Al servicio de la Armada
Sinopsis: La filtración, en pleno siglo XVIII de unos importantes documentos militares obligará a la armada española a movilizar a su mejor agente.
Por: Josep Nada
Nota: Aunque ambientado en un periodo histórico concreto, algunos hechos históricos y fechas han sido deliberadamente alterados en beneficio del relato. Es una historia de fantasía, no una ficción histórica.
Venecia. 1739
Era la última hora de la tarde y las sombras empezaban a cubrir las estrechas calles y canales de Venecia. Una nieblina surgía de las mansas aguas mientras Jean Descamps, alias “La Rata” se movía a paso apresurado. Mirando de vez en cuando por encima del hombro, creyendo ver hombres encapuchados detrás de cada esquina o escondidos en cada portal.
Y tenía sus razones por estar nervioso. Los documentos que llevaba escondidos bajo su chaqueta le costarían la vida si caían en manos equivocadas. Su mano derecha, rozaba constantemente el pomo una la pistola de doble cañón.
Nervioso y jadeando, llegó al punto de encuentro. Parada en medio del canal había una góndola. Sacó un pedernal del bolsillo y lo rascó contra una pared, tres veces, soltando una fina línea de chispas. Des de la góndola encendieron un fanal. Descamps contó las veces que el fanal se encendía y apagaba. Aún siendo la contraseña correcta, esperó un par de minutos, quieto, con su mano empuñando la pistola, atento a cualquier posible ruido o movimiento sospechoso.
El oficio del traidor puede ser muy lucrativo. Pero también es muy peligroso. Y Descamps, a sus cincuenta años, era un hombre prudente. No era la primera vez que hacía eso, ni seguramente sería la última. Ante todo, imponía siempre la cautela. Quería vivir lo suficiente para disfrutar el dinero que ganaba.
Cuando se acercó a la góndola, pese a la penumbra, distinguió perfectamente el color rojo de las casacas de los dos ocupantes. Cuando subió, la pequeña embarcación, silenciosa, empezó a deslizarse por el oscuro canal.
- La Rata, supongo.- Dijo uno de los hombres en perfecto inglés.
Para cualquier persona, un apodo así significaría un insulto. Pero no para Descamps, el dinero con el que le pagaban era más que suficiente para hacerle ignorar cualquier ofensa. Había cierta gracia en la forma de actuar de los británicos, pensó mientras se sentaba, ellos precisaban sus servicios, pero no podían estarse de otorgarle un nombre en clave despreciable.
Descamps era un hombre práctico y poco patriota. Sabía que España, aún con el Pacto de Familia con Francia, tenía perdida de antemano cualquier guerra con Inglaterra. La superioridad naval británica era abrumadora. El Imperio Español caería, con independencia de si él filtraba esos documentos o no. Por los cuales le pagaban una auténtica fortuna.
- ¿Está todo?- Preguntó uno de los ingleses.
- S...sí.- Susurró nervioso.- Tal como acordamos, los planos de los arsenales de Ferrol y Cartagena, la lista de piezas de artillería de las principales fortificaciones del Caribe… Y los planos de esa nueva arma en construcción… Ese leviatán al que llaman “Santísima Trinidad”.
A la luz del farol el inglés hojeaba brevemente los documentos entregados. Descamps, por su profesión de ingeniero militar, tenía acceso cualquier plano, archivo militar y fortificación del Imperio Español. En la Europa del siglo XVIII un buen ingeniero era mucho más apreciado que un general. Y Descamps era bueno en su oficio, francamente bueno. Su única debilidad era el dinero. Francés de nacimiento, había pasado a trabajar a España después de la llegada al trono de Felipe V. Las condiciones que ofrecía el nuevo monarca para captar ingenieros franceses en su momento le parecieron muy buenas. Ahora, simplemente no quería malvivir los últimos años de su vida con la exigua paga que concedían a los militares retirados. Con el dinero que recibía de los ingleses tenía planeado comprar un enorme viñedo en Italia, o tal vez en Portugal, y vivir de renta el resto de sus días. No le faltaba mucho para conseguir su sueño.
Hacer esos intercambios en suelo español o francés era imposible, el riesgo a ser descubierto era demasiado elevado. Portugal era una opción demasiado obvia, al ser aliado de Inglaterra, estaba lleno de espías españoles. Venecia en cambio, quedaba lejos y era territorio neutral. Pese a haber una flota británica fondeada en la laguna, el Dux no había formalizado ninguna alianza formal con ellos. Simplemente los dejaba fondear cuando lo precisaban y ponía a su disposición el astillero para las reparaciones pertinentes. Y lo mismo hacía si recalaba en Venecia una escuadra francesa o, muy infrecuentemente, española. La distancia era también un punto a favor. Un pequeño estado independiente, lejos de España y de sus agentes. El lugar perfecto en el que vender los documentos que llevaba a los británicos. Con la excusa de visitar a su tía enferma, lo que era cierto, la Armada le concedía varias semanas al año de permiso para ir a Venecia. La excusa perfecta, nunca llegarían a sospecharlo.
- Aquí tienes tu pago.- Dijo el otro inglés mientras le lanzaba en el regazo una gruesa bolsa.
Descamps la abrió y contó una por una las monedas que había en su interior. No es que fuera avaro, pero no se jugaba el pellejo para que le escatimaran un par de monedas de plata.
La góndola se detuvo en un estrecho canal y el ingeniero se apeó.
- Hasta la próxima, rata.- Escuchó que le decían los ingleses en tono burlón.
Indiferente al insulto y sin soltar el puño de su pistola, Descamps se internó en las sombrías callejuelas de Venecia.
Esa misma noche. Horas después. Palacio Ducal.
Era Carnaval y como cada año, el Dux celebraba en su palacio una suntuosa fiesta. Todos los invitados acudían disfrazados de la forma más estrafalaria posible. Máscaras extravagantes cubrían el rostro de los distinguidos invitados que entraban en el gran salón.
En una tarima, un cuarteto de cuerda tocaba las alegres melodías de Vivaldi. En el centro del gran salón, había una lujosa mesa. Comida de lo más variada depositada en bandejas de porcelana con forma de góndolas. Los más exquisitos vinos servidos en copas de cristal y…
- Uggh...- Exclamó una voz femenina tirando una cuchara al suelo.- Cubiertos de plata.
A su alrededor, varios invitados se servían comida en platos con filigrana de oro. Había vestidos y disfraces de todos los gustos y colores, en las mujeres predominaban largos vestidos de seda oscura en los que con hilo de oro habían bordado estrellas y constelaciones, con máscaras que simulaban el sol o la luna. Entre los hombres en cambio, la temática de moda parecían ser los animales, chaquetas anaranjadas con rayas negras o topos y máscaras que imitaban el rostro de tigres, leones o leopardos. También había casacas negras y máscaras que imitaban la cabeza de un cuervo. No hacía falta ser un genio para adivinar que bajo esas negras máscaras se ocultaban de forma discreta los guardias del Dux.
Entre todo el lujo imperante, era pocas las miradas que no convergían en ella. Su vestido de seda turquesa era único, y le había salido desorbitadamente caro.
En la fina tela tenía bordado, como si de una enredadera se tratara, una filigrana de color verde oscuro de la que sobresalían rosas de algodón. A su espalda se desplegaban dos alas de color azul celeste realizadas con papel y alambre. Su largo y sedoso cabello negro estaba recogido sobre su cabeza en un alto copete del que sobresalían agujas y peinetas decoradas con pájaros de papel. Su rostro quedaba oculto tras una máscara en forma de colorida mariposa.
