La caída de Zaragoza

 

La caída de Zaragoza


Sinopsis: Eludiendo el cerco francés Valeria entrará en la asediada ciudad de Zaragoza con un objetivo concreto: Lograr que la ciudad se rinda antes de lo que dicen los libros de historia.

Por: Josep Nada

Nota: Aunque ambientado en un periodo histórico concreto, algunos hechos históricos han sido deliberadamente alterados en beneficio del relato. Es una historia de fantasía, no una ficción histórica.



Madrid, principios de diciembre de 1808


Aunque era de día, el cielo estaba oscuro y nublado. Finos copos de nieve caían, formando una capa blanca en el suelo. Una joven muchacha, apoyándose en un hombre que sobrepasaba la cincuentena, contemplaba el humo que se elevaba sobre un centenario palacio.

Valeria acababa de perderlo todo y ahora caminaba lentamente, ayudada por Ricardo, su más fiel criado. Cuando Madrid se levantó en armas contra los franceses, ella fue de los pocos aristócratas que se sumó a la revuelta. En un inicio, había visto con buenos ojos el Tratado de Fontainebleau, incluso había tenido cierta participación en el mismo. Había sido difícil pero finalmente había logrado que el apellido Monteleón fuera aceptado en la Corte borbónica. Enseguida consideró el tratado con Francia como una oportunidad de oro para que España se resarciera de algunas perdidas territoriales. Con parte de Portugal y sus colonias de nuevo en manos españolas, el ahora decadente imperio podría volver a recuperar su antiguo esplendor. Además, una alianza con la Francia de Napoleón, la principal potencia mundial, no podía sino reportar beneficios para la decadente España de Carlos IV.


Pero su ilusión, enseguida se convirtió en desengaño. Poco a poco entraban en España tropas francesas cada vez más numerosas. Hasta el punto de superar en número a los efectivos militares españoles en la Península. Carlos IV parecía pasar de todo, Godoy era quién manejaba la política española y tampoco parecía preocuparle en absoluto la situación. Sin autorización pero tampoco oposición alguna, los franceses se fueron apoderando de Figueras, Barcelona, Burgos, Salamanca… Aquello cada vez se parecía más a una invasión encubierta que a un ejército aliado. Los abusos sobre la población civil no tardaron en llegar, todo eso ante la pasividad de Godoy, el Rey y el resto de Consejeros. Varias veces acudió Valeria al Palacio Real a pedir explicaciones. Pero ni tan siquiera le abrieron las puertas, la Corte estaba dominada por holgazanes, curas y obispos cuando debería estar llena de generales.

Así que cuando Madrid estalló en llamas, ella estuvo allí, facilitando armas a los rebeldes y poniendo a su disposición las propiedades que tenía en la capital. Cuando los mamelucos empezaron a imponer el orden a sangre y fuego fue casi la única que se atrevió a darles cobijo. Los que se refugiaron en su palacio, lograron salvarse de los implacables fusilamientos del día tres de mayo. Aquel día, el título de Grande de España fue suficiente para impedir que las tropas napoleónicas entraran en su casa. Murat en ese momento creyó que, respetando a los nobles, estos apaciguarían al pueblo.

La revuelta pronto se convirtió en una guerra abierta en toda la Península. La llegada al trono de José I, aún con todas sus buenas intenciones, causó un rechazo casi general en todos los estamentos. Valeria apoyó en todo lo posible las recientes Juntas de Defensa, des de Madrid informaba de los movimientos franceses y utilizaba sus propios recursos económicos para dotar a los distintos ejércitos de ropa, armas y munición. Tras la batalla de Bailén, ingenua, creyó que expulsarlos de España sería posible.

Pero subestimó las fuerzas de Napoleón. Ahora, tras los desastres de Gamoral, Espinosa, Tudela y Somosierra, España volvía a estar en manos del invasor. Y esa madrugada de principios de diciembre, habían venido a por ella. Su título nobiliario esta vez no le sirvió de escudo.


El Mariscal Michel Ney en persona había acudido al alba en su palacio con un nutrido número de soldados, dispuesto a llevarse engrilletada a la rebelde Condesa. Débil en las horas diurnas, fue exclusivamente gracias a Ricardo que logró escapar por un pasadizo oculto.

Huyendo a través de los viñedos, se giró un instante para contemplar su morada. Su inerte corazón se rompió al contemplar la desoladora escena. El palacio dónde había vivido durante casi dos siglos, ardía ante sus ojos. Y con él, un hermoso naranjo que había resistido el paso del tiempo, sepultura del hombre al que en vida había amado, y de una mujer japonesa a la que había llegado a querer como una hermana.

Un grupo de soldados cargaba una carreta con todos sus objetos de valor. Entre ellos, el cuadro que tiempo atrás le había pintado Velázquez. Aún recordaba con una sonrisa como el hábil pintor había sabido plasmar en él, las finas curvas de su cuerpo, y su rostro… reflejado ante un espejo. Ya nunca más volvería a contemplar esa obra, que tras la guerra, pasaría a manos británicas.

Tantos recuerdos y buenos momentos eran pasto del fuego, de haber podido llorar, las lágrimas habrían surcado sus pálidas mejillas. La poderosa Condesa, ahora huía como una mendiga, sin nada más que la gruesa ropa que Ricardo le había dado para protegerla de la luz solar y una centenaria espada japonesa que usaba como bastón. El único objeto que había podido llevarse consigo. Como una campesina, cubría su rostro con un sombrero de paja.


El camino hasta Madrid fue lento, las densas nubes, que ocultaban el brillo del sol, fueron una bendición para ella. En un día despejado, el cuerpo de la vampira no hubiera resistido el trayecto a pie.

El panorama en la capital, era más desalentador de lo esperado. Todos los amigos y aliados que allí tenían, o habían huido o estaban muertos. No había nadie dispuesto a cobijar a la fugitiva Condesa, ni siquiera por caridad.

Deambulando sin rumbo, la pareja pasó frente a la antigua sede del Santo Oficio de la Inquisición. El palacio, antaño poderoso y temido, ahora era un viejo edificio decrépito. En la plaza, varios soldados amontonaban y catalogaban los objetos de valor que sacaban de allí.

Aprovechando que los dos oficiales que inventariaban los objetos estaban distraídos, contemplando con curiosidad varios relicarios de oro y plata, Valeria se acercó. Entre la pila de objetos, había amontonadas en una caja, varias espadas forjadas con la más pura plata.

- Todo eso será fundido.- Le explicó Ricardo a su espaldas.- Lingotes con los que pagar a las tropas de Bonaparte. Nuestros objetos de valor mantienen a los invasores, en lugar de usarlos nosotros para traer refuerzos de Inglaterra.

Pero ella no le escuchaba. Contemplaba absorta una de las espadas. Reconoció al instante, sin dudarlo, el arma que había atravesado su cuerpo hacía casi doscientos años. El arma que estuvo a punto de matarla.

Ricardo detuvo la mano de Valeria justo cuando los dedos de la chica estaban a punto de rozar el filo.


- ¡Cuidado! La Inquisición bendecía esas espadas.- Le advirtió él.

Ricardo conocía la verdadera naturaleza de Valeria, y pese a ello, la servía con lealtad ciega desde hacía más de cuarenta años. Ella le había salvado la vida, mucho más que la vida, cuando era poco más que un adolescente. Ricardo había tenido la desgracia de conocer hombres mucho peores que un vampiro.

- Esa espada.- Le dijo, señalándola.- No puede quedarse aquí… Es todo lo que queda de un buen hombre, alguien de quién no pude despedirme… No quiero que se quede aquí tirada… a merced de nuestros enemigos… no quiero que sirva para pagar a quiénes han destruido mi hogar… no quiero…

Valeria parecía estar hablando sola. Ricardo agarró la espada y la envolvió con su capa.

- ¡Brigands!- Gritó uno de los soldados al descubrir a Valeria y su compañero.

- Debemos irnos.- Dijo sujetando a Valeria por el brazo y llevándosela de ahí.

Ricardo conocía bien la ciudad, internándose por callejones, logró eludir a los soldados. En Madrid no estaban seguros, así que abandonaron la ciudad por una puerta no vigilada. Valeria, exhausta tras caminar tantas horas diurnas, se desplomó a los brazos de su criado. El hombre la llevó en brazos hasta un bosque apartado del camino. Entró en una oscura cueva y, con cuidado, la depositó en el frío y húmedo suelo.

- No queda nadie en España que pueda hacer frente a los franceses. Los pocos focos que aún resisten, pronto serán aplastados. Debemos huir hacia Portugal, tal vez allí estaremos a salvo.- Le dijo, pero ella no le escuchaba, tan sólo emitía quejidos lastimeros.


La chica no presentaba buen aspecto. Su rostro y sus manos estaban llenos de ampollas y su piel agrietada. Ricardo sacó su cuchillo, dispuesto a hacerse un corte en el brazo y alimentarla con su propia sangre. Le daría hasta la última gota si hacía falta. Pero justo cuando la afilada hoja rozaba su piel, un ruido a su espalda lo sobresaltó.

Un grupo de diez hombres, fuertemente armados, entraba a la cueva. “Mierda” pensó él mientras los veía encender antorchas. Bajo la luz de las llamas se fijó en que varios de los recién llegados llevaban sucios uniformes militares. “¿Supervivientes o desertores?” pensó mientras sacaba la katana de Valeria de su vaina y se encaraba a los recién llegados. Nunca había blandido un arma, pero eso no le impediría proteger a la vampira con su vida.

- No temáis.- Dijo uno un individuo de mediana edad que vestía una casaca militar roja. Su complexión fuerte, su mirada firme y su rostro poblado con una barba y bigote descuidados, imponían respeto.- No hay nada que una mujer deba temer de mi o de mis hombres. Me llamo Juan Martín Díez, y sólo hemos parado a tomar un descanso.

- Juan Martín es el nombre que le pusieron sus padres.- Añadió uno de sus acompañantes, que vestía un deslustrado uniforme de infantería.- Nosotros lo hemos bautizado con otro nombre. Lo llamamos “Empecinado”.

- Traemos pan y queso, que gustosamente compartiremos con vosotros.- Dijo el Empecinado.- Solo somos una partida de caza, estaremos aquí un par de horas. Al caer la noche, nos iremos.

- ¿Caza?- Preguntó Ricardo, suspicaz, sin bajar su arma.- ¿A esas horas y esa época del año? Llevo toda mi vida en esos montes y no hay animal que…

- Somos una partida de caza peculiar.- Añadió otro hombre.- No cazamos animales… cazamos franceses... Soldados franceses.

Al escuchar esas palabras, sacando fuerzas de su flaqueza, Valeria se levantó. Sus ojos brillaron como ascuas, lo que los hombres atribuyeron al destello de las antorchas. Sus colmillos, involuntariamente, empezaron a crecer dentro de su boca.

- ¿Y no aceptaríais un par de voluntarios en vuestra partida de caza?- Dijo torciendo una siniestra sonrisa.- ¿Especialmente a una mujer?


El Bierzo. 17 de enero de 1809.


Pese a ser noche de luna llena apenas se atisbaba el camino que cruzaba el bosque. El joven húsar galopaba frenéticamente a través de la densa arboleda, tratando de dejar atrás a su perseguidor. Se suponía que su caballo estaba entre los más veloces de Europa, aún así, había alguien, o “algo” pisándole los talones. Sacando una de sus dos pistolas, giró su torso y disparó. El fogonazo iluminó durante un instante la espesura. Lo único que logró ver fueron unos ojos rojos brillando en la oscuridad. ¿Un animal? Pensó al tiempo que picaba espuelas para apresurar al caballo. ¿Qué clase de fiera podía estar persiguiéndole? Imposible que un lobo o un lince fueran tan rápidos. De repente, su perseguidor, como de un tigre se tratara, saltó sobre su montura, derribándolo al suelo. Ni tan siquiera tuvo oportunidad de disparar su segunda arma. Lo último que alcanzó a ver fueron unos largos y afilados colmillos que se cerraban sobre su cuello.

Horas después, Valeria entraba en el campamento improvisado de Juan Martín Díez, alias El Empecinado. Allí, entre bosques, colinas y ríos el pequeño ejército de guerrilleros que lideraba podía ocultarse, y de forma escurridiza, eludir a las tropas francesas si se precisaba. El bosque además, surtía al nutrido grupo de alimentos y agua. En poco más de un mes eran muchos los militares que se habían unido al grupo del Empecinado. Derrota tras derrota, los veteranos habían empezado a ver la guerrilla como la única forma de plantar cara a los franceses con éxito. Las escurridizas tropas de Juan Martín Díez con golpes rápidos e imprevisibles, cosechaban muchos más éxitos que el ejército regular.


Cuando Valeria entró en la amplia tienda que hacía las funciones de puesto de mando, el Empecinado estaba junto a sus hombres de confianza alrededor de un mapa.

- He interceptado el correo francés.- Dijo levantando un zurrón de cuero.

Inmediatamente, el Empecinado la tomó del brazo y la sacó bruscamente de la tienda.

- ¿Tengo…?

- Sí.- La interrumpió él, limpiando su pálida barbilla con la mano.- Deberías ir con más cuidado, esa mancha de sangre habría levantado sospechas.

Por toda respuesta, ella se encogió de hombros mientras entraba de nuevo en la tienda. Con un suspiro, él la siguió.

Hacía poco más de dos semanas que había descubierto el “pequeño secreto” de Valeria. Lejos de representar un problema, el Empecinado se lo tomó con relativa indiferencia. Valeria mataba franceses, y además era realmente buena en ello, y en su grupo, cualquiera que estuviera dispuesto a luchar contra el invasor era más que bienvenido. Fuera humano o no-muerto.

- Los franceses han tomado Elviña.- Explicó Valeria mientras mostraba los documentos arrebatados al desafortunado húsar.- Las tropas británicas que quedaban se han retirado a Inglaterra.

El don de lenguas de la chica también era muy útil para una tropa compuesta en su mayoría por hombres que no dominaban la lengua francesa o inglesa.

- Hace menos de una semana, el Ejército del Centro fue derrotado en Uclés.- Murmuró el Empecinado.- Y ahora esta nueva victoria francesa.

- Palafox confiaba en que una victoria en esas dos batallas podría hacer levantar el asedio sobre Zaragoza.- Murmuró un guerrillero que no vestía uniforme militar.

- ¿Quién queda ahora para socorrer Zaragoza?- Preguntó un veterano capitán de infantería.


