba, perseguido por Sax, el viejo cementerio se difuminó. Un intenso mareo nubló la mente del fraile y su cuerpo cayó de lado. Empezó a toser de forma compulsiva, ahogándose en algo que lo atragantaba. Notó unos golpes a su espalda. Entre tosidos, vio que un líquido oscuro y viscoso salía de su boca.


Cuando recuperó el aliento y pudo incorporarse de nuevo, se vio dentro del dolmen. Los espectros y la niebla que lo inmovilizaba habían desaparecido. Sax corría en círculos alrededor de la hoguera, gruñendo y bufando a la nada.

- Es difícil acostumbrarse a la mandrágora.- Escucho a su espalda la voz de Thalia.- Las primeras veces causa mareos y vómito. Toma eso, te irá bien.

El fraile cogió el frasco que le tendía la chica y sorbió su contenido sin tan siquiera preguntarle que era. Un suave, cálido y reconfortante líquido bajó por su garganta, mitigando su tos, y eliminando el frío que recorría su cuerpo.

Fue a decir algo pero la anciana habló primero.

- Lo que te hayan querido mostrar.- Le dijo.- Es sólo para ti, no debes compartir lo que has visto. Ahora debéis iros, como decía antes, la presencia del fraile no es grata.

Antes de salir, el Salazar masculló un agradecimiento, sin aún ser del todo consciente de si lo que había visto era real o simplemente fruto del efecto alucinógeno de la mandrágora.

- El Cabalero Rojo te busca.- Le dijo a Thalia la anciana mientras salía.- No se detendrá hasta acabar con la última de los von Craven.

- No si antes lo extermino.- Masculló el fraile.

- Lo destruirás.- Dijo la anciana en un tono muy distinto.- Cuando su sangre sea de plata.

- Eso no tiene sentido alguno.- Respondió él, no sin cierto desprecio.

- Aunque ahora te mofes de mis palabras.- Le dijo ella a su espalda mientras salía.- Lo que digo siempre tiene sentido. Lamentarás haberme tomado a la ligera.

Pero el fraile no hizo caso a sus últimas palabras, desde el exterior, Thalia lo apresuraba a salir.

- ¿Ha servido de algo o no?- Le preguntó ansiosa.- No necesito que me des detalles, simplemente un…

- Debemos salir del bosque.- Le respondió mientras volvía a ceñirse sus armas.- El cementerio que hay Cerca de la aldea hay un cementerio. Allí es dónde debemos ir, si realmente lo que he visto no ha sido fruto de la locura y la indigestión.

Los lobos los acompañaron hasta la salida del bosque, fieros guardianes cuyos brillantes ojos en la penumbra inquietaban al inquisidor. Al alejarse de los árboles, Sax se revolvió en la bolsa de Thalia, la chica la depositó en el suelo y dejó que el gato saliera.

- Sabe volver a casa.- Dijo después de acariciarlo un rato, viendo como corría persiguiendo un ratón de campo.

- Regresaremos al castillo.- Dijo el fraile una vez abandonada la espesura y dejado atrás a los lobos.- Iremos al cementerio bajo la luz del alba.

- ¿Entonces crees en lo que has visto?- Dijo Thalia señalando el destello de un fuego fatuo en la lejanía.- ¿Sigues creyendo que hay una explicación racional a esto?

Sin responder, Salazar apretó el paso.

- El cementerio que indicas queda a menos de media hora de aquí.- Apuntó Thalia.- Terminemos esto esta noche, de una vez por todas.

- No.- Replicó él, tajante.- Es demasiado arriesgado.

- Manfred no tiene su armadura.- Insistió la chica.- Ahora es vulnerable a tu espada. Tu lo dijiste, nunca lo encontraremos de día. Desenterremos esa maldita sábana, que venga a nosotros, quiero acabar con el vampiro que asesinó a mi padre y mi hermano.

Salazar fue a protestar pero la chica no le dio opción.

- Puedes refugiarte en la capilla del castillo si quieres.- Le dijo separándose de él.- Pero no puedes impedir que yo vaya al encuentro de ese vampiro. La luna brilla con fuerza esta noche.

- Nunca se debe cazar…

- Lo sé, lo sé.- Dijo Thalia sacudiendo la cabeza.- Nunca se caza un vampiro de noche, primera norma de cualquier cazador de no-muertos o algo así me dirás ahora. Aunque tu no pareces hacer caso a tus propios consejos. Además, olvidas lo que me ha dicho mi maestra. Manfred me busca, una vez tengas tu sábana, regresarás a España, dejándome sola. Prefiero enfrentarme al vampiro esta noche, contigo a mi lado.

- Maldita testaruda.- Bufó el fraile siguiéndola.- De acuerdo, pero nada de idioteces ni heroicidades estúpidas.

Por toda respuesta, la chica esbozó una enigmática sonrisa.

