El Evangelio del Diablo. 1ª Parte

 

EL EVANGELIO DEL DIABLO. 1ª Parte

Por: Josep Nada

Sinopsis: Los rumores acerca de una sábana con palabras escritas por el mismísimo Diablo, llevará a la Inquisición a enviar a su mejor cazador de vampiros al Sacro Imperio, a encontrar esa sábana antes que lo haga un vampiro que le lleva semanas de ventaja.



Nápoles, Castel Nuovo. Principios de octubre de 1624


Era casi mediodía cuando sacaron a Salazar de su descanso. Un alférez de los Tercios entró bruscamente en su austera cámara, situada en el ala norte del imponente castillo. El inquisidor se desperezó de mal humor, esa noche había dormido muy poco y necesitaba ese descanso.

- Disculpe que le despierte, señor inquisidor.- Dijo el alférez algo nervioso.- Pero requieren su presencia con urgencia.

- ¿Nadie te ha enseñado a llamar primero a las puertas?- Respondió el fraile de mala gana mientras se lavaba la cara en una palangana de cerámica y se vestía con su hábito.

El joven oficial condujo al inquisidor hasta la enorme Sala de los Barones, dónde Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont, quinto Duque de Alba y Virrey de Nápoles recibía a los más ilustres invitados y celebraba las reuniones de gobierno.

Presidía el salón una enorme aspa de borgoña, pero dónde Salazar tenía centrada la mirada era en la enorme bóveda en forma de estrella del techo. Entre dos grandes ventanales había una recia mesa de ébano. Allí, sentado entre infinidad de mapas y cartas, estaba el Virrey, conversando con un hombre que Salazar conocía bastante bien, Domeneco Maroni, Arzobispo de Nápoles y representante de la Inquisición en el territorio.

- Eminencia, excelencia.- Saludó cortésmente el inquisidor.

Ese día el Virrey pasaría revista a las tropas, así que lucía su armadura de gala, bruñida y pulida hasta el punto de resplandecer bajo la luz de los ventanales. Antoni Álvarez de Toledo tenía el pelo corto y se había hecho recortar con esmero el fino bigote y la perilla que lucía con orgullo en el rostro. Su acompañante, el Arzobispo, era un hombre algo más bajo, con una incipiente calva y nariz aguileña.

Los dos hombres contemplaron al recién llegado. A sus cuarenta y cinco años, Salazar tenía una complexión fuerte, hombros anchos y brazos recios. Más propia de un soldado que de un fraile. Tenía el pelo corto y oscuro en el que empezaban a hacer aparición varias canas. En su cuello se apreciaba la fina marca rosácea de una cicatriz reciente. Durante unos segundos, ambos hombres se preguntaron si serían ciertos la mitad de los rumores que circulaban sobre el veterano inquisidor.

- Me han informado, señor Salazar.- Dijo el Virrey, rompiendo el silencio, una vez el alférez se hubo retirado.- Que esta noche nos habéis librado de un peliagudo problema. No quiero saber detalles al respecto, pero tenéis mi agradecimiento.

- No es por eso, por lo que os hemos hecho llamar.- Dijo el Arzobispo mientras sacaba un grueso volumen de su vestimenta y se lo lanzaba, deslizándolo encima de la mesa. Haciendo volar notas y mapas.


Salazar hojeó el pesado libro unos instantes y lo volvió a depositar encima de la mesa.

- El Malleus Maleficarum.- Dijo con desdén.- Sandeces y supercherías.

- En muchas partes de Europa, no estarían de acuerdo con vuestras palabras.- Apuntó el Domeneco Maroni.- El “Martillo de las Brujas” es sin duda alguna la obra fundamental para la identificación y caza de brujas.

- No se puede negar el éxito que ha cosechado ese libro en Europa. Pero eso no convierte en veraz lo que aquí se dice, que contraviene incluso algunos mandatos de nuestra Santa Iglesia. Alguien como vos, Arzobispo, debería saberlo.

- Y sin embargo, hay quienes creen firmemente en ello.- Añadió.

- No existe la brujería en nuestro mundo.- Respondió, tajante, Salazar.- Cientos, miles de mujeres ejecutadas en la hoguera por todo el continente y no se ha conseguido probar fehacientemente la existencia de la magia o la efectividad de ningún sortilegio.

- Decidme, con total sinceridad, ¿creéis en los demonios? Tampoco nunca nadie ha logrado probar su existencia.

- Creo en el Mal, y en sus múltiples manifestaciones.- Respondió con voz firme.- Y por supuesto, creo en lo que mi espada extermina.

- Tantas palabras para una pregunta que podía responderse con un sí o un no.- Murmuró el Arzobispo.- ¿Sabéis que llevó a Heinrich Kramer a escribir su Malleus Maleficarum?

El inquisidor negó con la cabeza.

- Dicen que Kramer tenía un hermano pequeño. Un hermano que había nacido con un estigma en el cuerpo, la marca del demonio. De noche, el pequeño Kramer hablaba en sueños, en idiomas que no podía conocer, lenguas muertas.

- O a lo mejor, el pobre chico tan sólo tenía un problema de afonía e insomnio.- Insinuó Salazar.

- ¿Sabéis de algún caso de afonía que haya llevado a algún párroco al suicidio?- Replicó Domeneco Maroni.- La madre de los Kramer, hizo llamar a un sacerdote ante el comportamiento de su hijo pequeño. El párroco pasó la noche con él, velando su sueño. El día siguiente lo encontraron ahorcado en la habitación. Imposible que un niño de cinco años hubiera cometido tal atrocidad.

- No entiendo a que viene esa conversación.- Insistió Salazar.- Me estáis hablando de hechos que sucedieron hace…

- Alrededor de mil cuatrocientos cuarenta, hace más de ciento ochenta años. Y por favor, hermano, agradecería que no interrumpierais más mi relato. Como os decía, el pequeño Kramer no sólo hablaba, sino que escribía. Con cinco años, usaba el hueso astillado de un cuervo y la sangre de los ratones o incluso la suya propia, para escribir símbolos y palabras incomprensibles en su sábana. Cuando la madre se percató de ello y arrojó la sábana al fuego, las llamas envolvieron a la pobre mujer. El mayor de los Kramer tuvo el tiempo justo para sacar a su hermano de la casa antes de que fuera pasto del fuego.

- Cuando los vecinos acudieron al lugar.- Prosiguió el Arzobispo mientras el Virrey escuchaba atentamente aquella conversación, convertido en un mero invitado de piedra.- Encontraron la casa casi carbonizada. Nunca se llegó a localizar la misteriosa sábana, que se creyó presa del fuego. Heinrich creció, y escribió su tratado de brujería, según contó en su lecho de muerte, para protegerse del mal que había atacado a su hermano.

- ¿Y qué fue del pequeño?- Preguntó Salazar.

- Se desconoce su destino.- Respondió Domeneco Maroni.- Lo que os estoy contando consta en lo que dejó escrito en el lecho de muerte de Heinrich Kramer el monje que lo atendía.

- Kramer falleció hace más de cien años.- Dijo Salazar.- No entiendo que…


- ¿Sabéis algo de este hombre?- Interrumpió el Arzobispo tendiéndole un retrato pintado sobre un pequeño lienzo. En él se veía un apuesto caballero con su armadura y largo cabello rojizo en una postura marcial. Salazar reconoció inmediatamente el escudo de armas de su coraza.

- Eso no es un hombre.- Replicó mientras le devolvía la lámina.- Manfred Bathory dejó de serlo hace más de seiscientos años.

- Ese vampiro escurridizo lleva tiempo circulando por Europa, equipado como un antiguo caballero andante, retando a nobles, hidalgos y comandantes militares.- Dijo el Arzobispo.- Aunque según mis informantes, lleva semanas afincado en Alsacia, concretamente en los alrededores de Salestat. ¿Debo explicaros lo que significa eso?

- El lugar dónde nacieron los Kramer.- Añadió Salazar.- Pero eso es…

- Eso es suficiente motivo como para que el Santo Oficio intervenga. Según nuestros informantes, el vampiro está detrás de la sábana escrita por el pequeño Kramer.

- ¿Qué palabras contiene ese lienzo?- Preguntó Salazar.

- Palabras impías, una retorcida interpretación de las Sagradas Escrituras, desde el punto de vista del Maligno algo…

- Una Biblia Satánica.- Concluyó el inquisidor.

- Un Evangelio Impío más bien.- Dijo el Arzobispo.- El Diablo conoció a Cristo, lo tentó. Mucho me temo que esas palabras puedan dar otro significado a los Evangelios, algo que podría hacer tambalear nuestra Santa Religión… Mis superiores incluso creen que podrían contener algún tipo de ritual que permitiría abrir un portal a través del cual invocar a los más poderosos demonios del Averno.

- Con todos los respetos, excelencia. Dudo mucho que ese vampiro logre nada con una antigua sábana garabateada. Incluso pongo en duda su existencia. El tiempo la habrá hecho pasto de los gusanos. Decís que Manfred lleva semanas deambulando por la zona, si no la ha encontrado ya, es porque…

- Que un vampiro codicie ese objeto, es motivo más que suficiente como para encontrarlo antes que él. Sois el más veterano cazador de vampiros en activo. Dónde la mayoría de los vuestros ya se ha retirado… o ha muerto, vos seguís persiguiendo y exterminando al Mal allí dónde esté.. Si no creéis en la existencia de la sábana, tomaros esa misión como una caza de vampiros. Id allí, averiguad si existe ese objeto y destruid a Manfred Bathory.

- ¿Y por qué ahora?- Inquirió Salazar.- Esta sábana fue escrita hace casi doscientos años, porque ahora aparece ese vampiro en su búsqueda.

- La existencia de esta sábana era algo completamente desconocido.- Explicó Domeneco Maroni.- Hasta 1505, en el lecho de muerte de Heinrich Kramer, el monje que lo atendía recogió en sus memorias los últimos delirios del autor del Malleus. Kramer. Hablaba acerca de su hermano pequeño y esa impía sábana.

- Eso no responde a mi pregunta, excelencia.

- Las memorias del fraile se custodiaron en el monasterio de Kremsier, dónde yace sepultado Heinrich Kramer.- Añadió el Arzobispo.- Catalogadas en su inmensa biblioteca, hasta ahora nadie se había parado a consultarlas. Pero hace escasos meses, el monasterio fue atacado por los protestantes. Para salvaguardar sus tesoros de esos malditos herejes, la biblioteca y las reliquias que se custodiaban allí, fueron trasladadas. Digamos que… durante el traslado, las memorias de ese monje se extraviaron… Y poco tiempo después aparece Manfred Bathory, por los alrededores de Selestat, buscando esa sábana.

- ¿De qué ayuda dispondré para mi cometido?


- Sois el único cazador de vampiros en todo Nápoles. Iréis sólo, aunque allí recibiréis apoyo de uno de nuestros hombres de confianza.- Dijo el Virrey, rompiendo el silencio por primera vez.- Magnus von Craven, es un noble descendiente de una estirpe de caballeros teutones. Defensor de la fe y aliado de España. Lo reconoceréis por su blasón, un cuervo rampante sobre campo de oro.

- Él os proporcionará toda la ayuda que preciséis sobre el terreno.- Añadió el Arzobispo.- De hecho es quién lleva semanas siguiendo los movimientos del vampiro, tratando de localizar su guarida. Él es quién ha pedido expresamente la intervención del Santo Oficio en este asunto.

- De acuerdo, excelencia.

- Llegaréis a Selestat siguiendo el Camino Español.- Dijo el Virrey entregándole un documento.- Este salvoconducto os garantizará el paso hasta el Franco Condado. En las fortalezas que tenemos en el terreno obtendréis alojamiento y los suministros que preciséis. Pero no os confiéis, los caminos están llenos de desertores y forajidos. Y ese otro documento, es una carta de presentación para Magnus von Craven, en ella le indico que debe apoyaros en todo lo que preciséis.

- Partiré de inmediato, excelencia.

- Que Dios os acompañe.- Dijo el Arzobispo cuando el inquisidor salía del salón.


Poco más de dos semanas después


Era finales de octubre cuando Salazar, después de pasar por Roma, Florencia, Milán y cruzar los Alpes hasta el Franco Condado, entró en territorio alsaciano, bajo dominio del Sacro Imperio Romano Germánico. Los estragos de la guerra que llevaba años azotando el continente se hacían patentes a medida que se adentraba en el territorio. Aldeas abandonadas, pueblos habitados sólo por niños o ancianos, en los que el reclutamiento militar se había llevado a los jóvenes. Granjas aisladas asaltadas, alimentos confiscados, hambruna y campos sin labrar… Era plena noche pero el inquisidor prefería apretar el paso para llegar a su destino antes que pasar la noche en pleno bosque. Hacía horas había pasado por una solitaria posada, abandonada y desvencijada en la que por nada del mundo se habría parado a descansar.

