Una llamada desesperada. Parte 2
Por: Josep Nada
Sinopsis: Laura descubrirá que el Pirineo esconde más peligros de los que nunca hubiera imaginado.
De repente, el grito de una de las chicas la sacó de sus pensamientos. Laura se dio la vuelta e inmediatamente lamentó haber dejado a David sólo. Centrados en el cuerpo de Rubén, se habían alejado una decena de metros del chico herido e inconsciente.
- ¿Qué demonios?- Exclamó el chico con voz entrecortada.
- ¿Eso… eso es…?- Balbuceó una chica mientras su linterna, con el pulso tembloroso, alumbraba una figura que se alzaba a unos metros de ellos. Justo delante de dónde estaba tumbado David.
A toda prisa, Laura abrió su mochila, buscando el estuche de madera que contenía la Volcanic, alegrándose de haber tenido la cautela de cargarla antes de salir de casa.
Mientras sacaba la Volcanic del estuche, su mirada no se apartaba de la figura que tenía en frente. Las linternas de los chicos alumbraban a un hombre que presentaba lo que a primera vista parecían diversas malformaciones. Carecía de pelo en el rostro y una mancha negra, como si de una enorme peca se tratara, le cubría la mitad de la cara. Tenía los labios retraídos, haciendo que mostrara unos dientes largos y separados. Vestía únicamente unos pantalones hechos jirones y tenía una musculatura en pechos y brazos desproporcionadamente desarrollada, como si estuviera hinchado de esteroides.
La chica, con la mano temblando señalaba lo que a primera vista parecía un grueso garrote en manos del individuo. Un segundo vistazo bastó para entender la desesperada pregunta de la joven. Lo que el individuo sujetaba no era sino un brazo cercenado. Sin dudar un instante, levantó la Volcanic y apuntó a su pecho.
- ¡Apártese del chico!- Le gritó Laura. Los tres jóvenes que tenía al lado se giraron, sorprendidos al ver la voluminosa pistola que sujetaba.- O le juro que le dispararé.
En su cabeza retumbaron las palabras que años atrás, cuando ingresó en la Guardia Civil, le había dicho su padre. “Si te encuentras en una situación desesperada, no lo dudes, dispara primero. Prefiero visitarte en la cárcel que en el cementerio”. Aquello era mucho más fácil de decir que de hacer. Pese a sus numerosas operaciones, sólo en contadas ocasiones Laura había abierto fuego contra otra persona, y en todas ellas, el individuo que tenía en frente, estaba armado. ¿Iba a tener las agallas de abrir fuego contra un individuo desarmado aunque llevara en la mano tal macabro objeto? En las películas todo parecía tan fácil…
- ¡Quieto!- Le gritó de nuevo al ver que el individuo avanzaba un par de pasos hacia ellos.
Pese a su grotesco aspecto y llevar en una mano lo que a todas luces parecía el brazo que faltaba en el cadáver de Rubén, Laura dudaba. ¿Iba a disparar así sin más, a sangre fría? ¿Cómo se lo tomarían sus superiores cuando tuviera que dar explicaciones? Porque sin duda alguna, tarde o temprano tendría que redactar un informe al respecto.
Cuando el hombre avanzó de nuevo, sin ser siquiera consciente de haber apretado el gatillo, la Volcanic retumbó. Y el hombre cayó al suelo. Con mano temblorosa, Laura bajó el arma. Los tres jóvenes la contemplaban estupefactos. Segundos después, la Guardia Civil volvió a levantar la pesada pistola.
- Imposible...- Murmuró mientras lo veía levantarse de nuevo.
En su pecho se abría una fea herida que sangraba mucho menos de lo que debería. Indiferente al dolor que debería estar padeciendo, y con una mirada que reflejaba una furia salvaje, sin detenerse a recoger el brazo cercenado, se lanzó contra ellos como un animal rabioso.
Al instante, Laura accionó la palanca que liberaba el casquillo disparado, introduciendo en la Volcanic un nuevo proyectil listo para ser disparado. Cuando lo tenía a menos de tres metros, el arma tronó de nuevo. Esta vez, el proyectil impactó en el hombro, el individuo retrocedió un par de pasos, y de nuevo, tensó su cuerpo para abalanzarse contra ellos. Laura volvió a accionar la palanca y el arma disparó por tercera vez. Ni tan siquiera intentaba apuntar a las piernas o a los brazos. La bala fue directa al pecho, tumbándolo al suelo.
