Una llamada desesperada
Sinopsis: Una llamada en plena madrugada llevará a una joven Guardia Civil a adentrarse en el Pirineo en busca de una niña secuestrada.
Por: Josep Nada.
Zaragoza, otoño de 2022.
Eran justo las seis de la madrugada y Laura Salinas ya estaba sudando. Cada día, sin excepción, se levantaba temprano y hacía una dura rutina de ejercicios en el salón de su céntrico piso. Acostarse temprano, levantarse temprano, ese era su estilo de vida. Siempre y cuando, su duro y sacrificado trabajo se lo permitiera.
Laura Salinas tenía el orgullo de ser, a sus treinta y un años, uno de los pocos miembros femeninos del GAR, la prestigiosa unidad de élite de la Guardia Civil. Lo que implicaba recibir llamadas a horas intempestivas, agotadores entrenamientos, guardias interminables e intervenciones arriesgadas. Su vida no conocía horarios, rutina ni festivos, y en cualquier momento una emergencia podía requerir la presencia de su unidad. Es por eso que ese día, aún estando de baja, no le extrañó escuchar el teléfono a esa hora de la madrugada.
Secándose el rostro con una toalla, se acercó a su teléfono móvil, sorprendiéndose, esta vez sí, por la persona que la llamaba. Al descolgar escuchó una frenética voz femenina.
- Se la ha llevado, Laura. ¡Se la ha llevado!
- Tranquilízate Miranda.- Respondió ella, sentándose en una silla y recuperando el aliento perdido durante el entrenamiento interrumpido.- Y cuéntamelo despacio.
- Ayer se llevó a Sara.- Insistió la voz al otro lado del teléfono.- Y no regresó… ¡Laura tienes que ayudarme!
Miranda era la hermana mayor de Laura y hacía un par de años que había pasado por un duro divorcio, con episodios de violencia de género incluidos. Rubén, el ex-marido de Miranda y padre de Sara, recientemente había logrado que el juez le permitiera estar con su hija un día a la semana sin necesidad de acudir a un punto de encuentro familiar. Y al parecer la cosa no había salido del todo bien.
- Despacio, Miranda. Hablas demasiado rápido y de forma entrecortada. Me cuesta entenderte.
- Ayer por la tarde.- Volvió a explicar Miranda, intentando que el miedo y los nervios la dejaran hablar de forma coherente.- Vino a llevarse a Sara, tal como ordenó el Juez… Tenía que volver a las diez y yo… yo…
- Relájate, toma un vaso de agua y cuéntamelo todo, sin prisas.
- A las diez no vino, y ella me mandó un mensaje diciendo que se retrasaban un poco, que habían ido al cine… Supongo que debí quedarme dormida, no lo se...- Explicó Miranda entre sollozos.- Pero me he levantado esta madrugada y Sara no estaba en su cama… No la ha traído de vuelta… Laura tienes que ayudarme a encontrarla.
- Lo primero que debes hacer es llamar a la policía, poner una denuncia y…
- ¡¿Crees que no lo he hecho?!- Le gritó ella, interrumpiéndola.- Fue lo primero que hice, la patrulla encontró el teléfono de Sara en el banco de un parque… Y Rubén debe tener el suyo desconectado porque no localizan su señal.
- Entonces no hay nada que pueda hacer.- Intentó explicar Laura.- Ya se que estás asustada, y sufres por Sara, pero deja actuar a los profesionales. La encontrarán, ya lo verás.
- Te necesito a ti, Laura.- Insistió ella.- Por dios, como puedes ser tan fría, tan distante… ¡Es tu ahijada! No puedes quedarte quieta sin hacer nada...
Aquello fue un golpe bajo por parte de su hermana. Sara tenía nueve años y quería mucho a Laura. Y a su vez, Laura sentía mucho aprecio por esa espabilada chiquilla con la que le gustaría poder pasar más tiempo. Aún así, no veía que podía hacer para ayudar a su hermana.
- Miranda, se que estás sufriendo, que estás preocupada por Sara… Pero no se que esperas que haga… Si quieres, me acerco a tu casa para estar contigo… De verdad que soy la primera que se preocuparía si hubiera motivos, pero te aseguro que la inmensa mayoría de casos como ese se resuelven en menos de veinticuatro horas. Tarde o temprano alguna patrulla verá a la niña, o localizará el coche de Rubén y entonces esa pesadilla ya habrá acabado.
- ¡Es que lo han localizado!… ¿No estás escuchando nada de lo que te digo?