Lo cierto es que era una noche clara y despejada, la luna proyectaba su luz plateada por toda la campiña, haciendo que los pocos árboles que había en los campos proyectaran sombras espectrales. Por doquier se apreciaban las enormes calabazas, podridas por dentro y sin recolectar. Caminando a través del campo para atajar camino, no tardaron en llegar al pequeño cementerio situado en la cima de una colina. A medio kilómetro escaso se veían las luces de las casas de la aldea, y más lejos, la silueta del castillo von Craven.

- Cómo mínimo.- Dijo el fraile, subiendo la colina.- Si viene el vampiro, lo veremos de lejos. Yo cavaré, tu mantén ojo avizor.

El cementerio estaba formado por varias lápidas desperdigadas, un par de pequeños panteones y una pequeña capilla de piedra en el centro.

- ¿Y si sale de alguna tumba?- Preguntó la chica, algo inquieta, mientras el fraile le tendía el arcabuz.

- ¿Quieres que regresemos?

Thalia negó con firmeza mientras el fraile vertía agua bendita en la entrada de los panteones.

- Sólo por precaución.- Le dijo mientras sacaba una pala de la silla de la mula.

El cementerio era distinto a como lo había visto en la visión. Las viejas lápidas, cubiertas de musgo y liquen seguían estando allí. Pero ahora se alternaban con sepulturas mucho más recientes. Orientándose a través de las lápidas más antiguas, logró localizar el lugar que había visto y clavó la pala.

El suelo era húmedo y la tierra blanda. Mientras Thalia observaba atentamente los alrededores, el fraile retiraba palada tras palada de tierra. El brebaje de la chica mitigaba sus continuos ataques de tos. Finalmente escuchó un crujido cuando la pala se clavó en la tierra. Ayudándose con las manos, el fraile retiró la tierra alrededor de la sepultura sin marcar, desenterrando un pequeño esqueleto, enterrado en la misma posición en la que le había mostrado la visión. Aún sujetaba algo entre sus manos. Con cuidado, el fraile lo retiró, reemplazándolo por una ostia consagrada que depositó entre las esqueléticas manos del pequeño Kramer mientras recitaba una oración para el difunto.


- Así que la muerte de mi padre y de mi hermano… ¿Ha sido por eso?- Escuchó a Thalia a su espalda.

- No debería sorprenderte.- Respondió Salazar desenvolviendo el pequeño bulto.- Es exactamente el aspecto que tiene cualquier lienzo de lino después de haber estado enterrado más de un siglo.

Lo que quedaba de la sábana garabateada, era simplemente un rectángulo mohoso y lleno de gusanos de un metro por cincuenta aproximadamente. La tela estaba ennegrecida por el paso del tiempo, y sólo se apreciaban pequeños esbozos de la escritura del pequeño Kramer.

- ¿Qué esperabas ver?- Dijo el fraile volviendo a plegar la tela.- ¿Una sábana impoluta? Es sólo un trozo de tela podrido, a mis superiores les tranquilizará saberlo cuando se lo entregue.

Pero Thalia ya no centraba su atención en la sábana. Mientras Salazar volvía a cubrir de tierra el cuerpo del pequeño Kramer, la chica le tocó la espalda insistentemente.

- Tenemos un problema…

Salazar se levantó alarmado. Diez figuras espectrales avanzaban hacia ellos a través de la campiña. Estaban a unos cincuenta metros de su posición, avanzando a paso lento.

- Eso responde a la pregunta de porque no había cadáveres.- Masculló el fraile mientras sacaba sus dos pistolas.- Espera a tener un tiro claro, apunta al corazón o a la cabeza.

- ¿Pudo convertir a tantos en una sola noche?- Preguntó asombrada la chica mientras apuntaba con el arcabuz.

- Técnicamente, para convertir a alguien.- Respondió el inquisidor mientras ella apuntaba con el arcabuz, esperando que se pusieran a tiro.- No hace falta absorber toda la sangre de la víctima. Es posible convertir a una persona dejándola desangrar y absorber únicamente su último resto de sangre, introduciendo en ella algo que tenga su esencia vampírica… Aún así, diez personas en una noche… Diez hombres armados…

Thalia no pensó más, cuando tuvo un tiro limpio, el arcabuz tronó. El lansquenete que iba en cabeza cayó al suelo con el rostro destrozado por el impacto de la bala de plata bendecida. Mientras su cuerpo se convertía en polvo, el fraile apuntó con sus dos pistolas, esperando que se pusieran a tiro.

Thalia hurgó en la alforja de la mula hasta sacar una carga de pólvora con un proyectil de plata para el arcabuz. Frenética empezó a recargar el arma.