- Sólo nosotros.- Apuntó Valeria.- Somos el único grupo armado intacto, bien pertrechado y con capacidad de movilización que queda al norte de Madrid. El Ejército de Andalucía está demasiado lejos, el de Cataluña tiene sus propios problemas y Blake está en constante retirada.

- Lo decís como si nosotros no estuviéramos en el otro extremo de la Península.- Murmuró otro hombre.

- Podemos realizar marchas nocturnas.- Insistió Valeria.- Equipo ligero, sólo los pertrechos básicos. En tiempo récord nos plantaríamos frente a Zaragoza. Tomaríamos a los sitiadores por sorpresa, creyendo enfrentarse a un ejército más numeroso y…

- ¡Basta!- Interrumpió el Empecinado.- No disponemos ni siquiera de mil hombres. Y frente a las murallas de Zaragoza se aglutina un ejército de cincuenta mil franceses. Lo que decís es una auténtica locura. No podemos salvar Zaragoza, no sin el apoyo del ejército regular. Esas dos derrotas han dejado la ciudad sin opciones.

- Un golpe nocturno.- Insistió Valeria.- Atacamos el campamento francés y quemamos sus pertrechos. Sin comida, el tamaño de su ejército no será nada. No podrán mantener el asedio.

- Lo que propones es un suicidio.- Replicó Juan Martín Díez.

- No lo es.- Insistió ella.- Podríamos unir a pequeñas partidas guerrilleras, reclutar hombres en los pueblos. Con eso formaríamos un pequeño ejército.


El resto de guerrilleros se miraron dubitativos. Todos respetaban al Empecinado, pero también tenían que reconocer que Valeria pocas veces erraba en su criterio. El guerrillero era audaz y aguerrido y la vampira era de los pocos que se atrevían a cuestionarlo abiertamente. Esas discusiones sembraban la duda en el resto de hombres, ya que ambos no dejaban de tener buenos argumentos a favor de sus respectivas posturas.

- Debemos avisar a Palafox.- Apuntó alguien.- Comunicarle que no espere refuerzos, que su resistencia ahora mismo es en vano. Eso sí podemos hacerlo. Que al menos pueda rendir la ciudad de forma honorable.

- Cierto.- Concluyó el Empecinado dando por concluida la reunión.- Mandaré un despacho a Zaragoza. Sin posibilidad alguna de socorro, no les queda sino rendirse.

- Pero Martín.- Le dijo Valeria, siguiéndolo, una vez abandonada la tienda.- Piensa un poco, podríamos…

Valeria era de los pocos que tenían suficiente confianza con él para llamarlo por su segundo nombre. Algo que, tratándose de una atractiva chica, no molestaba en absoluto al Empecinado, sino todo lo contrario.

- Somos un grupo guerrillero, no un ejército regular.- La interrumpió, llevándola a un lugar apartado.- Mira a tu alrededor, encontraras hombres leales y valientes, pero sabes tan bien como yo que en campo abierto serían barridos por los franceses. Nuestra única baza radica en el elemento sorpresa y en aprovechar el terreno a nuestro favor. Es aquí, entre bosques y montes dónde ganaremos esa guerra, no en un enfrentamiento directo.

- Con cincuenta mil hombres, ellos no esperarán un ataque contra su campamento.- Insistió ella.- Los cogeríamos totalmente desprevenidos… Tenemos buenos veteranos, hombres fogueados que no temblarán ante un enemigo superior. No necesitamos vencerlos, únicamente dar un golpe rápido y retirarnos. Como esas encamisadas que tiempo atrás tanto éxito cosecharon en Flandes y Francia.

- Olvídalo.- Interrumpió él.- No llevaré a mis hombres a la muerte, Zaragoza está perdida. Y no creas que no me duele decir eso. Yo también tenía puestas mis esperanzas en una victoria inglesa. Si hubieran resistido un poco más en Elviña, hubiéramos podido llegar en su ayuda. Y juntos, tal vez, hubiéramos sido una fuerza suficiente como para plantarnos frente a la ciudad… Pero hay que ser realista Valeria. No todos somos inmortales.

Ese comentario no le sentó bien, y así se lo mostró con una mirada de reproche. Ignorándola, el Empecinado la llevó hasta una cueva, oculta en un recoveco del monte. Alumbrándose con un farolillo, entró seguido por ella.


Valeria contemplaba varias piezas de artillería, morteros y cañones de distinto calibre, junto con sus respectivas municiones y barriles de pólvora. Capturados a los franceses en diversas incursiones exitosas en sus trenes de bagaje.

- ¿Por que me muestras esto?- Le preguntó ella.

- Para tener la mínima posibilidad en un combate abierto.- Explicó él.- Necesitamos artillería. Sin ella, los franceses nos derrotarán en seguida. Tenemos cañones, balas y munición… Pero entre todos mis hombres, no hay un sólo artillero.

Valeria empezó a comprender.

- Tenía la esperanza de convencer algún oficial británico para instruir a algunos de mis hombres en el manejo de estas armas. Pero la derrota en Elviña ha frustrado mis esperanzas. Sin los cañones, no podemos hacer otra cosa que acciones de guerrilla.

- Yo llevaré el mensaje a Palafox.- Dijo ella cambiando de tema.

- ¿Estás loca?- Respondió él agarrándola del brazo.- ¿Tu, en medio de una ciudad asediada? En Zaragoza hay más frailes que soldados, tú más que nadie debería saberlo. Es una…

- Dime.- Replicó ella, directa.- ¿Cuántos de tus hombres pueden atravesar las líneas francesas con éxito y sin ser vistos? De noche, puedo pasar delante de todo un ejército sin que me vean. Una vez dentro, como me espabilo es mi problema. No el tuyo. ¿Quieres o no quieres que ese mensaje llegue a Palafox? Porque sólo yo soy garantía de que no será interceptado por el enemigo.

A regañadientes, tuvo que reconocer que la chica tenía razón.


Minutos después, mientras Valeria ensillaba su caballo para partir, un hombre de avanzada edad y pelo canoso se acercó a su espalda.

- ¿Te vas sin tan siquiera despedirte?- Le reprochó Ricardo.- He tenido que enterarme por otros de que vas a ser tu quién lleve la triste noticia a Zaragoza.

- ¿Quién más puede hacerlo con éxito?- Le dijo dándose la vuelta.- Además, no es una despedida, volveré pronto.

- Déjame acompañarte.- Insistió él.- Necesitarás a alguien que vele por ti durante el día.

- Ay Ricardo...- Dijo ella con un suspiro.- ¿Por que te preocupas tanto por mi? A veces actúas como si fueras mi padre…

- Porque el recuerdo de aquel hombre aún me produce pesadillas.- Dijo él con un gesto amargo en el rostro.- Tenía sólo quince años y quería morirme. Cuando entraste en aquella oscura alcoba, yo lloraba hecho un ovillo. No era la primera vez que me hacía aquello. Pero fue la última.

- Llevas más de cuarenta años conmigo y, en el fondo, nunca has dejado de ser ese chiquillo asustado.- Suspiró Valeria posando la mano sobre su mejilla.- No puedes acompañarme a Zaragoza, tu cuerpo ya no tiene veinte años, y tu salud se resentiría con largas marchas a la intemperie bajo ese frío invernal. Eso lo sabes tan bien como yo.

- Una ciudad asediada no es lugar para ti.

- ¿No es lugar para quién?- Replicó ella.- ¿Para una mujer, o para un vampiro?

Antes de que Ricardo pudiera responder, ella se le adelantó.

- Yo estuve en Barcelona, en 1714. Se mejor que nadie lo que es estar en una ciudad asediada.

Por toda respuesta, Ricardo le tendió un bulto de terciopelo.

- Cuídala.- Le dijo, rechazando la espada de plata que había envuelta en su interior.- Regresaré a buscarla, tenlo por seguro.

- Ten mucho cuidado, allí estarás sola.- Le dijo dándole un efusivo abrazo.- Pase lo que pase, procura no quedar atrapada dentro de la ciudad durante el día.

- Descuida.- Respondió ella antes de subir al caballo.- De situaciones mucho peores he salido.


Varias noches después. Zaragoza.


Dejando el caballo a varios kilómetros de la ciudad, Valeria cruzó el campamento francés ocultándose entre la vegetación del margen del río Huerva. Al acercarse a la ciudad, el panorama que vio era desolador.

Columnas de humo se elevaban por encima de la urbe, una de las puertas acababa de saltar por los aires y una compañía de lanceros polacos al galope se disponía a entrar en la ciudad, seguida de un batallón de infantería. Los defensores de la puerta parecían estar muertos ya que nadie acudía a reforzar la brecha. Valeria acababa de llegar justo a tiempo para ver caer la ciudad.

- Misión cumplida.- Dijo mientras los jinetes se acercaban a la puerta destrozada.


Pero entonces la vio. Parecía poco más que una chiquilla y empujaba con todas sus fuerzas un enorme cañón de bronce a través del hueco abierto por la artillería francesa. La vampira escuchó las risas de los jinetes al ver que una sola chica intentaba manejar esa enorme pieza de artillería. Cuando, poco a poco, la boca del cañón se encaró hacia ellos, cesaron las risas y picaron espuelas.

Los tímpanos de Valeria casi revientan al escuchar el disparo. A través del humo del fogonazo, los lanceros seguían avanzando. Uno de cada dos jinetes de la compañía yacían en el suelo, varios caballos correteaban por la colina sin rumbo. El disparo les había hecho daño pero no había detenido su avance, no por nada eran una unidad de élite fogueada en múltiples batallas. Unos cincuenta lanceros seguían avanzando dispuestos a ocupar la brecha hasta que llegara el batallón de infantería que venía detrás.

Asombrada, la vampira contempló como la muchacha, sin amedrentarse, intentaba apresuradamente recargar el cañón. Indiferente a los lanceros que se le echaban encima.

- Cuanto valor...- Murmuró mientras desenvainaba su katana.


Los tenía a poco menos de cincuenta metros. Para manejar ese cañón se precisaba una dotación artillera mínima de tres hombres, y ella estaba sola. Sabía que no lograría efectuar un segundo disparo. Aún así, no dejaría de intentarlo. Las piernas le temblaban, el corazón le latía desbocado. Le quedaban pocos instantes de vida, pero no la asustaba la muerte. En su mente tan sólo había un sólo objetivo: cargar el cañón y detener el avance enemigo.

De repente, como si de un milagro se tratara, escuchó un chillido que encabritó los caballos. A través de la oscura noche, vio como caían varios jinetes mientras otros se esforzaban por dominar a los animales. Tan sólo llegó a atisbar un fugaz destello brillante, una mecha encendida, o los ojos de una fiera nocturna.

Los lanceros disparaban sus armas cortas y movían erráticamente sus lanzas, intentando eliminar a lo que fuera que se había interpuesto entre ellos y la puerta destrozada. La chica contempló el rápido destello plateado de lo que parecía ser la hoja de una espada. Rápida y letal. Parecía que los lanceros se estuvieran enfrentando a varios adversarios, tal vez una partida de guerrilleros había emergido entre las sombras.

No tenía modo de advertirles, si no disparaba ahora, el batallón de infantería alcanzaría su posición. El segundo cañonazo terminó con el resto de la compañía de lanceros polacos. El batallón de infantería, con algunas bajas, seguía avanzando para ocupar la brecha.

- Maldita sea.- Masculló mientras, de nuevo, intentaba recargar el cañón.- Es que no va a venir nadie.

Las tropas enemigas asaltaban la ciudad por varios puntos. Simplemente había demasiado pocos defensores para hacerles frente. Y cubriendo esa brecha, interponiéndose entre Zaragoza y el medio millar de franceses que avanzaban, tan sólo había una muchacha y un cañón.


Disipado el humo, contempló asombrada una figura femenina que se acercaba. Su ropa estaba maltrecha y desgarrada, empuñaba una larga espada ensangrentada. ¿Era la única superviviente de la partida de guerrilleros que había frenado a los polacos?

- Haz que ese trasto dispare de nuevo.- Le dijo Valeria mientras recogía varios fusiles de entre los defensores muertos.- Yo evitaré que se acerquen demasiado.

- ¿Solas, tu y yo?- Balbuceó la muchacha.

- ¿Te parece poco?- Respondió la recién llegada con una sonrisa de autosuficiencia que inspiró cierto coraje a la chica.

Aunque inmediatamente, escuchó el griterío de varios hombres acercándose a su posición. Un centenar de defensores, llevando carros, sacos de arpillera, muebles y otros enseres, se afanaron en bloquear la brecha y repeler a los invasores. No sin esfuerzo y grandes pérdidas, el asalto había sido rechazado en todos los puntos.

- Parece ser que la virgen del Pilar seguirá sin ser francesa una noche más.- Murmuró Valeria antes de que el cañón disparara por tercera vez, deteniendo el avance de la infantería.

- Me llamo Agustina.- Dijo la chica, con un claro acento catalán, apartándose del cañón.- Agustina Zaragoza.

- Bonito apellido, podría decirse que estabais destinada a salvar la ciudad.- Dijo la vampira encajando su mano.

- Vine aquí des de Cataluña, huyendo de los franceses.- Explicó ella, mientras se limpiaba las oscuras manchas de su rostro.- Y me encontré atrapada en este asedio.

- Después de defender vos sola esta puerta.- Dijo Valeria recogiendo la casaca de un fallecido teniente de artillería.- Os podéis considerar tan aragonesa como la virgen del Pilar.

Agustina no hizo ningún impedimento cuando Valeria le puso la casaca sobre los hombros.

- Os habéis ganado estos galones por derecho propio.- Le dijo, ajustándole la prenda y saludándola militarmente.- Teniente Agustina.


Una hora después, Valeria se encontraba reunida en el cuartel de mando del general Palafox, des del que coordinaba, de forma cada vez más desesperada, la defensa de la ciudad. Situado en el antiguo edificio de la Universidad, des de allí se dominaba todo el margen nordeste del río Ebro, dónde en la otra orilla, el arrabal a duras penas resistía.

Alrededor de una mesa había desplegados mapas de la ciudad y numerosas hojas con inventario de armas, municiones, comestibles, vendajes y medicinas disponibles. Así como la distribución de fuerzas y el listado de heridos y fallecidos.