El aullido cercano de un lobo le hizo espolear su caballo y tirar de la cuerda de la mula que lo seguía, cargando con todo su equipaje. Avanzando por el oscuro y húmedo camino observó, no muy lejos, la brillante luz de una fogata en un claro y unas voces alegres.

Acercándose, vio lo que parecía un improvisado campamento de lansquenetes. Mercenarios que recorrían el país buscando algún patrón que les pagara para ir a alguna guerra lejana. Gente peligrosa que, con patrón o sin él, debían comer y muchas veces se dedicaban a saquear y violar por allí dónde pasaban. Eran una decena de hombres, compartiendo un enorme tonel de cerveza y repartiéndose salchichas, queso y pan. Las alegres canciones que cantaban alrededor de la fogata, no engañaban al fraile acerca de la peligrosidad de esos hombres, incrementada por el consumo alegre de alcohol.

Por prudencia, al pasar a su lado, amartilló las dos pistolas que llevaba bajo su hábito, iban cargads con proyectiles de plata pero servirían par defenderse. Un viajero solitario, con un caballo y una mula podría ser un botín demasiado tentador para diez hombres armados. El inquisidor contó un par de montantes, varias alabardas, espadas y tres arcabuces. Si le planteaban problemas, estaría en un buen aprieto.

Evitando mirarlos al rostro, pero aguzando el oído, pasó a su lado sin detenerse.

- Una bendición para los que van a la guerra, fraile.- Gritó uno de los hombres al fijarse en su hábito, para reparar, instantes después, en la plateada espada que colgaba de la silla de montar.

El tono de voz y sus mejillas coloradas, indicaron al fraile que más que el hombre, era el alcohol quién hablaba. Barbudo, corpulento y con la ropa desgastada, no era un individuo a quién tomar a la ligera. Sus otros compañeros cesaron la cháchara y centraron su mirada en el fraile.

Sin apartar la mano izquierda del pomo de una de las pistolas, sacó la derecha de su vestidura e hizo una señal de la cruz.

- Que Dios os guíe.- Les dijo en perfecto alemán.

Los diez hombres clamaron en una sonora carcajada, profiriendo todo tipo de improperios, pero sin ninguna actitud hostil. Salazar aprovechó para espolear su caballo y proseguir su camino. Durante su noviciado, Salazar había recibido conocimientos de idiomas. A parte del español y el latín, hablaba con fluidez el catalán, portugués, italiano, francés y alemán. Lo que le permitía moverse sin demasiados problemas por el enorme territorio que dominaba la corona española. Aunque esta vez, se alejaba de sus fronteras. Si se veía en problemas, no tendría cerca a ningún capitán de los Tercios ni ningún alguacil al que requerir ayuda. Por sus adentros, esperó que el tal Magnus von Craven fuera tan confiable como le había asegurado el Virrey.

A medida que se acercaba a Selestat, el bosque dio paso a una amplia campiña. La proximidad con la villa fortificada, daba a los campesinos de la zona mayor tranquilidad y seguridad. Aún estando a varios kilómetros de la villa, los campos se veían cuidados y a través de las ventanas de las granjas desperdigadas se apreciaba luz. Salazar incluso se relajó, contemplando distraídamente el paisaje a su alrededor.

Un canal de riego discurría paralelo al camino, dividiéndose en balsas y compuertas por los distintos campos, en los que las enormes calabazas que se plantaban pronto serían recolectadas. La noche era clara y la luna iluminaba el camino. El aire era frío y el fraile apretujó su ropa cuando en medio de uno de los campos vio algo que llamó su atención.

Parecía un duelo entre dos caballeros si no fuera porque la delgada complexión física y el cabello largo de uno de los contendientes le daba la certeza de que se trataba de una mujer.


Aún no había cumplido los veinticinco años, y ella sabía que iba a morir esta noche. La ira y la rabia la habían empujado a un combate que no podía ganar, pero en esos instantes, no le temía a la muerte. La abrazaría sin miedo alguno. Esgrimía con ambas manos una antigua espada de doble puño con la que hacía frente a su enemigo. Un hombre protegido con una pesada armadura y una capa negra que blandía una mano una espada schiavona cuya hoja estaba ennegrecida por el paso del tiempo.

- ¿Todo lo que me envían ahora es una simple niña?- Le gritó con desdén el hombre, mirándola con unos ojos que parecían brillar con luz propia.

Confiando en la mayor longitud de su espada, ella lanzó una finta seguida de una rápida estocada al cuello. Su rival esquivó el golpe con rapidez sobrehumana, respondiendo a su vez con un tajo que ella no logró evitar del todo, abriéndole una fea herida en el hombro.

- ¿No hay en toda la región ningún rival digno de mi?- Dijo mientras la tumbaba en el suelo con una rápida patada en el abdomen.

Tan enfrascados estaban en la pelea que no se fijaron que alguien había abierto la compuerta de una de las balsas de riego hasta que el agua les llegó a los pies.

El hombre retrocedió un par de pasos, con una mueca de asco, sin atestar el golpe mortal que habría acabado con la vida de la muchacha. Airado, contempló al hombre que se le acercaba, murmurando quietamente algo en latín.

- ¿Agua?- Masculló enfadado, avanzando un par de pasos.- ¿Crees que eso me detendrá?

Cuando pisó el agua, apartó el pie de inmediato con una mueca de dolor en el rostro. Como si estuviera hirviendo.

- ¡Imposible!- Masculló, retrocediendo rápidamente, apartándose del agua.- No se puede bendecir tal cantidad de agua.

Salazar, con una sonrisa en el rostro y los pies empapados se acercó a la chica. Tras asegurarse que la herida no era mortal, centró su mirada en el vampiro.

Manfred Bathory, con su largo cabello rizado cayendo sobre sus hombres, señaló al inquisidor con su espada, acercándola luego a su rostro en un saludo marcial.

- Lleváis espada.- Le dijo señalando la espada de plata de Salazar.- Tal vez seáis mejor espadachín que esa muchacha. Enfrentaros a mi en combate singular, quiero comprobar si...

Por toda respuesta, el inquisidor apuntó a su rostro con una pistola. Cuando apretó el gatillo, el tiro se perdió en el aire. Con una agilidad impropia de quién lleva una armadura completa, el vampiro saltó hacia atrás esquivando la bala por instantes, y se perdió en la oscuridad de la noche.

- Cobarde sin honor.- Escuchó que gritaba el no-muerto entre las sombras de la noche.

Salazar dudó unos instantes, entre perseguirlo o auxiliar a la chica, cuya herida sangraba profusamente. Lo había sorprendido esta vez, pero sabía que no caería de nuevo en ese truco.

La chica tenía una fea herida en el hombro, pero afortunadamente el golpe no le había fracturado la clavícula. El fraile le indicó que la presionara con fuerza con su mano y se acercó a la mula, en busca de un pequeño estuche de cuero del que sacó unas vendas limpias y un frasco con alcohol con el que desinfectó la herida.

- Eres una imprudente.- Le dijo una vez vendada la herida.- ¿Cómo se te acude enfrentarte a un rival así?

- ¿Qué debería haber hecho?- Le replicó ella.- ¿Huir como una cobarde?

- Salvar tu vida. De no haber intervenido yo, te habría matado. Cazar un vampiro de noche… ¿en qué estabas pensando?

- Ese vampiro lleva tiempo rondado por esta región.- Dijo la chica con tristeza.- Hace dos semanas, mi padre salió a primera hora de la mañana en busca de su guarida. En su afán por encontrarla apuró la búsqueda hasta la última hora de la tarde. Supongo que al regresar a casa lo sorprendió la oscuridad. La mañana siguiente, cuando me desperté, encontré su cabeza clavada en una pica frente a nuestra puerta.

- Lo siento.- Dijo el fraile mientras la ayudaba a subir al caballo.

- La noche siguiente escuchamos al vampiro, burlándose de mi padre, de cómo lo había matado. Mancillando su nombre y su honor. Mi hermano no pudo contenerse y salió a desafiarlo.- Añadió ella.- Supongo que no hace falta que te diga como terminó ese duelo. Así que cuando esta noche lo vi vagando por la campiña no pude resistirme a ir tras él. Me oculté en el camino e intenté sorprenderlo, pensé que tal vez con un poco de suerte... Aunque no sirvió de mucho, parece tener ojos en la nuca... Aún así, alguien tiene que acabar con sus fechorías.

- Ese vampiro lleva siglos retando a caballeros y nobles. En Viena lo apodan el “Caballero Sangriento”, en Francia lo llaman el “Dragón Rojo”, en Baviera lo conocen como “El Jinete Infernal” y en Suecia “El Cazador de cabezas”. Es una locura intentar vencerlo de noche.- Dijo Salazar.- Siento mucho lo de tu familia. Te acompañaré a casa y luego me dirigiré hacia Selestat.

- Las puertas de la villa han cerrado a estas horas.

- A mi me abrirán.- Dijo el fraile.

- ¿Por qué deberían hacerlo? ¿Por tu hábito sucio de polvo y barro?- Dijo ella con sorna.- Te pasarás la noche frente a las puertas sin que te abran. Esta región está harta de saqueos y maleantes, nadie abre sus puertas a un desconocido. Puedes pasar la noche en mi casa.

- Me parece que acabas de decir que por aquí nadie abre sus puertas a un desconocido.

- Me has salvado la vida.- Dijo la chica, que en ningún momento había dejado de sujetar la antigua espada de doble puño.- Supongo que algo de hospitalidad es lo mínimo que puedo ofrecerte.


Internándose por un pequeño camino que discurría entre los campos, llegaron a un castillo situado frente a una densa arboleda. Una mole cuadrada de cuatro plantas construida en piedra y ladrillo coronada por tejados picudos de pizarra. Tan sólo se apreciaban unas pocas luces en alguna ventana. Al acercarse, el fraile se sorprendió al no escuchar la voz de ningún criado.

Salazar pasó a través de una austera entrada con el suelo empedrado hasta un patio interior con un pozo en el centro y varias dependencias anexas y una escalera de piedra que subía. Varias gallinas que dormitaban en una ventana cacarearon cuando el caballo pasó a su lado. Ningún criado salió a recibirles.

- Eso es el establo.- Le dijo ella señalando una construcción anexa de piedra y tablas de madera.- Allí encontraras paja y heno para la mula y el caballo. Cuando hayas terminado, sube tu mismo a la primera planta, la escalera te llevará directamente al salón principal. Siéntete como en tu casa.

Mientras el fraile hacía entrar a los animales, escuchó los goznes de la puerta al cerrarse y el sonido de las baldas asegurando el acceso. Desensilló el caballo y descargó a la mula de su equipaje y acomodó los animales en un espacio limpio en el que esparció heno y paja. Llenó en el pozo un cubo con agua fresca y lo dejó en un rincón para que bebieran. Una vez hubo acabado, cargando su equipaje, subió por la escalera por la que minutos antes había subido la chica. Una doble puerta de madera lo condujo al interior de un amplio salón, con dos enormes ventanas que daban al patio y otras dos más pequeñas orientadas al exterior.

En un extremo ardía una chimenea frente a la cual se encontraba la chica, hablando con un hombre de aspecto andrajoso y edad avanzada. En el centro del salón había una amplia mesa y en una pared una panoplia con antiguas armas. Dos puertas se abrían a ambos extremos del comedor.

- Adelante.- Le dijo la chica al verlo a la puerta.- No te quedes ahí, pasa. Puedes dejar tus cosas en la mesa. ¿Hans, podrías traernos algo de comer?

- No hace falta, yo...- Empezó a decir el fraile. Era obvio, por el aspecto del edificio que, pese a residir en un castillo, la situación económica de quiénes lo habitaban era bastante precaria.

- Yo estoy hambrienta.- Lo interrumpió la chica.- Y no me gusta comer sola.

Cuando el viejo criado pasó junto al fraile, Salazar se fijó en sus facciones, tenía la piel agrietada y se apreciaban marcas de alguna enfermedad contraída no hace mucho.

- El ejército se llevó a nuestros criados más jóvenes.- Dijo la chica una vez el hombre hubo abandonado el salón.- Al resto les faltó tiempo para abandonar mi servicio una vez ese vampiro asesinó a mi padre y mi hermano. Creen que estoy maldita o algo así. Sólo el viejo Hans permaneció a mi lado, mis conocimientos de herbolaria lo salvaron de la peste hace años. Ahora es toda la compañía que tengo.

Salazar se fijó por primera vez en los rasgos de su anfitriona. Era joven, y seguramente la mayoría de hombres la encontrarían atractiva. Tenía un rostro redondeado y unos ojos vivos. Lo que más le llamó la atención fue su pelo, largo y liso. Antes, a la luz de la luna, lo había tomado por rubio pero ahora, a la luz del fuego se apreciaba su color con todo detalle. El pelo de la chica era de un tono plateado que el fraile no había visto en ninguna otra persona, igual que sus ojos, que parecían dos perlas.