Al ver caer a su compañero, los otros nueve lansquenetes vampirizados, apretaron el paso. Mientras se acercaban, Salazar los contempló detenidamente. Más parecían espectros andantes que seres humanos. Manfred había causado una fuerte carnicería entre ellos. Uno cojeaba, con una pierna mutilada, a otro le faltaba el brazo derecho, otro tenía la mandíbula inferior arrancada… Pero todos se acercaban apresuradamente hacia ellos, armados con espadas y alabardas.

- ¡A la capilla!- Dijo el fraile cuando los tuvo a veinte metros, aún fuera del alcance de sus pistolas.- Son demasiados.

Tirando de las riendas de los animales, Salazar y Thalia entraron en la pequeña capilla, un espacio de diez metros cuadrados con un pequeño altar de piedra, sobre el que había dos pequeñas ventanas y una única puerta de acceso.

Mientras la chica cerraba la puerta, el fraile se dio cuenta de algo.


- ¡Esta capilla ha sido profanada!- Dijo al ver que no había un sólo crucifijo ni imagen religiosa en su interior.

- Por supuesto que lo está.- Replicó la chica.- Esta zona sufrió una fuerte ola iconoclasta al inicio de la guerra. La mayoría de iglesias solitarias están así…

- Aquí no estamos a salvo.- Dijo el fraile mientras le entregaba las dos pistolas a Thalia.- Quédate junto a la puerta, y cúbreme.

- ¿Qué vas a hacer?- Le preguntó desesperada al verlo salir mientras se escuchaban los pasos de los vampiros llegando al cementerio.

- Proteger este lugar.- Respondió sosteniendo un cuchillo y una Biblia.

Los tenía a pocos pasos y no tenía tiempo de realizar una bendición completa. Afortunadamente para él, la capilla sólo tenía un único acceso. Mientras se realizaba un corte en la mano, escuchó la detonación de una pistola. Un vampiro cayó al suelo, herido en el pecho, aunque no tardó en levantarse de nuevo con un humeante agujero cerca del corazón. Apresurándose, el fraile pasó la mano por el lateral de la puerta, trazando una cruz sobre ella.

Casi se le abalanzaban encima, Thalia en un gesto desesperado, lanzó al aire un frasco con agua bendecida, apuntó con la pistola y disparó. El cristal se hizo añicos esparciendo su contenido entre los vampiros, que retrocedieron un par de pasos cuando el agua bendecida empezó a quemar su piel. Antes de que volvieran a abalanzarse contra él, Salazar trazó rápidamente una cruz sobre el dintel y volvió a entrar en la capilla. Cerrando la puerta a su espalda.

- Y cuando vea la sangre en el dintel y en los postes de la puerta, pasará de largo por esta casa.- Recitó el fraile apoyado en la puerta.- No permitirá el Señor que el ángel exterminador entre en esta casa.

Ambos suspiraron aliviados al ver que los nueve vampiros se detenían ante la puerta, como si de repente se hubiera erguido ante ellos un muro invisible.

- ¿El Antiguo Testamento?- Preguntó Thalia.

- Para ser una hereje, conoces bien las sagradas escrituras. No es una bendición en sentido estricto, pero los mantendrá a raya.- Respondió el fraile con un tosido.- Aquí dentro estaremos a salvo, aún así, realizaré una bendición completa en el altar.

- Mi padre me leía fragmentos de la Biblia antes de ir a dormir.- Dijo la chica mientras cargaba de nuevo las armas.- Ya que mi presencia me era vetada en la iglesia.

- La casa de Dios está abierta a cualquier persona que necesite su protección.- Murmuró el inquisidor mientras esparcía agua bendita sobre el altar.- Su manto protector se extiende incluso sobre aquellos que niegan su poder.

- Así que supongo que ahora simplemente nos quedaremos encerrados aquí hasta el amanecer.- Dijo Thalia mientras le tendía una pistola cargada.

- Son listos.- Murmuró el fraile observando el exterior a través de la rendija de la puerta.- Saben que estamos armados y se alejan de nuestro ángulo de tiro.

Thalia le tendió al fraile un pequeña caja de madera con un polvo oscuro dentro.

- Para el corte de tu mano.- Le dijo.- Lo elaboro yo misma, detendrá el sangrado e impedirá que se infecte.

Mientras se lo aplicaba, el fraile murmuró un leve agradecimiento.

- Ya que estaremos aquí un buen rato, ¿por casualidad no tendrás nada para comer? Tengo hambre.

Por toda respuesta, Salazar sacó un par de ristras de ajos de las alforjas de la mula.

- No se ni porque pregunto.- Bufó ella con una media sonrisa.- Me pregunto si comiendo ajos y dejando que un vampiro beba tu sangre…

- No funciona de ese modo.- Interrumpió el fraile.- La Inquisición ya lo intentó hace tiempo. Hizo ingerir a un prisionero gran cantidad de ajos y luego lo entregó a un vampiro que tenían encerrado. Su sangre no le causó ningún efecto.