La verdad es que a Laura le costaba seguir a su hermana, hablaba con voz entrecortada demasiado deprisa, juntando muchas palabras. Despacio volvió a pedirle que le explicara aquello.
- Como te he dicho.- Insistió Miranda.- He puesto la denuncia sobre la una de la madrugada, después de levantarme y ver que Sara no estaba en su habitación y ni ella ni Rubén atendían al teléfono. Y hace unos minutos, me han llamado de la Comisaría. Se ve que hace una hora la cámara de un radar en la entrada de Broto ha fotografiado la matrícula del coche de Rubén conduciendo con exceso de velocidad por el centro del pueblo… Cuando ha acudido la patrulla más cercana, evidentemente ya no estaban allí…
- Broto...- Repitió Laura intentando situar mentalmente el sitio.- Pero esto está en los Pirineos...
- ¿No lo ves?- Le gritó su hermana al teléfono.- Está intentando sacar a Sara del país.
Laura sacó un ordenador portátil de su estantería y buscó el lugar en el mapa. Broto es un pequeño pueblo del Sobrarbe, punto de parada de muchos turistas y senderistas antes de internarse en el Pirineo Aragonés. Si la intención de Rubén era sacar a Sara de España, esa zona le ofrecía infinidad de caminos y pasos de montaña a través de los cuales podría cruzar la frontera.
- Miranda, aunque la saque de España, ¿Dónde va a ir? Francia forma parte de la Unión Europea, y aunque haga la locura de intentar atravesar los montes para llegar hasta Andorra, la colaboración entre autoridades españolas y andorranas no podía ser mejor. Tarde o temprano alguien dará con su matrícula. No puede esconderse indefinidamente, tendrá que parar en alguna gasolinera y entonces, aunque sea en el otro lado de la frontera, saltará la alarma y lo detendrán.
- ¡¿Y si le hace daño a la niña!?
Esa era la mayor preocupación de Miranda, Laura calló durante unos instantes, pensando en esa posibilidad. Decir que Rubén no era la mejor persona del mundo, sería todo un elogio hacia él. Desde el inicio del matrimonio había demostrado ser una persona posesiva y controladora, y como padre había sido nefasto. Pese a que Miranda no había logrado probar que la hubiera maltratado y el asunto se había sobreseído, el Juez de familia había sido muy cauto con el régimen de visitas. Obligando al padre a estar con Sara un par de días a la semana a través de un punto de encuentro. Aunque tras una modificación de medidas, había logrado que le dejaran estar con Sara sin necesidad de acudir al punto de encuentro un día a la semana. Laura lo consideraba un hombre despreciable, pero de aquí a que hiciera daño a Sara… Ella tenía sus dudas, aún así, Miranda tenía razón, cada minuto que la niña pasara con su padre era un riesgo.
- La Guardia Civil habrá desplegado ya sus patrullas de montaña, cortando pasos y senderos. Lo más probable es que lo detengan en las próximas horas, no entiendo que quieres que yo…
- Quiero que vayas tu.- Le espetó Miranda.- Me sentiré mucho más tranquila si tu estás sobre el terreno, Sara esperará que seas tu quién la rescate, querrá ver una cara conocida… Siempre te ha tenido en alta estima, te cree una especie de heroína… Y yo confío en ti, Laura. Solo en ti… La Policía puede meter la pata, pero se que tu no lo harás… No tratándose de tu ahijada.
Laura suspiró, su hermana solía apelar a menudo a sus sentimientos para lograr su objetivo. Y casi siempre lo conseguía. Ella sabía perfectamente que su presencia no implicaría ninguna diferencia. Dos horas como mínimo separaban Zarazoga de Broto en coche, y una vez allí, adivinar el camino que habría tomado Rubén era pura suerte, el Pirineo era un laberinto de senderos y caminos por dónde podría internarse… Sin tomar en consideración que ya le llevaba varias horas de ventaja. Estaba a punto de decirle que no a Miranda cuando su mirada se perdió en la pantalla del ordenador, en la predicción del tiempo que ofrecía el mapa.
- ¿Qué coche lleva Rubén?- Le preguntó .
- Un potente todoterreno, un Land Rover.- Respondió su hermana.- Ahora te digo la matrícula.
Mientras apuntaba, Laura contemplaba con preocupación el parte meteorológico. Se anunciaba una fuerte tormenta en la zona. Aún con un vehículo como el suyo, era una locura conducir por los pasos de montaña. Lo prudente sería parar en un albergue o un refugio y esperar que pasara la tormenta. Pero sabía perfectamente que alguien que ha secuestrado a una niña no pararía en ningún sitio dónde Sara pudiera llamar auxilio… No quería ni imaginarse las consecuencias si sufrían un accidente en algún rincón de las montañas, aislados y sin posibilidad de recibir auxilio.