En lugar de llevar un delicado abanico como el resto de damas del salón, la chica portaba en su mano un báculo que imitaba la forma de un tallo de lirio con una enorme flor de papel en su extremo. Titania era la reina de las hadas, y la chica que vestía como tal, ciertamente parecía la reina de la fiesta.
- ¿A quién tengo el placer de saludar?- Dijo un hombre de baja estatura y complexión obesa mientras le tomaba la mano con delicadeza y la besaba.
Pese a la máscara en forma de búho que cubría su rostro, Valeria reconoció perfectamente la silueta del Dux de Venecia. El anfitrión de la fiesta disfrutaba haciéndose pasar por un invitado más, aunque no lograba pasar demasiado desapercibido.
- ¿No es el misterio, la esencia de una fiesta de disfraces?- Respondió ella en perfecto italiano.- ¿No preferís esperar a que la luz del alba revele mi identidad?
Valeria no pudo reprimir una risita mientras el hombre balbuceaba, intentando encontrar una respuesta adecuada. A su lado, una jovencita de cabello rubio, observaba, nerviosa a los demás asistentes. Bianca, la hija del Dux, era una auténtica belleza. Su cabello rubio y rizado caía sobre su espalda y tras su máscara de media luna, se apreciaban perfectamente un par de ojos verdes como esmeraldas. Viendo a su padre, era obvio que la belleza de la chica no procedía precisamente de sus genes.
A su espalda, se escuchó una brusca discusión, cuando Valeria se giró, un hombre se vio empujado contra su cuerpo, la copa de vino que sostenía se vertió sobre su vestido.
- ¡Maldito idiota!- Gritó, molesta por la interrupción.- ¿No sabes mirar por dónde vas?
- Lo… lo siento señorita.
Ante ella, tenía un joven de unos veinte años de edad, con un rostro infantil que le hacía parecer unos cuantos años menor. Vestía un chaleco dorado en el que, con grueso hilo negro, había dibujadas unas ondulaciones que simulaban las plumas de un pájaro. Como en la mayoría de hombres, un fino espadín pendía de su cinto. Con el empujón, había perdido la máscara de halcón que cubría su rostro.
- ¡Giacomo!- Exclamó el Dux, visiblemente molesto, al fijarse en el muchacho.- ¿Cómo habéis entrado?
A un gesto suyo, acudieron dos hombres disfrazados de cuervos. El chico intentó escabullirse sin éxito, pero los guardias fueron más rápidos. Mientras uno lo agarraba por la espalda, el otro le propinó un fuerte puñetazo en la barriga.
El desesperado grito que escapó de los labios de Bianca no pasó desapercibido a Valeria.
- ¡Dejadlo!- Gritó.- Tan sólo ha ensuciado mi ropa. Un desafortunado e involuntario accidente.
La mirada de Valeria se cruzó por un instante con la del Dux. Con un bufido, hizo un gesto con la mano a sus hombres.
- Está bien, pero sacadlo de aquí, y aseguraros de que no vuelva a entrar.
- Gracias.- Le susurró Bianca a Valeria. Antes de que la vampiresa pudiera decir algo, alguien a su espalda la interrumpió.
- Por favor, señorita.- Dijo una voz italiana con marcado acento inglés.- Permitidme.
Valeria se giró y contempló al hombre que le tendía un pañuelo de seda. Tendría unos cincuenta años y disimulaba su calvicie con un caro peluquín. Pese a su chaqueta marrón y máscara de león, su porte delataba su profesión marcial. “No es el encuentro que había planeado, pero ya estamos frente a frente” pensó Valeria mientras ignoraba el pañuelo y acercaba su torso, en una clara y descarada invitación.
- Los británicos siempre tan caballerosos.- Dijo mirándolo fijamente a los ojos.
El Dux no pudo evitar ruborizarse de envidia al ver como el inglés acercaba el pañuelo al escote de Valeria y secaba las gotitas de vino que perlaban su piel.
- Una pena por el vestido.- Dijo él contemplando la mancha en su escote.
- ¿Quién es el león al que tengo el placer de conocer? ¡Esperad! Dejad que lo adivine....- Dijo Valeria fingiéndose dubitativa.- ¿Por casualidad no seréis Sir Edward Vernon, almirante de la Armada de su Majestad el Rey Jorge?
- A vuestro servicio.- Dijo tendiéndole la mano, sorprendido por la sagacidad de la joven.
- Vuestras hazañas en Málaga y Barcelona son dignas de admiración.- Dijo ella besando su mano.
- ¿Cómo es que una joven veneciana ha escuchado hablar de mi?- Preguntó él con suspicacia.
- Vuestras heroicidades en la Guerra de Sucesión española son conocidas por toda Europa. La gente dice que ese es el siglo de Francia, aunque yo no opino lo mismo. Quién domina el mar domina el mundo. Y Britannia es dueña absoluta de las olas.- Añadió Valeria levantando su copa.
Vernon irguió su rostro de orgullo ante esas palabras, brindando con ella.
- Por ejemplo, querido Dux.- Dijo Valeria dándose la vuelta.- Sir Edward Vernon tiene apostada junto a vuestra cuidad, una flota de diez buques de línea. Con tal potencia de fuego, si se lo propusiera, podría reducir Venecia a cenizas sin que vuestras fuerzas pudieran hacer nada para impedirlo. Nos guste o no, estamos a merced de los ingleses.
- Por favor señorita.- Dijo Vernon intentando solventar la tensión que reflejaba en ese instante el rostro del Dux.- Las relaciones entre el Imperio Británico y Venecia no podrían ir mejor, no hay motivo alguno para… Además, su flota es excelente y...
- Oh, por favor.- Interrumpió ella tomándolo por el brazo.- Dejemos la política… ¡Esto es una fiesta!… ¿Nadie va a llenar mi copa?
Valeria guió a Vernon hasta un enorme balcón porticado que daba al Gran Canal. En una esquina, había una mesa con copas de cristal y jarras provistas del mejor vino italiano y algunas bandejas con fruta variada.
- Por cierto, no me habéis dicho quién sois.- Dijo Vernon mientras la acompañaba hasta la mesa.
- Me llamo Isabella.- Mintió, dejando que le llenara la copa.- Mi familia tiene un enorme viñedo en la Toscana.
Mientras sorbía el vino, Vernon contempló los ojos azules de la chica. Hablaba un perfecto italiano, pero había algo en su voz que no terminaba de encajar. Un pequeño acento que era incapaz de situar, pero que seguro que no era toscano.
- ¿A qué se debe esa expresión sombría?- Dijo Valeria con una sonrisa.- ¿Otra copa?
Ahora fue ella la que llenó ambas copas. Él por su parte, picaba varias piezas de fruta con un tenedor de plata.
- ¿No coméis nada?- Preguntó extrañado al ver que ella sólo bebía.
- Querido almirante, yo he cenado.- Dijo con una sonrisa, rechazando con una mueca el tenedor que le ofrecía.- Digamos que debo seguir una dieta… especial.
Vernon y Valeria estuvieron un buen rato hablando de trivialidades y, sobretodo, bebiendo. Ella se aseguraba de que la copa del Almirante estuviera siempre llena. Aunque su cuerpo no-muerto toleraba bien el alcohol, fingía un estado de embriaguez equivalente al de su acompañante. Cuanto más bebían, menos trivial se volvía la conversación y más versaba sobre buques y aspectos tácticos.
En un momento dado simuló tropezar, cayendo entre los los brazos de Vernon, aprovechando para apretar su cuerpo contra el suyo.
- Creo que estamos dando un poco de espectáculo.- Le susurró al ver que eran varias las miradas clavadas en ellos.