- Entiendo...- Murmuró la chica.- El estómago disuelve el ajo y altera sus propiedades, cuando pasa a la sangre ha perdido el efecto que causa en los vampiros. Sólo funcionaría con algo que pasara directamente a la sangre sin que los ácidos del estómago lo digieran.

- ¿Como qué?

Thalia metió la mano en el zurrón, como su buscara algo, y se mordió los labios, nerviosa, sin responder a la pregunta. El fraile enseguida perdió interés por aquella conversación, atento a los movimientos de los vampiros.

- ¿A dónde irán?- Le preguntó al ver como se alejaban.

- A la aldea.- Masculló el inquisidor.- Quieren hacernos salir atacando a los aldeanos.

- ¡Espera!- Dijo Thalia al ver las intenciones del fraile.- No puedes salir, te destrozarán.

- Tampoco puedo dejar aquella gente a su suerte.- Replicó.- Es mi deber.

- Son nueve vampiros… Y tu estás solo.

- Diez.- Interrumpió Salazar.- Manfred sigue ahí fuera, acechando en alguna parte…. Y no puedo permanecer aquí sin hacer nada. Los vampiros neonatos tienden a no controlar su sed, pueden llegar a ser auténticos carniceros.

- Ahora sólo falta que me tranquilices diciendo que ya te has enfrentado otra vez a tantos vampiros.

- Así es.- Respondió Salazar introduciendo las pistolas dentro de su hábito y cogiendo varias estacas y el martillo de plata.- En Flandes, treinta vampiros asaltaron una villa.

- Entonces podrás con ellos.

- Aquella noche éramos tres inquisidores.- Murmuró el fraile.- Abrimos uno de los diques, inundando la zona. El agua ya de por si no les gusta, pero si además hay tres frailes bendiciéndola…

- Ahora no estamos en Flandes, ni tienes a dos inquisidores a tu lado.- Le dijo Thalia desenvainando su espada.- Pero me tienes a mi.

- Creo que hay algo que podría funcionar. Escúchame bien porque sólo tendremos una oportunidad.

Instantes después, el fraile salía sólo de la capilla, espoleando el caballo, rezando para no llegar demasiado tarde. A medida que se acercaba a la aldea, empezó a escuchar los chillidos de agonía.


La pequeña aldea era un caos, los vampiros habían aparecido de repente, como espectros fantasmagóricos. Entrando en las casas y degollando a los sorprendidos aldeanos. Los que habían intentado refugiarse en la iglesia habían sido atacados antes de llegar al edificio sagrado, y sus cuerpos yacían sin vida y sin sangre en en centro de la plaza.

El chico agarraba con fuerza la mano de su hermano pequeño. Frente a él sostenía un cuchillo de cocina, apuntando al ser que estaba tumbado en el suelo, sobre el cadáver destripado de su madre, lamiendo la sangre de sus entrañas. Otros dos vampiros mordían con ansia el cuerpo de su padre, que se convulsionaba en espasmos erráticos mientras su fluido vital abandonaba su cuerpo. Los no-muertos, ebrios de sangre, enterraron su boca en las heridas.

Los dos chicos contemplaban la escena horrorizados. En un arrebato de coraje, el mayor, que no tendría más de doce años, tiró con fuerza el brazo de su hermano, intentando escapar por la puerta trasera, aprovechando que los tres no-muertos estaban centrados en alimentarse de sus padres.

Afuera reinaba la muerte, los aldeanos corrían despavoridos mientras los vampiros se lanzaban sobre ellos. Un hombre anciano que huía a través de un huerto fue alcanzado por la espalda por una horca lanzada con destreza por un vampiro. El no-muerto aulló de triunfo al ver caer al anciano. Cerca de ellos, una mujer fue partida en dos por el enorme montante que blandía un vampiro, el no-muerto se tumbó encima del cuerpo, sorbiendo la sangre de su torso cercenado.

Agachándose para no ser visto, el chico arrastró a su hermano hasta un pajar cercano. Mientras intentaba esconder al pequeño entre a paja, una figura se abalanzó sobre su espalda y lo tumbó en el suelo.

- ¡Sangre joven!- Masculló el vampiro, con la boca abierta y de cuyos labios brotaban dos finos regueros de sangre.

El chico gritó de dolor cuando el vampiro le pisó la mano que sostenía el cuchillo, escuchándose el crujir de sus pequeños huesos. Agarrándolo por el pie, el no-muerto sacó al pequeño del pajar y lo levantó boca abajo frente a su rostro.

- Sangre sabro...- Pero el vampiro no llegó a terminar su frase. Se escuchó una detonación y algo impactó en su cráneo, destruyéndole el cerebro.

Mientras el no-muerto se convertía en polvo, el chico se incorporó, abrazando con fuerza a su hermano pequeño. Acercándose a ellos, venía a toda prisa una oscura figura, sujetando un humeante arcabuz.