Valeria contemplaba los agotados rostros de los cuatro hombres que había alrededor de la mesa. José de Palafox y Melci, Capitán General de Zaragoza presentaba un rostro escuálido y oscuras ojeras. Su uniforme militar, hecho a medida, presentaba arrugas en varios puntos, señal de que su cuerpo había adelgazado notablemente. Sus compañeros, no presentaban mejor aspecto. Juan O’Neylle, Mariscal de Campo, tosía constantemente y gotas de sudor frío poblaban su rostro, en esos momentos la batalla que libraba el veterano Mariscal no era contra los franceses sino contra su propia enfermedad. El Teniente General Felipe Augusto de Saint-Marq no apartaba los ojos del mapa de la ciudad, trazando sucesivas líneas de defensa a través de calles y callejones para cuando los franceses lograsen derribar las débiles defensas o penetrar en la ciudad por alguna de sus puertas.

De los presentes, el que presentaba mejor aspecto era Rodrigo de Sandoval, Inquisidor Provincial de Zaragoza. Vestía un hábito negro cubierto de polvo, su rostro severo se hallaba perdido a través de una ventana, contemplando el desolador panorama de la ciudad. De su cinto pendía una espada de plata bendecida. La presencia del fraile produjo a Valeria un escalofrío por todo su cuerpo, recordando el daño que la espada de su primo le había causado. Aunque estuviera en el mismo bando que el Inquisidor, y él no conociera su condición, no podía evitar que su instinto la alertara.


- Vos debéis ser esa asesina de franceses a la que apodan La Condesa.- Dijo Palafox acercándose a ella.- No os imaginaba tan joven.

- No confundáis mi juventud con inexperiencia. Me sorprende que en una ciudad sitiada hayáis oído hablar de mi.- Dijo ella acercando su mano para que se la besase.- Y prefiero que me llaméis por mi nombre, soy Valeria de Monteleón.

- Hasta hace dos semanas, aún teníamos algún contacto con el exterior-. Explicó Palafox.- A través del río podíamos enviar y recibir mensajes, hasta que los franceses estrecharon el cerco y nos dejaron completamente aislados. Por cierto ¿Cómo habéis logrado burlar el cerco?

- Pura suerte, Capitán General.- Respondió ella.- Pura suerte…

- Fuisteis de los pocos nobles que no dejaron tirado al pueblo el dos de mayo.- Añadió O’Neylle.- Vuestra firmeza el día siguiente, salvó a muchos patriotas de ser fusilados. Pocos se hubieran atrevido a plantar cara a Murat y sus tropas.

- Por aquel entonces, ser Grande de España aún significaba algo.- Respondió Valeria, quitando importancia al asunto.- Pero centrémonos en lo que he venido a comunicaros. Hace pocos días, Venegas fue derrotado en Uclés, y los franceses tomaron Elviña. Las tropas británicas supervivientes escaparon hacia Inglaterra. No queda nadie que pueda socorrer Zaragoza.

Mientras leían el despacho del Empecinado y los documentos del correo francés, la noticia cayó como un jarro de agua fría sobre los presentes. La noticia, era en parte esperada, pero no por ello fue menos dolorosa. Zaragoza estaba sola.

- ¿Qué opciones nos quedan?- Preguntó Saint-Marq.


- ¿Opciones?- Dijo Valeria.- No quedan opciones, vuestra resistencia ahora es inútil. Gracias al fracaso del asalto de esta noche, podréis negociar una honrosa capitulación.

- ¿Inútil?- Dijo Palafox mirándola fijamente.- Frente a nuestras murallas tenemos retenido a un ejército de cincuenta mil hombres. Mientras Lannes y el resto de Mariscales sigan aquí, sus tropas no estarán causando atrocidades por el resto del territorio. ¿Sabéis el daño que podría hacerle al Ejército de Andalucía si ese ejército se desplaza hacia allí? O peor, podrían interceptar a lo que queda del ejército de Joaquín Blake que se retira hacia Valencia. Debemos mantenerlos inmovilizados aquí.

- Lo que proponéis es una locura.- Insistió Valeria.- La hambruna y las epidemias están causando más muertes que las balas francesas.

- También en las líneas enemigas cunde la enfermedad.- Añadió el Inquisidor Provincial.- Como un castigo divino.

- Sed sensato Palafox.- Volvió a insistir ella.- Debéis rendir la ciudad antes de que...

- Mis hermanos.- Insistió él.- No me dejarán tirado. Aún hay la esperanza de recibir refuerzos des de Cataluña.

- ¡Vuestros hermanos en Cataluña!- Dijo ella levantando su voz.- Vos sabéis tan bien como yo que comandan un grupo heterogéneo de voluntarios sin experiencia. Serán barridos en el primer enfrentamiento con el enemigo. Aceptad la realidad, vuestras fortificaciones son débiles, vuestras tropas diezmadas y vuestra artillería escasa… Pronto vuestros muros serán defendidos sólo por cadáveres y espectros.


- Y aún así.- Dijo una voz femenina a sus espaldas.- “Entre los escombros y entre los muertos, habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde”. No hemos resistido tanto para ahora entregarnos al enemigo, nuestro heroísmo servirá de ejemplo para otros.

Valeria se dio la vuelta para contemplar a quién había pronunciado esa contundente frase que había caído como una sentencia frente a los presentes. Valeria descubrió que no eran muros de piedra los que impedían la entrada de los franceses en la urbe, sino los muros del fanatismo. Cualquiera de los presentes preferiría verse muerto antes de entregar la ciudad al enemigo. El odio hacia los invasores, era más fuerte que el miedo a la muerte. Agustina, vistiendo la casaca del fallecido teniente de artillería había entrado en la sala.

- Señorita Zaragoza.- Dijo Palafox, saludándola militarmente para luego tenderle un documento.- Vuestra heroica hazaña ha salvado nuestra ciudad. Y por ello, os doy el reconocimiento de pleno derecho del grado de Teniente. A partir de hoy, ocuparéis vuestro lugar junto a los batallones artilleros.

- Mientras nos quede aliento, señorita Monteleón.- Añadió Palafox, dando por zanjada la reunión.- Zaragoza resistirá. Gracias por haber arriesgado vuestra vida para traernos esa importante información. Ahora sabemos que estamos solos, eso dará más vigor a los hombres.

De nuevo, ella fue a protestar pero el Inquisidor Provincial la interrumpió.

- Ya lo habéis oído, Condesa. La Virgen del Pilar sigue diciendo que no quiere ser francesa, que prefiere ser capitana de nuestras tropas.

Con una mueca en el rostro, Valeria retrocedió varios pasos al ver que el fraile se le acercaba. Un mero acto reflejo. La ciudad estaba llena de conventos, monasterios y frailes, pero lo que más la aterraba, era la espada que pendía del cinto del Inquisidor.

Durante unos instantes, Valeria meditó sus opciones. Volver a cruzar las líneas enemigas no supondría ningún problema, podría incluso hacerlo esta misma noche. Antes de tomar su decisión pensó en los rostros de agotamiento de los defensores, en la hambruna que había visto mientras subía hasta el cuartel de mando o en el tosido de los cientos de enfermos que llegaba a sus oídos como los gemidos de almas condenadas. Con ese inquisidor cerca, no podía utilizar sus habilidades psíquicas para forzar a Palafox a rendirse. Pero si permanecía en la ciudad, tal vez podría hablar un rato a solas con el Capitán General. Bastarían unos pocos minutos para hipnotizarlo a firmar la capitulación de Zaragoza. Merecía la pena intentarlo, debía detener esa locura que mataba de hambre y enfermedad a decenas de inocentes a diario.


Como Agustina era la única mujer militar, le asignaron a Valeria como compañera de habitación en el cuartel de artilleros. Una modesta estancia provista de dos camastros y un escritorio, con una pequeña ventana que daba hacia el río. Aquello molestó a la vampira, que preferiría permanecer en algún edifico abandonado en el que esconderse durante las horas diurnas, pero en cambio, a Agustina le generó un sentimiento contrario, alegrándose de tener una compañera con quién compartir sus miedos y angustias.

Mientras apoyaba su katana en el camastro, pensando en que ocupar las pocas horas de noche que quedaban, entró Agustina, llevando cuatro gruesos volúmenes que dejó sobre el escritorio.

- Si quiero que me respeten como Teniente.- Le dijo a Valeria.- Debo tener los mismos conocimientos que ellos. Así que tendré que empezar a estudiar tratados de artillería.

Valeria ojeó los gruesos tomos que había traído la chica.

- Cristóbal Lechuga.- Murmuró.- Algo obsoleto pero del que seguro que vas a sacar mucha información útil. Fue el mejor ingeniero artillero de su tiempo. El resto son franceses, los mismos que utilizan los soldados de Napoleón, buena selección.

Agustina fue a decir algo, pero Valeria la interrumpió.

- Yo combatiré de noche. Pase lo que pase, debes respetar mis horas de descanso, durante el día déjame dormir y sobre todo, no abras la ventana. Sólo te pido eso y nos podremos llevar bien.

- ¡Perfecto!- Respondió ella enseguida.- Porque a mi me han asignado también las guardias nocturnas. Así que tendremos los mismos hábitos.

Con un soplido, Valeria se tumbó sobre el camastro. No estaba demasiado convencida de que aquello fuera una buena idea. De reojo contempló a Agustina, concentrada en los tratados, leyendo a la luz de una vela y a su vez tomando notas. Había en ella una férrea determinación, pero también había miedo y temor. Sobre todo a que los artilleros rasos no la respetaran por el hecho de tener una mujer al mando. Su único logro y experiencia hasta el momento había sido disparar un cañón sola. Tendría que demostrarles a todos, y en especial a si misma, que merecía ese cargo. Que no se lo habían regalado simplemente por disparar tres cañonazos.


Mientras la mente de Valeria divagaba, las palabras de Agustina la sorprendieron.

- He escuchado hablar de vos.

- ¿Por bien o por mal?- Respondió la vampira, incorporándose.

- Sois casi una leyenda en la guerrilla.- Dijo Agustina a modo de respuesta.- ¿Cómo es? Me refiero a vivir y combatir en el monte, rodeada de hombres.

- Pues supongo que igual que hacerlo rodeada de mujeres. Un francés muere de la misma forma con independencia de si quién lo mata tiene barba o no. ¿Se puede saber a que viene esa absurda conversación?

- ¿Creéis que me tomarán en serio? Una cosa es que una mujer luche como soldado raso o auxilie a las tropas. Otra muy distinta que mande sobre hombres mucho más veteranos.

- Tendréis que saberos imponer. Si al primero que os levante la voz le partís la cara, ya no habrá una segunda vez.

- Vos sois buena luchando.- Dijo Agustina señalando la katana.

- Soy buena matando.- Replicó Valeria.

- Supongo que por eso os respetan.

- Y vos sois buena lanzando cañonazos.- Añadió Valeria.- Os aseguro que os sabréis imponer. Sois valiente y tenéis aplomo. Ya me gustaría ver cuantos militares aguantarían en su posición mientras se les echa encima una carga de caballería.


Tres semanas después. Mediados de febrero de 1809.


Los franceses habían sobrepasado el perímetro defensivo de la ciudad, pero aún así, Zaragoza no se rendía. Combatiendo calle por calle, casa por casa, bloqueando el paso de las tropas napoleónicas, construyendo barricadas con carros, muebles o restos de runa, los cada vez más agotados y menos numerosos defensores seguían resistiendo al avance enemigo. Hacían de cada convento e iglesia una fortaleza, de cada casa un fortín, de cada calle, un baluarte.

En una de esas improvisadas barricadas, situada en el barrio de la Magdalena, cerca de la calle del Coso, luchaba Valeria. La vampiresa vestía un uniforme de granadero, con botas altas, pantalones blancos y casaca azul. Para mayor comodidad en la lucha, se había desprendido del aparatoso y alto gorro. En lugar del fusil y sable reglamentario, ceñía su inseparable katana y combatía blandiendo una antigua alabarda. Arma obsoleta pero aún efectiva para detener un jinete a la carga. Con el tiempo en que un soldado disparaba y recargaba su arma, Valeria podía blandir varias veces la suya. Cuando el combate llegaba al cuerpo a cuerpo, eran pocos los enemigos que no retrocedían ante su ímpetu.

El cómo lograba esquivar siempre las balas, era algo que intrigaba a sus compañeros de trinchera. Más de uno apuntaba a que Valeria gozaba de la protección de la virgen y la admiraban con un fervor casi religioso. Su puesto defensivo era el que menos bajas tenía y más enemigos había rechazado. Eso, durante la noche, claro.


Lo que Valeria hacía durante el día era una incógnita para sus compañeros, incluida Agustina, que ahora, literalmente, se pasaba días enteros al pie de su cañón. Dormitando cuando podía en su puesto, situado varios metros detrás de la línea de defensores. Al rayar el alba, sin dar muchas explicaciones, Valeria se largaba. Al principio, muchos la habían acusado de falta de valor, o incluso de desertora. Pero ahora, tras días enteros de duro combate, y sabiendo que cada noche, puntualmente, regresaba para rechazar al enemigo, esos comentarios despectivos habían callado.

A fuerza de la práctica, Agustina se había convertido en una experta artillera. Optimizando la cada vez más escasa munición, sabía cuando convenía disparar balas sólidas y cuando hacer uso de la metralla. Pocas veces disparaba sin tener claro el blanco y casi nunca erraba un tiro.

Valeria había llegado a trabar buena relación con sus compañeros de posición, aunque no compartía su optimismo. Algunos de ellos, esperanzados, aún hablaban de la llegada de un ejército de rescate. Algo que la vampira sabía totalmente imposible, pero tampoco se veía con el estómago de desmentir esa falsa esperanza. Esa pequeña ilusión, ese milagroso rescate, era lo poco que mantenía cuerdos a los cada vez más exhaustos y hambrientos defensores. Hacía días que ninguno de los soldados dormía en la comodidad de sus cuarteles, todos dormitaban cerca de sus posiciones defensivas, entre recovecos, y escombros. Y ello hacía mella en su estado físico, aunque no en su aguante, ni el cansancio ni el hambre parecía impedirles para empuñar el fusil y rechazar a los numerosos enemigos que noche tras noche asaltaban su posición.


Pese a todo, Valeria seguía sin poder cumplir con su misión principal: convencer a Palafox para que rindiera la ciudad. Como si de una sombra se tratara, el Inquisidor Provincial no se separaba de él. Valeria incluso había intentado entrar furtivamente en sus aposentos, mientras dormía. Pero en su alcoba tenía un fraile boticario que velaba por su débil estado de salud. Para terminar de frustrar totalmente sus expectativas, la salud de Palafox había empeorado hacía dos semanas. Ahora pasaba la mayor parte del tiempo en la Basílica del Pilar, en la que se había organizado un hospital de enfermos. Completamente fuera del alcance de la vampiresa.