- Si en Carnaval, no podemos dar rienda suelta a nuestra diversión, ¿cuando podemos hacerlo?- Dijo ella mientras lo tomaba del brazo y daba un par de vueltas al ritmo de la música de Vivaldi, conduciéndolo de nuevo al interior del gran salón.- Gracias al anonimato que nos confieren nuestras máscaras, podemos permitirnos el lujo ser nosotros mismos, ¿no creéis?
Vernon no podía apartar su mirada de los sensuales movimientos de la chica. Como una araña, lo tenía atrapado en su tela. Cuando se lo proponía, ni el más frío de los hombres podía resistirse a sus encantos femeninos. Ni siquiera tenía que recurrir a sus habilidades psíquicas. Unas cuantas copas de vino, un par de comentarios divertidos, un seductor vestido y tenía a Vernon comiendo de la palma de su mano. Sin soltar en ningún momento su bastón, lo llevó hasta la pista de baile.
- Siempre me han atraído los hombres poderosos.- Le susurró al oído mientras bailaba, pegada a su cuerpo.- Y no hay mayor ostentación de poder que una flota de guerra con sus mortíferos cañones. ¿No creéis?
- Nuestra armada.- Dijo él, dándoselas de importante.- Podría reducir a astillas la flota combinada de Francia y España. El león inglés pronto devorará al lince español, y también al gallito francés, si se atreve a intervenir.
- No lo dudo.- Dijo ella acariciando suavemente su barbilla.- Pero estoy seguro que a vos no os hacen falta potentes cañones para impresionar a una dama.
Vernon acercó sus labios a los de ella. Cuando la besó, ella no rehuyó el contacto. “Las cosas que tengo que hacer por mi país” pensó mientras le devolvía apasionadamente el beso.
- ¿Habéis estado nunca en un barco de guerra?- Le susurró al oído.
Con una sonrisa, ella negó con la cabeza.
- Me han llevado a muchos sitios caros, pero nunca a un navío de línea. ¿Es cierto que las cabinas de mando de vuestros buques son tan lujosas como un palacete veneciano?
- ¿Queréis que os lo cuente, o preferís comprobarlo con vuestros propios ojos?
- Por favor, Almirante, la duda ofende.- Respondió con una pícara sonrisa.
Minutos después, Valeria se encontraba junto a Vernon, subiendo la pasarela que conducía a la cubierta del “Conqueror”, buque insignia de la escuadra británica fondeado en el puerto de Venecia, a pocas decenas de metros del Palacio Ducal. El resto de buques estaban anclados a la entrada de la laguna. El buque de Vernon era un poderoso navío de 74 cañones con forrado de cobre, algo en lo que la armada española aún seguía trabajando.
Cuando Valeria subió a cubierta, el leve balanceo del barco le causó un mareo que la hizo trastabillar de forma torpe. A su espalda escuchó la risita de dos “casacas rojas”. Incluso Vernon se permitió bromear acerca de su ebrio estado.
- Lo… siento...- Dijo tambaleándose en dirección a Vernon.- Creo que el vino se me ha subido un poco a la cabeza.
- Permitid que os acompañe a mi cámara.- Dijo él abrazándola por la cintura.- Un par de vasos de mi mejor aguardiente y estaréis como nueva.
A su espalda, escuchó a dos oficiales bromear acerca de la suerte de su Almirante. Apoyándose en su bastón, se dejó conducir hasta el camarote de mando. Una suntuosa estancia con una enorme cama con dosel, un escritorio, varios armarios cerrados con llave, una mesa con mapas y cartas náuticas desplegadas, y una enorme vidriera que conducía a un balcón abalaustrado. Ciertamente, parecía más un palacio que un arma de guerra.
El barco casi no se movía pero Valeria no podía evitar sentirse mareada. A trompicones, se desprendió de sus alas de papel, apoyó el bastón en la mesa y se tumbó sobre la espaciosa cama.
Vernon abrió un pequeño mueble y sacó una botella de licor y un par de vasos.
- ¿Y si prescindimos de la bebida y nos relajamos un poco?- Murmuró la chica mientras se desabrochaba el vestido.
No hizo falta decírselo dos veces. Dejando la botella sobre la mesa se lanzó a sus brazos abiertos. Mientras la besaba, su mirada quedó atrapada en sus ojos, brillando enrojecidos en la oscuridad. Instantes después, se desplomó dormido.
- Lo siento, querido.- Dijo ella con una sonrisa.- Por mucho que así te consideres, dudo que seas una auténtica fiera en la cama.
Sacudiendo su cabeza para intentar aliviar el mareo, contempló durante unos instantes al hombre tumbado en la cama.
- Si no quiero levantar sospechas, eso tendrá que ser creíble.- Se dijo a si misma.
Apresuradamente, desvistió a Vernon, esparció de forma errática la ropa alrededor del camarote y vertió la botella de licor sobre su cuerpo, la ropa y la cama.
- Eso ya se parece más a lo tenías en mente.- Susurró.- Sólo un último detalle…
Retrayendo sus colmillos, acercó sus labios al cuello de Vernon y le dio un apasionado beso acompañado de un fuerte chupetón. Satisfecha, contempló la marca en su cuello.
- Tienes suerte de que no esté hambrienta.
Con esmero empezó a examinar palmo a palmo el camarote. Deslizando los dedos por las rendijas entre los tablones, golpeando con cuidado todos los muebles y tablones. Hasta que finalmente dio con lo que buscaba. Sacándose un alfiler del peinado, lo introdujo en la rendija entre dos tablones de la pared, haciendo saltar una pequeña placa de madera que reveló una cerradura.
Ni tan siquiera se entretuvo a buscar una llave entre la vestimenta del Almirante. No la necesitaba. Con cuidado, desgarró una de sus alas, sacando el alambre que la mantenía firme. Lo dobló con sumo cuidado y lo introdujo en la pequeña cerradura. Sacándose otro fino alfiler del peinado, lo introdujo entre el alambre y la cerradura y empezó a moverlo por el ojo, aguzando el oído. No tardó más de un par de minutos al escuchar un “click”.
Satisfecha, tiró de la cerradura, revelando un pequeño armario, perfectamente disimulado entre los tablones de madera. No quería perder mucho tiempo, así que sacó todos los documentos, memorizando su posición, y los esparció por el suelo.
Hacía tiempo que el Alto Mando de la Armada había descubierto el doble juego de Descamps. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, simplemente lo habrían ejecutado por traidor y asunto resuelto. Pero había un pequeño “problema”, Descamps era demasiado bueno en su trabajo como para que se pudieran permitir el lujo de prescindir de sus servicios. Así que decidieron disimular, manteniendo una celosa y discreta vigilancia sobre el ingeniero.
No había documento que Descamps copiara sin que el Alto Mando lo supiera. En lugar de impedir que vendiera información secreta a los enemigos de la corona, se limitaban a dejarlo hacer. Para después mandar a un agente a recuperar los documentos entregados y cambiarlos por otros de falsos.
Sin que él lo supiera, Descamps se había convertido en un fiable agente doble. Entregaba información auténtica, que inmediatamente después la Armada sustituía. Y para ello, las habilidades sobrehumanas de Valeria eran perfectas.
- Aquí están.- Susurró la vampira mientras separaba un legajo de mapas, croquis y cifras.
Desabrochándose el corsé, sacó de entre los pliegues de su vestimenta, otro juego de documentos. Comprobó durante unos instantes, que fueran equivalentes, y los depositó, en el mismo orden que los originales.
Antes de devolverlo todo a su sitio, sostuvo en su mano una carta sellada. No tenía nombre ni remitente alguno, en el lacre únicamente se apreciaba un símbolo que ella reconoció en seguida. El sello real de Jorge II de Gran Bretaña.
Con cuidado, valiéndose de una fina cuchilla que sacó de su manga, separó el lacre del papel. Cuando empezó a leer, sus ojos se abrieron como naranjas.