- Huid hacia la iglesia.- Les dijo Salazar.- Yo me encargo de los muertos.

Los dos chicos, temblando asustados, se abrazaron a sus piernas, incapaces de hacer nada más. Dominados por el pánico buscaban la protección del único hombre al que habían visto acabar con un vampiro.

Soltando el arcabuz, sacó las dos pistolas de su hábito, y abrió fuego contra un no-muerto que se asomaba tras una ventana. “Eso los deja en ocho” pensó contemplando el panorama a su alrededor. Combatiéndolos uno a uno no conseguiría gran cosa.

- ¡Maldita sea, huid hacia la iglesia!- Gritó el inquisidor al ver que los chicos no se movían.

Sólo le quedaba un tiro y para el resto tendría que recurrir al cuerpo a cuerpo. Necesitaba centrar sobre él la atención de los vampiros, necesitaba dar a los campesinos la oportunidad de llegar a la iglesia. “Y ya no me quedan tiros” masculló disparando su segunda pistola contra un vampiro que perseguía a un chico de aspecto adolescente.

- Seguidme.- Les dijo, tirando del brazo del mayor, mientras sujetaba con la otra mano su espada de plata.

El chico se mordió los labios, aguantando el dolor que le causó el apretón del fraile, con la otra mano abrazó a su hermano pequeño y ambos siguieron al inquisidor hasta la plaza del pueblo. Cerca de la iglesia corrían dos vampiros armados con espadas que atacaban a cualquier aldeano que intentara entrar en busca de refugio. El párroco, que había intentado detener a los vampiros yacía en el suelo a escasos metros del inquisidor, con el asta de una alabarda sobresaliendo por su espalda.

Salazar soltó la mano del muchacho para sacar una Biblia de su hábito. “Espero que no tengan armas de fuego” pensó tragando saliva, mientras se encaminaba hacia el centro de la plaza.


- ¡Esta luz resplandece en las tinieblas!- Gritó el inquisidor a viva voz, sosteniendo la Biblia en alto.- ¡Y las tinieblas no han podido extinguirla!

“Al menos he captado su atención” murmuró mientras clavaba la espada en el suelo y sacaba del hábito una botella con agua bendita. A su alrededor, seis vampiros se acercaban a él, desplegándose en abanico. “Sienten respeto por el hábito” se dijo el fraile al ver que los no-muertos actuaban con cautela, tal vez aquello le diera la oportunidad que buscaba. No tardó en notar a su espalda al presencia asustada de los dos muchachos, incapaces de separarse de su protector.

- ¡Deteneos! No podréis penetrar en este círculo sagrado.- Gritó trazando un círculo de agua bendita a su alrededor.- En esa noche de difuntos, elevaré esa plegaria para las almas de los fallecidos que aún se sustentan en pie. Una oración que aparte toda maldad de vuestra carne. ¡Un exorcismo que expulse a los muertos del mundo de los vivos!

Salazar sabía que, por desgracia, no había oración alguna que permitiera expulsar a los vampiros con la mera palabra. Había exorcismos que funcionaban pero requerían un tiempo y preparación que él no tenía. Pero los lansquenetes, recién vampirizados, no tenían porque saberlo. Toda su fuerza en ese momento se basaba en la apariencia. Su voz sonaba firme, dando credibilidad a sus palabras. Contempló a los vampiros a su alrededor, algunos de ellos iban armados, pero todos se detenían frente al círculo de agua bendita. Como dudara, como su voz flaqueara, se lanzarían como lobos contra él, y no habría nada que pudiera hacer para evitarlo.

- Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades.- Dijo con firmeza, sosteniendo la Biblia ante si, abierta hacia los vampiros, como si de un escudo protector se tratara.- Contra potestades que dominan este mundo de tinieblas. ¡Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre!

Los vampiros habían acabado sin problema con el párroco de la aldea pero ahora vacilaban ante la firmeza del inquisidor. A diferencia del otro religioso, ese iba armado e infundía en sus palabras una fuerza que nada tenía que ver con la vacilante oración que pronunció el párroco antes de que lo destriparan. En ese momento, los no-muertos tuvieron la certeza de que esas palabras podrían destruir sus cuerpos impíos. Algunos incluso parecían a punto de abandonar la aldea, temerosos de en cualquier momento un rayo divino cayera del cielo destruyendo su existencia.


- ¡No seáis ilusos!- Gritó una voz, saliendo entre dos casas, rompiendo el frágil hechizo.- ¡El fraile no tiene ese poder! No sois espectros a los que pueda desterrar con simples palabras. Destriparlo y regocijaros en su sangre.