La chica curioseaba las pertenencias del fraile. De una funda de tela sacó un arcabuz que examinó con atención.

- Pensaba que los frailes viajabais con biblias, rosarios y estampas.- Apuntó ella.- Tu equipaje parece el de un mercenario.

- No siempre bastan las oraciones y los crucifijos para exterminar el Mal.- Le dijo mientras le quitaba el arcabuz de la mano y volvía a guardarlo dentro de la funda.- Lo cargo con balas de plata bendecida, letales para un no-muerto.

- Así que es verdad, eres un auténtico cazador de vampiros. Nunca habría imaginado que conocería a uno.


Salazar desvió la mirada hacia la chimenea. En la repisa había el retrato de dos hombres, un anciano caballero de unos cincuenta años y un apuesto joven con armadura que rondaría la treintena. Ambos lucían un pelo largo y oscuro, del mismo color de sus ojos.

- Mi padre no era realmente mi padre.- Añadió ella adivinando lo que cruzaba la mente del inquisidor.- Aunque siempre me trató como tal. Me encontró recién nacida en el bosque, volviendo de una cacería. Como ves, mis rasgos son completamente distintos a los de la familia.

La chica se acercó a contemplar ambos retratos durante un instante, como si fuera la primera vez que los veía.

- Algunos lugareños afirman que soy fruto de un adulterio entre mi padre y un espectro del bosque. Otros dicen que fui engendrada por mismo infierno mediante un siniestro ritual… Yo simplemente creo que mis padres, al ver mi singular color de pelo y ojos me abandonaron en el bosque como un animal... Mírame, fraile, y dime ¿te parezco un elfo o un demonio?

- El plateado es un color que suele asociarse a los ángeles. No veo nada de maligno ello. Me pareces una bonita muchacha con un singular tono de pelo. El mundo es extenso, hay personas con el pelo oscuro, rubio, pelirrojo o incluso blanco como la nieve, y no hay nada de maligno en...

Salazar se dio la vuelta para reprimir un ataque de tos, cuando levantó la mirada se quedó completamente callado. Sobre el dintel de la puerta por la que había entrado, había esculpido en piedra un escudo de armas que reconoció al instante.

- ¿Tu padre era…?- Girándose de nuevo hacia la chica.

- Magnus, Magnus von Craven.- Respondió ella.- Mi hermano se llamaba Kurtz, y yo soy Thalia von Craven. Aún no nos habíamos presentado.

- Salazar.- Masculló el fraile presentándose a su vez.- Yo… Mi Orden me envió aquí con un cometido concreto, me indicaron que tu padre me prestaría ayuda.

- Soy lo que queda de la familia von Craven. Si esperabas hombres y recursos, poco puedo darte. Pero me has salvado la vida. Te ayudaré en todo lo que pueda, como única hija y heredera, me corresponde a mi ese deber.

- Tu padre mantenía una estrecha relación con las autoridades españolas. Mis superiores lo tienen en alta estima, vuestro linaje es antiguo y noble.

- Mi padre y mi hermano se creían caballeros de antaño.- Dijo Thalia, sujetando aún la espada.- Creían en el honor, el deber y la lucha contra el mal… Y han acabado…

Por primera vez, la voz de la chica se quebró. El fraile se acercó a ella y Thalia lo abrazó, permitiéndose un momento de desahogo, sollozando entre sus brazos.

- ¿Y tu madre?- Se atrevió a preguntarle.- Digo, su esposa...

Ella negó con la cabeza.

- Murió hace un par de años.- Dijo sin dejar de sollozar.- Sé que no era mi madre, pero me trató con cariño… Pese a lo que digan los aldeanos de los alrededores.

Aquello sorprendió al fraile, pero no quiso ahondar más en la herida. Avergonzado, se separó bruscamente de ella cuando Hans entró de nuevo, llevando una bandeja con comida. Una endurecida hogaza de pan, un queso algo mohoso y una cazuela con un caldo caliente.

- Nos irá bien comer algo.- Dijo la chica sentándose en la mesa.- Puedes dejarnos, Hans. Salazar es un fraile español, amigo de mi padre.

- Debo decirle, señora.- Dijo el criado, resistiéndose a dejarla sola.- Que llevo más de treinta años al servicio de vuestra familia. Y vuestro padre no mencionó nunca al señor Salazar.

- No insistas, Hans.- Dijo ella, firme.- Estaré bien, y tu estarás cansado, retírate a tus aposentos.

- Como ordenéis, señora.- Dijo el hombre a regañadientes.

Salazar quiso decir algo que aliviara la preocupación del fiel criado, pero Thalia con un gesto le dijo que callara.

- Me gustaría saber que es lo que te ha llevado a cruzar media Europa hasta aquí y que querías tratar con mi padre.- Dijo mientras partía la hogaza de pan y cortaba un pedazo de queso con el cuchillo de la bandeja.

Salazar cogió un cuenco de cerámica y se sirvió un par de cucharones de caldo. Lo cierto es que estaba hambriento. Mientras comía, le fue contando a Thalia la misión que le había encomendado la Inquisición.

- Si quieres.- Le dijo ella masticando el queso.- Mañana te puedo llevar a casa de los Kramer, o más bien lo que queda de ella. Aunque será el primer lugar en el que habrá buscado ese vampiro.

- Manfred.- Apuntó él.- Se llama Manfred Bathory, y tiene más de seiscientos años. Es un vampiro poderoso.

- Mañana seguiremos hablando de este asunto.- Dijo ella minutos después, apurando lo que quedaba de caldo.- Ahora estoy algo cansada y primero quiero mostrarte mi humilde morada, no quisiera que mi invitado se perdiera intentando localizar la letrina.


Thalia cogió un candil de un estante y lo encendió. Condujo al fraile a través de un estrecho pasillo por el que entraba el aire de la noche, y bajó unas escaleras interiores que comunicaban con la entrada principal.

- Aquí, a la derecha.- Le dijo abriendo una pequeña portezuela.- Tenéis la letrina. Y aquí un pequeño lavamanos.

Thalia le señaló una pequeña fuente con cabeza de perro justo al lado de la puerta de entrada.

- Sígueme.- Le indicó mientras cruzaba la entrada.

Thalia le mostró el resto de la planta baja. Las cuadras, dónde tenía un par de cerdos, un pequeño gallinero, la bodega y una amplia y ventilada despensa, y su cocina contigua, provista de fogones y una enorme chimenea. Subiendo por otras escaleras interiores, lo condujo de nuevo a la primera planta lo hizo entrar por una puerta de madera con una cruz grabada.

- La capilla del castillo.- Le dijo mostrando una austera estancia con un par de bancos de madera y un pequeño altar con un tosco crucifijo.- Aquí puedes realizar tus rezos y plegarias. Antaño venía un párroco a oficiar una misa semanal. Pero dejó de venir hace tiempo.

Salazar quiso preguntarle algo acerca de esa última frase pero la chica no le dio pie a ello. Cruzando la capilla, lo llevó a otro pasillo que conducía a lo que parecía ser la primera plante de la torre de defensa del castillo. Unas escaleras de madera ascendían y en un rincón había dos antiguas armaduras. Salazar no pudo evitar fijarse en el orificio que una tenía en el pecho y en la marca que la otra presentaba en la zona que debía proteger el cuello. Aún se apreciaban restos de sangre seca. Sus ojos se encontraron con los de Thalia pero no se dijeron nada. Cruzando la estancia, lo condujo de nuevo a través de un pasillo al salón comedor.

- Las puertas por las que acabamos de pasar.- Le dijo.- Son los aposentos de los criados, sólo Hans se aloja en ellos ahora. Pero no debes preocuparte, no te haré dormir como un criado más. Tengo alcobas más que dignas para un invitado que ha venido de lejos.

Llegando de nuevo a las escaleras de piedra por las que habían subido a la capilla, ahora lo acompañó hasta arriba. Llegando a una amplia sala que hacía las funciones de biblioteca, con las paredes repletas de estanterías con libros y una mesa con dos sillones y un tintero y una pluma. En un rincón había una chimenea apagada, algo más pequeña que la del salón.

- Aquí es dónde duermo yo.- Le dijo señalando una puerta, a la que conducían varios escalones.- Por si te cruzara la mente alguna idea rara, cierro siempre con llave cuando duermo. Así que por mucho que intentes no…

- ¡Por favor Thalia!- Interrumpió él, enfadado por el cariz de la conversación.- Soy un fraile, como quieres que…

- Ante todo, eres un hombre.- Dijo ella.- Y créeme, he conocido a bastantes como para saber de lo que sois capaces cuando estáis a solas con una chica.

- ¿Si desconfías de mis intenciones, por qué permites que pase aquí la noche?

- Como te dije.- Replicó ella.- Me has salvado la vida, y te debo cierta gratitud. Y en Selestat no te habrían abierto las puertas. Era dormir aquí o en el campo. Que te conceda mi hospitalidad, no significa que tengas mi plena confianza. Y ahora, por favor, sígueme.

Thalia lo condujo a través de varias estancias. Por los arcos y capiteles en las puertas, dedujo que serían los aposentos principales, pero no se atrevió a preguntarle al respecto. Cruzando lo que sería la planta superior de la torre de defensa, repleta de muebles polvorientos, la chica abrió otra puerta que daba a otro pasillo. Cruzando el pasillo, le abrió la puerta situada en el extremo.

- Creo que aquí estarás bien.- Le dijo alumbrando con el candil una amplia habitación.

Una pequeña ventana daba al exterior. La estancia estaba provista de una cama cubierta por una manta polvorienta. Frente a la cama había una chimenea y a su lado un estante con algo de leña plagada de carcoma y telarañas. Toda la habitación olía a polvo y humedad, señal de que hacia tiempo que no se ventilaba. Pero no le dijo nada, suficiente hacía la chica concediéndole hospitalidad.

El único mobiliario era un baúl de madera a los pies de la cama y un espejo con un pequeño lavamanos de cerámica y un jarrón de porcelana. Sobre la chimenea había un grueso candelabro de hierro.

- Muchas gracias.- Le dijo mientras encendía el candelabro.

- Puedes bajar al salón a recoger tu equipaje y subirlo.- Le dijo ella.- También tienes la biblioteca a tu plena disposición… Ah, y si te despertaras con hambre, eres libre de bajar a la cocina a picar algo de comida. Siéntete como en tu casa. Como te decía, cierro mi alcoba con llave. Por lo demás, puedes moverte a tu gusto. Buenas noches.

- ¡Espera!- Le dijo el fraile antes de que la chica abandonara la habitación.

- El vampiro.- Le dijo él.- Podría entrar esta noche. Debería poner protecciones en puertas y ventanas, en todas.

- ¿Qué parte de que no entrarás en mi alcoba no has entendido?- Masculló ella.- Por lo demás, puedes hacer lo que quieras. Aunque yo de ti no subiría a las plantas superiores, están algo desordenadas.

- No malinterpretes mis palabras.- Dijo él.- Pero...

- Aquí sabemos como protegernos de los peligros de la noche.- Interrumpió ella.

- ¿Con flores de espino y ristras de ajos?- Replicó el fraile.- Los he visto clavados en puertas y ventanas. Eso no detendrá a Manfred.

- Haz lo que consideres.- Dijo ella cerrándole la puerta.- Pero no te servirá como excusa para entrar en mi alcoba.

- ¡Maldita testaruda!- Masculló enfadado.


El fraile se dirigió al piso inferior para subir su equipaje a la habitación. Lo esparció sobre la cama para asegurarse que todo estuviera en buen estado. Una funda de tela envolvía su arcabuz y sus doce cargas de pólvora y proyectiles de plata bendecida. A parte de su inseparable espada de plata y sus dos pistolas, disponía también de un cuchillo de viaje de acero y unos cubiertos de peltre, así como yesca y pedernal. En unas alforjas de cuero guardaba varios libros que habían aguantado bien la lluvia del camino. Disponía también de una polvorera hecha con el enorme cuerno de un toro y un pequeño estuche de madera con varias balas redondas de plata bendecida. En un petate de tela disponía de un par de calzones limpios y dos hábitos negros. En un estuche de latón guardaba varias ostias consagradas y en un estuche de cuero tenía varios frascos con vendas, ungüentos y hierbas medicinales, así como un par de botellines de aceite para bautizar, traído de Tierra Santa. Y por supuesto, su inseparable rosario de madera, varios pequeños crucifijos y una alforja llena de afiladas estacas de roble y un martillo de plata con símbolos sagrados.

Puso varios troncos en la chimenea y la encendió. Antes de desprenderse de su sucia ropa, abrió la ventana para que la estancia se ventilara un poco. El frío aire de la noche golpeó su rostro. A través de la ventana se apreciaban los extensos campos alrededor del castillo y el bosque cercano. Tan sólo se veían un par de pequeñas luces, de alguna casa solitaria.