En esas semanas, su opinión acerca del Inquisidor Provincial había cambiado. Rodrigo de Sandoval recorría las trincheras cada noche, ofreciendo ayuda espiritual a los defensores, escuchando sus rezos y plegarias, y concediendo la extremaunción a los moribundos. Aunque mantenía la distancia con el fraile, más de una vez lo había visto combatir a los franceses con su espada de plata, como un defensor más. Llegando a asombrarse de su valor y determinación.

Si algo tenía claro Valeria, era que los franceses no lograrían doblegar la férrea voluntad de los sitiados, que rozaba el fanatismo. Lo que rendiría Zaragoza sería el hambre y la epidemia que cada vez se cobraba más vidas. Hacía días que había asumido que su misión era imposible de cumplir. Pese a ello, había algo que le impedía abandonar a sus defensores. Nada la retenía, había entregado el mensaje y podría cruzar sin problema las líneas enemigas. Pero mirando los rostros agotados de sus compañeros de trinchera, ella perdía el valor para abandonarlos. Se habían apoyado mutuamente, y ella incluso había reído con ellos en los momentos de relativa calma. Pese a la muerte y la miseria imperante en la ciudad, algunos no perdían el buen humor. Esperando en vano un rescate que no llegaría.

El hecho que ni el hambre, ni la enfermedad, ni tan siquiera las balas enemigas podrían con ella le daba a Valeria la obligación moral de quedarse junto a ellos. Hasta las últimas consecuencias. Se ocuparía de cerrar los ojos de sus compañeros de lucha cuando cuando cayera hasta el último de ellos. Como mínimo les debía eso, asegurarse que ninguno de ellos muriera solo.

Esa noche parecía relativamente tranquila. Por toda la ciudad se respiraba una tensa calma, interrumpida tan solo por los disparos aislados de algún fusil, pero no se producía un asalto general como casi cada noche. Algunos de los hombres incluso se permitían el lujo de ser optimistas, especulando sobre la posibilidad de que entre los atacantes estuviera escaseando la pólvora y la munición. Valeria en cambio no compartía ese optimismo. Estaba en un rincón meditando la posibilidad de infiltrarse en el campamento enemigo cuando uno de los hombres sacó una guitarra y empezó a tocar una alegre copla. Varios de los soldados no tardaron en sumarse y la posición defensiva pronto se llenó de alegres canciones. Incluso Valeria se dejó contagiar de la felicidad reinante, contemplándolos bailar y cantar, apoyada en una pared.


- Oye Valeria.- Dijo uno de los soldados.- ¿Por qué no nos cantas algo?

- Sí.- Dijo otro combatiente que vestía de civil.- Deléitanos con una hermosa melodía.

- Tienes una voz preciosa.- Dijo un tercer hombre.- Seguro que cantas como un ángel.

- ¿Un ángel, yo?- Dijo ella con una media sonrisa mientras se incorporaba.- Lo siento pero la música no es mi fuerte, seguro que os parecerá el graznido de un cuervo.

- Anímate, no seas tímida.- Dijo una voz femenina a sus espaldas.- Nunca te hemos escuchado cantar.

- ¡Agustina!- Le reprochó ella con un falso gesto de enfado en el rostro.

Al final, la vampira se dejó convencer por la insistencia de los presentes. Los hombres se sentaron en círculo a su alrededor, dejándole espacio. El de la guitarra empezó a tocar algunos acordes. Valeria meditó unos instantes, lo cierto es que nunca había cantado y no creía que fuera especialmente buena en eso. Aunque no le costó demasiado encontrar unas palabras que salieran directamente de su corazón.

- Si mañana llueve, no quiero llantos.- Dijo con una sonrisa para acto seguido elevar su voz al cielo.

A medida que las palabras salían de sus labios, se adaptaban a la melodía de la guitarra creando un hermoso cántico.


“Amor con tan honesto pensamiento

arde en mi pecho, y con tan dulce pena,

que haciendo grave honor de la condena,

para cantar me sirve de instrumento.


No al fuego, al celestial atento,

en alabanza de Amarilis suena

con esta voz, que el curso al agua enfrena,

mueve la selva y enamora el viento.


La luz primera del primero día,

luego que el sol nació, toda la encierra,

círculo ardiente de su lumbre pura,

y así también, cuando tu sol nacía,

todas las hermosuras de la tierra

remitieron su luz a tu hermosura”


Cuando Valeria terminó, reparó en el silencio que se había generado a su alrededor. De los edificios vecinos se asomaba más de una cabeza. Incluso des de las posiciones francesas se escucharon ovaciones y gritos de admiración. En las líneas enemigas los oficiales tuvieron que imponer orden en la tropa para evitar que la alegría les impidiera luchar al cien por cien.

- Y decía que no sabía cantar la muchacha.- Dijo un hombre joven y zalamero que, con todo el descaro, la besó en la mejilla.

- ¡Oye!- Protestó ella ante tal atrevimiento.

- ¿Dónde aprendiste esa canción?- Le preguntó Agustina.- Es preciosa.

- No es exactamente una canción...- Respondió ella, callando luego de golpe.- Son las palabras de alguien a quién amé… y de quién tuve que separarme.

- Eres muy afortunada de amar a alguien así.- Dijo la artillera.- Estoy segura que cuando acabe esta guerra os reencontraréis con él. Si os escribe palabras tan bonitas es que os ama con locura.

Por toda respuesta, Valeria suspiró melancólica. “Ojalá fuera tan fácil” pensó, aunque en seguida algo ocupó su mente.


- ¡Todos a vuestros puestos!- Gritó, rompiendo ese mágico momento que la música había creado.- ¡Nos atacan!

- Yo no veo nada.- Dijo un centinela oteando la oscuridad.- Seguro que…

- ¡Intentan sorprendernos!- Gritó ella de nuevo.- A vuestros puestos.

El tono de voz de Valeria no dejaba lugar a dudas, los defensores obedecieron y se prepararon para repeler una ofensiva que aún no veían.

- ¿Cómo estás tan segura de que se acercan?- Le preguntó un sargento de infantería.

- Intuición femenina.- Le replicó.

Aunque pronto, el destello de los fogonazos de la artillería y las descargas de fusilería confirmaron las palabras de Valeria. Sus agudos sentidos le permitieron anticiparse unos instantes al silencioso ataque, dando a los defensores unos segundos de oro para prepararse.


A los pocos minutos, la vampira peleaba cuerpo a cuerpo en la barricada, rechazando al enemigo. Uno tras otro, batallones de granaderos, la élite entre la infantería napoleónica, intentaban tomar la posición. Una estrecha calle defendida por menos de cien hombres y dos mujeres. Y una tras otra, los defensores contuvieron las oleadas enemigas que los superaban abrumadoramente en número.

Al ver que el asalto directo había fracasado, los franceses empezaron a minar los edificios laterales. Varias casas se derrumbaron, sepultando a los defensores atrincherados en ellas. El polvo de los escombros llenaba el callejón y casi impedía ver nada. Pero aún así, los cada vez menos defensores seguían conteniendo el asalto.

Hasta que llegó el momento. Un granadero se encaramó a la barricada, llevando una bomba de mano prendida. Valeria lo despachó con un certero tajo con su katana. Tal vez fuera el humo y el polvo, que tras horas de combate hacía picar sus ojos. O tal vez fuera el olor a pólvora que constantemente llenaba sus fosas nasales. O tal vez los enemigos que uno tras otro, intentaban saltar la barricada que impidieron prestar suficiente atención. Pero lo cierto es que la bomba de mano seguía en la inerte mano del granadero, sin que nadie se percatara de que la corta mecha se iba consumiendo. Muy cerca de la bandolera dónde el fallecido soldado tenía el resto de bombas de mano.

Un ensordecedor estruendo reventó los tímpanos de Valeria, la fuerza de la onda expansiva la arrojó contra una pared. Al borde de la inconsciencia, con un ojo entrecerrado y el otro sin visión alguna, contempló el panorama a su alrededor. Los defensores de la barricada, con quienes minutos antes había reído y cantado, ahora yacían muertos o moribundos, con extremidades mutiladas y vientres destripados. A medida que sus tímpanos se regeneraban, entre un molesto pitido empezó a escuchar sus gritos de dolor. Nunca más volvería a escuchar la alegre melodía de la guitarra, ni compartiría más anécdotas divertidas con ellos. Pocas veces Valeria había sentido tanta repugnancia hacia la guerra.


Intentó levantarse pero no pudo. Bajando la mirada contempló su barriga. En la zona abdominal tenía un amasijo de carne y sangre humeante. Aunque no lo viera, sus órganos internos eran una pulpa sanguinolenta. Su oscura y densa sangre manchaba sus pantalones blancos. Con los músculos abdominales a medio regenerar, le costaría ponerse en pie.

Sin que ella supiera el porque, su cuerpo tardaba mucho más en regenerar las heridas producidas por el fuego o la deflagración. Incluso le dolían mucho más que la mutilación de una extremidad. De reojo vio a Agustina, apresurada, intentando introducir en el cañón una de las pocas cargas de metralla que le quedaban. El resto del batallón atacante, una vez recuperados de la ensordecedora e imprevista explosión, volvían a lanzarse contra la empalizada, ahora sin defensores y con una apertura suficiente para permitir el paso de un hombre.

Apretando los dientes, intentando apartar el dolor de su mente y utilizando la katana como si fuera un bastón, Valeria se levantó. La posición estaba perdida, pero no dejaría que los franceses se lazaran contra Agustina. Le daría unos instantes para escapar.

La simple visión de la chica levantándose aún con el abdomen severamente quemado, frenó a los dos primeros soldados. El instante de estupefacción fue suficiente para la vampira fuera capaz de lograr mantenerse en pie sin el apoyo de su katana. Cuando una certera estocada eliminó al primer francés, su compañero arremetió con su bayoneta, clavándola entre sus costillas.

La cara del hombre, al ver la indiferencia de Valeria ante la hoja que la atravesaba sería imposible de describir. Simplemente, ante algo que creía imposible, su cuerpo quedó paralizado, incapaz de hacer nada ante el filo de la katana que se cernía sobre su cuello.

Otros tres soldados, estupefactos, contemplaron como la vampira se sacaba el arma que la ensartaba. Vacilando, dispararon sus fusiles sin que las balas de plomo parecieran causar ningún efecto en ella.

Aún así, ella sola no podía hacer frente a todo un destacamento enemigo. Tarde o temprano, la sobrepasarían. Su capacidad de regeneración empezaba a verse comprometida y no podría resistir el envite enemigo indefinidamente.

Varios soldados terminaron de retirar la barricada pero cuando avanzaron hacia ella, el disparo del cañón la volvió a ensordecer. La carga de metralla fue suficiente para detener el avance enemigo. En el mismo momento, un grupo de cincuenta hombres acudió a reforzar la posición. Los granaderos, con sus oficiales muertos por la metralla, se retiraron. Nuevamente, el asalto había fracasado, aunque el coste para los defensores era cada vez mayor.


Minutos después, agotada, con el rostro sudado y sucio de pólvora, Agustina se acercó a Valeria.

La vampira estaba en un solitario callejón, alimentándose de un francés herido. Tan necesitada de alimento estaba que no se percató que a su espalda, a pocos pasos, la artillera la contemplaba con una expresión entre el asco y la incredulidad. Su primera impresión fue que su compañera estaba recurriendo al canibalismo para satisfacer su hambre. Eso explicaría su frecuente ausencia en el reparto de raciones.

Incapaz de decir nada, y temiendo su reacción si la descubría, Agustina retrocedió hasta la calle. Hasta ahora, había considerado a Valeria como una amiga más que una simple compañera de batalla. Eran las únicas mujeres que combatían en el sector que les habían asignado y entre ambas se había creado un fuerte vínculo que ahora, amenazaba con romperse.

Instantes después, como si nada, Valeria emergió del oscuro callejón. Interpretando la mirada de pavor de Agustina como un efecto de la masacre en la trinchera minutos antes, la abrazó efusivamente. La artillera, con el rostro desencajado, fue incapaz de apartarse. Su mirada se perdía en el abdomen ahora totalmente regenerado de su compañera. Dónde instantes antes había una severa quemadura, ahora su pálida piel se apreciaba tersa y sana. Su desgarrado uniforme era lo único que la convencía que su visión de Valeria herida no era una alucinación. Y además, estaba ese fino reguero de sangre que fluía de sus labios.

- Tranquila.- Le susurró.- Los hemos rechazado de nuevo.

El corazón de Agustina latía desbocado. Todo su cuerpo temblaba de miedo, a su mente acudieron todas las historias sobre monstruos y seres sobrenaturales que su abuela, de pequeña, le contaba alrededor del fuego. Ni tan siquiera fue consciente de que estaba llorando.

- ¿Y esas lágrimas?- Preguntó Valeria, realmente preocupada, apoyando su mano en el mentón de Agustina y levantando su cabeza.

Entre sollozos, la chica fue incapaz de articular nada coherente. Creyendo que su amiga se encontraba en shock tras ver morir a sus compañeros, la llevó a un rincón apartado. No quería que nadie viera a la Teniente en ese estado, ya que podría minar su autoridad.

Agustina interpretó ese gesto con un sentido totalmente inverso. Creyendo que quería llevarla a un rincón apartado para devorarla, intentó oponer resistencia, pero la fuerza de Valeria se impuso.

Al cabo de un rato, ambas se encontraban sentadas en el portal de una vivienda medio derrumbada. Valeria se percató de que Agustina no apartaba la mirada de su destrozado uniforme, sucio y manchado con su propia sangre, pero sin ninguna herida visible en su cuerpo.


- A lo mejor tienen razón los hombres. Tal vez me protege la virgen.- Dijo a modo de excusa.- Ha sido un milagro que la explosión de esas bombas no me alcanzara.

Los labios de Agustina temblaron de nuevo, ella se limitó a asentir, rezando para que Valeria no sospechara nada. Poco a poco, a medida que ambas chicas iban hablando, Agustina fue tranquilizándose y recuperando la compostura. La mirada de Valeria tenía la misma amabilidad de siempre, y no había hecho ningún gesto hostil hacia ella. Al contrario, su preocupación hacia ella era auténtica. Su miedo inicial terminó desapareciendo, incluso se permitió alguna risa ante algún comentario divertido por parte de la vampira.

- Estoy agotada.- Murmuró Valeria al percatarse que empezaba a clarear.- Voy a descansar, tu deberías ir a la intendencia, estás exhausta y asustada. Tu cuerpo necesita comer. Les puedes decir que te den mi ración.