- Está bien.- Suspiró finalmente.- Veré lo que puedo hacer, pero deberías tener presente que estoy de baja y…
- ¿De baja?- Le espetó Miranda.- Si el otro día te vi corriendo por paseo junto al río como si nada. Así que no me vengas con estas… ¿Nos vas a dejar tiradas ahora que más te necesitamos?
- Te recuerdo que me dieron una puñalada, hace pocos días de eso.- Le reprochó Laura, callando unos instantes.- Pero sí, por ti y por Sara, haré lo que haga falta. Así que si te lo preguntas, sí, voy a coger el coche y voy a conducir hasta Broto aunque lo más probable es que cuando llegue allí ya la hayan localizado.
Después de colgar el teléfono, Laura se quitó la camiseta sudada que llevaba y se contempló en el espejo. Ella y Miranda, pese a ser hermanas, no podían ser más distintas la una de la otra. Mientras que Miranda, a sus cuarenta años, era alta y delgada, con un cabello oscuro casi negro y ojos marrones, ella era el extremo opuesto.
Laura padecía albinismo, un raro caso de albinismo, como le habían dictaminado los médicos. Su pelo era blanco como la nieve, con una piel pálida a través de la cual se le marcaban casi todas las venas de su cuerpo y unos ojos grises, apagados. A diferencia de la mayoría de albinos, ella no tenía problemas de vista, aunque debía vigilar mucho con la exposición a la luz solar. Siempre llevaba en el bolso una crema con alto factor de protección y unas oscuras gafas de sol.
Esa era su debilidad, su punto flaco. Pero el cuerpo de Laura tenía algo más. Ella disponía de una resistencia física con la que pocas personas podían compararse. Había sido la primera en todas las pruebas físicas para acceder al GAR, y ella, que en principio iba a quedar descartada por las complicaciones que ofrecía su albinismo, llegó entrar en se cuerpo de élite. Sus compañeros de unidad la apodaban “Batwoman” por su alta resistencia física y agilidad.
Laura era algo más baja que su hermana, superando por poco el metro sesenta y cinco, y debido a su actividad y profesión mantenía una complexión atlética. Mientras se contemplaba en el espejo, su mirada se posó sobre una serpenteante línea rosada en su cintura. Una cuchillada recibida hacía una semana en una difícil operación antidroga en la que ella actuó como infiltrada. Hacía siete días y ya estaba casi cicatrizada, cualquier médico a primera vista dictaminaría que esa herida tenía más de dos semanas.
Era algo que los médicos no habían logrado explicar, el cuerpo de Laura tenía una insólita presencia de plaquetas y glóbulos blancos que la hacían resistente a las enfermedades y le daban una capacidad de regeneración superior a la normal. Su baja era por tres semanas, y aún así, tras una semana estaba haciendo vida normal, notando tan sólo un pequeño tirón en el abdomen al realizar determinados ejercicios.
Apartándose del espejo, se dirigió al baño y se dio una rápida ducha. Secándose rápidamente con una toalla, se puso un conjunto de ropa interior y empezó a poner ropa sobre la cama. Sacó una mochila de su armario y metió en ella un par de camisetas térmicas de color negro y unos pantalones de montaña. Estaba convencida que antes de veinticuatro horas habrían encontrado a Sara, pero el GAR le había enseñado a ser previsora. Mientras se ponía unos pantalones idénticos a los que había metido en la mochila, sacó de un cajón un par de conjuntos de ropa interior que puso también en la mochila. A toda prisa se puso otra camiseta térmica ajustada y se dirigió al baño.
Mientras se secaba el pelo, sacó de un cajón un pequeño botiquín, después de comprobar que no tuviera nada caducado, lo metió en un bolsillo de la mochila. De un mueble del recibidor, sacó una potente linterna y unos binoculares que también guardó en la mochila. Descartó llevarse su ordenador portátil pero sí que cogió una batería portátil para su teléfono. Con el pelo seco, se calzó unas fiables botas de montaña y sacó de su armario una chaqueta impermeable.
En la cocina cogió un par de paquetes de frutos secos, varias barras energéticas y una chocolatina. Si el tiempo se ponía tan mal como pintaba, lo mejor era ir bien equipada. Llenó una cantimplora con agua y la puso en el lateral de la mochila.