Dejando que se ventilara la habitación, salió y bajó hasta la letrina, tras lo cual se aseó y un poco en el lavamanos y llenó el jarrón de porcelana con agua fresca. Mientras subía de nuevo la escalera, se fijó en la gruesa puerta que daba acceso al exterior. Pese a estar en un castillo, sus gruesos muros y la recia puerta no detendrían a un vampiro si quería acceder al interior. Con un estremecimiento subió de nuevo a su habitación. Amartilló una pistola y cogió el frasco con el aceite bendecido. Humedeciendo sus dedos en él, empezó a trazar pequeños crucifijos en puertas y ventanas.

Aunque aquello no suponía un obstáculo insalvable para le vampiro, sí que dificultaría su acceso e impediría que entrara transmutado en niebla. Recordó que Thalia le había desaconsejado subir a la planta superior, así que cerró la puerta de la escalera y trazó una cruz con el aceite en la carcomida madera. De nuevo, bufó al plantarse frente a la puerta que cerraba la alcoba de la chica, tendría que haber entrado a asegurar sus ventanas. Volvió a su habitación y arrancó una página de uno de sus libros sagrados, un salmo de protección contra el mal. Deslizó el pergamino junto con una ostia consagrada por debajo de la puerta. Sería toda la protección de que dispondría ella, pero era mejor que nada.

Una vez repetido el proceso con las puertas y ventanas de la planta inferior y la planta baja, hasta casi agotar el frasco de aceite, pasó unos instantes por la capilla, a realizar sus rezos de rigor. Cuando por fin volvió a su habitación, cerró la ventana y guardó sus enseres en el baúl. Colgó la espada del cabezal del su capa y puso una pistola debajo de la almohada. Se quitó el polvoriento hábito y vistiendo sólo sus calzones, se acercó al espejo. Vertió algo de agua del jarrón sobre el lavamanos y contempló su cuerpo. En su pecho se cruzaban varias cicatrices, antiguas y recientes, tenía dos costillas hundidas, que le presionaban los pulmones, dificultando su respiración y causándole repentinos ataques de tos.

No hacía falta verse la espalda para saber que también la tenía poblada de viejas heridas. Pese a lo arriesgado de su profesión, había llegado a una edad en que la mayoría de sus compañeros o habían muerto o se habían retirado. En cambio él, pese a notar como las fuerzas de su juventud menguaban, seguía cazando vampiros.

Un extraño olor estremeció todo su cuerpo, apartándose del espejo, cogió la pistola. La habitación se estaba llenando de un característico olor. “Azufre” masculló el fraile mientras intentaba determinar su procedencia.

Salió al pasillo y no notó nada, ese aroma asociado al infierno y el inframundo, procedía exclusivamente de su habitación. Apartó bruscamente la cama y horrorizado contempló un desdibujado pentagrama en el suelo.

- ¡Herejía!- Maldijo mientras intentaba borrar ese símbolo y ponía un crucifijo encima antes de volver a poner la cama en su sitio.

Inquieto, su oído captó un alarido. Como un gemido, pero más agudo. Un sonido que hizo estremecer su cuerpo. Aguzando el oído escuchó lo que parecía un cántico, traído por el ulular del viento. Sólo que en su habitación no había viento alguno. Se acercó a la chimenea y tuvo que apartarse bruscamente.

Sin duda alguna, el olor a azufre, provenía del tiro de la chimenea, que subía hasta arriba y conectaba con las diferentes plantas del castillo. Evitando quemarse con el crepitar de las llamas, aguzó el oído. El aullido que escuchaba, provenía también de allí. Ahora lo escuchaba como si fuera un grito de agonía y dolor. Inquieto, abrió una Biblia y la puso en la repisa de la chimenea. Se arrodilló frente al fuego y con el rosario en la mano empezó a recitar salmos y oraciones. Un par de horas estuvo en esa posición, hasta que el hedor a azufre y los sonidos espectrales cesaron.

Alarmado, se dirigió al pasillo y cruzó la biblioteca a toda velocidad. Intentó abrir sin éxito la puerta de la alcoba de la chica. Tan sólo se tranquilizó cuando, aguzando el oído, no escuchó nada a través de la rendija, ni a través del ojal de la llave le llegaba el olor a azufre. “El salmo y la ostia la protegerán de todo mal”. Se dijo para tranquilizarse mientras volvía a sus aposentos.


La mañana siguiente.

El sol entraba con fuerza a través de su ventana cuando Thalia se despertó. Desperezándose, salió de la cama y se aseó en un lavamanos esculpido en la pared de piedra. Antes de abrir la puerta, se fijó en el pergamino y la ostia que el fraile había deslizado a través de su puerta. “Qué inocente” pensó mientras arrugaba la página con la ostia dentro y lo arrojaba a las brasas que aún se consumían en su chimenea.

Abrió la puerta de su alcoba y bajó los pocos escalones que conducían a la biblioteca.

- Eres madrugador.- Dijo como saludo al ver al fraile sentado en la mesa con varios libros abiertos frente a él.

- Buenos días.- Dijo él levantando la mirada.- ¿Qué tal la herida?

- Mucho mejor.- Respondió ella, deslizando el camisón mostrando su hombro desnudo. La herida era una fina línea oscura rodeada de un buen hematoma. No se apreciaba infección ni demasiada inflamación, al contrario, parecía sanar rápido y bien.

A Thalia no le pasó desapercibida la mirada ruborizada del fraile al mirarla. La chica vestía tan sólo su camisón de noche, que no terminaba de ocultar sus bonitas formas femeninas. Avergonzado, Salazar agachó enseguida el rostro y volvió a centrar su mirada en el libro. Ella no pudo reprimir una risita, tal vez, mostrar su hombro herido a un religioso había sido demasiado atrevido.

- ¿Has comido algo?- Le preguntó mientras ojeaba con interés los libros que tenía desplegados en la mesa.

- Fiore dei Liberi.- Dijo el fraile cerrando el libro, y señalando los otros que había estado hojeando.- Johannes Liechtenauer, Joachim Meyer, incluso dispones de un volumen de Carranza. Una excelente selección de tratados de esgrima.

- Cada día les dedico algo de tiempo-. Respondió la chica.- Y me ejercito con ellos. Mi padre nunca consideró que una mujer tuviera que aprender a manejar una espada, así que aprendí esgrima a sus espaldas. De esa forma cuando…

- Déjate de sandeces.- Interrumpió el fraile.- Te hará falta algo más que antiguos tratados de esgrima para enfrentarte a Manfred. No vuelvas a intentarlo y mucho menos de noche.

- Tu no tuviste ningún reparo en encararte con el vampiro, arriesgando tu vida.

- Yo recibí años de duro entrenamiento para combatir con éxito a seres como él. Y aún así, dudo mucho que logre vencerlo en la oscuridad de la noche.

- Entonces.- Le espetó ella, señalando la espada que el fraile ceñía al cinto.- ¡Enséñame! Si crees que sabes más que yo. Quiero vengar la muerte de mi familia.

- Déjalo, Thalia.- Le dijo él, más como una súplica que como un consejo.- Y no, no he comido nada aún.

- Hans es viejo y suele levantarse algo tarde.- Dijo ella para disculpar al criado.- Pero bajemos a la cocina, a ver que encontramos para picar.

El fraile no le mencionó nada de los extraños aullidos que escuchó anoche, ni sobre el olor a azufre o el símbolo impío que había en el suelo de su alcoba. No quería asustar a la muchacha en su propia casa. Bajo la luz del día, esos sonidos podían deberse a mil causas, sobretodo en un edificio tan antiguo, y aquel símbolo que había borrado con esmero nada más levantarse, parecía haber sido dibujado hacía tiempo. Nada de lo que tuviera que preocuparse, pensó él.

- Hoy prometiste llevarme a casa de los Kramer.- Le recordó el fraile mientras bajaban las escaleras del patio.

- ¿Nunca dejas de pensar en tus obligaciones?- Le dijo ella como respuesta.

- También deberíamos buscar a un médico para que examine tu herida.- Dijo preocupado, Salazar.- Aunque ahora no te duela, podría infectarse y…

- De mi herida me ocupo yo.- Replicó, tajante.- Y no se me va a infectar, eso te lo aseguro.


Al entrar en la cocina, Thalia puso un par de troncos en las brasas que aún ardían en la chimenea de ladrillo, y puso a calentar en una parrilla un par de salchichas que cogió de la despensa.

- Tenemos harina y un horno perfectamente funcional.- Le dijo al fraile mientras le servía un vaso de vino y cortaba un par de rebanadas de pan seco.- Pero supongo que no tenemos tiempo para hornear el pan.

- Así está bien, gracias.- Le respondió con educación mientras mojaba la rebanada seca en el vino.

- Espero que cuando volvamos.- Dijo la chica sacando las salchichas del fuego y sirviéndolas en platos de cerámica.- Hans haya podido cocinarnos algo y tengamos pan blando. Es un excelente cocinero.

Mientras comían, un gato negro entró por una estrecha ventana que servía para ventilar la cocina. Saltando sobre los fogones, persiguió a un ratón hasta que se le escapó por una grieta en la pared. El animal maulló frustrado y se acercó a Thalia, frotándose entre sus piernas mientras ronroneaba.

- Aunque no lo parezca.- Dijo la chica mientras le acercaba un trozo de salchicha al gato.- Sax es un excelente cazador de ratones, a parte de una excelente compañía. Aunque algunos vinculan los gatos negros con la brujería.

- El negro es el color de la noche.- Dijo el fraile, agachándose para acariciar el gato.- ¿Pero acaso tildamos de brujos a las personas que tengan el pelo azabache?

- Sólo a las que lo tenemos plateado.- Replicó la chica en una clara alusión a su cabello.- Por cierto, se nota que le gustas, normalmente Sax es muy arisco con los desconocidos. Si él te acepta, tan mala persona no debes ser.

El fraile dejó al gato y arqueó la ceja ante ese comentario.

- Debemos ponernos en marcha.- Dijo Thalia, ignorando su mirada, mientras se levantaba de la mesa.- Voy arriba a cambiarme, espérame en un rato en el patio. Puedes comer algo más, si quieres.

Mientras la chica subía hacia su alcoba, el fraile se acercó al establo y ensilló la mula y el caballo. En un rincón vio una azada algo oxidada que sujetó al lomo de la silla por si hubiera que excavar entre las runas. Aunque era plena luz del día, sólo por precaución subió hasta su habitación y se ciñó en el interior de su hábito, de forma disimulada, las dos pistolas cargadas con balas de plata. Al salir se cruzó con Thalia, la chica vestía unos pantalones oscuros y un jubón de lana que disimulaba sus formas femeninas, su largo pelo plateado lo ocultaba bajo una capellina blanca. Pasaría perfectamente por un muchacho adolescente.

- Un fraile y una mujer caminando juntos supongo que sería sospechoso.- Le dijo ella por toda explicación. Aunque la intuición de Salazar le dijo que había algo más, no le preguntó al respecto.

De la misma forma que tampoco le preguntó por la necesidad de llevar la espada de su padre sujeta a la espalda.

- La mayoría cree que los Kramer vivieron en Selestat, porque allí es dónde fueron bautizados.- Le explicó la chica mientras bajaba las escaleras delante del fraile.- Pero lo cierto es que vivían en un molino no muy lejos de aquí, a las afueras de la villa. Tu caballo aún estará agotado, lo mejor sería dejarlo descansar. Sólo es una hora y poco de caminata… Salvo que a tu edad ya no tengas aguante para eso.

Ignorando esa última pulla, el fraile desensilló el caballo y sacó la mula, indicándole a Thalia con un gesto que subiera a la grupa. A lo que ella se negó. Antes de partir la chica puso en las alforjas de la mula el resto de pan seco que les quedaba, un pedazo de queso y un odre con agua. Nada más abrir la puerta, un hedor putrefacto llenó sus fosas nasales.

Clavado a la parte exterior de la puerta, había un cuervo eviscerado con una cruz invertida dibujada con lo que parecía ser la sangre del animal.

- Como puedes ver.- Dijo Thalia mientras desclavaba al animal con ayuda de un largo cuchillo que llevaba al cinto.- Soy una persona muy querida por esos lares. Los aldeanos me obsequian con todo tipo de presentes.

- ¿Por algún motivo en particular?- Preguntó el fraile mientras la ayudaba a limpiar la cruz invertida.

- ¿Ser joven, soltera y residir en un castillo con la despensa llena mientras los campesinos se mueren de hambre, no te parece suficiente motivo?

- Procedes de un linaje de caballeros cristianos, defensores de la fe.- Dijo Salazar.- Vuestro padre, vuestro hermano, dudo mucho que nadie…

- Déjalo.- Lo interrumpió ella.- Lidiad con vuestros problemas que yo haré lo mismo con los míos.