Agustina asintiendo quietamente, se levantó, por un instante estuvo tentada de confesarle que había descubierto su secreto. Aunque antes de que pudiera decir nada, la vampira se apartó de ella, internándose en un callejón. Valeria deambuló entre los escombros hasta entrar en una casa derruida, se deslizó entre la runa hasta llegar a un pequeño y oscuro rincón. Allí nunca alcanzaba la luz solar, y quedaba completamente oculta de cualquier presencia indiscreta. No tardó en quedarse dormida. Agustina aún permaneció unos minutos, en pie, con la palabra en la boca y pensando sobre lo que ahora sabía sobre su compañera.


La noche siguiente.


La situación en la ciudad era cada vez más insostenible, la palabra rendición empezaba a estar en boca de cada vez más defensores. Cuando Valeria acudió a su posición, Agustina le comunicó que la Junta de Defensa quería hablar con ella. Extrañada y guiada por la artillera, se dirigió al edificio de la Universidad. Al entrar en la amplia sala, la expresión de los seis ojos clavados en ella ya debería haberla puesto en alerta. Ella atribuyó la extraña mirada de los presentes al cansancio tras días y días agotadores peleando calle a calle y a su desgarrado uniforme.

Por un instante, Valeria pensó que tal vez debería haberse hecho con otra ropa, aunque fuera de algún fallecido. Su vestimenta no desentonaba con la de los combatientes de primera línea, con sus uniformes sucios, sudados y rotos, pero ahora en el cuartel de mando, era distinto. Su destrozado uniforme revelaba su barriga ante las máximas autoridades de Zaragoza, algo totalmente indecente. Sus pantalones, con múltiples cortes y roturas, tampoco presentaban mejor aspecto. La mirada del Inquisidor Provincial, repasándola de arriba a abajo hizo que Valeria cruzara los brazos sobre su barriga, intentando ocultar su ombligo.

Juan O’Neylle ya no se encontraba presente, su enfermedad había podido con él y el veterano militar no podía ni siquiera levantarse de la cama. Palafox, aquejado por la fiebre se apoyaba en una silla, conteniendo su tos. Cuando Valeria abrió la boca para preguntar acerca de su estado de salud, el Capitán General se le adelantó.


- ¿A cuántos hombres podríais convertir en una sola noche?- Preguntó, directo y tajante.

Valeria se quedó pasmada. Aquella pregunta la había cogido totalmente desprevenida.

- ¿Co… Cómo?- Balbuceó, retrocediendo un par de pasos.

- ¿A cuántos hombres podéis llegar a convertir en una noche?- Repitió Palafox.

Entonces Valeria, como si le cayera un jarro de agua fría encima, lo asimiló. Con el rostro desencajado se dio la vuelta y se encaró a Agustina.

- ¿Cuánto hace que lo sabes?- Le preguntó.- ¿Cuándo lo descubriste?

- La noche pasada.- Respondió ella con un hilo de voz.- Cuando estabas en ese callejón. Te vi, alimentándote de ese francés… Y los desgarros de tu ropa, imposible que tu piel estuviera intacta y en cambio tu uniforme destrozado… Imposible para alguien normal, claro.

- ¿Por que no me dijiste nada? Después de lo que hemos pasado juntas...- Le reprochó.- ¡¿Cómo has podido traicionarme de ese modo?!

La artillera retrocedió un par de pasos, asustada ante el rostro furioso de Valeria. Aunque no tardó en recuperar la compostura.


- Esta mañana se ha informado a todos los oficiales acerca de la desesperada situación de la ciudad.- Le explicó.- Los franceses han roto varias barricadas, no nos queda pólvora ni balas para los cañones y pronto escaseará la munición de fusilería. Casi no quedan alimentos y la enfermedad hace estragos. Era mi deber como defensora informar a la Junta de Defensa de la existencia de un arma que podría dar el vuelco a nuestra desesperada situación. Tú.

- ¿Tu… deber?- Preguntó Valeria sin terminar de creerse lo que estaba escuchando.

- No debes temer nada.- La intentó tranquilizar Agustina.- Nadie va a juzgarte ni castigarte por lo que eres. Cuando se lo conté fue como si un rayo de esperanza iluminase esa sala, eres...

- Sois una bendición para nuestra ciudad.- Dijo a su espalda el Inquisidor Provincial.- Un regalo divino, el arma que puede levantar el asedio.

- ¡¿Estáis locos?!- Gritó, aunque viendo el rostro de los tres hombres, tuvo clara la respuesta. Las penurias y el fanatismo se habían adueñado de la ciudad. Desesperada, se dirigió a Palafox.- Vos sois un hombre ilustrado ¿Cómo podéis siquiera plantearos eso?

- Cada vez somos menos defensores.- Dijo Saint-Marq.- Sólo que pudierais convertir a un hombre, dos convierten a cuatro, cuatro a ocho, ocho a dieciséis...

- En menos de una semana podríamos tener a más de un centenar de luchadores como vos.- Concluyó Palafox.

- Eso es una locura.- Dijo mirando fijamente a Agustina.- No podéis pedirme esto. No lo entendéis.

- Por supuesto que lo entendemos.- Replicó el Inquisidor.- Con un batallón de vampiros podríamos caer como la muerte sobre el campamento francés, abrir una brecha en sus defensas y traer alimentos y pertrechos para el resto de defensores. Según nuestros cálculos, con trescientos vampiros podríamos forzar el levantamiento del sitio. Con un millar, limpiaríamos Aragón de franceses. Con un ejército…

- ¡Vos sois un hombre de fe!- Le gritó desesperada.- ¿Cómo podéis simplemente pensar en…?

- Ante todo soy español.- Interrumpió el Inquisidor.- Y como español es mi deber utilizar todos los medios a mi alcance para derrotar al invasor… Y eso, señora Condesa, os incluye a vos.


Semanas de intensa e incesante lucha habían vuelto a Valeria algo descuidada. Debería haberse percatado antes de que su uniforme, rasgado y manchado de sangre, podía levantar sospechas. Eso y su presencia sólo de noche, su milagrosa habilidad para esquivar las balas… Ahora lamentaba no haber extremado el celo. Confiaba en que el cansancio de sus compañeros y los sucesivos ataques franceses les impedirían caer en ello y sospechar nada. De hecho, ellos se alegraban de tenerla a su lado y nunca había detectado el mínimo recelo hacia ella. Ahora se maldecía por dentro, nunca debería haber luchado en grupo, debería haberse limitado a acciones solitarias sobre el campamento enemigo. Demasiados días rodeada con la misma gente, nunca debería haberse dejado llevar por el compañerismo. No todos los hombres eran como Ricardo o el Empecinado, y ella más que nadie debería saberlo.

Antes de que, aún sorprendida por la conversación, pudiera reaccionar, Valeria se encontró con el crucifijo de Rodrigo de Sandoval frente a su rostro. La vampira entrecerró los ojos e instintivamente se agachó ante el objeto sacro, al tiempo que abría la boca mostrando amenazadoramente sus colmillos. A su espalda, dos militares acudieron raudos a sujetarla. Al instante en que ella se encaró a ellos, el Inquisidor anudó algo alrededor de su cuello.

En ese mismo momento, y sin comprender siquiera el porque, Valeria perdió todas sus fuerzas. Bastó uno solo de los soldados para sujetarla. Con una expresión de asombro, contempló lo que colgaba de un hilo alrededor de su cuello, un diente de ajo.


Se ha escrito mucho acerca de lo que ese aparentemente inocuo tubérculo causa en los vampiros. Algunos lo describen como una alergia, otros como un veneno. La mayoría de no-muertos lo llaman simplemente “maldición”. Hasta ese momento, Valeria nunca se había visto expuesta a la influencia del ajo sobre su piel. Al contrario de lo que mucha gente cree, el ajo no ahuyenta al vampiro, ni siquiera lo daña. Pero el contacto directo la piel del no-muerto lo priva de sus poderes sobrehumanos, pasando a tener la fuerza y agilidad propia de una persona de su complexión física. Y lo más importante, el contacto con el ajo, anula sus poderes psíquicos.

Sólo hay una razón para la que el ajo no sea ampliamente usado entre los cazadores de vampiros: requiere acercarse demasiado al no-muerto. Su efecto sólo surge en contacto directo con su piel. Y un vampiro, aún sin su poderosa fuerza y rapidez, sigue siendo un adversario temible cuerpo a cuerpo, siglos de experiencia lo convierten en un luchador sin par aún sin sus habilidades. Hay métodos mucho más seguros: proyectiles de plata bendecida, saetas de plata, la espada que ceñía el Inquisidor… Ni tan siquiera como último recurso defensivo el ajo tenía demasiada utilidad.

Aún desprovista de su fuerza, Valeria podría enfrentarse al soldado que la sujetaba. Pero su mente aún no había asimilado lo sucedido, su cerebro estaba bloqueado, incapaz de reaccionar. No se creía que los comandantes con los que había compartido penurias y duras noches de asalto tras asalto ahora le estuvieran haciendo eso. Simplemente no lo asimilaba, o no quería asimilarlo. Que el Inquisidor quisiera matarla, era la reacción lógica y la que ella esperaría. Pero que planearan utilizarla para crear un ejército de no-muertos… Eso la tenía totalmente bloqueada.


- Ponedle los grilletes.- Gritó Rodrigo de Sandoval.- Y encerrarla en los calabozos. Un par de noches sin comer a lo mejor la vuelven más colaborativa.

No fue hasta notar el contacto frío de la cadena de hierro sobre sus muñecas que Valeria, finalmente, reaccionó. Forcejeó, y luchó, intentando escapar de esa sala, de los hombres que pretendían encerrarla como un vulgar criminal o un animal salvaje. Y casi lo consiguió. Pero con el ajo en contacto con su piel, su fuerza y agilidad no eran las que estaba acostumbrada a tener. Nada pudo hacer para evitar que los grilletes se cerraran sobre sus muñecas.

Mientras los soldados la arrastraban hacia fuera, su mirada se cruzó con la de Agustina.

-¿Estás contenta?- Le reprochó nuevamente.- Espero que la recompensa que te concedan merezca el haber traicionado a una amiga.

La artillera simplemente se limitó a agachar la cabeza. Una lágrima surcó su mejilla mientras mantenía su mirada acongojada fija en el suelo. Durante un buen rato escuchó los gritos y maldiciones de la vampira mientras era conducida a los calabozos. En su interior sentía como si algo se hubiera roto. Una parte de ella creía haber actuado correctamente, la vampiresa era la única que podía salvar Zaragoza de caer en manos francesas. Aún así, no entendía la reacción desesperada de Valeria, convertir a gente ¿no es algo que hacen a diario los vampiros?

Ahora lamentaba no haberlo hablado con ella, hacerle saber que conocía su secreto. En su euforia por querer impresionar a Palafox, creyendo tener el modo de vencer a los franceses, no había querido esperar a la noche para comentarlo con ella. Nunca se hubiera imaginado esa reacción por su parte, en su ingenua mente creía que ella estaría agradecida de que la Junta de Defensa aceptara su condición de no-muerta y decidiera emplearla en defensa de Zaragoza.


- Os la dejo a vuestra custodia.- Dijo Palafox al Inquisidor Provincial.- Si no quiere colaborar, sacadle sangre vos mismo y hacedla beber a uno de nuestros hombres, de un modo u otro…

- No creo que funcione así, Capitán General.- Respondió el Inquisidor.- Según lo que estudié, en el proceso de conversión al vampirismo el no-muerto sorbe toda la sangre de la víctima y justo en el preciso momento en que su corazón deja de latir, comparte con él la esencia vampírica que lleva su sangre. No creo que podamos conseguirlo simplemente con…

- ¡Pues entonces haced que se vuelva colaborativa!- Gritó Palafox.- No quiero saber qué métodos utilizáis, pero lograrlo. Esa… cosa… es la única esperanza que nos queda.

- ¡¿Cosa?!- Gritó Agustina, rompiendo su silencio.- ¿Cómo podéis hablar así de Valeria? En ningún momento dijisteis nada de arrestarla ni obligarla a nada. Me siento como…

- Habéis hecho lo correcto, Teniente.- Interrumpió Palafox.- Ahora, debéis retiraros.

Agustina fue a protestar, pero la firme mirada de los tres hombres silenció cualquier palabra. Por miedo a ser arrestada, tragó saliva y con la mirada fija en el suelo, abandonó la sala. De camino a su posición, no podía dejar de notar una extraña sensación en su estómago, sus labios le temblaban y su corazón le latía desbocado. Valeria no merecía aquello, no podía apartar de su mente lo que le harían para forzarla a algo que no quería.

Por primera vez des de que había conocido a Valeria, pese a estar rodeada de compañeros de batalla, se sintió sola luchando. Su cañón estaba silenciado por falta de munición y repelía al enemigo disparando el fusil. Pero lo hacía sin pasión ni energía, como una simple autómata. A la mañana siguiente, abandonó su posición sin decir nada a sus compañeros. Anduvo todo el día deambulando sin rumbo por la agonizante ciudad, sin acudir de nuevo a su puesto. Le daba igual si la arrestaban por desertora, algo se había apagado en ella.


Dos noches después.


Valeria entreabrió los ojos cuando escuchó el cerrojo de la puerta abrirse. Llevaba dos días enteros, encadenada a la pared de esa oscura y húmeda celda con los brazos engrilletados por encima de su cabeza, sin poder siquiera sentarse. Todo su cuerpo hormigueaba, sus hombros y brazos le ardían por el dolor de soportar el peso de su cuerpo. Pero lo peor de todo, era la sed. Tras dos días sin probar una gota de sangre, su capacidad de regeneración estaba bajo mínimos, y su cordura a punto de desvanecerse completamente.

Varias veces había acudido el Inquisidor Provincial a preguntarle si había cambiado de parecer y si se iba a mostrar colaborativa. Cada vez que él hablaba de traer a un soldado para que se alimentara a cambio de convertirlo, a Valeria le costaba horrores negarse. No quería hacerlo, no quería verse forzada a compartir su estigma con nadie. No lo había hecho de forma voluntaria, y no quería verse obligada a ello. Pero con la sed llevando su mente hacia la locura, sabía que era cuestión de días, tal vez horas, que se plegara a ser utilizada de ese modo.