Mentalmente repasó que lo tuviera todo, se metió en el bolsillo una navaja multiusos y antes de ponerse la mochila a la espalda meditó unos instantes. “Aunque sea un armatoste, mejor llevarla y no usarla” se dijo mentalmente “que dejarla aquí y luego lamentar no tenerla a mano”.
Se dirigió a un estante del comedor y de una pequeña caja fuerte sacó un estuche de madera. Lo abrió y contempló en su interior una antigua pistola Volcanic de repetición, del calibre 38. Una pieza de colección, fabricada a mediados del siglo XIX que había adquirido hacía un par de años en una subasta. Voluminosa y pesada pero también precisa y fiable. La utilizaba únicamente para ir a la galería de tiro y presumir de arma ante sus compañeros. Se habían fabricado muy pocos ejemplares como ese y era todo un privilegio poseer una.
Estando de baja, no tenía acceso a su arma reglamentaria, así que la única arma de fuego que tenía a mano era la Volcanic. Comprobó que estuviera engrasada y el mecanismo de disparo funcionara correctamente antes de meter las seis balas que cabían en la recámara situada debajo del cañón. Un sistema de carga lento que hacía de la Volcanic una arma aparatosa y poco práctica.
En la caja disponía de otros catorce proyectiles, guardó de nuevo la pistola en el estuche de madera y lo metió en la parte superior de la mochila. Antes de salir, añadió también a su equipo un fiable cuchillo militar de hoja afalcatada provisto de una pequeña guarda, que lo hacía parecer más un pequeño machete que un cuchillo.
- Ahora sí que lo tengo todo.- Se dijo mientras se ajustaba la chaqueta, agarraba la mochila y salía de su piso.
Tomó el ascensor para llegar hasta el aparcamiento dónde entró en su Suzuki Jimny, un pequeño todoterreno que le permitiría internarse por casi cualquier camino, por muy en mal estado que estuviera. Dejó la mochila sobre el asiento del copiloto y arrancó el coche.
Algo más de dos horas después.
Cuando llegó a Broto, lo primero que hizo fue adquirir en la gasolinera una gruesa guía de la zona, con un plano detallado con todas las rutas y senderos. Al salir, miró al cielo, densos nubarrones empezaban a formarse sobre las montañas y de vez en cuando se escuchaba el sonido de un trueno. Al centro del pueblo, la Guardia Civil tenía desplegado un pequeño puesto de control. Laura se acercó a saludar a la persona al mando.
- Sargento Salinas, del GAR.- Le dijo estrechando la mano a un Guardia Civil de unos cincuenta años de edad, con el pelo gris canoso y un bigote poblado.
- Teniente Contreras.- Se presentó él a su vez, repasando a Laura de arriba abajo.- ¿Qué trae al GAR a este operativo? Por su falta de uniforme intuyo que no es algo oficial.
Si la forma en que la miró, molestó a Laura, ella no dio muestras de ello. Estaba más que acostumbrada a que la contemplasen como un “bicho raro” por su albinismo, y no iba a empezar una pelea por una simple mirada.
- Estoy fuera de servicio.- Dijo sin dar ninguna otra explicación.- Vine porque es un caso que me afecta de cerca, la niña secuestrada es mi sobrina.
El veterano Guardia Civil asintió, comprendiendo la situación. Con un gesto indicó a Laura que se acercara a una mesa dónde se había desplegado un enorme mapa de la región.
- Hemos mandado patrullas aquí, aquí y aquí.- Dijo señalando varios puntos en el mapa.- Si intenta llegar a Francia o dirigirse hacia Andorra deberá pasar por alguno de estos puntos, entonces lo interceptaremos. Nuestras patrullas disponen de buenos prismáticos y conocen la zona. Doy por supuesto que sabe como funcionan ese tipo de operativos, ahora simplemente debemos esperar a que el vehículo entre en el campo de visión de mis hombres. Es como ir de pesca.
- ¿Y si usan alguno de estos muchos senderos secundarios?- Dijo Laura señalando varios puntos.
- ¿Con ese tiempo?- Respondió el Teniente.- Sería una locura, muchas de esas pistas que usted indica en verano están secas y practicables pero en una tormenta como la que se avecina, el agua bajará a raudales por estos puntos.
- Él no se conoce la zona.- Apuntó ella.- Y está desesperado por llevarse a la niña…
- Le diré a usted lo mismo que le diría a cualquier otra persona.- Dijo el Teniente mirándola a los ojos.- No se preocupe y déjenos hacer nuestro trabajo. Sabemos lo que hacemos.