- ¡Es un puto zombi, dispara a la cabeza!- Gritó el chico, asustado, a su espalda.
Laura no creía en estas cosas, así que cuando el individuo se levantó de nuevo, volvió a apuntar al pecho, el blanco más fácil. No iba a arriesgarse a fallar el tiro apuntando a un objetivo pequeño y móvil como la cabeza, esta vez la bala impactó en el lado izquierdo del torso tumbándolo contra el suelo.
Sólo le quedaban dos balas en el cargador de la Volcanic, Laura volvió a dejar el arma lista para disparar de nuevo, pero esta vez, el individuo no se levantó. Con un suspiro de alivio, se acercó al cuerpo. Con cautela, sin dejar de apuntar en ningún momento, lo pateó con el pie, para asegurarse que no se levantaba. No bajó el arma hasta comprobar que en sus ojos no había el menor atisbo de vida.
- ¿Qué demonios era eso?- Preguntó una de las chicas mientras su compañera vomitaba de nuevo apoyada en un árbol.
A la luz de la linterna Laura contempló el cuerpo, sus dientes y sus labios presentaban manchas de sangre. “Felicidades, acabas de descubrir qué destrozó a Rubén” se dijo a si misma, rezando para que ese tipo no hubiera alcanzado a Sara.
- Tiene una musculatura sobredimensionada.- Escuchó decir al chico a su espalda.- Por eso las primeras balas no lo han matado, la presión de la masa muscular ha hecho de tapón para la hemorragia. La última ha impactado directa a su corazón.
- Así que no era un zombi.- Le dijo ella.- Sólo alguien que padecía malformaciones y seguramente algún tipo de trastorno mental.
- ¿Por qué llevas un arma?- Preguntó a su espalda una de las chicas.- ¿Eres cazadora?
- Guardia Civil, seguía al tipo que conducía ese Land Rover.- Respondió ella señalando el vehículo de Rubén.- El conductor ha secuestrado a una niña de nueve años. Que ahora mismo podría estar en peligro.
- Esa arma no parece reglamentaria.- Apuntó el chico.
- Y tu pareces el listo de la clase.- Replicó ella.- Sargento Laura Salinas, del Grupo de Acción Rápida.
- Lope.- Se presentó el chico estrechando su mano.
- Núria.- Añadió la chica morena de pelo rizado.
- Mireia.- Se apresuró a decir la chica de pelo castaño que había vomitado hasta la primera papilla.
- Y David...- Dijo Lope con voz quieta señalando al chico tumbado en el suelo.- Era el que conducía.
- No perdamos más tiempo, recoged lo que podáis de la furgoneta. En el maletero del Suzuki tiene que haber un par de mantas térmicas, cubrid con ellas a vuestro amigo e intentad protegerlo de la lluvia con algún impermeable.
- ¡Espera!- Gritó Núria al ver que Laura se internaba en la espesura.- ¿Dónde vas?
- Debo localizar a la niña desaparecida, con esta lluvia no puede haber llegado muy lejos.
- Tampoco la vas a encontrar con tan poca luz.- Añadió Lope.- Además, debemos pedir auxilio y…
- Es inútil.- Lo interrumpió Laura.- No hay cobertura y la radio no emite señal. Y aunque lo hiciera, no va a llegar ningún equipo de rescate, los helicópteros no pueden volar con esa tormenta. Hay una patrulla que también seguía al Land Rover, con algo de suerte pasarán por aquí. No os alejéis del camino.
- ¡No deberíamos separarnos!- Gritó Mireia, asustada.
“Menudo panorama tienes, Laura” se dijo mentalmente “Un chico inconsciente que precisa ayuda médica urgente, una niña desaparecida y un loco muerto. ¡Menuda mierda!”.
- Sólo será un rato.- Les dijo.- Trazaré un círculo de un par de centenares de metros alrededor del Land Rover. Si en una hora no encuentro ningún rastro de la niña, regresaré a vuestra posición.
- ¡¿Una hora?!- Exclamó Núria, asustada.
Laura iba a responder cuando el haz de la linterna captó un fugaz movimiento.