- Aún no se ha debatido en la Cámara de los Comunes y ya han despachado las órdenes de guerra.- Murmuró asombrada.- Y todo por la oreja de un maldito pirata…
Con sumo cuidado, Valeria volvió a cerrar la carta. Mordiéndose la lengua con sus propios colmillos, dejó caer una gota de espesa sangre sobre el sobre. Apoyando suavemente el dedo, vigilando no romper el lacre, apretó el sello contra la gota de sangre. Cuando coaguló, terminó de fijar el lacre. Contemplándolo detenidamente, nadie podría deducir que había sido abierta.
Volvió a poner los documentos en su sitio, y cerró el armario.
- Y aquí no ha pasado nada.- Dijo con una sonrisa contemplando al durmiente Vernon.
Durante unos instantes se quedó contemplando los documentos oficiales que había sustraído, preguntándose qué hacer con ellos. Quemarlos resultaría demasiado sospechoso, el olor a humo la delataría. Arrojarlos por la ventana implicaba el riesgo de que alguien los pudiera recoger en las aguas del canal. Y si se los llevaba consigo y los oficiales la cacheaban al salir, podría acarrearle problemas. Sólo quedaba una opción.
- Tendré que pedir una compensación por esto.- Murmuró mientras los hacía añicos, convirtiéndolos en pequeñas bolas de papel.
- Imagínate que son dulces de coco.- Se dijo a si misma, riéndose de su propia ocurrencia mientras se tragaba la primera bola.- Venga Valeria, que a ti te gustan los dulces de coco.
Distrayendo su mente, esforzándose para contener sus náuseas, se fue tragando hasta el último pedazo de papel. Haciendo desaparecer cualquier prueba del cambio de documentos que se había producido instantes antes. Ahora podrían cachearla todo lo que quisieran que no encontrarían nada.
Antes de salir, quedaba un último detalle por hacer.
- Lástima de peinado.- Murmuró mientras se quitaba el resto de peinetas y agujas que sostenían su copete y sacudía su cabeza, liberando su largo cabello negro.
Se desabrochó algunos botones del vestido, dando la sensación de que se había vestido apresuradamente y dobló su otra ala. Era una lástima que no pudiera contemplarse en un espejo, pero estaba convencida que su aspecto resultaría creíble. Guardó las agujas de pelo en un bolsillo interior y con un suspiro, abrió la puerta del camarote y salió al pasillo.
Haciéndose la ebria, apoyándose en su bastón, avanzó varios pasos a trompicones hasta toparse con un oficial.
- Vuestro almirante es todo un león.- Le dijo con una media sonrisa.- Pero ¿podríais acompañarme a fuera? Creo que he bebido demasiado y...
El hombre la miró de arriba abajo, extrañado. Su mareo era auténtico, y el aspecto desaliñado, con el corsé medio desabrochado, el pelo revuelto, y su olor a alcohol fueron suficientemente convincentes.
Mientras la conducía a la cubierta, Valeria escuchó los comentarios de varios marineros. Algunos murmuraban la posibilidad de continuar "la fiesta" dónde la había dejado su Almirante. No todos los días subía a bordo una chica tan hermosa, y su aparente embriaguez era algo demasiado tentador.
Bastó una mirada firme del oficial para acallar los comentarios.
- Sois todo un caballero.- Le susurró como agradecimiento.
Finalmente, cruzada la pasarela, agachó la cabeza y vomitó hasta la última pulpa de papel medio digerida. El oficial no pudo evitar una mueca desagradable, se apartó de la chica y volvió al interior del buque.
Valeria lo contempló con una media sonrisa, ese último numerito, totalmente involuntario, había resultado de lo más convincente. Con el pie removió los restos de papel, asegurándose de que no había ningún fragmento identificable, y los empujó hasta el canal.
Mientras se alejaba, no podía dejar de pensar en el temor irracional que le causaba el agua. Tenía la eterna sensación que si se sumergía en ella, su cuerpo se fundiría como un terrón de azúcar. Más de una vez se había preguntado si era algo que sólo le sucedía a ella o si todos los vampiros se sentían igual. Ningún otro líquido le causaba una sensación tan desagradable. Sus encuentros con otros congéneres nunca habían sido demasiado amistosos y no había tenido ocasión de resolver su duda.
Mientras se encaminaba hacia la modesta casa que había alquilado como refugio seguro, escuchó el característico sonido del entrechocar del acero.
En una oscura plaza, cinco individuos se enfrentaban con recias espadas a un joven individuo que, esgrimiendo un fino espadín, a duras penas lograba parar sus acometidas. El sensible olfato de Valeria captó el aroma de la sangre brotando en el rostro del joven. Pese a que combatía con valor y destreza, estaba al límite de sus energías. Sus adversarios lo sabían y extremaban la cautela, esperando simplemente a que el agotamiento abriera un hueco en su defensa.
- Cinco contra uno, no es un duelo.- Dijo emergiendo entre las sombras.- Es un asesinato.
Las seis miradas convergieron en ella durante unos instantes, pese al tono de su voz, el aspecto que ofrecía era de todo menos intimidante. Con el pelo revuelto y su vestido arrugado, a medio abrochar y manchado de vino y vómito, nadie la tomaría como una amenaza.
Los cinco hombres ocultaban su rostro tras sendas máscaras de cuervo, sus negros ropajes y largas capas, permitían esconder otras armas a parte de las espadas schiavonas con guarnición de cesta que blandían.
Valeria reparó entonces en el rostro infantil y chaleco dorado del joven herido.
- ¿Tu otra vez?- Preguntó sorprendida.
- Ese individuo es un vulgar criminal.- Interrumpió con desprecio uno de los enmascarados.
- Somos guardias del Dux.- Aclaró otro.- Y esto es un asunto…
- Esto es un intento de asesinato.- Insistió ella.- Se mire como se mire.
El joven se acercó asustado a Valeria. No hacía falta ser un vampiro para adivinar sus intenciones.
- ¿Qué pretendes, buscar cobijo bajo mis faldas?
Aunque enseguida lamentó su burla, la herida en la frente le obligaba a mantener el ojo cerrado, su brazo derecho, herido en el hombro temblaba por el esfuerzo de sostener el espadín. En ese estado era un milagro que aún pudiera sostener su arma.
- No es más que una rata cobarde.- Dijo otro individuo sumándose al comentario de Valeria.
- Yo aquí sólo veo a cinco cobardes.- Dijo interponiéndose entre Giacomo y los asaltantes.- ¿Tanto miedo os da el chico que sois incapaces de batiros con él uno a uno?
- Apártate o…
- O… ¿qué?- Dijo cambiando el tono de voz.
Había algo en Valeria que dejó a los cinco hombres sin habla. Tal vez fuera su firme postura, su fiera mirada o simplemente el fugaz destello de sus ojos.
- Os daré una oportunidad.- Dijo ella rompiendo su báculo por un extremo, sacando de su interior una centenaria katana con oscura vaina.- Marchaos por dónde habéis venido y no os haré daño. Atacadme y moriréis.
Los cinco hombres se tomaron a burla la amenaza de la chica y acometieron contra ella. No sería la primera mujer que asesinaban por orden del Dux, aunque sí sería la primera mujer armada a la que se enfrentaban.
Valeria les había dado la oportunidad de salvar sus vidas, así que no iba a contenerse. No sentiría el menor remordimiento por quiénes no dudaban en abusar de su superioridad numérica. Podría hipnotizar a uno de ellos, incluso hasta a tres, pero no a los cinco a la vez, aún no había desplegado tanto poder. Aunque tampoco le hacía falta.