Laura estuvo varias horas esperando impaciente sin hacer nada. En varias ocasiones la llamó Miranda, preguntando desesperada porque no hacía algo que no fuera esperar sentada. Era casi mediodía cuando un guardia se acercó al Teniente a decirle algo. Inmediatamente el hombre se acercó a la radio de su vehículo para dar varias indicaciones.
- ¿Ocurre algo?- Le preguntó Laura.
- Falsa alarma.- Explicó él.- Una de nuestras patrullas se ha cruzado con un grupo de jóvenes acampados en una furgoneta. He indicado a la unidad que los ordene ir al refugio más cercano. Lo último que necesito ahora mismo es un grupo de hippies atrapados en la montaña en medio de la tormenta.
Laura fue a decir algo cuando de nuevo, una patrulla contactó por la radio.
- Los hemos localizado.- Dijo una voz.- Justo cuando íbamos a darles alcance se ha percatado de nuestra presencia y ha dado media vuelta. Solicito permiso para seguimiento.
El Teniente miró un instante al cielo mientras meditaba sus opciones.
- ¿Cómo está el tiempo aquí arriba?
- De momento caen unas pocas gotas.- Respondió el Guardia Civil.- Pero puede empezar a diluviar en un momento a otro.
Laura y el Teniente intercambiaron una tensa mirada.
- Adelante, tenéis autorización para seguirlos, pero si veis que el tiempo lo hace impracticable, volved. No quiero tener que ir a rescataros, con ese tiempo no podría mandar a un helicóptero.
- Siguiendo ese camino podríamos interceptarlos.- Dijo Laura, resiguiendo una fina línea en el mapa, cuando el Teniente cortó la comunicación.- Si descienden por aquí, el camino que siguen sólo tiene una dirección, y se cruza con este pequeño sendero varios kilómetros más arriba. Una patrulla podría salir desde ese punto y…
- Eso que llamas “sendero”.- Dijo el Teniente.- No es sino un pequeño camino de pastores, discurre justo al lado de un acantilado y nuestros vehículos no pueden pasar por ahí, es demasiado estrecho.
- ¿Cómo de estrecho?- Preguntó Laura.
- Más o menos esa distancia.- Dijo el Teniente señalando el espacio que había entre el vehículo policial y una farola.
- Yo sí que podría pasar.- Dijo Laura, que la mera idea de que el coche de Rubén se viera arrastrado por la tormenta le producía escalofríos. Aún con el riesgo que ello conllevaba, quería interceptarlo lo antes posible. Por llegar hasta Sara, estaba dispuesta a correr ese riesgo.- Yo llevo un todoterreno, uno pequeño.
- Está usted fuera de servicio, Sargento. Y no puedo prestarle a ninguno de mis hombres para que la acompañe.
- No le estoy pidiendo nada.- Respondió ella.- Simplemente déjeme intentarlo. El Land Rover está volviendo sobre sus pasos, seguirá por ese camino durante varias horas. Si salgo ahora llegaré hasta este punto en unas tres horas y ellos tardarían unas cuatro en llegar hasta aquí. Me cruzaré con ellos mucho antes que su patrulla les pueda dar alcance.
- Es demasiado peligroso.- Apuntó él.- Ya me ha escuchado, si alguien se queda atrapado en el monte, no podré mandar a ningún equipo de salvamento hasta que la tormenta cese.
- Razón de más para salir sin demora.- Insistió ella.- Y para no dejar a una niña de nueve años circulando en coche por esas montañas, con esa tormenta en ciernes.
- Algo me dice que no lograré hacerla cambiar de opinión.- Dijo el Teniente mientras le tendía una radio portátil.- Tenga mucho cuidado allí arriba, y mantenga el contacto en todo momento. Usamos el canal 3.
- Gracias, Teniente.- Respondió ella cogiendo la radio.
- Coja también eso.- Le dijo el Teniente mientras le tendía cuatro bengalas.- Por si acaso. Y mucha suerte, la necesitará.
Laura estrechó la mano al Teniente, se guardó las bengalas en el bolsillo de su chaqueta y rauda se dirigió al Suzuki.
Las tres horas que había calculado pronto se convirtieron en cuatro. Eran casi las cuatro de la tarde y aún no había alcanzado el punto en el que se cruzaban los dos senderos. Su única posibilidad era confiar en que Rubén se hubiera encontrado también con dificultades en el camino, sino cuando ella llegara ya la habría adelantado. Pronto oscurecería y los densos nubarrones hacían que pareciera casi de noche.