- ¡Agachaos!- Gritó Laura mientras se tumbaba en el suelo apagando su linterna.
Lo que su mirada había captado era una flecha incrustarse en el árbol en que Mireia se apoyaba, fallando el cuerpo de la chica por escasos centímetros. “Maldita sea” maldijo mientras intentaba vislumbrar algo a través de la lluvia y la poca luz diurna que aún quedaba.
- ¡Apagad esas linternas!- Gritó a los chicos al ver que otra flecha se incrustaba en el árbol, fallando la cabeza de Lope por poco.
Arrastrándose por el suelo, tal como le habían enseñado, se acercó dónde había dejado su mochila. No tardó en localizar el estuche de madera en el suelo. Cubriéndose tras un árbol, empezó a recargar su arma. La Volcanic, desde el inicio de su fabricación, demostró un rendimiento inferior al de la mayoría de armas cortas de su época. Su singular sistema de carga, alojando las balas en una recámara justo debajo del cañón y su mecanismo de disparo idéntico al del rifle Winchester, lo hacían un arma corta de dimensiones aparatosas. Su cadencia de tiro y tiempo de recarga era tan sólo algo más rápido que un revólver pero más larga y pesada, de ahí que se fabricaran pocas unidades. Pero tenía también sus ventajas para quién sabía apreciarlas, su diseño era robusto y fiable, pensado para entornos agrestes e inhóspitos, y por mucho que lloviera, su sistema de disparo no se encasquillaría. Además, el largo cañón del arma le daba una precisión que pocas armas cortas podían presumir.
A su derecha, escuchó a los tres chicos arrastrarse hasta ella.
- No nos dejes solos.- Le susurró Núria.
- Agachaos, agachaos.- Les ordenó Laura mientras intentaba atisbar algo entre la densa penumbra.- ¿Y vuestro amigo? No deberíais haberlo dejado solo.
Los tres chicos estaban demasiado asustados como para pensar en David, el miedo atenazaba sus corazones, debajo de sus chubasqueros tiritaban y no sólo por el agua de la lluvia que empezaba a calar en su ropa. Su instinto de supervivencia simplemente les dijo que con alguien disparando flechas, lo más prudente era permanecer junto a quién tenía un arma de fuego.
El tirador tenía el mismo problema que Laura, las luces de las linternas eran una diana perfecta, pero ahora, en la semioscuridad reinante, le iba a costar hacer blanco. “Tendrá que moverse” pensó mientras intentaba vislumbrar cualquier movimiento entre los relámpagos que de vez en cuando alumbraban fugazmente la densa espesura del bosque. La lluvia y el propio movimiento de las ramas de los árboles, le impedían detectar nada. “No estoy en una buena posición” lamentó “debo moverme yo también”.
Con un gesto, indicó a los chicos que no se movieran mientras ella se arrastraba a través de unos arbustos. El agua que fluía por el suelo empezaba a empapar sus botas y su ropa, pero aún así, su cuerpo no tiritaba. Meses de duro entrenamiento para acceder al GAR la habían adiestrado para aguantar indiferente las más adversas condiciones. Mientras no intuyera la posición de su enemigo, encender la linterna tan sólo serviría para revelar su posición. A su alrededor todo parecía en calma, pero ella no creía que quién los acechaba se hubiera marchado. “Debe estar como yo, paciente en su posición, esperando que alguno de nosotros haga algo que nos delate” pensó.
“Este ruido no lo causa la lluvia” pensó mientras sus oídos captaban un sonido distinto entre la cortina de agua. Esta vez apuntó con la linterna y la pistola hacia dónde creía haber escuchado el ruido. “Nada” lamentó para sus adentros mientras apagaba la luz y volvía a cambiar de posición.
“¡Espera!” gritó su instinto mientras se arrastraba “¡Allí no había nada!”. Aún a riesgo de revelar su posición, el haz de la linterna volvió apuntar en la misma dirección. Dónde había escuchado ese ruido, dónde debería estar tumbado David, no había… nada.
“¿Por que se habrá llevado el cuerpo?” pensó a la vez que sentía el roce de una flecha pasar entre las ramas que tenía justo sobre su cabeza. Al instante, rodó sobre si misma, protegiéndose tras el tocón de una encina muerta. Recordando las bengalas que le había entregado el Teniente Contreras horas antes, sacó una de ellas del bolsillo de su chaqueta, la encendió y la lanzó por encima de su cabeza con todas sus fuerzas.