Callados, caminaron durante un buen rato. Era una zona fértil y húmeda y el camino estaba embarrado por las recientes lluvias. Los campos estaban sembrados de zanahorias, cebollas, habas y sobretodo, enormes calabazas anaranjadas. Todo parecía indicar que sería una buena cosecha, hasta que el fraile se detuvo un instante, tocando con el pie una gruesa calabaza casi madura. Al instante, afloraron de su cáscara infinidad de gusanos e insectos. Con una mueca de asco, el inquisidor se apartó.

- Todo el campo está así.- Explicó Thalia.- Por alguna razón, la cosecha se pudre. Hay quién dice que esta tierra está maldita, otros lo achacan a la brujería, otros dicen que es porque ha llovido demasiado… Sea como sea, será un duro invierno.

Apartándose del camino, Salazar se internó en el campo. Sus botas se hundían en el suelo embarrado, tocó varias calabazas con idéntico resultado. Aparentemente parecían sanas, pero por dentro estaban completamente podridas. Seguido de cerca por Thalia se acercó hasta un anciano y retorcido roble que crecía en un margen que hacía de linde entre dos parcelas de cultivo. Las gruesas raíces del árbol sobresalían de la tierra. Lo que había llamado la atención del fraile, eran unos huesos blanquecinos que las raíces habían sacado a la superficie.

- Se acerca la noche de los difuntos.- Dijo Thalia a su espalda.- Y la frontera entre nuestro mundo y el suyo, se diluye. En esa noche los muertos….

- Pamplinas.- Sentenció el fraile cubriendo los huesos con tierra.- Simplemente es un viejo cuerpo insepulto que las raíces y la lluvia han sacado a la superficie.

- Si escarbas un poco por esos campos.- Le dijo ella señalando con los brazos la extensión de la campiña.- Encontrarás cientos de huesos como estos. Hace años, era poco más que una niña, aquí hubo una batalla importante. Los austríacos intentaron adueñarse de esta región y fueron contenidos por un fuerte contingente alemán. La sangre de ambos bandos regó esta tierra y sus cuerpos sirvieron de abono. Desde entonces, las cosechas han sido escasas, pero lo de este año… Hay quién dice que los muertos no descansan en paz, que un nigromante podría levantarlos de sus sepulturas.

- Idioteces.- Insistió él.- Un cadáver putrefacto no se levanta, creer en ese tipo de cuentos, es creer en herejías.

- ¿Qué es un vampiro sino un cadáver que se levanta de la tumba?- Replicó Thalia.- ¿Combates a los no-muertos, pero no crees en ellos?

- Confundes conceptos.- Le explicó el fraile mientras volvía al camino.- Un vampiro sólo puede engendrarse en el mismo instante en que su corazón deja de latir. Una vez el cuerpo empieza a descomponerse, nada puede reanimarlo. Ni las más impías salmodias y sortilegios. Esa es la conclusión a la que llegó décadas atrás la Junta de Teólogos de la Inquisición.

- Y sin embargo Kramer, en su Malleus Maleficarum afirma que en la noche de difuntos o la noche de walpurgis, mediante el conjuro adecuado es posible…

- Nada de lo que dice el Malleus es cierto.- Interrumpió Salazar.- Ese tratado mezcla tradiciones paganas, herejías impías y cuentos infantiles. Lo que allí se consigna contradice de pleno la propia doctrina de la Iglesia. Ese libro es pura falacia, debería ser destruido ya que sólo se usa como excusa para llevar a inocentes a la hoguera.

- Y sin embargo te han enviado desde tan lejos, para hacerte con un lienzo escrito por su hermano…

- Que un vampiro quiera hacerse con esa sábana maldita, si es que realmente existe, es motivo suficiente para la Inquisición quiera encontrarla primero.

- La confianza que tienes en tu fe, es digna de admiración. ¿Nunca has presenciado nada que haga temblar tus creencias?

- Sólo hay una fe verdadera, el resto son herejías sin sentido.- Respondió, dando por zanjado el debate.- No existen las brujas, ni los nigromantes, ni los cadáveres andantes. Sólo esos seres infernales conocidos como vampiros, las posesiones demoníacas y el mal que cada ser humano alberga en su interior.

- Dentro de dos días es la noche de difuntos.- Dijo Thalia con la voz algo temblorosa.- Veremos si entonces tu fe sigue tan inquebrantable como hasta ahora.

Salazar fue a replicar algo pero calló. Se acercaban a un grupo de aldeanos que abrían varias calabazas, contemplando desesperados su contenido putrefacto y no quería que su siniestra conversación acongojara aún más a aquellas pobres gentes.

- Nigromancia.- Escuchó que decían.- La bruja lleva años maldiciendo nuestras cosechas.

- Su poder está creciendo, quiere matarnos de hambre para esclavizar nuestras almas.

- Si las autoridades no hacen nada, tendremos que actuar nosotros.

Al fraile no le pasó desapercibida la mirada de Thalia, clavada en el suelo y con los puños apretados mientras dejaban atrás a los aldeanos y sus comentarios. Al cabo de un rato llegaron a una pequeña aldea compuesta por una decena de casas agrupadas alrededor de una pequeña iglesia.

- Ya estamos cerca.- Dijo Thalia, rompiendo el silencio por primera vez en un buen rato.

Dejando atrás el pueblo llegaron a un pequeño arroyo en cuya orilla crecían sauces y chopos.

- Aquí es.- Dijo la chica señalando unos muros de piedra casi totalmente cubiertos por la vegetación, justo a la orilla del arroyo.- El padre de los Kramer era molinero, murió cuando el mayor tenía ocho años. La familia vivió en ese viejo molino hasta que un incendio destruyó la casa, matando a la madre.


Salazar se acercó a lo que quedaba del viejo molino. Cuatro paredes de piedra ennegrecida y algunos restos de lo que parecía ser la balsa que recogía el agua del arroyo para hacer accionar una rueda, ahora desaparecida. Con ayuda de la azada apartó la maleza de lo que parecía ser la puerta de entrada y accedió al interior. Por todo el espacio había restos de ladrillos, tejas y bigas putrefactas y ennegrecidas. Era casi imposible determinar que uso tenía cada estancia, y moverse por el interior era tarea difícil. Las paredes estaban llenas de zarzas y moho. No había ningún indicio de que nadie hubiera pisado este lugar en años.

- Los aldeanos lo consideran un sitio maldito y no se acercan por aquí.- Dijo la chica colándose por lo que había sido la apertura de una ventana.

- Esto debía ser el comedor, aquí la cocina...- Dijo el fraile moviendo la azada entre escombros y maleza, revelando una chimenea y lo que quedaba de unos fogones.

Agachándose primero a los fogones, metió la mano entre los restos de ceniza removiéndolos con cautela.

- ¿Crees que vas a encontrar algo?- Le dijo Thalia acercándose a su espalda.- Manfred lleva semanas de ventaja buscando lo mismo que tu, si la sábana estuviera aquí, ya la habría encontrado.

Ignorando su comentario, el fraile se dirigió a la chimenea de ladrillo. Apartando con la azada los restos de una biga quemada y despejando las plantas alrededor, se acercó dónde habría estado el fuego y de nuevo, empezó a remover entre las cenizas.

Al cabo de unos instantes, el fraile empezó a toser, se apartó bruscamente y a pasos apresurados, salió de la casa dónde continuó tosiendo violentamente. Thalia lo siguió y empezó a darle golpes suaves en la espalda.

- Deberías haberte cubierto el rostro con un paño.- Le dijo.

Salazar negó con la cabeza, incapaz de articular palabra ante el continuo ataque de tos. Hasta que la chica no le acercó el odre con agua y empezó a beber, el achaque no menguó.

- Es la secuela de una vieja herida.- Le explicó mientras recuperaba el aliento.- Tengo un par de costillas rotas, si me agacho o hago determinados movimientos, me presionan los pulmones y me provocan estos ataques de tos.

Dejando el odre en el suelo, volvió a entrar en el viejo molino, al acercarse a la chimenea, su mirada quedó clavada en un punto concreto. Tal vez antes le hubiera pasado desapercibido, o tal vez, su repentino ataque de tos había levantado la ceniza y el hollín acumulado en la pared de la chimenea.

- La marca de una deflagración.- Apuntó Thalia a su espalda, al percatarse de lo que miraba fijamente el fraile.- Tal vez aceite o…

- Esto no es un deflagración.- Dijo el fraile incorporándose, reprimiendo con esfuerzo un nuevo tosido.

Lo que había captado su atención era una marca oscura que destacaba entre la ceniza y el hollín acumulado en los ladrillos de la pared de la chimenea. Una marca que parecía una cruz invertida cuyos brazos parecían flamear. Una marca que bien podría haber dejado una explosión de pólvora o la rápida combustión de un líquido como el aceite.

Raudo, salió del edificio y se acercó a las alforjas de la mula, de las que sacó un grueso libro. Ignorando la mirada de Thalia volvió a entrar. Agachándose frente a la chimenea, empezó a hojear rápidamente las páginas del manuscrito.

- El Summa Daemoniaca.- Le dijo señalando el libro.- Es el único tratado de demonología aceptado por la Iglesia. Aquí se consignan los nombres de los demonios que aparecen en la Biblia y los principales textos herejes. Y contiene un detallado apéndice sobre estigmas, marcas y presagios infernales.

Bajo la atenta mirada de la chica, el fraile dejó el libro abierto por una página concreta. En ella había dibujado un símbolo muy parecido al que se apreciaba en la chimenea.

- El Ángel Negro.- Le explicó el fraile, señalando la oscura marca.- A diferencia de los ángeles celestiales, no aparece en pie, ni es portador de buenos presagios. Según indica el tratado, el Ángel Negro es un símbolo de presencia demoníaca, aparece siempre boca abajo, cayendo en picado como un ave rapaz sobre su presa. Trazando una línea desde lo que sería su cabeza, señala a la persona que será objeto del mal del inframundo.

- Pues ahora.- Dijo Thalia tragando saliva.- Nos está señalando a nosotros.

De su hábito el fraile sacó una pequeña caja de latón, de la que sacó una ostia consagrada. Pasó varias páginas de libro hasta detenerse en una que contenía un breve salmo. Recitando las palabras, encastó la ostia sobre la cabeza de aquella fatídica silueta.

- Nadie ha entrado en este lugar en siglos.- Le dijo para tranquilizar a la chica.- Este presagio no iba destinado a nosotros.

- ¿Insinúas que lo dibujaron para matar a los Kramer?

- O tal vez sólo para asustarlos, para forzarlos a abandonar este lugar.- Respondió el fraile sacudiéndose el hábito manchado de tierra y cenizas.- Por mucho que la Iglesia considere válido el contenido del Summa Daemoniaca, nadie ha logrado probar que sea posible invocar un demonio a nuestro mundo.

- Pero la Biblia dice…- Apuntó ella.

- El diablo campa por el mundo, esparciendo su influencia y poseyendo a los más incautos. Los exorcismos son reales. Pero eso es algo totalmente distinto, una presencia salida del mismísimo infierno. ¿Hueles eso? Aún se aprecia entre las cenizas el hedor a azufre del inframundo.

- ¿Y esa invocación provocó el incendio que causó la muerte de la madre y la destrucción de esta casa?

- Jugar con los poderes del averno es peligroso. Puede consumir el cuerpo y el alma del invocador.- Le explicó el fraile.- ¿Por qué alguien se arriesgaría a convocar una llama del infierno cuando puede hacer lo mismo con una tea ardiente, sin riesgo para su cuerpo y su alma?

Thalia asintió, no del todo convencida con esa explicación.

- Entonces según lo que dices, ¿los vampiros podrían ser fruto de un pacto con el demonio?

- El Summa Daemoniaca no menciona a los vampiros en ningún momento. Ningún texto cristiano menciona su creación, en cambio, varias tradiciones paganas especulan sobre su origen. Situándolo en Egipto, China o la India… Quien sabe.- Respondió el fraile.- Siglos atrás, la Iglesia capturó con vida a varios vampiros e intentó exorcizarlos. Creían que extirpando el mal de sus cuerpos, volverían a ser las personas que fueron en vida. El resultado fue la destrucción del no-muerto cuyos cuerpos quedaron reducidos a cenizas. Así que no, el vampirismo no es una posesión infernal. Son males distintos, que requieren soluciones distintas.

- En todo caso está claro que aquí no encontraremos nada.- Dijo Thalia mientras salía del recinto.


- ¡Espera!- La detuvo Salazar cuando ella estaba encaramándose para saltar de nuevo por la ventana por la que había entrado.

Ella lo miró extrañada.

- Vuelve hacia mi.

Dubitativa, ella avanzó un par de pasos hacia el fraile.

- Quieta.

- ¿Se puede saber qué te pasa?

Sin responder, el fraile agarró la azada y se acercó y empezó a golpear el suelo.

- ¿Lo escuchas?