En su existencia, Valeria nunca había sentido la necesidad de compartir su esencia vampírica con ninguna de sus víctimas. Lo consideraba más una maldición que un don. Sólo había conocido a una persona a la que, gratamente, habría convertido al vampirismo. Saya, la shinobi que la había seguido des de Japón y con quién había trabado una larga y profunda amistad. Las décadas que había vivido con ella en su palacio, habían sido francamente felices. Hasta que la vejez y la enfermedad empezó a afectar a la ninja.

A Valeria le hubiera encantado poder salvarla de la muerte y compartir con ella su eternidad. Pero no quería forzarla a ello, para nada del mundo, en un arrebato egoísta, quería convertirla en contra de su voluntad. Y Saya era demasiado orgullosa como para pedirle algo así. Nunca en toda su vida había temido a la muerte y no iba a flaquear al final de su vida. Sólo pensar en el vampirismo como alternativa ya lo consideraba un acto de cobardía. Así que la muerte terminó llevándose a otro ser querido. Valeria la enterró bajo el mismo naranjo en el que más de un siglo atrás había sepultado a Diego. El mismo naranjo que Ney y sus hombres habían quemado cuando asaltaron el palacio.

No había compartido su esencia con Saya y mucho menos lo haría con alguien a quién ni siquiera conocía. Y todo por satisfacer el delirio fanático de unos cuantos militares. Mientras le quedara un ápice de cordura, no se plegaría a ello.


Esta vez, cuando levantó la mirada, en lugar de encontrarse con Rodrigo de Sandoval, sus ojos contemplaron la silueta de Agustina.

La artillera había renunciado a su ración de comida diaria para ofrecérsela al carcelero como soborno. En una ciudad dominada por la hambruna, un mendrugo de pan era mucho más preciado que una bolsa de oro. Con mirada de lástima, contempló a Valeria. La falta de alimento la había desmejorado mucho. Su piel estaba seca y apergaminada, en lugar de pálida y suave. Tenía su nariz retraída y sus mejillas hundidas. Sus labios en lugar de su característico color carmín, estaban apagados y agrietados. En el cuello, allí dónde el ajo rozaba su piel presentaba abrasiones y sarpullidos. Sus muñecas estaban en carne viva por el esfuerzo inútil de intentar liberarse.

- Lo… lo siento… yo...- Intentó disculparse.- No quería que terminara así… de verdad.

Valeria tenía la boca demasiado seca como para poder articular ninguna frase coherente. Se limitó a mirarla y a sacudir la cabeza en un silencioso reproche.

- Voy a liberarte.- Le dijo Agustina sacando una lima de su falda.- Huye, lárgate de esa maldita ciudad. Y, si puedes, perdóname por lo sucedido la otra noche. Se que no tengo excusa posible, me salvaste la vida y terminé traicionándote. Ojalá pudiera retroceder el tiempo.

Los débiles músculos de la vampira se tensaron cuando Agustina se acercó para limar el cierre de los grilletes. El simple latido de su corazón la estaba volviendo loca y el cuello de la chica se estaba acercando peligrosamente a sus colmillos.


Como impulsada por un resorte, Agustina se apartó bruscamente de la vampira. Apenas tuvo tiempo de esconder la lima entre su ropa cuando la puerta se abrió.

- Saludos, Teniente.- Dijo el Inquisidor Provincial entrando en la celda.- No sabía que estabais aquí. ¿Cómo está nuestra prisionera, se muestra colaborativa?

Entre sus manos, Rodrigo de Sandoval llevaba un alargado objeto metálico, unas tenazas de hierro. En su cinto pendía su inseparable espada de plata.

Agustina, por toda respuesta a su pregunta, se limitó a negar con la cabeza. Toda posibilidad de liberar a Valeria se había esfumado con la llegada del Inquisidor.

- No os preocupéis.- Dijo él haciendo chasquear las tenazas.- Seguro que ahora cambiará de parecer. Ya que estáis aquí, ¿podríais ayudarme a sujetar su barbilla?

Agustina lo miró sin entender nada. Valeria en cambio comprendió enseguida lo que el Inquisidor se proponía y todo su cuerpo se estremeció de miedo, una sensación casi desconocida para un no-muerto.


Los colmillos son casi la única parte de su cuerpo que un vampiro no puede regenerar. Le crecen inmediatamente después del cambio y duran por el resto de la no-vida. En caso de perder o quebrarse uno de ellos, algo altamente improbable, pero no imposible, el colmillo no se regenerará. Un vampiro sin colmillos, aunque con dificultad puede alimentarse, se convierte en un paria ante su especie. Durante siglos, tal vez des de siempre, la extirpación de los colmillos ha sido el castigo más duro que un vampiro pueda imponer a otro. Implica no sólo el exilio, sino la vergüenza eterna, después de eso, la mayoría optan por el suicidio.

Valeria cerró la boca y apretó la mandíbula al percatarse de las intenciones del fraile. Sin inmutarse, Rodrigo sacó un crucifijo de su hábito y se lo acercó al rostro. Para ella, la visión del objeto sacro era el equivalente que si le acercara una antorcha. El contacto de la cruz contra su piel no sólo la quemaba severamente sino que su mirada no podía ponerse sobre ella, como si emitiera un destello cegador. Por puro instinto, giró la cabeza a la vez que abría la boca, siseando como una serpiente, intentando que apartara aquel objeto de su cara. Sus colmillos crecieron amenazadoramente.

El Inquisidor no desaprovechó la ocasión, en el mismo instante en que ella abría la boca, introdujo en sus tenazas y atrapó uno de sus colmillos. El superior izquierdo. Y empezó a hacer palanca. Se precisa mucha fuerza para arrancar de cuajo el colmillo de un vampiro, algo que un humano corpulento difícilmente podría lograr solo. Pero el cuerpo de Valeria después de dos días sin comer, estaba muy débil.

Agustina contemplaba expectante y con una expresión angustiada. La vampiresa emitía quejidos de dolor mientras su rostro torcía un rictus de pánico.

- ¿Dime, vas a ceder? No te estoy pidiendo nada que seguramente no hayas hecho ya.- Dijo Rodrigo sin dejar de hacer fuerza.- Aún sin uno de tus dientecillos puedes convertir a un hombre. Así que no pasa nada si me quedo con este.

Sedienta y presa del dolor y el pánico, la voluntad de Valeria estaba a punto de quebrarse. ¿Quería que convirtiera a alguien? Lo haría si con ello evitaba verse extirpada de su colmillo, y sobre todo, si lograba apagar la sed que le quemaba por dentro. Había llegado al punto en que ya nada le importaba con tal de que cesara ese tormento. Ya lidiaría luego con las consecuencias de sus actos.


Agustina fue la primera en reaccionar, no podía quedarse quieta y mirar como torturaban a su compañera. Una cosa era delatar su condición de no-muerta creyendo hacer un favor a la ciudad. Ya le había dolido en el alma ver como la arrastraban hacia los calabozos. No iba a consentir que le hicieran eso, y menos delante suyo. En esas semanas Valeria se había portado muy bien con ella, había sido un puntal sobre el que sostenerse cuando todo parecía irse al infierno. La vampira siempre que lo había necesitado, había estado allí, escuchándola, reconfortándola y ayudándola. No merecía aquello.

Rodrigo de Sandoval soltó un alarido al notar un dolor punzante en su axila. Su brazo dejó de responder y las tenazas cayeron al suelo. Giró su cuerpo para contemplar, incrédulo, a Agustina con el brazo extendido hacia él. Con su otra mano, intentó desenvainar la espada de plata para ensartar a la traidora, pero como un fardo, su cuerpo se desplomó.

Cómo si de un cuchillo se tratara, la lima de Agustina había hendido su axila, perforando la arteria. En pocos segundos, el Inquisidor murió desangrado.

La artillera apartó de una patada el crucifijo, sacándolo de la celda y se acercó a Valeria. Se fijó en el sarpullido que tenía en el cuello y antes de liberarla de sus grilletes, le arrancó el cordón con el ajo. Los ojos de la vampiresa centelleaban como ascuas ante el olor a sangre, su consciencia finalmente se apagó, la necesidad de comer se adueñó completamente de ella.


Antes de que Agustina pudiera empezar a limar, la puerta nuevamente se abrió.

- ¿Qué demonios?- Dijo el carcelero entrando en la celda, alertado por el grito agonizante del Inquisidor.- ¡Traidores!

Valeria tiró de los grilletes con todas sus fuerzas. Esta vez, poseyendo parte de su fuerza sobrenatural, logró que con el fuerte tirón y fracturando algunos huesos, sus manos se escurrieran entre las sujeciones de hierro.

Si se abalanzó sobre el carcelero y no sobre Agustina, fue únicamente porque por el cuerpo del hombre fluía más cantidad de sangre. En ese instante, Valeria era incapaz de distinguir amigo o enemigo, y de haber estado sola, habría desangrado a la artillera hasta la última gota.

Como una fiera voraz arrinconó al hombre en una esquina y lo mordió con una brutalidad pocas veces vista en ella. Presa del ansia, sorbía litro tras litro de su fluido vital. A medida que se alimentaba, su cuerpo experimentó varios cambios, su pelo volvió a recobrar su vitalidad, su piel volvió a adquirir su característico tono pálido y su suavidad, y su rostro volvió a recobrar su hermosura. Cuando la sangre dejó de fluir por la arteria del carcelero, ella aún estuvo varios instantes más, succionando con fuerza, intentando extraer más alimento.

- Va… Valeria.- Dijo Agustina con un hilo de voz, retrocediendo ante la furia de su compañera.


Cuando Valeria se giró, todo su cuerpo se estremeció de pavor. Su expresión en nada se parecía a la Valeria que conocía, sus ojos brillaban enrojecidos, un reguero de sangre descendía por su mentón, sus manos estaban manchadas y sus colmillos sobresalían de la comisura de sus labios. Pero lo que más le asustaba era la mirada voraz que le dirigía.

- Va… Valeria soy yo… Agustina.- Imploró ella.- De verdad… siento todo lo sucedido yo… por favor, déjame vivir, no me merezco eso… No quiero morir así.

Al escuchar las súplicas de la chica, Valeria se detuvo. Durante unos instantes sus ojos cambiaron, adquiriendo nuevamente su tono azulado. Pasmada, la contempló fijamente, escuchando el latido de su corazón y su respiración agitada. No había maldad en sus sentimientos, simplemente miedo y remordimientos. Agustina no había actuado de mala fe, sólo había hecho lo que, en su ingenuidad, creía correcto. Aunque sus actos hubieran llevado a Valeria a ese mugriento calabozo. De no haber sido por ella, se habría plegado a los fanáticos deseos del Inquisidor.

Sin decir nada, salió de la celda. Justo cuando llegó al pasillo, escuchó una detonación y un impacto en el pecho la arrojó contra la pared.

- ¡La prisionera escapa!- Escuchó decir a uno de los soldados que montaban guardia en la entrada de los calabozos.

Valeria no tardó en escuchar el sonido de pasos apresurados que bajaban. La prisión en la que estaba sólo tenía un acceso, y para salir de allí, tendría que lidiar con la guarnición de soldados que ahora mismo acudían raudos para impedir su huida.

Cuando Agustina salió al pasillo para intentar evitar un derramamiento de sangre, lo que vio, la dejó completamente helada.


En un instante, el cuerpo de Valeria se desvaneció en la nada. Su sucio y destrozado uniforme militar cayó vacío al suelo, como si ella nunca hubiera estado allí. Ella se temió lo peor, que la vampira hubiese sido alcanzada por un disparo letal. Alrededor la ropa se formaba una fina nieblina.

Era la primera vez que Valeria recurría a la transmutación en niebla. De hecho, ni siquiera era consciente de ostentar tal poder, simplemente, su mente deseó con todas sus fuerzas esfumarse de la cárcel. Su cuerpo, instantáneamente obedeció su mandato. Ahora se sentía flotando en una nube. No era muy consiente de lo sucedido, se veía levitando sobre el suelo, con su uniforme tirado. Intentó mover los brazos o las piernas pero no disponía de extremidades. Su cuerpo en cambio avanzaba, siguiendo la leve corriente de aire que ventilaba las celdas.

Su cuerpo pasó entre los barrotes de una celda, deslizándose sobre el prisionero francés que languidecía allí des de hacía semanas. La neblina salió al exterior por la pequeña ventana que ventilaba la celda. Fuera, Zaragoza era un caos, los franceses dominaban la mayor parte de la ciudad. Los exhaustos y cada vez menos defensores, intentaban contener el avance enemigo parapetados tras barricadas cada vez más improvisadas y endebles. Valeria llegó a un edificio derruido, deslizándose entre los escombros bajó hasta un oscuro sótano. Y allí, por su simple voluntad, su cuerpo empezó a materializarse entre gritos de dolor.

La transmutación en niebla es uno de los mayores poderes que posee un no-muerto, ya que le permite escapar de casi cualquier situación o entrar en un edificio por la más pequeña rendija. Al perder su forma sólida, el vampiro se vuelve casi invulnerable. Pero tiene sus inconvenientes. Ese cambio de estado implica fracturar todos y cada uno de los huesos, músculos y tejidos orgánicos de su cuerpo, dividiéndolos casi célula a célula. Al pasar a forma etérea, el vampiro no siente dolor por ese cambio. Pero al volver a recuperar su forma física, sus nervios asumen el trauma y reaccionan en dolorosos estímulos que recorren cada rincón de su cuerpo.

Valeria ni tan siquiera podía moverse, le dolían todos y cada uno de sus huesos. Su cerebro le daba vueltas como si hubiera estado dentro de una centrifugadora, padecía un fuerte ataque de migraña y los músculos no le respondían. Varias veces intentó levantarse sin éxito. Al final, se acurrucó en ese rincón, esperando que mitigara su dolor.


Dos noches después. 21 de febrero de 1809.


Después de escapar de los calabozos, casi no se había podido mover del sótano en el que se había refugiado. Mareada y adolorida estuvo una noche entera sin poder salir, las ratas que correteaban por el sótano fueron su único alimento. Finalmente, movida nuevamente por la sed de sangre, había abandonado el edificio derruido, alimentándose de la primera persona que se cruzó. Un desnutrido zaragozano cuya sangre volvió a llenar su cuerpo de energía. Reparando por primera vez en su desnudez, se vistió con las harapientas ropas del hombre y se deslizó por los desiertos callejones.

La resistencia ya era inexistente, la ciudad había capitulado y los franceses deambulaban entre muertos y escombros. Los vencedores estaban asombrados por la desolación que contemplaban sus ojos. La vampira nunca hubiera imaginado que la ciudad llegaría a resistir tanto tiempo, en condiciones tan precarias, a una hueste enemiga tan numerosa.