La bengala cayó unos cinco metros delante de ella, iluminando varios metros a su alrededor. “Te tengo” dijo mientras veía una sombra moverse entre dos árboles. La Volcanic tronó de nuevo, Laura estaba segura de no haber errado el tiro, pero la sombra había seguido moviéndose como si nada.
Conociendo ahora su posición, la Guardia Civil no perdió un instante. Abandonando la protección de la vieja encina, salió en su persecución, zigzagueando entre los árboles, para ofrecer un blanco lo menos claro posible. Cuando la sombra se apartó de la luz de la bengala, ella lo siguió con su linterna. Lo vio durante un instante, fugaz, escapando entre los árboles. La Volcanic disparó dos veces. De nuevo, Laura estaba segura de no haber fallado el blanco, aún así, su enemigo se perdió entre la arboleda.
Se había alejado demasiado de los otros chicos, así que desistió en su persecución. Aún no sabía cuantos enemigos más podía haber. Y a todas luces estaba convencida que había más de uno acechando en la oscuridad. “El de las flechas y el que se ha llevado a David” pensó mientras, calada hasta los huesos, retrocedía hasta el árbol donde estaban los tres chicos.
- ¿Lo has matado?- Le preguntó un asustado Lope.
- Ha escapado.- Respondió secamente mientras introducía tres nuevos proyectiles en la Volcanic. Había salido de casa con veinte balas y ahora sólo le quedaban trece. “Tendré que pensármelo dos veces antes de disparar o enseguida agotaré mi munición” añadió para sus adentros mientras se volvía a poner la mochila a la espalda.
- No sé dónde habrá ido, pero no pienso quedarme aquí y esperar a que venga con refuerzos.- Dijo Laura.- Debemos movernos, y escondernos.
- ¿Y qué pasa con David?- Preguntó Núria.
“Buena pregunta” se respondió Laura a si misma, pensando en qué decirles a los chicos. No quería asustarlos más de lo que ya estaban, pero tampoco ayudaría en nada si les ocultaba información.
- Alguien ha movido su cuerpo.- Respondió finalmente.- Puede que simplemente lo haya apartado. En todo caso, una persona cargando con un cuerpo no puede ir muy lejos. Nos desplegaremos en abanico, no más de dos metros de separación entre nosotros, peinaremos el área hasta el camino y luego volveremos sobre nuestros pasos. Trazaremos un círculo de treinta metros, no más. Yo estaré ojo avizor por si aparece algún enemigo. Intentad guiaros con la poca luz que tenemos, encended las linternas sólo lo imprescindible. ¡Vamos!
- No se como te lo haces para orientarte sin luz.- Susurró Núria a su lado.- Yo no veo nada.
“¿Y si no lo encontramos, qué?” se preguntó mientras los chicos se afanaban por intentar vislumbrar algo a través de la lluvia y la espesura. “¿Vas a abandonar a un chico inconsciente a merced de ese loco o de cualquier animal salvaje?”. Laura sacudió su cabeza intentando aclarar sus pensamientos. “Deberías centrarte en encontrar a Sara” dijo otra parte de su consciencia, “cada minuto que pases aquí, es un minuto más para que la encuentre otro”.
- ¡Sara!- Laura no pudo evitar gritar su nombre, quería asegurarse de que la chica no estaba por los alrededores. No quería abandonar la posición sin la certeza de que ella no estaba cerca.- ¡Sara! Si estás escondida di algo, soy Laura.
Por toda respuesta, sólo escuchó el ruido de la lluvia contra los árboles y los pasos asustados de los otros tres chicos. Encendiendo la linterna tan sólo los segundos imprescindibles para detectar algún rastro, Laura vio marcas de arrastre dónde minutos antes habían dejado al chico. Siguiéndolas, llegaron hasta el camino, perdiéndose hacia el otro lado del bosque. La fuerte lluvia hacía difícil seguir cualquier rastro.
De repente, un alarido de dolor por parte de Mireia la sacó de sus pensamientos. Encendiendo la linterna y abandonando toda precaución, se acercó a ella. “Maldita sea, ¿es que nada me va a salir bien?” masculló mientras se agachaba junto a ella.