Definir al sendero por el que circulaba el Suzuki como “camino de pastores” era todo un eufemismo. Aquella estrecha pista, plagada de piedras y socavones era casi impracticable. Ella circulaba a la mínima velocidad posible, temiendo verse precipicio abajo en cualquier momento. Al lado derecho tenía una alta pared de pizarra por la que de vez en cuando caía algún cascote, y a la izquierda, prefería no mirar, ya que se abría un escarpado acantilado hacia un río que serpenteaba unos treinta metros más abajo.
- Y eso que aún no ha empezado la tormenta de verdad.- Masculló mientras pequeñas gotas se acumulaban en el parabrisas.
La radio hacía rato que sólo emitía estática y por supuesto, su teléfono móvil no tenía cobertura. En más de una ocasión detuvo el vehículo para tratar de orientarse en el mapa que llevaba. No debía faltar mucho para llegar a la intersección. Rezando para que el tiempo aguantara un poco más, siguió avanzando hasta que el pequeño sendero descendió, paralelo al río hasta alejarse de él, llegando al punto en que se cruzaba con el otro camino. Que no era sino un cauce seco lleno de piedras y arena por el que empezaba a bajar un pequeño arroyo de agua.
“Debo darme prisa antes que esto se convierta en un auténtico torrente” pensó ella mientras avanzaba con el coche. Aquello se apartaba de cualquier ruta transitable en coche y sólo un loco se atrevería a circular por allí. Pero ella conocía lo suficientemente a Rubén como para saber que antes de verse en comisaría, se arriesgaría a todo. Ella sólo esperaba que no le hiciera daño a Sara, antes había descartado esta posibilidad, pero cada vez tenía menos dudas al respecto. Intentar avanzar con el coche por allí ya era un suicidio en si mismo. Rubén ya llevaba unas cuantas horas circulando, y Laura se preguntó cuanto combustible le quedaba.
Las ruedas del Suzuki patinaron más de una vez pero el coche siguió avanzando por el sendero ascendiente. Media hora después seguía sin encontrar ni rastro del coche de Rubén. Temiendo que hubiera llegado a la intersección antes que ella, dio media vuelta, agradeciendo con todas sus fuerzas el diminuto tamaño del Suzuki Jinmy y deshizo el tramo recorrido. Al llegar de nuevo al cruce entre caminos, avanzó por un sendero ascendente que se alejaba del río y se internaba en la montaña a través de una densa arboleda.
La lluvia se iba incrementando y el agua descendía cada vez con más fuerza por el camino por el que subía. Llevaba dos horas circulando casi sin rumbo, a punto de desistir, cuando de repente, los focos del Suzuki alumbraron un pequeño objeto oscuro en el camino. Laura detuvo el vehículo para examinarlo. “Bingo” masculló mientras sostenía en sus manos la carcasa de un enorme retrovisor.
Volviendo al Suzuki retomó el camino, ascendiendo con algo más de velocidad. A los pocos minutos lo vio. Fue un árbol golpeado lo que la puso en alerta, detuvo el coche al instante, atravesándolo en medio del camino. Agarró la mochila y alumbrándose con la linterna, descendió varios metros por una densa arboleda si detenerse un instante a ponerse la capucha de su chaqueta. Con el corazón en un puño llegó hasta un Land Rover tumbado contra un pino.
- ¡Maldito idiota!- Masculló mientras se agachaba para ver el interior del vehículo.- Debías conducir sin cuidado y volcaste.
Lo que mostraba la luz de la linterna erizó la piel de Laura de pies a cabeza. A través de la ventana del conductor, hecha añicos, se veía el cuerpo de Rubén. O más bien lo que quedaba de él. Lo reconoció por el característico tatuaje en el hombro del que siempre le gustaba alardear. El habitáculo del todoterreno era una escena dantesca, con manchas y gotas de sangre salpicando el cristal y el cuadro. El cuerpo estaba destripado, le faltaba un brazo, y por su posición parecía que hubieran tirado con fuerza de él, tratando de sacarlo a la fuerza del coche pero el cinturón de seguridad lo había impedido.
Apartándose de la dantesca escena, Laura alumbró el resto de asientos, ni rastro de Sara. La puerta del copiloto estaba encastada contra el árbol pero la luna trasera estaba rota. En la húmeda tierra se apreciaba un rastro de pequeños pasos, internándose en el bosque.