En un sólo movimiento, ladeó su cuerpo, esquivando una primera estocada, a la vez que desenvainaba su katana, hiriendo a su primer oponente de un certero tajo en el vientre.
Al ver que dos de sus oponentes se lanzaban contra el chico, Valeria agarrándolo por el hombro, lo tumbó contra el suelo, esquivando de esa forma una cuchillada dirigida a su rostro. En el mismo instante, su arma detenía otra hoja enemiga.
Volteando su cuerpo, desvió otras dos estocadas a las que respondió con un certero tajo que cortó el cuello uno de sus oponentes hasta casi decapitarlo. A sus ojos era como si se movieran a cámara lenta. Eran buenos matarifes, pero no eran rivales para ella. Des de su estancia en Japón, eran contadas las personas que, espada en mano, le habían supuesto un reto.
Dos de los hombres se desprendieron de sus capas, arrojándolas contra Valeria. La afilada hoja de la katana cortó una de ellas por la mitad al tiempo que la otra se enrollaba alrededor de su cabeza, cegándola.
Sus adversarios no pudieron reprimir una expresión de asombro al ver que aún así, ella respondía a sus acometidas. Percibía su posición por el simple latido de sus corazones y su respiración. Simplemente no tenían ninguna oportunidad de vencer a la vampira.
La guarnición de lazo de la schiavona paró su fuerte cuchillada, Valeria aprovechó el ímpetu de su golpe para generar otro tajo en sentido inverso que esta vez seccionó el brazo armado de su enemigo a la altura del codo. Volteando su cuerpo a la vez que se agachaba, esquivó otra acometida enemiga a la vez que lanzaba una estocada baja que penetró por el vientre de su oponente hasta llegar a los pulmones. Cuando se levantó, retirando la capa de su rostro, escuchó un característico “click” a su espalda.
- Yo de ti no lo haría.- Dijo, indiferente a la pistola, mientras sacudía la sangre en la hoja de su katana.- Guarda ese juguete y no te perseguiré. Dispara y morirás. Ya has visto de lo que soy capaz.
Sus agudos sentidos percibieron la tensión del cuerpo del hombre un instante antes que apretara el gatillo. Cuando el proyectil se disparó, el cuerpo de Valeria ya no se encontraba en su trayectoria. La bala de plomo impactó contra una pared en el mismo instante en que ella lanzaba su katana que atravesó el cuerpo del último oponente.
- Idiota.- Dijo mientras retiraba el arma de su cuerpo.- Mira que te lo advertí.
Con un suspiro envainó la espada, sin entretenerse a guardarla dentro del falso báculo, la sujetó a la cinta de su vestido y se alejó hacia el otro extremo de la plaza.
- ¡Espera!- Escuchó decir al chico que, a pasos apresurados se acercaba a ella.
- Puedes ahorrarte el discursito.- Le dijo ella con un bufido.- Si se hubieran limitado a atacarte uno a uno, no habría intervenido, aquí cada uno debe lidiar con sus propios asuntos.
- ¡Ayúdame por favor!- Le imploró Giacomo casi de rodillas con las manos juntas frente a su rostro.
- ¿Es que no me has escuchado?- Replicó, molesta.- Ya eres mayorcito para lidiar con tus asuntos.
- El Dux ha descubierto nuestro plan de fuga.- Insistió él mientras Valeria le daba la espalda.- No es por mi que te pido ayuda, sino por ella.
Arqueando una ceja, la vampira se dio la vuelta. Ese chico de aspecto inocente había logrado captar su atención.
- Esta noche Bianca y yo habíamos planeado fugarnos juntos. Nos amamos y…
- Espera, espera.- Interrumpió Valeria levantando la mano.- ¿Pretendes que te ayude a secuestrar a la hija del Dux?
- Sus guardias me descubrieron nada más acercarme al palacio.- Explicó él.- Huí entre los callejones hasta que me acorralaron en esta plaza. Si no fuera por mis heridas, entraría en el Palacio Ducal ahora mismo.
Valeria lo examinó atentamente. El chico tenía razón, su cuerpo estaba agotado y perdía sangre, en ese estado ella dudaba que pudiera enfrentarse siquiera a un hombre desarmado. Por otro lado, el latido de su corazón, el tono de su voz… Realmente amaba a Bianca.
- Esa noche es imposible.- Le dijo finalmente.- El Dux estará prevenido. Busca un lugar para descansar y reponer fuerzas. Inténtalo de aquí un par o tres de noches, tal vez logres cogerlo con la guardia baja.
- No tengo tanto tiempo.- Imploró él.- Mañana el Dux piensa hacer público el compromiso… La ha prometido a un noble inglés.
Valeria no pudo disimular una sonrisa al escuchar aquello. ¿Así que ayudando a ese joven podía fastidiar a los enemigos de España?
- No dudo que ames a esa chica.- Dijo haciéndose la interesante.- Pero ¿cómo se que ella te ama a ti? No quiero participar en un simple secuestro.
Abriéndose la chaqueta Giacomo le tendió varios sobres abiertos.
- Son sus palabras. Dime si la mujer que me escribe esas líneas me ama o no.
Valeria ni tan siquiera se dio cuenta de que estaba leyendo las cartas en un rincón sin luz alguna. Alterado, Giacomo tampoco se percató de ese detalle. Lo que no pasó desapercibido al chico fueron los ojos de la chica, brillando como ascuas, mientras leía apasionadamente las bonitas palabras de Bianca.
Ella no pudo evitar sentirse identificada, aún herido, Diego había entrado a plena noche en el palacio del Conde dispuesto a todo. Su historia de amor no había tenido un final feliz, y ahora el destino le brindaba la oportunidad de conseguir que otra pareja tuviera el futuro que a ella le había sido negado. No pudo reprimir un suspiro melancólico.
- Supongo que hoy es tu noche de suerte.- Le dijo mientras le devolvía las cartas.- Sacaré a Bianca del palacio de su padre… siempre que ella quiera, claro.
Giacomo la miró, sin terminar de entender ese último comentario.
- Si ella no quiere venir contigo.- Explicó Valeria.- Lo único que vas a encontrar cuando salga es el filo de mi espada contra tu cuello. ¿Entendido?
Tragando saliva, pero con expresión firme, el joven asintió.
- Bien, ahora nos entendemos.
- Tengo una pequeña embarcación de vela escondida en uno de los canales. Cerca de Santa María Formosa, nos encontraremos allí.
- ¿En una iglesia?- Replicó Valeria.- Ni en broma amigo. Nos encontraremos en los jardines reales, será más fácil escondernos entre los arbustos. Mueve tu embarcación mientras yo saco a Bianca del palacio.
Alejándose de él, Valeria se internó en los callejones de la ciudad, hasta llegar al suntuoso edificio de la prisión, conectado al Palacio Ducal por un hermoso puente de piedra blanca.
- Venecia es el único lugar del mundo en que un edificio tan siniestro como una prisión es tan hermoso como un palacio.- Murmuró mientras trepaba la pared con agilidad felina.
No era nada que no hubiera hecho antes. Valeria había tenido una excelente maestra en el arte de acceder sin ser vista al interior de cualquier edificio, por custodiado que estuviera. Al llegar al tejado, no pudo evitar notar una punzada en su inerte corazón al recordar a Saya.
- Asúmelo de una vez.- Se dijo a si misma, apartando los felices recuerdos de su mente.- Las personas no viven eternamente.
Cruzando el Puente de los Suspiros, dónde los condenados contemplaban por última vez el mar y el cielo azulado, accedió al palacio a través de un balcón.
Orientarse en el interior del enorme y suntuoso edificio no implicó casi dificultad alguna para ella. En comparación con los laberínticos castillos del País del Sol Naciente, los palacios europeos parecían estar construidos todos bajo el mismo patrón.