Ocultándose entre las sombras, saltando de edificio en edificio, se acercó a la Plaza del Pilar para presenciar la rendición de la ciudad. Lannes, vistiendo su uniforme de gala contemplaba como los escasos supervivientes depositaban sus armas en un rincón y se entregaban a sus hombres.

Palafox y el resto de oficiales, con sus uniformes sucios, rasgados y sus rostros tristes y hambrientos eran separados del resto de la tropa y ciudadanos. A los militares los llevarían a un campo de prisioneros, a los civiles, Lannes había ordenado que se les perdonase la vida. Conmovido por sus rostros, escuálidos y enfermizos, el Mariscal había ordenado a sus tropas que se repartiera comida entre los supervivientes.

Un oficial desplegaba una enorme bandera francesa sobre el campanario del Pilar. En un rincón, eran quemadas banderas y estandartes españoles. A su alrededor, todo era desolación. Los defensores, ante la inexistencia de unas fuertes defensas, se habían parapetado en conventos, palacios e iglesias, los edificios con muros más gruesos, convirtiéndolos en pequeños fortines de los que ahora sólo quedaban escombros. Siglos de historia destruida para siempre, recuerdos perdidos para lograr contener el implacable avance francés durante unas míseras horas, o días. Dónde antes había una ciudad que podía rivalizar con la mismísima Florencia, ahora casi todo era runa. Tal vez aquello fuera algo que tan solo alguien que había vivido durante siglos podía apreciar.


Entre los soldados prisioneros, los agudos ojos de Valeria, se posaron en la única mujer que vestía uniforme. Agustina forcejeaba con dos soldados, que acallaron sus protestas con un fuerte culatazo en su barriga. La chica se dobló de dolor. La burla de los hombres, acallada por uno de sus oficiales, llegó hasta sus oídos.

Aunque aún sentía cierto resentimiento por lo sucedido entre ambas. No podía dejar de pensar en la amistad que habían trabado durante esas semanas que habían combatido noche tras noche, codo con codo. Aún a pesar de la desesperada situación de Zaragoza, entre Agustina y Valeria hubo momentos alegres, breves momentos en que ambas sonreían, contándose divertidas trivialidades.

Agustina era la única mujer que sería llevada a un campo de prisioneros. Su situación no sería fácil. No lo sería para ninguno de los soldados, pero aún menos para una muchacha de veintitrés años. Las sonrisas veladas de algunos soldados, los comentarios tras haberla golpeado instantes antes… Los oficiales habían ordenado que se les diera un trato digno, pero no había ninguna duda de las intenciones de algunos hacia ella cuando sus superiores no estuvieran mirando.

Mientras meditaba sus opciones, la vampira se fijó en uno de los oficiales franceses. El hombre en particular captó su atención porque en lugar de lucir el sable reglamentario, ceñía una espada curva en una vaina de madera lacada. Un arma que Valeria conocía muy bien, la katana que más de ciento cincuenta años atrás, Tora Himada le había regalado en honor a su amistad.

No pudo evitar pensar en el orgulloso Daimio, en la humillación que sentiría de ver como la espada que era el orgullo de su clan, ahora caía en manos de los enemigos de su portador. Sería una afrenta al honor y la amistad con el poderoso samurái si dejaba que ese francés se quedara con ella.


Con una clara decisión tomada, saltó ágilmente del edificio en que estaba agazapada y se abalanzó contra el oficial. En un abrir y cerrar de ojos le arrebató la katana y lo tumbó al suelo. Antes de que el resto de soldados, estupefactos, dispararan contra ella, Valeria desenvainó el arma y presionó el filo contra su cuello.

Con un gesto, Lannes detuvo a sus hombres. Había pasado todo tan rápido que era incapaz de entender de dónde había salido esa mujer.

- Ya se ha derramado demasiada sangre en esa ciudad, ¿no creéis?- Dijo el Mariscal acercándose a ella.- Vos, como el resto de civiles, seréis respetados. No debéis temer por vuestra vida ni vuestro honor.

- ¿Y ella?- Dijo señalando a Agustina sin dejar de presionar el filo de la katana contra su cuello.

- Recibirá el mismo trato que los otros militares.- Dijo Lannes.- Al vestir los galones, sabía las consecuencias que asumía. Esa artillera ha causado la pérdida de muchos hombres buenos. Pero os aseguro que no soy alguien vengativo, me aseguraré de que recibirá un trato honorable, igual que el resto de militares. Esta ciudad ha resistido con una tenacidad que excede las palabras. No puedo sino quitarme el sombrero ante los españoles.


- Dejaros de idioteces.- Replicó Valeria cuando Lannes estaba a media reverencia.- Y dejadla libre.

- Sabéis que no puedo hacer eso. Los soldados son prisioneros de guerra.

- Os ofrezco un intercambio entonces.- Insistió Valeria.- Yo, por ella.

- ¿Vos?- Dijo extrañado Lannes- Una civil cualquiera a cambio de…

- No soy una cualquiera.- La interrumpió.- Creo que el Mariscal Ney os estará altamente agradecido si me lleváis prisionera ante él. Soy la Condesa Valeria de Monteleón.

- ¿Una harapienta como vos, una Grande de España?- Se mofó el Mariscal.- Vuestra valentía os honra, pero por favor, no insultéis a mi inteligencia.

- Puedo deciros uno por uno los objetos que ese ladrón de Ney sacó de mi palacio. En concreto, una obra de Velázquez que, si no ando mal encaminada, ahora debe encontrarse en los aposentos de ese idiota de José Bonaparte.


Lannes calló por unos instantes. Recordaba haber visto ese cuadro en uno de los salones del Palacio Real de Madrid, en una reunión del Alto Mando. No pudo evitar sentirse cautivado por la hábil traza del pintor y por la hermosa joven que se miraba en el espejo. Ney, percatándose de su interés, le indicó dónde lo había conseguido.

- Bajad el arma, señora Condesa.- Dijo Lannes.- Y liberaré a la artillera.

- La amenaza de mi muerte es lo único que impide a vuestros hombres saltar sobre mi.- Le replicó.- Soltadla primero y bajaré mi arma. ¿Tenéis miedo que escape, rodeada de vuestros soldados? ¿O teméis que os ataque?

- Está bien.- Masculló finalmente.- ¡Soltadla!

A regañadientes, dos soldados separaron a Agustina del resto de prisioneros. Mientras ella avanzaba sorprendida, Valeria bajó la katana para acto seguido correr rauda hacia la artillera y agarrarla con fuerza por detrás.

- He cumplido mi palabra.- Gritó Lannes, temiendo que Valeria hiciera una locura.- Soltad el arma, tal como os he prometido, la artillera es libre de abandonar la ciudad. Y a vos se os dará un trato honorable.

- ¿Qué honor me espera entre enemigos?- Dijo Valeria retrocediendo un par de pasos volviendo a acercar el filo contra su cuello y el de Agustina.


A un gesto de Lannes, los militares a su espalda se desplegaron en abanico. El Mariscal temía que Valeria desconfiara de su palabra. Lo último que necesitaba esa ciudad era más sangre vertida, y menos la de dos hermosas muchachas. Aquello empañaría su reputación. Agustina, con el filo de la katana presionando su cuello, temblaba como una hoja. Hasta ese momento creía que la vampira estaba muerta y ahora temía que hubiera regresado de entre los muertos, impulsada por un deseo de venganza.

- Señora Condesa.- Dijo al ver que Valeria seguía retrocediendo.- Hablemos como personas civilizadas. No hay necesidad de eso, ni ella ni vos saldréis heridas. Os lo garantizo. La artillera es libre de irse. Y en cuanto a vos, respetaré vuestro honor. Tenéis mi palabra de que ni tan siquiera os haré engrilletar. Durante el trayecto a Madrid compartiréis mi tienda y mis comodidades.

Para reforzar sus palabras, ordenó a sus hombres que bajaran sus armas. Justo en la posición en que estaban, Valeria podría lanzar su espada contra el Mariscal francés y lo ensartaría de pleno, pero sus intenciones eran otras. La vampiresa seguía retrocediendo a pequeños pasos, alejándose de la plaza del Pilar, acercándose a una casa medio derruida a su espalda.


- ¿Confías en mí?- Le susurró a Agustina justo cuando sus pies descalzos pisaron los primeros escombros.

Por toda respuesta, ella negó con la cabeza. Estaba aterrada y seguía creyendo que Valeria iba a hacerle daño, que no iba a perdonarle lo sucedido por mucho que ella la hubiera liberado de su cautiverio.

- Perfecto.- Respondió torciendo una siniestra sonrisa.- Eso hará tu grito más auténtico.

Lannes, ni ninguno de los militares que mantenían su mirada fija en las chicas llegó a intuir siquiera las intenciones de la vampiresa. Impulsándose hacia atrás, abrazando fuertemente a Agustina, Valeria volteó por encima de su cabeza para acto seguido, desaparecer entre los escombros, como si la tierra se las hubiera tragado. Tan sólo se escuchó el chillido asustado de la artillera.

Cuando el Mariscal acudió al lugar, se percató inmediatamente de la treta y lamentó no haber caído en ello.

- ¡Buscadlas!- Gritó a sus hombres.- Registrad todos los túneles, galerías y minas, piedra por piedra si hace falta. Pero ¡encontrarlas!


Durante los últimos días de asedio, se podría decir que la auténtica batalla se había producido bajo tierra. Los atacantes habían minado, calle a calle, casa a casa, buena parte de la ciudad, evitando de esa forma el fuego de fusilería que desde azoteas y campanarios diezmaba a los franceses. Volando barricadas y edificios enteros.

Los españoles por su parte, contraatacaron haciendo contraminas, ampliando sótanos y conectándolos, creando una red subterránea des de la que moverse con rapidez y sorprender a los franceses. Creyendo haber ganado una posición, no eran pocas las veces que los atacantes se veían sorprendidos por la espalda, con un aguerrido grupo defensor emergiendo del subsuelo. Aquella forma de luchar fue una locura que minó en buena parte la moral de los invasores.

Y ahora, Valeria, tirando fuertemente del brazo de Agustina corría a través de esa vasta red de túneles y minas, sorteando escombros, con el riesgo de verse atrapada en pasillos y túneles derruidos. En no pocas ocasiones se vieron a arrastrarse entre escombros, buscando el modo de eludir al ejército que tenían encima de sus cabezas. Su hábil oído le indicaba en todo momento la posición de sus perseguidores. Agustina aún asustada, la seguía, tosiendo por la acumulación de polvo.

Cuando salieron a la superficie, el cuerpo de Valeria se estremeció al verse entre las runas del convento de Santa Engracia. Afortunadamente para ella, todos los símbolos y objetos sacros que la podían dañar habían sido destruidos o yacían sepultados bajo la runa.


- Supongo que ahora es cuando...- Murmuró Agustina con un hilo de voz, asustada al ver el arma de Valeria desenvainada.

- ¡No seas idiota!- Le reprochó la vampira envainando la espada.- Si crees que voy a matarte por lo sucedido es que conoces muy poco.

- ¿Entonces me perdonas?

- Me costará olvidar lo que hiciste… Traicionar mi secreto de esa forma, sin tan siquiera decirme nada...- Suspiró Valeria.- Aunque en el fondo se que no eres más que una muchacha impulsiva e idealista.

Agustina fue a decir algo pero ella no la dejó hablar.

- Sé que tus intenciones no eran malas. Aunque tus actos me llevaron a ese fétido calabozo… No sabes la agonía que sufrí esos dos días… Y lo que podría haber sufrido.

- Lo… lo siento, de veras.- Dijo Agustina.- Yo nunca quise verte encerrada… Ojalá puedas perdonarme algún día.

- Me liberaste. Y ahora estamos las dos aquí, sanas y salvas. ¿Por qué no nos centramos primero en escapar de esa maldita ciudad?


Escuchando el sonido cercano de varios perros de presa, Valeria agarró con fuerza a Agustina y escapó de la urbe. Con un ágil salto cruzó el río Huerva. Tan sólo tuvo un ligero contratiempo al poner los pies al otro lado del cauce, cuando una náusea la obligó a detenerse. Por un instante, había olvidado el efecto que cruzar una masa de agua causaba sobre su cuerpo.

- ¿Estás bien?- Preguntó Agustina algo asustada, sin comprender lo que le sucedía a su compañera, y sin entender lo que se proponía con esa improvisada fuga.

- Un pequeño mareo.- Le respondió mientras escuchaba su espalda, el galopar de un regimiento de húsares que acudía en su persecución.- ¡Vamos, no podemos detenernos aquí!

Afortunadamente, aún quedaban varias horas de noche, y la vampira estaba en plena forma. Aún llevando a Agustina en brazos, sus piernas eran más veloces que el galopar de los caballos. Atravesando olivos, huertos y campos, pronto dejaron atrás la ciudad. En terreno abierto, había infinitas posibilidades donde un par de personas solitarias podían esconderse y burlar a sus perseguidores. El olfato de Valeria, además, era idóneo para encontrar recovecos y escondites, aún entre la helada campiña aragonesa.


En una arboleda, en un recoveco entre las rocas, localizó la guarida de un tejón que hibernaba. Ahuyentando a su sorprendido habitante, ambas chicas se deslizaron en el pequeño espacio, apenas suficiente para ambas. Valeria ocultó las huellas dejadas en la nieve y cubrió la entrada con zarzas y helechos. Ambas permanecieron allí durante las largas horas diurnas, soportando la incomodidad y evitando hacer el menor ruido.

Varias veces sus perseguidores pasaron por delante de su posición sin percatarse de su escondite. Ni tan siquiera los perros de presa que acompañaban a los húsares llegaron a detectarlas. Al caer la noche, salieron de la guarida del tejón. Saltando sobre la retaguardia de un grupo de jinetes, ambas chicas consiguieron alimento, ropa decente para Valeria y un par de recios caballos.

- ¿Y ahora qué?- Le preguntó Agustina.- Aragón está en manos francesas, el camino a Cataluña estará custodiado y…

- Hay un lugar dónde encontrarías relativa seguridad.- Replicó, la vampira.- Hacia el oeste, pero deberemos movernos rápido y de noche.

- ¿León?- Preguntó ella extrañada.- El ejército de Blake ya no…

- No es a Blake a quién me refiero.- Dijo ella con una sonrisa.- Sino alguien más escurridizo.

- ¿Una partida guerrillera?- Preguntó, dubitativa Agustina.