- Hay un sótano debajo.- Concluyó Thalia.

Haciendo apartar a la chica, Salazar golpeó con fuerza las losas de piedra del suelo. Durante varios minutos hasta que logró abrir una grieta en ellas. Haciendo palanca con la azada levantó varias losas, revelando una oscura cavidad debajo del piso.

- Seguramente una despensa, o un almacén de hielo.- Dijo la chica.

Encendiendo una vela que sacó de la alforja de la mula, Salazar introdujo la cabeza por el agujero.

- Aquí abajo cabe una persona agachada.- Dijo mientras se daba la vuelta para bajar.

Mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra, escuchó el cuerpo de Thalia deslizándose detrás suyo. Cuando la iba a recriminar por no haberse quedado arriba, sus ojos quedaron fijos en un rincón. Allí había un cadáver que, a juzgar por su aspecto reseco y putrefacto, podría llevar allí décadas o siglos.

- Ese cuerpo ya estaba aquí cuando la casa se quemó.- Dijo la chica anticipándose a los pensamientos del fraile.- Nadie ha bajado aquí desde entonces, habrían tenido que retirar los escombros como hemos hecho.

“Salvo un vampiro transmutado en niebla” añadió el fraile para sus adentros.

Salazar se acercó al cuerpo. Tenía los pies y manos atados por una soga de la que tan sólo quedaban algunos filamentos. A juzgar por los restos de pelo y el vestido raído que llevaba, a todas luces se trataba de una mujer. Las ratas y los gusanos habían dado buena cuenta del cuerpo, pero aún se podía apreciar la causa de la muerte. En el cráneo había una hendidura que no había sido causada por la putrefacción ni el paso del tiempo.

- ¿Quién era ella?- Preguntó Thalia.- Hasta dónde yo se, los Kramer no tenían criados.

- Entonces sólo había una mujer en esta casa.

- ¿Crees que es la madre de los Kramer?

- Eso, o una chica de los alrededores.- Dijo Salazar mientras salía del sótano. La humedad, el olor a putrefacción y el no poder estar en pie, le estaban produciendo un nuevo ataque de tos.

De nuevo arriba, tosió durante unos instantes antes de ayudar a la chica a salir.

- Suponiendo que sea su madre.- Dijo Thalia, golpeando la espalda del fraile para mitigar sus tosidos.- ¿Por qué se afirma que murió en el incendio?

- Aquí no encontraremos más respuestas.- Dijo Salazar saliendo del edificio en runas.- Aún no es mediodía, iremos a Selestat, tal vez en los archivos parroquiales encontremos algo que nos ayude.


Volviendo sobre sus pasos, regresaron a la aldea para luego tomar el camino que llevaba hacia la villa amurallada de Selestat. Thalia no había caído en la cuenta que, al descender el el sótano, la capellina se le había movido y varios mechones plateados se asomaban por su espalda. No se percató de ello hasta que escuchó el grito de uno de los aldeanos al fijarse en la singular pareja.

- ¡Es la bruja!- Se escuchó mientras ellos cruzaban la aldea.- La que envenena nuestros pozos y enferma nuestro animales.

De las puertas de varias casas salieron una decena de hombres y mujeres, algunos esgrimiendo gruesos bastones, hoces, hachas u otros utensilios de campo. De nuevo, la ausencia de jóvenes llamó la atención del fraile.

- ¡Deteneos en nombre del Santo Oficio!- Grito Salazar al ver que los empezaban a rodear.- Deteneos o…

- Tus palabras causarían efecto en media Europa.- Le susurró la chica a su espalda mientras desenvainaba la espada de doble puño.- Pero estás justo en la media Europa en la que tu Orden no tiene influencia alguna.

- Guarda eso.- Le reprochó al ver su espada.- No vamos a causar ningún derramamiento de sangre.

- Ellos sí.- Replico la chica señalando a los aldeanos que cada vez tenían más cerca.

- ¿Por qué un fraile protege a una bruja?- Inquirió uno de los aldeanos.

- ¿No lo ves?- Respondió una anciana mujer que blandía un largo cuchillo.- Lo ha hechizado también a él. Ahora mismo está bajo las órdenes de la bruja.

- ¡Dejaros de sandeces!- Gritó el fraile sacando una de las pistolas de su hábito y amartillándola rápidamente.- Vuestro ganado enferma por culpa de una epidemia, y las malas cosechas son una constante en un continente azotado por la guerra.

- Pregúntale que le pasó a su madre.- Espetó de nuevo la anciana.- Una mujer que la quiso como a una hija y ella.

- ¡Como te atreves!- Gritó Thalia dispuesta a abalanzarse sobre la mujer. Salazar la detuvo agarrándola fuertemente por el hombro.

- No queremos causar ningún daño.- Dijo apuntando a los aldeanos con la pistola.- Pero dispararé al primero que de un paso adelante.

La amenaza causó su efecto.

- Puedes disparar si quieres.- Dijo otro hombre.- Pero eso no cambia el hecho que estás protegiendo a una bruja.

- No tenéis jurisdicción para emitir veredictos al respecto.- Dijo el fraile.- Lo que pretendéis es…

- Sí que la tienen.- Le susurró Thalia a su espalda.- Hace años, la Dieta de Ratisbona concedió a las autoridades locales plenas facultades para enjuiciar casos de brujería. Es el único delito delito sobre el que pueden emitir condenas y ejecutar castigos sin necesidad de llevar el caso al Burgomaestre de la ciudad más cercana.

- No tenéis ninguna prueba de lo que decís. Sin pruebas, no podéis condenar a nadie.

- ¿Cuánta gente conocéis que tenga el pelo plateado?- Insistió un aldeano.- Es obvio que es fruto de la intervención de pactos con el demonio, si es que no se trata del mismo Diablo.

- ¡Ya basta!- Gritó, haciendo acallar el murmullo.- Tampoco es habitual tener el cabello rojizo y sin embargo Irlanda está llena de pelirrojos al servicio de la Religión Verdadera. Si vuestra única prueba son rumores y un inusual color de pelo, os ruego que os apartéis y evitéis un derramamiento de sangre innecesario.

- Si vais con ella, os consumirá el alma.- Dijo otra mujer, apartándose un poco.- Os hará caer en la tentación y el pecado. Como hizo con toda su estirpe.

De nuevo, el fraile tuvo que sujetar a Thalia por los hombros para evitar que se lanzara contra la mujer. Esta vez, con la mala fortuna que le agarró por el hombro herido, causándole un alarido de dolor.

- Lo siento.- Le dijo mientras la soltaba.- No pretendía...

Con un bufido, ella se apartó de él y cruzó la aldea con pasos decididos. Los aldeanos, intimidados por la pistola del inquisidor, no evitaron que se marcharan.

- Aquí nos separamos.- Dijo Thalia cuando llegaron a una encrucijada.- Por allí llegarás a Selestat en pocas horas. Tal vez sí que deberías haber cogido el caballo. Yo vuelvo al castillo, estoy cansada y la herida me está doliendo bastante.

Cuando el fraile hizo ademán de acompañarla, la chica rechazó su ofrecimiento con un gesto.

- Puedo regresar a casa sola. Nos vemos cuando termines tus asuntos en la villa, puedes alojarte en mi casa las noches que precises.

Din darle pie a decirle nada más, la chica se encaminó de regreso al castillo. A regañadientes, Salazar se alejó de ella, en dirección a la villa fortificada de Selestat.


Un rato después.

Salazar tardó poco más de una hora en plantarse frente a las puertas de la villa de Selestat. Nada más cruzar el río para dirigirse a la puerta custodiada, se encontró con algo de alboroto. Los guardias se negaban a dejar pasar al grupo de lansquenetes que la noche anterior había visto acampados en el bosque. Al parecer, la guardia de la ciudad desconfiaba de permitir el acceso de un grupo armado. Mientras el que parecía ser el líder de los mercenarios discutía en voz alta con el capitán de la guardia, Salazar se acercó a otro guardia que al ver su hábito, le franqueó el paso sin más trámite.

Si no fuera por el aspecto desolador de toda la región que, también se reflejaba intramuros, Selestat le habría parecido un lugar hermoso. Calles empedradas y limpias conducían a las dos plazas principales de la villa, la plaza de armas, dónde estaba ubicada la residencia del Burgomaestre y la plaza del mercado, que conducía a las iglesias de la Santa Fe y de San Jorge.

Al llegar a la iglesia de San Jorge, le sorprendió su imponente fachada y, sobretodo, su enorme torre de sesenta metros de altura. El interior, dividido en tres naves por altos arcos góticos iluminado por enormes vidrieras coloridas le pareció austero. Salvo un crucifijo de madera que presidía el altar no había en la iglesia una sola imagen ni retablo. La ola iconoclasta que dio inicio a la guerra que ahora azotaba Europa había alcanzado ese lugar, que había vivido tiempos mucho mejores.

El párroco, atendió en seguida al inquisidor, facilitándole acceso a los archivos parroquiales. Salazar no tenía muy claro lo que buscaba, así que le pidió las actas de matrimonio de los Kramer y las actas de bautizo de ambos hijos.

- Bruno Kramer...- Murmuró el fraile mientras consultaba las actas.- Casado con Adalia, hija de un guardabosques. Dos hijos, Heinrich, el mayor y… ¿Podríais decirme el nombre del pequeño? Hay un borrón de tinta que me impide leerlo.

El párroco se acercó al pergamino y, por mucho que lo examinó atentamente, fue incapaz de discernir el nombre del pequeño de los hermanos.

- En los archivos municipales tal vez conste algo.- Dijo el hombre.- Puedo acompañaros.

- Me gustaría consultar primero las actas de defunción de los padres.

- El padre murió un par de años antes de aquel incendio que arrasó su molino.- Dijo el párroco sacando un grueso volumen.- Lo se porque aquél año hubo una plaga que se cobró muchas vidas por toda la región. Aquí lo tenéis.

- Según tengo entendido.- Apuntó el inquisidor.- La madre falleció en 1440, en un trágico incendio.

- Este es el tomo entonces.- Dijo mientras sacaba otro volumen.- ¿Puedo preguntar a qué viene ese repentino interés por los Kramer?

- ¿Alguien más ha estado preguntando sobre estos archivos?- Inquirió Salazar.

- Hace unas semanas vino el Burgomaestre a interesarse por lo mismo. Al parecer había recibido en plena noche la visita de un noble húngaro, no se que interés podría tener sobre esa familia.

- ¿Os dijo el Burgomaestre como era ese noble?

- Sólo me destacó su cabello, del color del fuego.

- Manfred Bathory...- Masculló el fraile para sus adentros. De nuevo, el vampiro parecía llevarle cierta ventaja.

- Aquí tenéis la inscripción.- Dijo el párroco señalando una anotación.- Adalia Kramer, fallecida en un incendio en el molino. Que raro…

- ¿El qué?- Preguntó el inquisidor mientras el hombre abría otro tomo.

- Francamente extraño...- Dijo mientras pasaba página tras página.- No consta anotado su funeral en libro de óbitos que estáis consultando. Y tampoco figura en el registro de misas, sólo una breve mención a un rezo para su alma.

Ajeno a la mirada inquisitiva de Salazar, el párroco abrió otro tomo y buscó rápidamente entre sus páginas.

- Tampoco consta la donación de rigor al cementerio para el entierro… Eso sólo tendría lógica si el cuerpo no hubiera sido encontrado. No habría habido funeral ni entierro.

- ¿Seguro que la madre vivía en el momento del incendio?- Dijo Salazar recordando el cadáver en el sótano.

- No sabría deciros...- Murmuró el fraile, volviendo otra vez al libro de entierros.- Quién pagó la tasa para el rezo por la madre, fue su hijo Heinrich… Y en cuanto al funeral… No, definitivamente no consta nada al respecto.

Apresurado, el fraile sacó otro tomo y empezó a hojearlo.

- En el registro de huérfanos a la parroquia, consta en el año siguiente, 1441, a Heinrich Kramer, que luego ingresó como novicio en los dominicos. Ninguna mención sobre su hermano pequeño.

- ¿Y todo eso, no lo advertisteis cuando vino el Burgomaestre?- Preguntó el inquisidor.

- Su interés era por algo distinto.- Dijo el párroco.- Únicamente le interesaba saber el lugar de entierro del pequeño de los Kramer que, curiosamente, no consta registrado. Sin duda alguna no murió en nuestra parroquia.

- ¿Y el padre?- Preguntó el inquisidor.

- Fue enterrado en un cementerio comunal, cerca del molino, a escasos kilómetros de esta villa. Es el cementerio de una pequeña aldea.

- Creo que se a cual os referís.- Dijo el inquisidor, convencido de que no lograría averiguar nada más.

- Mañana, si queréis, podría consultar el archivo municipal.- Dijo el párroco.- Tal vez en el registro de tasas e impuestos encontremos algo de interés.

- Os lo agradezco, de verdad.