El tobillo de la chica estaba atrapado en lo que parecía un cepo de caza para atrapar jabalíes, con unos dientes de sierra que habían perforado su piel, haciendo que la chica sangrara profusamente.
- Tranquila, tranquila.- Le decía, intentando hacerse escuchar entre sus gritos de dolor.- Ahora te saco de aquí.
Abriendo la mochila, sacó el cuchillo militar y lo introdujo entre los dientes de la trampa, haciendo palanca para liberar el pie de Mireia. La chica incrementó sus alaridos al notar la presión del cuchillo contra su piel.
- Apóyate en mis hombros, será sólo un instante.- Le dijo Laura para acto seguido dirigirse a Lope.- Tira de su pierna cuando abra la trampa lo suficiente.
Usando toda su fuerza, Laura abrió las fauces oxidadas del cepo, cuando las había separado medio palmo del tobillo de la chica, Lope, tirando de ella, liberó su pierna. Inmediatamente después, en un chasquido metálico, la trampa volvió a cerrarse.
- Oh Dios mío.- Sollozó la chica al contemplar el aspecto que presentaba su tobillo.- Eso se me va a infectar… ¡Joder!… ¡Joder!
Laura no sabía que decir para tranquilizarla. Lo cierto es que no presentaba buen aspecto, a parte de las heridas causadas por la hoja serrada del cepo, que había penetrado con fuerza en su piel, tenía torcido el tobillo en un ángulo extraño. “Seguramente roto” pensó sin decirlo en voz alta.
Sacó de la mochila su pequeño botiquín y empezó a limpiar la herida con alcohol para inmediatamente vendarla. La humedad y la lluvia no le harían ningún bien, pero no tenía sentido añadir más preocupaciones a su mente. En el botiquín tenía algunos antibióticos, pero la chica necesitaba asistencia urgente. Además, quedarse en esta posición implicaba peligro, estaba convencida que el individuo que había huido no tardaría en volver, y seguramente con refuerzos. Podían pasarse horas buscando a David en medio del bosque sin resultado alguno “o a Sara” pensó Laura sintiendo el pinchazo del remordimiento, pero tenía una chica herida que precisaba ayuda urgente. “Céntrate Laura, si Sara no ha aparecido es porque no está por aquí, habrá escapado nada más ver a ese hombre y se habrá adentrado en el bosque. Aquí no la vas a encontrar”.
Apoyando a Mireia contra el tronco de un árbol, se dirigió a los otros dos.
- Sacad lo que podáis aprovechar de la furgoneta y repartirlo en dos mochilas. Debemos movernos, aquí estamos en peligro.- Les dijo ante su incrédula mirada.- ¡Vamos!
No podían quedarse a esperar a que llegara la patrulla que había intentado seguir a Rubén. “De hecho” pensó Laura “lo más probable es que hayan dado media vuelta hace rato, al ver que la tormenta se incrementaba. Hace rato que deberían haber llegado a esta posición”. Rezando para que no se encontraran ninguna otra trampa ni nadie volviera a emboscarlos, Laura se acercó al Suzuki, el motor estaba destrozado y el vehículo no arrancaría. La furgoneta y el Land Rover no presentaban mejor estado. Tendrían que moverse a pie.
Abriendo la puerta del conductor, localizó la gruesa guía de caminos y senderos que había comprado en la gasolinera, volviendo rauda junto a Mireia, lo examinó a la luz de la linterna. No tardó en escuchar los pasos apresurados de los otros dos chicos al volver junto a ella.
- Estamos en algún punto de esta zona.- Dijo, trazando un pequeño círculo con el dedo sobre un punto de un mapa en las páginas centrales de la guía.
- No podemos movernos con Mireia en ese estado.- Apuntó Lope.- Su lesión podría agravarse y además no podemos dejar a David sólo.
- Si nos quedamos aquí, podrían volver a atacarnos.- Replicó Laura.- Sea quién sea quién nos ha atacado sabe que estamos aquí, y podría volver. Deberéis cargar con vuestra amiga, y evitar que apoye el pie en el suelo.