Escuchó unos pasos que se acercaban y se escondió tras una puerta. “Casacas rojas” murmuró al ver pasar ante ella cuatro oficiales británicos uniformados. Por un instante, reparó en su vestimenta, demasiado llamativa para lo que ahora se proponía. Si alguno de los británicos la descubría, fácilmente la podría reconocer como la chica que había estado cortejando a Vernon, y ello podría poner en peligro su principal misión. Su éxito dependía de que nunca llegaran a sospechar del intercambio de documentos en el Conqueror.
Con un suspiro se desprendió del vestido y lo arrojó con todas sus joyas a la chimenea de la sala en que se había escondido.
- Una pena.- Susurró mientras lo veía arder en llamas.- Lo caro que me salió y lo bien que me quedaba.
Cuando se disponía a salir, vistiendo sólo el corsé y una fina falda de algodón blanco se topó con una criada que justo entraba en el salón. Cerrando su boca con la mano, la atrajo hacia ella y la miró fijamente a los ojos durante unos instantes.
- Ahora vas a olvidar que me has visto, ¿entendido?- La chica, bajo el influjo de la vampira, sólo pudo asentir a la vez que sus ojos se cerraban presa del sueño.
Instantes después, vistiendo el atuendo de la criada, y con su inseparable katana en la cintura, Valeria volvía a internarse en los pasillos del palacio. No tardó en localizar la cámara que buscaba.
- Vos no sois una de mis sirvientas.- Dijo Bianca nada más verla entrar.
- Y vos no vais vestida para ir a dormir.- Respondió Valeria, acercándose a la ventana para contemplar la plaza de San Marco.
- Me envía alguien que os ama.- Dijo la vampira ante la estupefacta mirada de la chica, contemplando atentamente su reacción.
- Giacomo...- Suspiró aliviada.- ¿Y cómo está? Lo último que supe por mi padre es que…
Pero acto seguido calló, contemplando los atractivos rasgos de la recién llegada. La belleza de Bianca no rivalizaba con la tez pálida de Valeria, sus ojos azules y su largo y revuelto cabello negro cayendo sobre sus hombros. El sencillo vestido de criada no escondía su atractivo.
- Y vos...- No pudo evitar preguntar, sintiendo la punzada de los celos.- ¿De qué lo conocéis?
- Oh querida.- Respondió ella con una sonrisa.- Ya visteis que en el baile se arrojó a mis brazos... y hace un rato hemos tenido un… apasionado encuentro en una solitaria plaza.
La vampiresa contempló como el rostro de Bianca se enrojecía, su corazón empezó a latir desesperadamente, tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener sus lágrimas.
- Así que es cierto lo que dicen de él… No es más que un vulgar mujeriego… Y pensar que llegué a creer todas esas bonitas palabras… todo… ¡Guar….!
Pero no llegó a terminar el grito. Rauda, Valeria le cerró la mano antes de que armara un escándalo.
- Sht.- Le susurró divertida.- Sólo os estaba tomando el pelo. Ese chico os ama con locura… hasta el punto de dejarse acuchillar por los guardias de vuestro padre.
- ¡¿Está herido?!- Le preguntó asustada.
- Se recuperará, sobre todo cuando os vea. La casualidad hizo que le salvara la vida. Os está esperando en los jardines reales.
- ¿De verdad?- Dijo ella ilusionada.- Por favor, llevadme con él.
- Seguidme y no hagáis ruido.- Pero justo cuando se disponía a salir, escuchó al otro extremo del pasillo un grupo de pasos y voces acercándose.
- Maldita sea, no podemos salir por dónde he entrado.- Dijo mientras abría la ventana.- Tendremos que dar un pequeño salto.
- ¿Bromeas? Estamos en el segundo piso y…
Sin darle tiempo a rechistar ni oponerse, Valeria la agarró en volandas y se saltó por la ventana. La sensación de la caída libre silenció cualquier grito de la chica. La vampira flexionó las piernas, como un gato absorbió la fuerza del impacto. Con cuidado, dejó a Bianca en el suelo y tirando de su brazo la apremió a moverse.
Sin incidencias, llegaron a los Jardines Reales. Agazapado tras una fuente de mármol, los esperaba Giacomo. Con una sonrisa en el rostro, Valeria les dio la espalda, dándoles algo de intimidad para que pudieran fundirse en un apasionado beso.
- Que bonito es el amor.- Susurró no sin cierta envidia, mientras se alejaba.
- Espera.- La detuvo la voz de Bianca.- No se como agradecértelo.
- Sed felices.- Les dijo mirándolos a los ojos.- Compraros una bonita casita, tened hijos y... comed muchas perdices y todo eso.
Justo antes de alejarse, le dedicó unas últimas palabras a Giacomo.
- Ella ha dejado su familia, su posición social… todo para estar contigo.- Le dijo clavando su mirada en él.- Cómo algún día me entere de que le has hecho llorar… Como te comportes como un idiota… Te aseguro que no habrá lugar en el que puedas esconderte.
El chico tragó saliva, asustado, aunque en seguida recobró la compostura.
- Gracias por todo.- Le dijo antes de subir a Bianca a la embarcación.
- Si algún día pasáis por España, y os dejáis caer por Madrid.- Dijo Valeria mientras Bianca se acomodaba.- En el Palacio de Monteleón seréis más que bienvenidos.
La pareja se despidió de ella con un gesto en la mano. Con un suspiro, Valeria se internó por los callejones de Venecia. Haber ayudado a la pareja le producía una extraña sensación en el cuerpo, entre gratificante y melancólica. Había logrado su objetivo principal y además había realizado una acción de la que podía sentirse orgullosa. Aún así, no entendía porque sentía esa sensación de vacío en su interior. Apartando esos pensamientos de su mente, entró en la discreta casa que le servía de refugio.
Semanas después. Madrid
Sebastián de la Cuadra y Llarena, Marqués de Villarías y Secretario de Estado, estaba sentado en su modesto despacho en el Palacio de los Consejos de Madrid. Tras el incendio que destruyó el Real Alcázar, y con el nuevo Palacio Real aún en construcción, las máximas decisiones de uno de los mayores imperios del planeta se tomaban en ese centenario y modesto edificio.
Frente a él, Valeria explicaba los detalles de su misión en Venecia.
- Buen trabajo señora Condesa.- Dijo el Secretario de Estado sin levantar la mirada del legajo de documentos que tenía sobre la mesa.- Gracias a vos los británicos creerán que las capacidades operativas de nuestros arsenales son muy inferiores a las reales y que nuestras fortificaciones en el Caribe están obsoletas y faltas de pertrechos… Con algo de tiempo y preparación eso nos dará…
- ¿Buen trabajo?- Dijo una voz ronca con marcado acento vasco des de un rincón.- No os mandamos allí por un simple intercambio de papeles. Si os elegimos precisamente a vos por ese trabajo fue por algo. ¿Tenéis la carta?
- Cierto.- Dijo Sebastián de la Cuadra, levantando por primera vez la mirada.- Vuestro principal objetivo era apoderaros de ese misterioso despacho que según nuestros espías, Jorge II mandó a Vernon. ¿Lo tenéis?
- Lo tengo aquí.- Respondió Valeria tocándose la cabeza.- La desaparición de ese documento no hubiera pasado desapercibida y habría alterado los planes británicos. Así que lo memoricé.
- Nos pides que confiemos en tu palabra.- Dijo el otro hombre, levantándose.- Eso no fue lo que os pedimos.