- Por cierto, si no tenéis posada dónde alojaros. Os puedo hospedar en la rectoría. Sería todo un honor teneros como invitado.

- No puedo sino agradeceros vuestro ofrecimiento, pero ya tengo alojamiento. En el castillo de los von Craven.

- ¿Con la bruja?- Exclamó el hombre.

- ¿Qué sabéis al respecto?- Inquirió Salazar al que, tanta insistencia con esa palabra empezaba a generarle suspicacias.


- Thalia von Craven es hija del demonio.- Dijo el párroco sin tapujos.- Yo de vos no pasaría ni una noche allí. Es por todos conocido que su padre, Magnus, la recogió del bosque como si fuera un animal salvaje. Abandonada a su suerte por quién fuera que la engendró. Mientras que el pobre Magnus no tenía más que ojos para su “adorable hijita” los criados enseguida vieron en ella algo que no era normal.

Con un gesto, el inquisidor lo apremió a que continuara.

- Aquella niña no era normal, tenía cierta afinidad para ciertos animales, portadores de oscuros presagios. Los cuervos y los gatos negros se acercaban a ella sin temor alguno. Incluso los criaba como mascotas… Seguramente para servir a oscuros propósitos. De noche, alguien garabateaba símbolos satánicos por todo el edificio. Evidentemente nadie vio nada, pero ya es casualidad que todo eso apareciera con la llegada de la pequeña Thalia ¿no creéis?

- Ella era un bebé cuando su padre la encontró.- Dijo Salazar.- No me pretenderéis hacer creer que…

- Todo es posible si lo guía la mano del diablo.- Replicó el párroco.- De hecho, suele utilizar a aquellos de los que nunca sospecharíamos, mujeres, ancianos y niños. El Malleus dice claramente que…

- ¡El Malleus debería ser considerado un texto hereje!- Espetó el inquisidor.- Nada de lo que allí se consigna ha podido ser probado ante un tribunal serio. Años ha estado el Santo Oficio investigando casos de brujería en España… Y ningún acto de magia ha podido ser corroborado, los tribunales locales ejecutaban sin rigor alguno a personas que simplemente padecían deficiencias psíquicas, malformaciones o…

- Ya que tanto la defendéis.- Interrumpió el párroco.- Preguntadle a esa bruja que pasó con su madre adoptiva. Una mujer que llegó a quererla como una hija. Preguntad, si es que aún queda allí algún criado, lo que hacía esa “inocente niña” con su hermano. Adelante, me gustaría que luego me contarais lo que os ha dicho.

- Gracias por vuestra ayuda.- Dijo el inquisidor, dando por finalizada aquella conversación.


Durante el camino de regreso al castillo de los von Craven, Salazar se detuvo en el pequeño cementerio cercano a la aldea. Un grupo de lápidas desperdigado alrededor de una pequeña capilla de piedra. Entre las sepulturas destacaban dos panteones. Empezó a leer detenidamente los nombres de las lápidas, apartando el musgo y la maleza hasta que dio con la que buscaba.

“Kramer” masculló al leer el nombre de una antigua lápida cubierta de liquen. Enseguida se dio cuenta de que la tierra alrededor de la sepultura había sido removida no hacía mucho. Asegurándose de que no había ningún aldeano cerca, se dispuso a abrir la sepultura.

Usando una vieja pala que encontró en un rincón empezó a cavar. Salvo por los continuos ataques de tos que le venían, y que temía que fueran a advertir a toda la aldea, no le fue difícil excavar en la tierra removida. Finalmente la pala chocó con la madera podrida de un antiguo ataúd. Con cuidado, removió la tierra a su alrededor para descubrir un esqueleto. Lo que quedaba de Bruno Kramer era un montón de huesos desperdigados por la sepultura. Era obvio que alguien había profanado su tumba y había movido el cadáver, buscando algo. Allí no encontraría lo que buscaba. Recitando una oración para el difunto, volvió a cubrir la sepultura.

Era ya media tarde cuando regresó al castillo de los von Craven. La puerta estaba cerrada, pero cuando la aporreó, Hans salió a abrirle. Nada más entrar en el patio, un agradable aroma a pan recién horneado y a carne guisada llenó sus fosas nasales, recordándole que no había comido nada desde la mañana. Centrado en su misión y en lo que el párroco le había dicho acerca de Thalia, ni tan siquiera había comido el pan seco y el pedazo de queso que aún llevaba en una de las alforjas de la mula. Ahora su estómago empezaba a rugir de hambre.

Después de asearse en el lavamanos, y limpiarse a consciencia los restos de tierra que tenía entre las uñas, subió hasta el comedor. Allí encontró a Thalia luciendo un elegante vestido de terciopelo granate. Algo más propio de su condición social que las ropas de muchacho que había llevado por la mañana.

- ¿Qué tal te encuentras?- Le preguntó el fraile.

- Mucho mejor, gracias. Tal vez sólo necesitaba descansar un poco.- Le dijo mientras le tendía una botella de cristal.- Mi herida sana rápido.

Salazar, extrañado, le quitó el tapón. En su interior había un líquido verdoso y espeso que, pese a su desagradable aspecto, tenía un buen aroma.

- Para cuando vuelvas a tener uno de estos ataques de tos.- Le explicó ella.- Lo he elaborado con varias hierbas aromáticas de la zona. Te ayudará.

Salazar le agradeció el gesto, y Thalia le indicó que tomara asiento en la mesa. Por las escaleras se escuchaban los pasos de Hans. El viejo criado entró instantes después llevando en una bandeja una cazuela de cerámica, dos platos y pan recién hecho.

- Nabos con mantequilla y estofado de conejo. Me encanta.- Dijo la chica con una sonrisa en el rostro mientras olía el contenido de la cazuela.- Traenos una jarra de vino, por favor.

Mientras Salazar bendecía la mesa, no le pasó desapercibido el “por favor” de Thalia, un gesto tan cordial y tan poco escuchado cuando alguien se dirigía a un criado. Hans no tardó en subir con una jarra de vino y dos copas de cristal.

- ¿Has averiguado algo interesante?- Le preguntó Thalia mientras llenaba dos platos y le tendía uno.

- Poca cosa.- Respondió el fraile resumiéndole el encuentro con el párroco, omitiendo los detalles de su visita al cementerio.

- Si ese cadáver era la madre de los Kramer.- Apuntó Thalia.- ¿Quién la mató y por qué su muerte no consta en los archivos?

Salazar calló, esa pregunta era la misma que llevaba haciéndose durante todo el camino de vuelta, y no había encontrado una respuesta coherente. Mientras degustaba el guiso de nabos con salsa de mantequilla, pensó en la última conversación con el párroco, y sobretodo en cómo sacar el tema de la forma menos brusca posible.

- Está delicioso.- Le dijo. Francamente, Hans tenía buena mano en la cocina.

- Voy a retirarme.- Dijo Thalia justo cuando terminó de vaciar el plato.- Puedes quedarte aquí el rato que quieras, como si estuvieras en tu casa.

- ¡Espera!- La detuvo el fraile.- Me gustaría comentarte…

- Mañana hablamos.- Insistió Thalia.- Hoy me encuentro cansada, tal vez no estoy tan recuperada como creía. Buenas noches fraile.


Después de comer, Salazar se retiró a su habitación. Mientras se quitaba el hábito, descubrió sobre la cama, su sucio hábito del día anterior, ahora completamente limpio y plegado. Lo guardó en el baúl y se tumbó en la cama, intentando ordenar sus pensamientos.

No fue consciente del momento en que se quedó dormido hasta que un sonido agudo procediendo de la chimenea lo despertó sobresaltado. De nuevo, parecía un alarido agudo, aunque esta vez no vino acompañado de olor a azufre. Agacharse para intentar escuchar mejor ese sonido le provocó un nuevo ataque de tos. Buscó la infusión que le había dado Thalia y tomó un largo sorbo. Sorprendentemente, el ataque de tos cesó casi al instante.

Intentando conciliar nuevamente el sueño, abrió los postigos de la ventana para contemplar el exterior. La luna alumbraba los campos alrededor del castillo, el bosque cercano y…

- Será imprudente.- Masculló fijándose en una pequeña silueta que caminaba campo a través.- Dedujo que era ella por el destello de la hoja de una espada.

Molesto, Salazar se vistió apresuradamente, ciñendo la espada y cogiendo sus dos pistolas salió de la habitación. En el último instante, decidió llevarse también el brebaje de Thalia. Bajó los escalones hacia el patio de dos en dos, pero cuando llegó a la puerta principal y, único acceso al castillo, la encontró barrada por dentro.

- ¿Por dónde diablos habrá salido?- Su primer pensamiento fue que Hans le habría abierto la puerta.

El fraile perdió casi una hora buscando alguna llave que le permitiera abrir el portón. Cuando logró salir, no encontró ni rastro de la muchacha.

Buscar a la chica en la extensa campiña o en el bosque sería casi imposible, eso sin tener en cuenta que él no se conocía la zona y podría perderse si se adentraba en la densa arboleda. Así que decidió sentarse en un rincón a esperar mientras rezaba para que no le sucediera nada malo. El lejano aullido de los lobos no ayudó a tranquilizarlo.


Thalia regresó algo más de dos horas después, llevando en sus brazos una gruesa bolsa de tela. Sin acercarse al portón del castillo, se dirigió a una enorme encina que crecía a una veintena de metros del castillo. Agachándose entre sus gruesas raíces, apartó una losa de piedra, revelando una antigua mina de agua a través de la cual se agachó para entrar nuevamente en el castillo sin ser vista.

Salazar decidió esperar varios minutos antes de seguirla. Retiró la losa y se arrastró por la antigua mina. Tuvo que morderse con fuerza los labios para reprimir el ataque de tos. Dando pequeños sorbos a la infusión, evitó que sus tosidos lo delataran. Aquél estrecho y bajo túnel conducía a la planta baja del castillo. En una pequeña estancia interior sin ventilación alguna, que por las baldosas que la recubrían por completo, bien podría haber sido un antiguo depósito de agua o un pozo de hielo. Una pequeña escalerilla de madera conducía a una puerta que se elevaba un metro y medio por encima del suelo. Por la ubicación, supuso que estaba en una estancia contigua a las cocinas.

Con cuidado abrió la pequeña puerta, que daba a un estrecho pasillo y a unas escaleras que, seguramente conectarían con la alcoba de Thalia. Avanzando por el estrecho pasillo, llegó a una sala más amplia. Alumbrada por infinidad de velas, Thalia de espaldas a él, estaba agachada en un fogón, haciendo hervir una sustancia que desprendía un desagradable olor. “Azufre” pensó el fraile mientras miraba un enorme alambique de bronce que emitía un característico silbido.

Sin duda alguna, esta sala estaba situada dos niveles por debajo de la habitación que le había asignado, y los extraños silbidos y olores que escuchaba en su chimenea provenían del conducto por el que salía el humo de los fogones, conectado de alguna forma al tiro de la chimenea de su alcoba.

En las paredes había estantes con frascos, botellas y recipientes con todo tipo de sustancia, desde minerales, a plantas diversas, incluso animales disecados. En un rincón había una pequeña mesa repleta de pergaminos con todo tipo de notas y dibujos manuscritos.

Mientras hervía lo que fuera que tuviera el cazo sobre los fogones, la chica recitaba una extraña letanía en un idioma desconocido para el fraile. Frente a ella, en la pared emblanquecida con cal, había dibujado un extraño símbolo, muy parecido al que Salazar había descubierto bajo su cama.

Thalia sólo reparó en la presencia del fraile cuando escuchó a su espalda el característico “click” de una pistola al ser amartillada.


- Supongo que, como todos, ya has hecho tu propio juicio de valor al respecto.- Le dijo sin girarse.

- Y pensar que te he defendido frente a los aldeanos.- Le dijo de forma despectiva.- Eres una…

- ¿Bruja?- Replicó ella anticipándose a sus palabras.- Lo que hago aquí, si lo hiciera un hombre, lo llamaríais alquimia o medicina. Sin embargo, si lo hace una mujer, la acusáis de bruja.

- Nunca he acusado de bruja a ninguna mujer por elaborar brebajes o pócimas.- Dijo el fraile señalando el símbolo que presidía la sala.- Pero eso… eso... eres una ¡hereje!

- Por un momento, cuando me defendiste ante los aldeanos, pensé que eras diferente al resto.- Dijo Thalia girándose.- Ni siquiera vas a escuchar nada de lo que te diga.

- No hay forma de justificar… Esto.- Replicó sin bajar el arma.- Por mucho menos la Inquisición ha condenado a gente a la hoguera.

- Ni siquiera sabes lo que significa ese símbolo.

- Es un símbolo pagano, impío y maligno. Y había uno igual bajo mi cama, ¿qué pretendías, maldecirme mientras durmiera?