Laura estuvo varios minutos contemplando el mapa, pensando en sus opciones. De nuevo, sintió un pinchazo en sus entrañas al pensar en Sara. Una parte de su consciencia le reprochó el hecho de estar perdiendo el tiempo con los tres jóvenes en lugar de buscar desesperadamente a su sobrina. Cada segundo que perdía con ellos era un segundo en que el individuo que les había disparado la localizara. Y viendo lo que había sucedido con Rubén, no quería ni imaginarse lo que le pasaría a la niña si caía en sus garras.
Pero por otro lado, tampoco los podía dejar tirados, no podía alejarse y dejar atrás a una chica herida. No mientras en ese bosque campara a sus anchas un tipo disparando flechas a la gente.
- Eso parece una construcción.- Dijo finalmente señalando un punto en el mapa, no demasiado lejos de dónde se encontraban.- O varias, seguramente sea una granja, o una explotación maderera. Allí encontraremos alguien que pueda prestarnos ayuda.
“Con mucha suerte querrás decir” pensó sin decirlo en voz alta. Si allí hubiera alguien, podría dejar a Mireia y los otros dos y luego volver sobre sus pasos e intentar localizar a Sara.
- Os dejaré allí con vuestra amiga y yo volveré sobre mis pasos, a buscar a David.- "Y a Sara" añadió para sus adentros.- No creo que sean más de dos horas de caminata. Yo iré un par de metros por delante, con la linterna y la pistola. Si detecto alguna trampa os avisaré y nos detendremos. Pararemos cada media hora para que podáis descansar. Si yo me paro, vosotros paráis, si yo digo que os agachéis, lo hacéis… Cualquier cosa que diga…
- Lo capto.- Dijo el chico, algo asustado.- Lo hacemos sin preguntar.
- Bien.- Dijo Laura asintiendo con la cabeza.
Con la ayuda del cuchillo, cortó una larga rama de un árbol. “Me irá bien para asegurarme que no tropecemos con ninguna otra trampa” pensó mientras sujetaba la funda del cuchillo a su cinturón. Dio un último vistazo al mapa antes de guardarlo en un bolsillo de su chaqueta, memorizando su punto de destino y las principales referencias. Se trataba de lo que parecían varias construcciones en una pequeña depresión entre las colinas en que se encontraban, seguramente un pequeño prado. En condiciones óptimas, podrían llegar allí en menos de una hora, pero con la lluvia, la oscuridad, una chica herida y teniendo que mirar bajo sus pies y por encima del hombro… “Mejor no pensar en eso” se dijo “es para echarse a llorar, menudo panorama”.
- ¡En marcha!- Les dijo, intentando sonar lo más optimista posible.- Y cuidado no resbaléis, apoyad bien los pies y vamos poco a poco, sin prisa.
Poniéndose sus mochilas, Lope y Núria levantaron a Mireia por los hombros y sujetándola entre ambos, la pequeña comitiva empezó a avanzar. Seguir los caminos marcados era demasiado arriesgado, sería la opción lógica dónde cualquier asaltante les esperaría para tenderles una emboscada. Así que Laura los hizo adentrar en la espesura del bosque, avanzando entre helechos y arbustos. La Guardia Civil contaba que esta vez la densa cortina de lluvia jugara a su favor, ocultando su rastro y camuflando el ruido de sus pasos.
El avance era mucho más lento de lo que había supuesto. Caminar con un bastón en una mano y una pistola en la otra la obligaba a actuar con suma cautela, y asentar bien sus pies antes de dar cada paso. En nada ayudaría a Sara ni a los chicos que resbalara en el barro y se torciera el tobillo. Con una cuerda que los chicos sacaron de la furgoneta, se había atado la linterna en su cinturón, de forma que quedaba parcialmente cubierta con su chaqueta, proyectando un haz de luz que enfocaba directamente al suelo. Luz que ella rezaba para que fuera visible sólo a pocos metros de distancia. Sólo de vez en cuando se detenía y se arriesgaba a enfocar a su alrededor para orientarse con el mapa.
Dónde cualquier senderista que no conociera la zona se habría perdido, la Sargento del GAR lograba orientarse, localizando puntos de referencia y calculando la distancia recorrida. El entrenamiento para acceder a la unidad de élite había sido duro, más del noventa por ciento de aspirantes no lograba superarlo. Y entre sus difíciles pruebas, soltaban a los aspirantes con los ojos vendados en mitad de un monte desconocido, dándoles un margen de veinticuatro horas para orientarse y encontrar cualquier atisbo de civilización. “Claro que en el entrenamiento el monte en el que nos dejaban no estaba sembrado de trampas” pensó ella mientras localizaba entre unos helechos otro cepo como el que había lesionado a Mireia.