Un sonido hueco resonó por el despacho a medida que el hombre se acercaba a Valeria, como si alguien golpeara el suelo con un bastón. La chica lo contempló de arriba abajo, a sus cincuenta años, era una auténtica leyenda viva. Tuerto de un ojo, con un brazo inmovilizado y una pierna amputada, los británicos a modo de burla lo apodaron “Mediohombre”. Ahora esa palabra les inspiraba temor. Pocos ingleses tenían las agallas suficientes para enfrentarse a una escuadra española si estaba comandada por él. Ningún otro marino vivo tenía un historial de navíos ingleses capturados o hundidos como el suyo.
- ¿Dudáis de mi memoria, Don Blas?- Dijo ella mirándolo fijamente.- ¿Queréis o no queréis anticiparos a los movimientos británicos?
El vasco refunfuñó, pese a ser su mejor espía y no tener motivos para desconfiar de ella, a Blas de Lezo no terminaba de gustarle Valeria. Aunque ahora estuvieran en el mismo bando, una enemistad no se borra tan fácilmente.
Con un gesto, el Secretario de Estado la apremió para que contara lo que tuviese que explicar.
- Ese debate que pretenden montar en la Cámara de los Comunes con la oreja disecada de ese tal Jenkins.- Empezó Valeria.- No es más que un circo. La orden de ataque sobre el Caribe ya ha sido despachada. La carta concede a Vernon el mando absoluto de la fuerza de ataque, una cincuentena de buques de guerra y ciento treinta navíos de transporte. Con eso pueden movilizar unos treinta mil soldados. Cuando ese pirata esté contando su historia y se debata la entrada en guerra, los británicos ya estarán sobre Nueva España. Ahora mismo Vernon debe estar reuniendo a la flota.
- ¿Sin declaración de guerra?- Exclamó Sebastián de la Cuadra.- ¡Imposible!
- Una jugada artera pero inteligente.- Apuntó Blas de Lezo.- Técnicamente no contravienen ninguna regla de la guerra. Acercan la flota a nuestras posesiones, dejándonos sin margen de maniobra, pero cuando disparen el primer tiro, la declaración de guerra ya habrá llegado a nuestro embajador en Londres.
- Activaré inmediatamente el Pacto de Familia.- Dijo el Secretario de Estado.- Si Inglaterra nos declara la guerra, Francia está obligada a prestarnos ayuda.
- ¿Cuántos buques podemos movilizar ahora mismo?- Apuntó Lezo.
- Sin comprometer nuestra fuerza en el Mediterráneo, ni dejar desprotegida la Flota de Indias, podemos disponer de seis navíos de línea. Tal vez algunos buques auxiliares más.
- ¿Sólo?- Se extrañó Valeria.- ¿Ellos mandan toda una flota y nosotros sólo podemos movilizar seis buques?
- La mayor parte de nuestra armada de guerra aún está en el astillero.- Explicó Sebastián de la Cuadra.- Los británicos han sabido aprovechar el momento, un año más y podríamos plantar cara casi en igualdad de condiciones. El Santísima Trinidad, nuestra mayor arma, aún no está terminado. Tampoco podemos dejar Canarias, las Baleares o la Península desprotegidas. Sus escuadras en Gibraltar y Menorca son un peligro demasiado grande. Por no hablar del daño que podría hacernos una alianza suya con los berberiscos.
- Según la información obtenida por la Condesa.- Dijo Lezo centrando el asunto.- Su plan es atacar Centroamérica y el Caribe, aislando de esa forma el Virreinato de Nueva España y atestar un golpe de pinza con las fuerzas de sus Trece Colonias. Si perdemos el Caribe perderemos Norteamérica.
- Partiréis inmediatamente hacia Portobelo con los seis buques disponibles.- Dijo el Secretario de Estado mientras redactaba un documento.- Os daré plenos poderes y facultades de mando. Debéis detener la armada británica a toda costa.
- Entonces no es a Portobelo dónde debéis mandarme.- Interrumpió Lezo.- Sino a Cartagena. Conozco nuestras fuerzas en el Caribe como la palma de mi mano. Es imposible defender Portobelo ante una fuerza enemiga de tales dimensiones. Esa plaza está perdida. Cartagena en cambio… es su siguiente objetivo… Con algo de tiempo podría preparar la ciudad… a convertirla en una trampa mortal para los británicos.
- Haced caso a don Blas.- Apuntó Valeria.- Tiene buen ojo para estas cosas.
Ambos hombres intercambiaron una tensa mirada. Cualquiera tomaría ese comentario, referido a un hombre tuerto, como una ofensa. Pero en este caso, la ofensa era aún mayor, precisamente por ser ella quién causó la pérdida del ojo izquierdo de Blas de Lezo.
No hacía tanto tiempo, en la Guerra de Sucesión, habían sido enemigos. Décadas de guerra contra Francia, demasiada sangre derramada para que finalmente un francés se asentara en Madrid. Así que Valeria apostó por los Austria, el azar, o tal vez el destino, hizo que en Barcelona se enfrentara cara a cara con un joven capitán de navío de veintiséis años. Valiente y astuto como pocos hombres había conocido, y muy hábil con la espada.
Podría decirse que las cosas no habían ido tan mal como esperaba con la nueva dinastía. Aunque hubiera perdido todas sus posesiones en Europa, junto con Gibraltar y Menorca, España estaba recuperando su poderío naval. El comercio con América era mayor que nunca y el Imperio se estaba expandiendo.
La habilidad diplomática de Valeria, y su título de Grande de España le permitieron conservar el Condado de Monteleón aún habiendo combatido en el bando perdedor. Aunque todo tenía un precio, ella no gozaba de la confianza del nuevo monarca y su presencia en el Consejo de Estado le era vetada.
La carrera de Blas de Lezo en cambio, ascendió a ritmo vertiginoso. En un segundo encuentro con Valeria, igual de tenso y violento que el primero, el recién ascendido Almirante descubrió su condición de no-muerta. En lugar de delatarla a una Inquisición cada vez en mayor declive, decidió sacar provecho de sus habilidades. Bajo la amenaza de revelar su secreto, la convirtió en una hábil agente secreto. Valeria, que sentía respeto hacia ese intrépido marino, decidió aceptar sus condiciones. Y poco a poco, sin desaparecer del todo su rivalidad, entre ambos se habían ido limando asperezas. Valeria se había convertido en el mejor agente al servicio de la Armada y Blas de Lezo en su mejor Almirante.
Ella se había infiltrado en la embajada británica en París, había saboteado el polvorín de Gibraltar y trazado un mapa completo de todas sus fortificaciones, había evitado una alianza militar con Portugal… Su única condición fue que no la obligaran a navegar en ningún buque. Su breve travesía a Japón había sido suficiente para que aborreciera los viajes en barco por el resto de su existencia.
- Una rápida victoria sobre Portobelo podría volverlos confiados.- Apuntó Sebastián de la Cámara, ignorando el comentario mordaz de Valeria.- Tal vez eso nos brinde una oportunidad. A Cartagena entonces. Partiréis mañana al alba.
- Podéis retiraros señora Condesa.- Añadió mientras extendía un documento a Blas de Lezo.- Habéis hecho un buen trabajo, ojalá tuviéramos más agentes como vos.
- Lo que necesitáis son más marinos como don Blas.- Dijo ella con una reverencia antes de salir del despacho.
Mientras bajaba por las estrechas y oscuras escaleras del Palacio de los Consejos, un característico golpeteo de madera sobre el mármol llamó su atención.
- ¿Ahora os dedicáis a seguirme, Lezo?- Dijo esperando al marino en un rellano.- O tal vez queráis invitarme a cenar.
Por toda respuesta, él le tendió un sobre.
- No se porque, pero sospecho que no es una carta de amor…
- Puedo pasar por alto la pérdida de mi ojo, pero no soporto vuestro sarcasmo.