- ¡Son símbolos de protección!- Replicó ella levantando a voz.- Tu iglesia, tu FE, me rechazó desde mi nacimiento. Fui apartada del camino de tu dios, y tuve que buscar amparo en otras creencias, antiguas y olvidadas. Bajo cada cama de este castillo dibujé un símbolo como el que viste en la tuya, incluso en las de los criados, para protegerlos de cualquier mal.

- Lo que dices es…

- Lo que te digo.- Interrumpió Thalia.- Es que fui bautizada únicamente por la influencia de mi padre. Cuando crecí, el párroco que oficiaba misa en la capilla del castillo se negó a seguir viniendo. Todo el mundo me tachó de bruja, cuando no algo peor, sólo por mi color de pelo. Me acusaban de cualquier desgracia que les sucediera. ¿Sabes lo duro que es eso, crecer escuchando únicamente comentarios negativos hacia ti?

Aprovechando el silencio del inquisidor, ella prosiguió.

- Cuando crecí, ningún sacerdote quiso otorgarme el sacramento de la comunión. Si acompañaba a mi padre y mi hermano a la iglesia de la aldea, el párroco me negaba la entrada y tenía que esperar afuera. Y luego al salir, escuchaba las burlas de los otros chicos. Aún no tenía uso de razón y ya me habían convertido en una paria. ¿Cómo puedo ser una hereje de algo que nunca me ha admitido? ¿Crees que yo no quería ser como ellos? Participar en los rezos, recibir la comunión como los demás. Tenía que contemplar la misa a través de las ventanas de la iglesia, a escondidas.

- ¿Cómo entraste en contacto con esa herejía?- Preguntó Salazar con un suspiro, apoyándose en la pared.

- Un día, yo aún era una niña, vino al castillo una vieja anciana. Como a cualquier viajero, mi padre le ofreció un plato de comida. Dio la casualidad que yo bajé a la cocina a picar algo y la vi sentada en la mesa, comiendo sola. Cuando me vio, inmediatamente se postró ante mi, como si fuera una especie de reina o algo, y me dijo que mi color de pelo era una bendición de los antiguos dioses. No terminé de comprender lo que me decía, pero puedes imaginarte mi reacción, por primera vez, una persona decía algo bueno acerca de mi cabello plateado. La mujer estuvo un buen rato contándome historias sobre antiguos dioses olvidados hace siglos.

- Herejías.- Masculló Salazar.

- Ella me pidió que no le contara nada a mi padre sobre lo que me había dicho.- Continuó Thalia ignorando el comentario del fraile.- Y yo guardé el secreto. Aquella mujer fue viniendo al castillo, y mi padre siempre le daba cobijo. Al fin y al cabo no dejaba de ser una pobre anciana. Y yo cada vez pasaba más horas con ella. Era la única persona, a parte de mi familia adoptiva, con la que podía mantener una conversación. Los criados me rehuían, y los aldeanos nunca dejaban que sus hijos se acercaran a mi. Pasaron los meses y esa mujer se había convertido casi en una habitante más del castillo. Me enseñó a leer y escribir, y me transmitió todo tipo de conocimientos, de botánica, biología, alquimia… Llegué a conocer de memoria todas las plantas, animales y minerales de la zona así como sus propiedades. Y también me abrió la mente a un nuevo mundo, me contó antiguas leyendas, allí dónde tu Dios me había cerrado la puerta a su casa, ella me abrió una ventana a otras creencias protectoras.

- El mal suele aprovecharse de los débiles y desamparados.- Concluyó el fraile.- Esa mujer te utilizó, te convirtió en una…

- ¡Nunca me hizo daño alguno!- Replicó Thalia.- Al contrario, incluso me enseñó a crear amuletos para proteger a mi familia de las fuerzas del mal. Hasta que un día mi madre escuchó a escondidas una de nuestras conversaciones. Se lo contó a mi padre y él la sacó a patadas del castillo. Yo tenía quince años, y aún recuerdo como lloré al ver como la trataba así. Ella me había contado que vivía en una cabaña en el bosque, y un día, casi de casualidad, descubrí la entrada a esa antigua mina de agua. Así que empecé a escabullirme de noche, y allí, en mitad del bosque, ella me enseño a elaborar pócimas y a manejar los elementos y sustancias para generar reacciones alquímicas…

- ¿Y tu padre nunca te dijo nada?

- Pese a que él sospechaba algo, nunca llegó a descubrir esa sala. Ese castillo es muy antiguo. Esta sala estaba oculta tras un tabique, sellada tras la construcción del pozo de hielo a través del cual has accedido. Una humedad en una de las paredes de mi alcoba reveló una vieja escalera olvidada que comunica con esta zona. Aquí dentro podía realizar mis rituales, elaborar mis pócimas y practicar la alquimia sin que nadie me molestara. Me inventaba excusas que justificaran mis ausencias, y mi padre las creía, o quería creerlas.

- Pero en cambio los criados escuchaban los silbidos del alambique y el olor de las sustancias que se calentaban en esos fogones.

- Respetaban a mi padre, y él siempre quitó importancia al asunto. Es un edificio antiguo y como en todos, de noche se escuchan ruidos extraños. Mi madre en cambio, empezó a sospechar algo. Siempre me hacía preguntas incómodas.

- ¿Es por eso que la mataste?- Preguntó, directo, el inquisidor.- Por haberte descubierto.


- ¿Eso te han dicho, que yo la maté?- Dijo la chica con un sollozo.

- Eso, y que mantenías una relación incestuosa con tu hermano.- Aventuró el fraile.

Al escuchar esas palabras, Thalia se quebró. La voz le empezó a temblar y las lágrimas surcaron sus mejillas.

- Yo la amaba, nunca quise aquello.- Balbuceó.- A parte de mi padre, mi hermano Kurtz era el único hombre con el que podía hablar. No sé ni porque te estoy contando todo eso, no vale la pena. Nunca lo entenderás.

- Puedes intentarlo.- Dijo el fraile.- Cualquier otro inquisidor de mi Orden, que nada más ver esta estancia habría apretado el gatillo. En cambio aquí me tienes, escuchando.

- Sin dejar de apuntarme con tu arma.- Le reprochó ella.- Como si fuera un animal salvaje o un criminal peligroso.

- Te concedo un voto de confianza.- Dijo el fraile guardando la pistola.- Al menos hasta que haya terminado de escuchar tu relato.

- Mi hermano era apuesto y amable. Y yo era joven e ingenua, tenía poco más de veinte años y no había tenido ningún contacto agradable con ningún hombre. Todos me negaban la palabra o bien me miraban como si fuera… Una vez, recogiendo flores en el bosque se me acercó un leñador… Yo era una adolescente ingenua, ignoraba muchas cosas y el hombre…

- ¿Te forzó?- Concluyó Salazar.

- Lo intentó.- Respondió ella con una media sonrisa.- Terminó con la nariz rota y gritando improperios… Algún tiempo después, un campesino de la aldea, me descubrió cerca de un arroyo, cazando renacuajos e intentó lo mismo… Por aquel entonces ya sabía defenderme mucho mejor.

- Lo que llegaras a hacerle, bien merecido se lo tenía… Incluso sería poco.

Thalia soltó una risita cómplice ante el comentario del fraile.

- Como te decía, todos los hombres o me ignoraban o intentaron abusar de mi… Salvo mi hermano, él era sincero, amable y caballeroso conmigo. No creo que ninguno de los dos lo buscáramos, pero simplemente sucedió. Yo había cumplido ya los veintidós años... Un día entró en mi alcoba de noche, para traerme un libro que había terminado y quería que yo también me leyera... Tal vez fue la cercanía con su cuerpo cuando se sentó a mi cama, tal vez notar su calor corporal, o simplemente fue el estremecimiento que noté cuando me rodeó con el brazo y me acarició el pelo… Lo cierto es que fui yo quién tomó la iniciativa, y él respondió con toda su pasión… Dicen que la primera vez nunca se olvida.

- ¡El incesto es un pecado mortal!

- ¡Eso díselo a la infinidad de nobles que están casados con sus primas o sus hermanas!- Le reprochó Thalia.- No nos unía ningún vínculo de sangre, para mi siempre fue más un amigo muy querido que un hermano de sangre. No puede ser pecado si…

- Thalia, tu alma está condenada.- Le dijo él, incorporándose.- Deberías al menos arrepentirte y…

- ¿Arrepentirme de qué? ¿De haber amado a un hombre amable y atractivo? ¿De haber compartido mi cuerpo con él? No creo que haya hecho nada malo y tu no eres quién para juzgarme. Tu y tu moralidad, tu castidad, tu fe inquebrantable… Tu, que nunca has roto ningún mandamiento…

- Te equivocas, Thalia.- Respondió él, sorprendiéndola.- En mi alma pesa un enorme pecado, precisamente por eso se de lo que hablo.

La chica calló unos instantes, antes de reprender su conversación.

- Después de esta vez, hubo otras… Y sí, fue mi madre quién lo descubrió. Los criados comentaban, pero mi hermano era el heredero y por nada del mundo querrían enemistarse con él. Pero un día, nos sorprendió, salí tras ella, intentando justificarme de alguna manera… Te juro que no quería hacerle daño… Te juro que fue así, tropezó y cayó por las escaleras… Te juro que yo no quería que eso sucediera…

Thalia se agachó y rompió a sollozar con la cabeza enterrada entre sus rodillas.

- Kurtz me creyó...- Balbuceó.- Pero los rumores entre los criados continuaron… Mi padre confió en la palabra de mi hermano… La muerte de mi madre fue como una losa sobre mi familia. La relación con mi padre y mi hermano nunca volvió a ser la misma… Y luego apareció ese vampiro llevándose a los dos únicos hombres que se han portado bien conmigo. Los criados abandonaron el castillo, jurando que preferían morir de hambre que estar al servicio de una bruja… Sólo Hans permaneció a mi lado, los conocimientos que adquirí de aquella anciana mujer le salvaron la vida cuando la peste azotó esa región…

- Podría escucharte en confesión.- Le dijo Salazar.- Aunque no te hayan dado la comunión, si renuncias a todas tus creencias herejes y a esos dioses paganos que afirmas adorar… Si abrazas la religión verdadera, puedo otorgarte la comunión y el perdón de tus pecados si tu arrepentimiento es sincero.

- Me pides que renuncie a todo en lo que creo… A todo lo que ha dado sentido a mi vida cuando todo el mundo me había dado la espalda… A cambio de ¿qué? ¿El perdón de un Dios que no me quiere entre los suyos? Tengo casi veinticinco años, no me arrepiento de creer en lo que creo, ni de haber amado a Kurtz. No puedes pedirme que renuncie a quién soy.

- Entonces, Thalia.- Dijo el fraile apartándose de ella.- Aquí nos separamos. Recogeré mis cosas y me iré. Como deferencia por tu hospitalidad y ayuda, no diré nada de eso a las autoridades… Es todo lo que puedo ofrecerte.

- No necesito nada de ti.- Replicó ella.- Vete y no vuelvas. No eres mejor que quiénes me acusan en voz alta y quieren mandarme a la hoguera. Al menos ellos no se esconden bajo una falsa compasión. Se que en el fondo me detestas... Puedes salir a través de mis aposentos.

- Adiós, Thalia.- Dijo Salazar antes de salir de la estancia.


Después de empaquetar sus cosas, Salazar, algo cabizbajo y compungido salió por la puerta principal del castillo. Aún faltaban unas tres horas para el alba y no le preocupaba tener que dormir al raso. Detuvo el caballo y la mula junto a una enorme higuera con un abrevadero al lado, lugar en el que los campesinos aprovechaban para descansar durante el mediodía. Se sentó en un tosco banco de madera y para distraer su mente, sacó un pequeño libro de oraciones y se centró en sus rezos.

Al cabo de un rato, lo sobresaltó el galope de un caballo. Alzó la vista y vio un jinete solitario, galopando a toda velocidad campo a través. La luz de la luna hizo destellar durante un instante la brillante armadura del jinete.

- Manfred...- Masculló el inquisidor, siguiéndolo con la mirada.

Afortunadamente para el fraile, el vampiro galopaba en dirección contraria a su posición. “Va hacia el castillo” murmuró de repente. Salazar tenía muy pocas posibilidades, por no decir nulas, de salir airoso de un enfrentamiento con Manfred a plena noche. La primera vez había logrado sorprenderlo inundando el campo, pero no lograría sorprenderlo con ese truco por segunda vez. Sin un milagro de por medio, sabía perfectamente como terminaría un enfrentamiento entre él y el vampiro. No podía hacer nada por la chica, sería un suicidio y él tenía un cometido concreto que cumplir.

- Además.- Murmuró para autoconvencerse.- La Biblia nos enseña que aquellos que se apartan del camino de Dios caen en la oscuridad. Te di la oportunidad de renunciar a tus dioses paganos, de buscar la protección de Dios, y la rechazaste.


CONTINUARA


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