- Saliste asustada cuando algún animal empezó a devorar a tu padre.- Fue su conclusión.- Seguramente un lobo, o un tejón hambriento.
Las manchas de sangre aún estaban húmedas, señal de que el episodio había sucedido hacía menos de una hora. Aunque la humedad del ambiente podía dar lugar a engaño.
- ¡Sara!- Empezó a gritar, desesperada, mientras intentaba seguir el rastro de sus pasos.- ¡Sara!
Ninguna voz respondió a su llamada, a su alrededor sólo escuchaba el silencio del bosque y las gotas de lluvia golpeando las hojas de los árboles. Minutos después, después de internarse en la espesura un centenar de metros, intentando seguir el rastro de Sara, escuchó un motor descendiendo por el camino, seguido de un fuerte derrape. Instantes después, escuchó el estruendo de dos vehículos al colisionar, precipitándose ladera abajo.
Un grueso roble detuvo la caída del Suzuki a unos una decena de metros del camino. Laura acudió rauda a contemplar la escena.
- Menuda mierda.- Masculló mientras su linterna alumbraba el motor del vehículo hecho pedazos contra el tronco del árbol.
Unos metros más arriba dos personas salían por las ventanillas rotas de una furgoneta volcada. “Deben ser los hippies de los que habló el Teniente” pensó Laura mientras se dirigía a toda prisa a auxiliarlos. “¿Puedo tener más mala suerte hoy?” pensó mientras ayudaba a una chica veinteañera a salir del vehículo.
- ¿Se puede saber que hacía ese coche obstaculizando todo el camino?- Le reprochó un chico de mediana estatura y pelo corto.- ¿Qué habías ido a mear a un árbol y…?
- Relaja tu tono, se supone que este camino está cerrado al tráfico rodado.- Dijo Laura.
Mientras se recogía el pelo empapado en una coleta, no podía dejar de pensar que el chico tenía parte de razón, si hubiera dejado al Suzuki apartado del camino ellos no habrían chocado y ella no se habría quedado sin vehículo.
- ¡David no se mueve!- Gritó una chica de pelo castaño y liso mientras salía por la ventanilla del copiloto.- ¡Oh Dios mío, está muerto!
Los otros dos chicos se acercaron a la ventanilla del conductor, el chico sacó una navaja de su bolsillo y empezó a cortar el cinturón de seguridad.
- Apartad.- Dijo Laura haciendo algo de espacio para contemplar al chico atrapado.
- Si querías ayudarnos.- Le reprochó la primera chica.- Podías no haber puesto tu coche en medio del camino.
Laura ignoró ese último comentario, el chico atrapado en la furgoneta no tenía buen aspecto. Tenía un golpe en la sien del que salía un hilillo de sangre, resultado de haber golpeado la ventanilla con la cabeza. No se movía y Laura tuvo que comprobar su pulso para asegurarse que estaba vivo.
- ¿A qué esperas para sacarlo?- La apremió el otro chico.
A base de esfuerzo, Laura logró abrir la puerta del conductor, con cuidado, introdujo su cuerpo dentro del habitáculo y con ayuda de su navaja terminó de cortar el cinturón. El cuerpo de David cayó a peso sobre el suyo, y con sumo cuidado lo sacó de la furgoneta, tumbándolo sobre el suelo cada vez más embarrado.
- Necesita ayuda médica urgente.- Sentenció alumbrándolo con la linterna.- Puede que tenga una lesión cerebral, eso explicaría su inconsciencia y el sangrado de la nariz.
- El teléfono no tiene cobertura… ¡Maldita sea!- Gritó la primera chica que había salido de la furgoneta, de cabello moreno y rizado.
- ¿Se puede saber que hacíais circulando por aquí?- Les reprochó Laura.
- Una patrulla de la Guardia Civil nos obligó a abandonar el sitio dónde estábamos acampados.- Le contó el primer chico mientras sacaba varios impermeables de la furgoneta.- Buscábamos un refugio algo más arriba pero en algún momento debimos tomar un desvío equivocado y terminamos circulando por ese sendero de cabras. Hasta que el coche patinó y…
- Patinó, o...- Dijo Laura enfocando los neumáticos de la furgoneta. El haz de la linterna alumbraba un alambre de espino enroscado en una de las ruedas delanteras, que había perforado el neumático haciendo perder el control de la furgoneta.
Algo en su instinto la hizo acercarse al Land Rover, caminaba a pasos tan apresurados que un par de veces perdió el equilibrio, resbalando por las hojas mojadas que poblaban el suelo. Al llegar al vehículo, su linterna alumbró un alambre similar en una de las ruedas delanteras.