- Buenos amigos.- Sentenció la vampira.- Si quieres, te puedo llevar entre amigos.


Dos semanas después. Sierra de Cebollera, cerca de Burgos. Campamento del Empecinado.


Caían finos copos de nieve cuando Valeria y Agustina llegaron al recóndito campamento guerrillero de Juan Martín Díez. La bienvenida que recibió la vampira fue todo lo calurosa que podía esperarse de la llegada de una persona a la que todos creían muerta o en manos francesas. La falta de noticias de Valeria y la caída de Zaragoza tras una ardua lucha casa por casa, hicieron temer lo peor al Empecinado y Ricardo.

- Gracias a Dios...- Dijo el Empecinado mientras abrazaba efusivamente a Valeria.- Llevaba días temiendo que…

- No metas a Dios en esto.- Le reprochó ella.- Dudo mucho que sea su favorita.

- ¿Cómo has encontrado nuestro campamento?- Preguntó el guerrillero.

- No es que seáis tan difíciles de encontrar.- Respondió Valeria con una sonrisa.- Sólo tuve que preguntar por los pueblos y villas y seguir el rastro de columnas francesas atacadas. Mis agudos sentidos hicieron el resto.

- Bessières lleva semanas acechándonos. Nos vimos forzados a levantar nuestro campamento en el Bierzo, y ahora sus tropas amenazan con acorralarnos en estos montes. Algunos pueblos nos ofrecen cobijo, pero la mayoría de ciudades están en manos francesas.

- Si seguís jugando al ratón y al gato, pronto dará con vosotros.- Sentenció ella.- Me sorprende que no haya descubierto vuestra posición por el humo de vuestras hogueras.

- ¿Nos tomas por idiotas?- Le reprochó él.- Si algo sabemos es ocultar el rastro.

- Lo que debéis hacer es plantar cara. Antes de llegar al campamento he realizado un reconocimiento por los alrededores. Bessières tiene sus tropas dispersas por la zona, intentando rodearos. Son mucho más numerosos que vosotros, pero una rápida acción sobre uno de sus grupos os abriría el paso hacia Soria.

El Empecinado reparó por primera vez en la presencia de Agustina.


- ¿Y vos sois?- Preguntó mirando el rostro cansado y el uniforme militar cubierto de polvo de la chica.

- Me llamo Agustina Zaragoza, soy de…

- Aragón.- Interrumpió Valeria.- Agustina es de Aragón. Cuando partí, me hablaste de la falta de artilleros.

Juan Martín asintió quietamente. La falta de hombres capacitados para utilizar un cañón seguía siendo la principal debilidad de su guerrilla.

- Agustina es Teniente de Artillería. En todo el asedio no vi a nadie manejar un cañón con tanta destreza como ella.

- ¿Podríais instruir a alguno de mis hombres en el manejo de la artillería?- Le preguntó el Empecinado.

- ¿De cuantas piezas disponéis, de qué calibre y cuánta munición?- Dijo ella por toda respuesta, sacudiendo el polvo de su casaca, revelando sus galones hasta ahora cubiertos de la suciedad del camino.

- Acompañadme.- Dijo el Empecinado guiándola hasta el lugar dónde tenían celosamente guardadas las piezas capturadas al enemigo.


Mientras Juan Martín y Agustina examinaban el estado de las piezas de artillería y revisaban el inventario de pólvora y munición, Valeria en un rincón del campamento ensillaba su caballo en silencio.

- ¿Te vas a marchar?- Preguntó una voz cansada a su espalda.- ¿Sin tan siquiera despedirte de ellos?

- Ya nada me retiene aquí, Ricardo.- Dijo ella mirando a su fiel criado.- Vine a traer a Agustina a un lugar seguro, y a recoger la espada de plata que te confié. ¿Quieres venir conmigo o prefieres quedarte con la guerrilla?

- ¿Qué sucedió en Zaragoza?- Le preguntó, directo.- Antes de tu partida estabas más animada, más… Ahora en cambio, largarte sin tan siquiera decir un adiós… Te conozco Valeria, y no es propio de ti.

- ¿Qué sabes tu de mi?- Le reprochó subiendo al caballo.- Soy un vampiro, no debo explicaciones a nadie, ni tan siquiera a ti. No te lo preguntaré una tercera vez, ¿vienes?

Por toda respuesta, Ricardo se puso delante del animal, y lo cogió por las riendas. Si la chica lo espoleaba, el animal lo arrollaría.

- ¿Cuántas décadas llevo a tu servicio?- Le preguntó con voz amargada.- A lo mejor no te has dado cuenta, pero pese a tu apariencia fría y distante, he llegado a conocerte… y a comprenderte… Y se que ha sucedido algo en esa ciudad. Si no tienes la confianza en mi como para contármelo, no pasa nada… Aquí nos separamos.

Valeria lo miró fijamente a los ojos y suspiró. Le dolería despedirse de él. Demasiados años juntos como para romper ese vínculo de esa forma. No olvidaba que le debía la vida… Sin su rápida reacción, ella habría caído prisionera de los hombres de Ney cuando asaltaron su palacio. Pero lo sucedido en Zaragoza, lo que se habían planteado hacerle, era una herida punzante en su corazón que no podía olvidar, ni tampoco tenía la entereza como para contárselo.


- ¿Te vas… así sin más?- Dijo una fuerte voz a su espalda. Valeria ni tan siquiera lo había escuchado acercarse.- No puedo creerlo. Vienes aquí, cuando te creíamos muerta, me abrazas efusivamente… ¿Y ahora te largas?

- Martín...- Murmuró. Aquello cada vez se le hacía más difícil.

- ¿Puedo al menos, saber el porque nos abandonas?- Dijo el Empecinado.- Ahora que por fin podemos planear operaciones con artillería.

- ¿Qué soy para ti, Martín?- Le dijo como respuesta.

El Empecinado movió los labios, intentando encontrar una respuesta. En el rostro de la vampira se reflejaba una expresión triste.

- ¿Soy para ti un arma que lanzar contra los franceses?- Insistió ella de nuevo.- ¿Como un cañón o un fusil, una mera herramienta para matar?

- Valeria por favor sabes que….

- Piensa bien tus palabras antes de responder.- Interrumpió ella.- ¿Alguna vez, te has sentido tentado de pedirme que te convierta a ti o a tus hombres?… Que os convierta en lo que soy… en auténticas máquinas de matar hombres… Sólo te pido tu sinceridad.

El Empecinado agachó la cabeza, buscando las palabras adecuadas. Lo cierto era que en no pocas ocasiones había sentido envidia de la capacidad combativa de la vampiresa. Y más de una vez, en su tienda de mando, planeando una emboscada contra los franceses, había pensado en lo que podrían lograr de disponer tan solo unas decenas de vampiros en sus filas. Incansables, inmortales, feroces… Sembrarían el terror ante el invasor allí dónde estuvieran… Y sí, había sentido la tentación de abrazar él mismo tal poder, de pedirle que compartiera ese don con él… Pero había algo que le había impedido pedírselo abiertamente. Ella casi nunca le hablaba de sus habilidades, hasta el punto que él no estaba convencido que Valeria se sintiera orgullosa de ser lo que era. La respetaba y le tenía demasiado aprecio como para romper su relación poniéndola contra la espada y la pared con una propuesta que a ella le disgustase. Deseaba con todas sus fuerzas que ella diera el primer paso, bastaría una sola palabra y él aceptaría encantado… Pero la propuesta tendría que salir de ella, él no se veía con derecho a pedirle nada al respecto.

- Sí.- Respondió finalmente.- Más de una vez, y de dos, lo he pensado… Incontables veces he anhelado poseer tu fuerza y habilidades… ¿Sabes la de veces que he pensado en lo que lograríamos con una partida de vampiros? ¿Las veces que he deseado poder resistir un tiro en el pecho como si nada?

Valeria agachó la cabeza. Martín no era distinto a los dirigentes de Zaragoza. Un hombre que era incapaz de ver más allá de su potencial como vampira. Justo cuando se disponía a espolear el caballo, sus siguientes palabras la sorprendieron.


- Nunca te dije nada, porque por encima de todo, a quién quiero a mi lado, luchando codo con codo, es a ti. No quiero mil victorias si a cambio de ello te obligo a hacer algo que no quieres o rompo tu confianza. Si caigo herido, antes preferiría morir a pedirte algo que no quieres hacer. He llegado a conocerte un poco, Valeria. Y a quién aprecio por encima de todo, es a la chica que hay en ti.

Valeria lo miró fijamente, abrió la boca pero él no la dejó hablar.

- No eres un arma cuyo gatillo pueda apretar a discreción. Eres una compañera, inteligente, luchadora y mortífera. Alguien en quién puedo confiar, alguien que tiene las agallas para cuestionar mis decisiones, que me habla con sinceridad… Te quiero a ti, tal y como eres… No quiero cien vampiros si tu no estás a mi lado.

- ¿Por qué me lo pones tan difícil?- Dijo ella bajando del caballo.- Ya tenía tomada mi decisión y ahora…

- Porque te quiero aquí, junto a mi.- Respondió él abrazándola nuevamente. Ella le devolvió el gesto, entrecerrando sus ojos. En la calidez de sus brazos se sentía querida, se sentía... humana.

- Tal vez sea demasiado egoísta diciendo eso.- Le susurró el Empecinado al oído.- Pero pensaba que te había perdido para siempre… Verte llegar ha sido como…

- Déjate de sentimentalismos.- Interrumpió ella, apartándose de su abrazo y reparando en la presencia de Ricardo.- Hay otro inconveniente, en Zaragoza se descubrió mi secreto, Palafox y el resto de la Junta de Defensa saben lo que soy. Podría suponer un riesgo para ti y tu grupo si eso se difunde.

- Asumiré el riesgo.- Dijo el Empecinado, firme.- Eres uno de los nuestros, como se acerque aquí un sólo Inquisidor el único recibimiento que va a encontrar va ser el filo de mi sable.

- Eres tan gentil...- Murmuró ella con falsa delicadeza.

- Además, Palafox y el resto de militares de Zaragoza ahora deben estar camino de Francia, prisioneros. La posibilidad de que se difunda tu condición es altamente escasa. No deberías preocuparte en exceso por ello.


- ¿Y tú, Ricardo?- Le preguntó Valeria.- ¿Qué dices, no preferirías ir a Portugal o a…?

- Sabes tan bien como yo cual es mi parecer. En la guerrilla nos han tratado como hermanos.

- Eres algo mayor para trotar por el monte.- Le dijo ella con una sonrisa.- Ya no tienes edad para...

- Y eso me lo dice una anciana centenaria.- La interrumpió él.

Valeria no pudo evitar una risita ante este último comentario, risa que no tardó en contagiar a Ricardo y al Empecinado.

- Bien pues.- Dijo Valeria.- ¿Cuál es nuestro siguiente objetivo?

- ¿Intuyo entonces que te quedas con nosotros?- Preguntó el Empecinado.

- Intuyes bien.- Apuntó ella con una sonrisa.- Si me voy, ¿Quién te llevaría la contraria?

- Como indicabas, si nos quedamos aquí, tarde o temprano nos veremos rodeados.- Dijo el Empecinado.- Mi plan pasa por caer sobre uno de los regimientos de Bessières y abrirnos camino hacia el sur.

- ¿Y luego qué?

- Blake se encuentra acuartelado en Valencia, reestructurando el Ejército de la Derecha. Ahora que Zaragoza ha caído, será uno de los siguientes objetivos del enemigo. Mi idea es acercar la guerrilla a Valencia y apoyarlo con nuestras fuerzas.

- Blake es un buen general.- Apuntó Valeria.- Si hostigamos al enemigo, si le hacemos ganar algo de tiempo para que pueda recomponer sus fuerzas, podría vencerlos en una batalla abierta. Es un buen plan.

- Me parece raro que por una vez estés de acuerdo conmigo.- Apuntó él.

- No siempre te estaré cuestionando.- Dijo ella con una media sonrisa.- Además, veo que has sabido espabilarte sin mi.

- Se nos han unido algunas partidas guerrilleras.

- Son muchos los que quieren expulsar a los franceses de España.- Añadió Valeria.- Sólo necesitan alguien que los lidere.


- ¿Has pensado alguna vez en el futuro?- Preguntó el Empecinado, cambiando de tema, cuando vio que Ricardo se alejaba.- Una vez hayamos ganado esta guerra…

- No demasiado, la verdad.- Dijo Valeria apoyándose en el tronco de una encina.- Estoy harta de servir a inútiles, Carlos IV es una sombra de lo que fue su padre, y su hijo Fernando… Se que algunos tenéis puestas vuestras esperanzas en él, pero créeme, es peor que su padre…

El Empecinado la miró fijamente. Como si estuviera hablando sola, en tono melancólico, ella prosiguió.

- Mi palacio está en ruinas, y si ganamos esa guerra, Palafox y el resto de prisioneros regresarán a España como héroes. Eso podría acarrearme problemas, saben lo que soy… Si algo tengo decidido, es que voy a abandonar la política, cuando vuelvan los borbones desapareceré… Me moveré con total libertad, sin responsabilidades… Una don nadie sin rumbo.

- No me parece una mala forma de vivir.- Dijo Juan Martín, rompiendo su silencio.- Recorrer el país, sin nadie que guie tus pasos… ¿Hay espacio para mi en tu futuro?

Valeria levantó la vista y su mirada se posó sobre los oscuros ojos del Empecinado. Estuvo unos instantes, contemplando su rostro barbudo, un par de veces entreabrió los labios pero no dijo nada. Des de que lo había conocido en esa cueva, hacía unos tres meses, habían pasado muchas cosas juntos y no todas malas.

- Primero expulsemos a los franceses de España.- Dijo ella finalmente.- Luego ya veremos lo que nos depara el futuro. Peor que vivir en un país desolado por la guerra y dominado por el invasor no puede ser. Creo que puedo permitirme el lujo de ser optimista en eso.


FIN


PD: El tejón logró encontrar un nuevo recoveco dónde terminar de pasar el invierno, despertándose en primavera, hambriento pero lleno de energía.

La frase entrecomillada que atribuyo a Agustina “Entre los escombros y entre los muertos, habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde” pertenece a la obra de Benito Pérez Galdós “Zaragoza”, de sus Episodios Nacionales. Lejos de querer aprovecharme de su obra, la he incorporado como homenaje al escritor decimonónico.

La canción que canta Valeria, y cuya autoría atribuyo a Diego, su amor perdido, realmente pertenece al gran Lope de Vega. El auténtico Fénix de las Letras.



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