“Manfred” masculló frustrado el inquisidor mientras arrojaba la Biblia contra el rostro de unos vampiros y agarrando su espada con presteza. Las sagradas escrituras quemaron la piel del no-muerto, fundiéndola como la cera ante la llama.

Mientras se encaraba contra el primer vampiro que se arrojó contra él, el fraile vio de reojo un objeto redondo caer entre los vampiros. Inmediatamente, se arrojó contra el suelo, volteando su cuerpo, protegiendo a los dos chicos que tenía a su espalda. Al instante una fuerte deflagración iluminó el ambiente.

El inquisidor rodó frenéticamente por el suelo, apagando las llamas que amenazaban con prender su hábito. Mientras los vampiros estaban centrados en él, Thalia había podido acercarse sin que advirtieran su presencia. El artefacto de la chica había funcionado a la perfección. Al caer en el suelo, la llave de chispa de la esfera de cerámica se accionó, generando una pequeña chispa en el interior del recipiente, suficiente para encender el fuego griego. La esfera se rompió en mil pedazos, liberando una llamarada que prendió completamente a los tres vampiros más cercanos. La deflagración de una segunda esfera quemó el cuerpo de otro vampiro y afectó parcialmente a un quinto. Salazar se levantó rápidamente, su espada penetró por la cuenta del ojo del no-muerto que se le abalanzaba, destruyendo su cerebro.

Si bien el fuego no es suficiente para destruir completamente a un vampiro, sí que consume su carne, carbonizándola e impidiendo su regeneración. Un vampiro que sea pasto de las llamas no será destruido, pero sus músculos y tendones quedarán calcinados, dejándole completamente a merced de sus enemigos. Con tiempo y recibiendo la suficiente ingesta de sangre, el vampiro aún podría regenerarse, pero el inquisidor no iba a darles esa oportunidad.

Los gritos de los no-muertos eran música para los oídos de Salazar, el fuego les causaba un intenso dolor. Unos pasos a su izquierda, Thalia blandía su espada de doble puño contra un vampiro cuyo cuerpo ardía en llamas. La chica cercenó el brazo armado del vampiro y su pierna, una vez lo tuvo en el suelo, atravesó su corazón con una estaca de madera.

Mientras Salazar despachaba a otro vampiro, se fijó en la chica. Acababa de eliminar a otro no-muerto pero había en ella algo que lo preocupaba. Sus movimientos parecían torpes y lentos, como si estuviera completamente agotada. Ella ni siquiera intentó esquivarlo cuando Manfred se le echó encima, tumbándola contra el suelo, y agarrándola por el cuello. El centenario vampiro vestía las andrajosas ropas de un campesino, manchadas de sangre, su anaranjada melena le caía frente a su rostro. Su aspecto no tenía el aire marcial que presentaba la noche anterior, ataviado con su antigua armadura. Aunque eso no lo hacía menos peligroso, aún desarmado, seguía siendo una fuerza a tener en cuenta.


- Déjala, Manfred.- Le dijo el inquisidor después de acabar con el último vampiro. A su espalda, las llamas empezaban a prender algunas casas.- Déjala marchar, y no arrojaré esto al fuego.

De su hábito sacó la antigua tela y la sostuvo encima de una llama. El vampiro le devolvió una mirada llena de ira. Se incorporó, agarrando a Thalia por el pelo, forzándola a levantarse. Las piernas de la chica temblaban, y sus ojos parecían vidriosos.

- La sábana por la chica.- Insistió Salazar.- Ella no te sirve de nada, déjala marchar y te doy lo que llevas semanas buscando.

- Tu salvas a la chica.- Murmuró el vampiro.- Y yo obtengo…

- Anhelas eso.- Dijo el inquisidor, haciendo el gesto de arrojar la tela al fuego.- Estoy dispuesto a entregártelo. Pero primero suelta a Thalia.

- No.- Replicó el vampiro.- Tu me lo entregarás primero… si no quieres ver como se desangre en mis brazos.

Con el rostro desencajado, Salazar contempló impotente, como Manfred clavaba sus colmillos en el cuello de Thalia. En un gesto desesperado, apartó el lienzo del fuego y lo lanzó a los pies del vampiro.

- ¡Cógelo!- Le gritó mientras el vampiro empezaba a sorber la sangre de la chica.

Mientras se abalanzaba contra él, blandiendo su espada, vio como Manfred se apartaba bruscamente de Thalia, arrojándola contra el suelo.

- Maldita bruja.- Balbuceó mientras se agarraba el cuello con las manos.- ¿Qué me has hecho?

Salazar se agachó junto a ella. Thalia no presentaba buen aspecto, su cuerpo convulsionaba, la sangre de su arteria manaba oscura. El inquisidor contempló el rostro del vampiro, oscuros y finos regueros surcaban su rostro. Manfred estaba en cuclillas, intentando escupir la sangre que había absorbido. Entonces lo comprendió.