- Uno es mala suerte, dos es...- Masculló pensando que si el Suzuki no había pinchado era simplemente por el hecho que Rubén había pasado antes y ella había detenido su coche, sin llegar hasta el alambre que había pinchado la rueda de la furgoneta.
El instinto le decía que aquello no era una casualidad o el descuido de algún pastor. La lluvia cada vez caía con más fuerza y pronto se haría de noche. Laura meditó sus escasas opciones. Sabía que no habría rescate posible. Aunque lograra contactar con la Guardia Civil a través de la radio, sabía que no mandarían a ningún helicóptero ni equipo de rescate. Al menos no hasta que amainase la tormenta, que a todas luces duraría toda la noche. Su única esperanza radicaba en la patrulla que había seguido al coche de Rubén, con algo de suerte no habrían dado media vuelta y llegarían a esta posición. “Pensándolo mejor, con mucha suerte” se dijo.
- ¡Oh dios mío!- Escuchó gritar uno de los chicos a su espalda.
Cuando alumbró con la linterna, vio el chico que había salido de la furgoneta agachado junto al Land Rover, contemplando boquiabierto el cuerpo de Rubén. Las dos chicas no tardaron en llegar hasta él, dejando sólo al inconsciente David.
- ¿Qué habrá hecho eso?- Preguntó una de las chicas, ahora cubierta de pies a cabeza con un impermeable amarillo.
- Un lobo, tal vez un tejón.- Sentenció Laura apartándolos del vehículo.- Y no podéis tocar nada, esto es la escena de un crimen.
La chica rubia fue a decir algo, pero las palabras del chico la acallaron.
- Esto no ha sido un lobo, ni un tejón… Ni tan siquiera un zorro.- Dijo alumbrando el cuerpo de Rubén con su linterna.
- Y tu que sabrás.- Insistió Laura.- En estos montes cualquier animal podría…
- Esto no es obra de ningún animal autóctono.- Sentenció él.
- ¿En qué te basas para afirmar eso?- Preguntó intrigada la Guardia Civil.
- Estoy en el último año de biología.- Dijo el chico con voz entrecortada.- Esto no son mordeduras de ningún animal que habite la Península Ibérica, segurísimo. Ni un lince hace ese tipo de heridas.
Las dos chicas estaban junto a un árbol, vomitando. El corazón de Laura latía a mil por hora. En ese bosque había un depredador desconocido que ahora mismo podría estar devorando a Sara. “Y de hecho” pensó ella “tendría toda la lógica, explicaría el porque no se ha quedado a terminar de destrozar el cuerpo de Rubén, seguramente vio a la niña saliendo del vehículo y empezó a perseguirla”.
Serenando su cabeza, se apartó del Land Rover y pensó con algo de claridad. La intensa lluvia hacía imposible ver el rastro de las huellas de Sara que había detectado minutos antes, pero ella estaba segura que sus huellas estaban solas, no recordaba haber visto rastro de ningún animal en su dirección. Maldiciendo por no haber examinado mejor la zona, pensó cual era la mejor forma de proceder. Su corazón le pedía a gritos que fuera en pos de Sara antes de que oscureciera del todo y la lluvia hiciera desaparecer cualquier rastro de la niña, si no lo había hecho ya. Pero por otro lado, tenía a un chico inconsciente, tumbado bajo la intensa lluvia, tampoco podía dejarlo así como así. “Aunque bueno, están los otros tres, podrían cuidar de él. Ese chico ha dicho que estudia biología, seguro que sabrá lo que hacer”.
De repente, el grito de una de las chicas la sacó de sus pensamientos. Laura se dio la vuelta e inmediatamente lamentó haberse apartado tanto de David. Centrados en el cuerpo de Rubén, se habían alejado una decena de metros del chico herido.
- ¿Qué demonios?- Exclamó el chico con voz entrecortada.
- ¿Eso… eso es…?- Balbuceó una chica mientras su linterna, con el pulso tembloroso, alumbraba a través de la lluvia a una figura que se alzaba a unos metros de ellos. Justo delante de dónde estaba tumbado David.
A toda prisa, Laura abrió su mochila, intentando sacar el estuche de madera que contenía la Volcanic. “Joder, suerte que la cargué antes de salir de casa” pensó antes que el grito de terror de la otra chica silenciara sus pensamientos. “Sólo me faltaba eso, precisamente cuando creía que mi maldita suerte no podía empeorar”.
CONTINUARA

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