- Estas trampas son ilegales.- Susurró Laura mientras desactivaba el cepo.- Ni tan siquiera están señalizadas.
- También es ilegal disparar flechas a la gente ¿no?- Escuchó decir a Lope a su espalda.
Laura se giro para mirar a los chicos. Tenían su calzado empapado y la humedad les subía por los pantalones. Las ramas de los árboles y arbustos constantemente les retiraba la capucha de sus impermeables, tenían el pelo empapado, y seguramente tendrían también mojada la ropa que llevaban debajo de los chubasqueros. Laura lo sabía porque estaba igual que ellos, pero con la ventaja que ella estaba acostumbrada a largas marchas bajo la intemperie.
- Cinco minutos para descansar.- Les dijo aprovechando que se encontraban en un sitio algo cobijados de la lluvia.
No podían sentarse en el suelo sin empapar aún más su ropa así que los dos jóvenes se apoyaron en el tronco de un árbol a recuperar aire. Laura cogió el relevo e hizo que Mireia se apoyara sobre su espalda. Con cuidado la hizo sentar sobre una roca. Los labios de la chica temblaban, seguramente de frío y el tobillo se le estaba hinchando. Pero hasta que no pararan en un sitio a resguardo de la lluvia no podía quitarle el vendaje y examinar con cuidado su herida.
- Bebed algo de agua.- Les dijo mientras daba un sorbo a su cantimplora.- Aunque con la lluvia no sintáis sed, vuestro cuerpo necesita hidratarse, llevamos una hora caminando.
Sacó también del botiquín un analgésico que hizo tragar a Mireia para aliviar su dolor. Ahora mismo no podía hacer nada más por ella.
- Ya han pasado los cinco minutos.- Les dijo.- Debemos movernos de nuevo o vuestros músculos se entumecerán. ¡Vamos! No debe quedar mucho más.
- ¿Para llegar a dónde?- Preguntó Núria.- No hacemos más que adentrarnos en ese maldito bosque.
- No podemos seguir los caminos.- Dijo Laura por toda respuesta.- Allí somos un blanco demasiado fácil. Y necesitamos llegar a algún sitio seguro.
Aún tardaron más de dos horas, de lento descenso por el bosque, para llegar a un punto en medio de dos altas colinas que parecía un pequeño valle. El barro y los helechos empezaba a dar lugar a escarpadas paredes de pizarra y granito. Bajando por una cuesta llena de rocas y guijarros que les obligó a extremar la precaución para no caer, llegaron hasta una planicie que se extendía entre dos altas paredes de piedra. A mitad del descenso Laura se vio obligada a relevar a Núria para ayudar a Mireia. La chica estaba totalmente agotada y cuando la liberó del peso de su amiga, la chica se dejó caer en el suelo, sin importarle lo mojado que estuviera.
- Ánimo.- Le susurró ella con cierto optimismo.- Ya casi hemos llegado, un último esfuerzo.
Un relámpago iluminó la amplia explanada. La cruzaba lo que parecía ser un sendero de tierra y a su alrededor había varias construcciones agrupadas. A la izquierda el camino se adentraba en un espeso bosque y a la derecha parecía internarse entre los dos acantilados de pizarra. Un segundo relámpago le permitió a Laura contarlas, unas quince edificaciones. Un par totalmente derruidas, pero el resto parecían en relativo buen estado. Laura llevó a los chicos hasta la construcción más cercana, una casita de dos plantas, construida en piedra y madera. Las ventanas estaban cerradas por tablones pero a través de ellos se apreciaba algo de luz.
- Debe ser un antiguo pueblo minero.- Les dijo a los chicos.- Antiguamente en el Pirineo se extraía hierro y carbón. La mayoría de minas se cerraron a mediados del siglo pasado, cuando dejaron de ser rentables y muchos pueblos quedaron abandonados. Pero parece que esta vez estamos de suerte.
Lo que Laura aún no sabía, era que los había llevado directos hacia el infierno.
CONTINUARA

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