- Hacía falta algo que el estómago no disolviera.- Le susurró la chica.- Lo mezclé con agua y me lo bebí justo cuando saliste de la capilla. El vampiro anhela mi sangre… El veneno perfecto.

- Cuando su sangre sea de plata...- Murmuró el fraile, comprendiendo las palabras de la anciana y lamentando no haber prestado la suficiente atención.- ¡Maldita sea! ¿Por qué lo has hecho?

- Tú lo dijiste, de noche es demasiado poderoso… No pierdas tiempo conmigo.- Le dijo con un hilo de voz.- Acaba con él ahora que está débil. Venga a los von Craven.

El nitrato de plata quemaba por dentro a Manfred Bathory, como si tuviera una infinidad de agujas recorriendo sus venas y arterias. Intentó transmutar en niebla para escapar de la espada de plata que se le abalanzaba, pero su cuerpo no lo obedeció. Con la plata circulando por su cuerpo, no podía desvanecerse. Desesperado, esquivó por una fracción de segundo la estocada del fraile. Desesperado agarró la espada corta de uno de los lansquenetes. Con ella desvió una cuchillada dirigida a su rostro.

Salazar se tomó su tiempo, ahora Manfred no le parecía un rival tan poderoso. El inquisidor acercó el arma a su rostro, realizando un saludo marcial.

- Llevas tiempo retando a caballeros cristianos.- Le dijo.- Deleitándote con la sangre de buenos hombres… ¿Estás listo para tu último duelo?

Furioso, el vampiro se abalanzó contra él, pero la hoja corta y la guarda mínima de su arma, no era rival para la espada del pata del inquisidor. Salazar desvió sin problema la acometida con la cazoleta y trazó una cuchillada contra su rostro, cortando su piel y haciéndolo gritar de dolor.

Los movimientos del vampiro cada vez eran más débiles, torpes y a la vez desesperados. Manfred volvió a lanzarse contra él con toda la agilidad que podía darle su maltrecho cuerpo. Pero Salazar, que precisamente esperaba una maniobra así, reaccionó con destreza, desvió su estocada y aprovechó el propio ímpetu del vampiro para lanzar la punta de su espada de plata contra su pecho.

La espada atravesó su torso, fallando el corazón por escasos centímetros. El vampiro se retorció de dolor, instante que aprovechó el fraile para lanzar una nueva estocada hacia su rostro. La punta de plata penetró por la boca del vampiro, en un movimiento ascendente le llegó hasta el cerebro, acabando con él.

Soltando a la espada, Salazar corrió hacia Thalia, cogiéndola en brazos. La chica respiraba con dificultad y su cuerpo se convulsionaba a medida que el nitrato de plata que recorría por su sangre le llegaba al corazón y al cerebro.

- Maldita sea, Thalia.- Murmuraba desesperado el fraile, intentando mantener consciente a la chica.- ¿Cómo neutralizo esa toxina, dónde tienes el antídoto?

- No hay antídoto.- Suspiró ella.- No es un compuesto orgánico que pueda disolverse.

- Claro que se puede, tiene que haber algo… Túmbate, tienes que vomitar lo que tienes en el estómago…

- Ya es tarde…- Respondió ella agarrándole la mano débilmente.- No te apartes de mi… No quiero morir sola.

- No vas a...- El fraile no concluyó la frase, era obvio que la chica se moría y él no podía hacer nada para evitarlo.

- No me arrepiento de lo que soy, de lo que creo...- Le susurró Thalia con sus últimas fuerzas.- Pero antes de irme… Me gustaría conocer a tu Dios… Me gustaría conocer al Dios por el que lucharon mi padre y mi hermano… Al Dios al que sirves con tanto fervor.

La chica sólo había recibido el sacramento del bautizo, no el de la eucaristía. Y no sólo eso, sino que además no renegaba de su herejía, y no se arrepentía de sus pecados. Pero no era momento para tomar en consideración esas sutilezas.

- El Señor ama a los que odian el mal. Blandiendo la cruz, hiciste frente a las tinieblas.- Dijo el fraile depositando una ostia en la lengua de Thalia.- El Señor te cuidará en el hogar y en el camino desde ahora y para siempre.

Con su último aliento, la chica pronunció un débil “amen” y Salazar dejó de notar la presión de sus dedos sobre su mano. Por un instante, creyó que había empezado a llover, hasta que se dio cuenta que las gotas que caían sobre el rostro de la chica eran sus propias lágrimas.


A su espalda, la mitad de la aldea ardía entre llamas. Mientras los aldeanos supervivientes se afanaban en intentar controlar el incendio, Salazar se alejó de allí cargando el cuerpo de Thalia en brazos. Encontró un lugar apartado del camino en el que crecían unas tupidas vincas, con unas bonitas flores violáceas. Arrancando con cuidado las plantas, cavó un profundo hoyo en el que depositó el cuerpo sin vida de la chica. Después de rellenarlo, depositó encima de la removida tierra las vincas que había arrancado con la esperanza de que siguieran creciendo sobre su sepultura.

Finalmente hendió la espada templaria sobre la tierra, marcando de esa forma su tumba. Ayudándose del cuchillo, colgó de la espada un tosco cartel de madera que rezaba “Thalia von Craven. Una luz plateada frente a la más oscura tiniebla”.

- Hasta pronto, Thalia.- Suspiró, afligido, Salazar.- Nos veremos en el cielo.

“Si merezco tal honor cuando muera” añadió para sus adentros.

Las primeras luces del alba iluminaban la campiña cuando el inquisidor regresó al castillo. Había un par de cosas que quería llevarse de allí. Bajó hasta el laboratorio de la chica e introdujo con cuidado en una bolsa de tela todas las notas y tratados de la chica.

- Mi Orden dará un buen uso a tus logros.- susurró antes de salir.- Me aseguraré que registren bien tu nombre cuando transcriban tus anotaciones.

Al subir, no pudo evitar una punzada melancólica en su corazón al contemplar la alcoba vacía de la chica. Envolvió en una tela lo último que quería llevarse, y cuando se disponía a abandonar para siempre el castillo, un triste maullido lo sorprendió.

- ¿Tú?- Dijo sorprendido al ver a Sax restregarse entre sus piernas.- No puedo llevarte conmigo, tu lugar está aquí, protegiendo el castillo de los ratones.

Por toda respuesta, el gato trepó por el hábito del fraile hasta situarse sobre sus hombros, maullando cariñosamente mientras restregaba su hocico contra su cuello.

- Parece que no quieres quedarte sólo.- Suspiró el fraile agarrando al felino.- Está bien, aunque te advierto que será un viaje largo.

Por toda respuesta, Sax maulló cuando Salazar lo puso con cuidado dentro de una de las alforjas de la mula. El animal se acurrucó y empezó a ronronear cuando abandonó el castillo para siempre.

Antes de abandonar la región para retomar el Camino Español de vuelta a Italia, Salazar volvió a pasar por la aldea. Cuando llegó, vio a los aldeanos retirando escombros y enfrascados intentando reconstruir sus casas. Afortunadamente, sólo se habían quemado cuatro edificios. Junto a la iglesia, se amontonaban, envueltos en sábanas, una docena de cuerpos.

- La bruja trajo a los muertos a nuestras casas.- Masculló un aldeano al ver al fraile.

- ¡Thalia creó el arma que ayudó a destruir a esos vampiros!- Le espetó el fraile.- ¡Y no vuelvas a llamarla bruja!

- Nuestra cosecha se muere.- Insistió el aldeano.- Hemos perdido muchos vecinos, nos espera un invierno muy duro y…

Por toda respuesta, el fraile le estampó varias hojas contra su pecho.

- Thalia von Craven escribió esto.- Le replicó.- Son anotaciones sobre abonos y plaguicidas. A vuestros campos los afecta una plaga, no una maldición.

- Informaré sobre lo sucedido al Burgomaestre de Selestat.- Añadió Salazar.- Thalia entregó su vida para salvaros de los vampiros, cualquier intento de profanación sobre su tumba será considerado un acto de herejía. Una vez al año, pasaré a honrar su sepultura, cómo la encuentre profanada…

El hombre tragó saliva, y lo miró atemorizado.

- Bien.- Dijo el fraile subiendo a su caballo.- Veo que lo habéis entendido.


Espoleando su montura, y tirando de las riendas de la mula, aún pasó por la tumba de Thalia a darle un último adiós. A despedirse de ella y a depositar sobre su sepultura la espada de Manfred Bathory. Al lado de la reluciente espada de doble puño de Thalia, la shciavona del vampiro, con su hoja ennegrecida, se veía aún más oscura.

- Tu lo venciste.- Murmuró. Cuando llegase a Nápoles elaboraría un detallado informe para el Inquisidor General en el que intentaría honrar su memoria.

Al tomar las riendas del caballo, el fraile sintió un cálido soplo de aire que lo envolvía, casi como un abrazo. Un mágico momento que duró tan sólo unos instantes. Sax dentro de la alforja emitió un suave maullido, como si también lo sintiera. Antes de desvanecerse, el soplo de aire pareció susurrar algo que él no llegó a entender.

Subió al caballo y, antes de espolearlo, dio un último vistazo a la tumba, sorprendiéndose al ver a una anciana mujer de pelo blanco arrodillada junto a la sepultura. Salazar no la había visto llegar pero parecía llevar allí un buen rato, recitando con los ojos entrecerrados una letanía en una lengua desconocida para él. Antes de alejarse del lugar, Salazar se despidió de la maestra de Thalia con un gesto con la cabeza.


FIN.


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