- Olvidáis que vos me partisteis el corazón.- Añadió ella con una sonrisa.- Con ese mismo espadín que lleváis en el cinto. ¿Os acordáis de ello, fue la segunda vez que nos…?
- Y a veces me encantaría volver a hacerlo.- La interrumpió.- Pero con una estaca de madera.
- Qué brusco sois. Lord Vernon en cambio… él si que sabía tratar a una dama.
- ¿Qué opinión tenéis de ese Almirante?- Le preguntó intrigado.
- Como un león.- Apuntó ella.- Fuerte, rápido, intrépido… En Inglaterra nadie regala cargos militares. Pero también excesivamente confiado en su superioridad naval... Me pareció un hombre sin imaginación y muy seguro de si mismo... Alguien propenso a subestimar a sus enemigos.
Blas meditó sobre esas palabras cuando percibió que Valeria se disponía a abrir el sobre.
- ¡No!- La detuvo, evitando que rompiera el lacre.- Sólo debéis abrirlo si me sucede algo en Cartagena, si no salgo vivo. ¿Podría pediros ese favor?
Valeria cambió el tono de voz y su mirada. Sabía cuando podía bromear, y a juzgar por la expresión del vasco, ese no era momento para ironías.
- ¿Qué contiene?
- Una petición.- Dijo con voz firme.- Una promesa que le hice a un buen amigo en su lecho de muerte. Me encantaría poder cumplirla por mi propia mano. Pero temo morir en el Caribe sin poder hacerlo. No quiero ir al infierno con esa carga sobre mi alma. ¿Podría traspasaros esa deuda a vos, si yo muriera?
- ¿Por que yo? De entre todas las personas no creo que sea…
- Sois la única que puede hacerlo. Pese haberme dejado tuerto, os tengo en alto respeto. Sé que si me lo prometéis, cumpliréis vuestra palabra. Nunca me habéis fallado.
- Aún no os he prometido nada.- Dijo ella estrechando el sobre contra su pecho.- Porque tanto misterio, porque no habláis claro y…
- Porque me gustaría hacerlo por mi propia mano. Si regreso, quemad el sobre y olvidad este asunto. Pero si no vuelvo, os ruego que lo abráis y actuéis en consecuencia.
- Supongo que podría hacerlo.- Dijo finalmente.- Por nuestra vieja enemistad.
- Implicará subiros a un barco.- Dijo Lezo con una sonrisa.
- Me lo ponéis muy difícil.
- Y a vos os gustan los retos. ¿No os gustaría ir a Londres? Dicen que el Palacio de Saint James rivaliza en opulencia con el mismísimo Versalles.
- ¿Cruzar las traicioneras aguas del Canal de la Mancha?- Apuntó Valeria.- ¿No será que os gustaría verme en el fondo del mar?
- No estáis muy equivocada.- Sonrió Lezo.- Aunque si vuestro barco se hunde, que sea en el viaje de vuelta.
- Tened cuidado con vuestros deseos.- Replicó la vampiresa.- Podríamos vernos en el infierno, y no creo que os guste mi eterna compañía.
Ambos no pudieron evitar una risa cómplice ante ese último comentario.
- ¿Lo haréis?- Le preguntó por última vez.
Dubitativa, Valeria asintió. No le gustaba nada la idea de embarcarse, pero tampoco quería decirle que no. Pese a su rivalidad, había llegado a apreciar a ese terco Almirante y sentía hacia él un profundo respeto. Por un momento, deseó haberlo conocido en otras circunstancias.
- ¡Lezo!- Le gritó cuando salía del Palacio.- Hundid esa maldita flota británica y regresad a Madrid. No quiero verme obligada a subir a un barco.
Con una sonrisa, el marino saludó a la Condesa por última vez y se adentró en las oscuras calles de Madrid.
Epílogo. Londres, mayo de 1742
Por fuera el Palacio de Saint James era una mole de ladrillo rojo que parecía más una decadente fortaleza medieval que una residencia real al estilo de Schonbrunn o Versalles. “No me extraña que estén construyendo un nuevo palacio” pensó Valeria agazapada en el tejado “ese edificio es tan deprimente como el clima de esa maldita isla”. Si ya le había costado tener que subir a un barco para llegar a Londres, el clima húmedo y lluvioso de la isla casi la obligó a abortar su misión. Odiaba el agua, y tuvo que esperar varias noches, cambiando constantemente de refugio, esperando un día sin lluvia.
Esa noche, en lugar de un extravagante vestido, Valeria llevaba ropa oscura, ajustada a su cuerpo, ocultando su rostro bajo una capucha. Aunque no le era difícil pasar desapercibida, le gustaba usar ese tipo de atuendos para misiones delicadas. Le recordaba Japón, y sobretodo, le recordaba a Saya y las veces que ambas habían jugado al ratón y al gato, entrenando sus habilidades. De nuevo, el recuerdo de la ninja le produjo una punzada en el corazón.
- No me extrañaría que en esa isla no hubiera un sólo vampiro.- Murmuró mientras forzaba la ventana de un balcón.- Sólo un auténtico loco fijaría aquí su morada.
Una vez dentro, Valeria se sorprendió. Esperaba unas estancias oscuras y deprimentes, como su exterior, pero lo que encontró, en nada envidiaría los más suntuosos palacios de Europa. Habitaciones y salones pintados de blanco con molduras lisas, simples y sin sobrecargar el ambiente. Tapices y cuadros de talentosos artistas, sillones recubiertos de terciopelo, revestimientos de madera noble…
Jorge II, rey de Gran Bretaña e Irlanda y soberano de casi medio mundo y dueño de la flota más poderosa del planeta, contemplaba los jardines del palacio a través de la ventana de su cámara. Llevaba meses arrastrando insomnio, y no precisamente a causa de la gota que lo aquejaba. Todo era por culpa de esa maldita guerra, y en concreto, de Vernon y su incompetencia. La destrucción de Portobelo en tiempo récord lo había contagiado de un falso optimismo, creyendo la victoria sería fácil y rápida. Cuando ese inútil se plantó frente a Cartagena tuvo la osadía de mandar un barco a Inglaterra anunciando su victoria sobre la ciudad. En su arrogancia, quería tener los festejos organizados a su regreso. El monarca incluso había hecho distribuir varias medallas conmemorativas, con Lezo arrodillado frente a Vernon, entregándole las llaves de Cartagena.
Londres se llenó de ambiente festivo, ya que la principal fuerza española en el Caribe había sido derrotada. Hasta que, como un jarro de agua fría, llegaron los primeros buques, maltrechos y con las tropas diezmadas. Ahora esas medallas, acuñadas para mayor gloria del Imperio Británico, se habían convertido en objeto de burla. Los embajadores de Francia y España se habían hecho con algunas y las lucían vistosamente en cualquier encuentro, para mayor humillación inglesa.
La guerra aún seguía, pero la hacienda real empezaba a amenazar con la bancarrota. Su único y magro consuelo era la muerte de Blas de Lezo. Ese marino, al que en su momento habían menospreciado por su cuerpo mutilado, había sido una pesadilla para la marina británica. Al menos confiaba en que España no tuviera otro Almirante de su talla. Si lograba obtener financiación para reorganizar su flota, tal vez con un segundo ataque al Caribe…
Un pequeño soplo de aire a su espalda le erizó los pelos de la nuca. Asustando, sin saber porque, se dio la vuelta. En la puerta de su alcoba, había una figura de baja estatura vistiendo ropa negra. En un primer momento lo identificó como un hombre flaco o un adolescente. Pero tras un segundo vistazo, apreció en la penumbra sus formas femeninas. El Rey salió definitivamente de dudas cuando la chica se quitó la capucha que cubría su rostro.
- ¿Cómo habéis entrado?- Le preguntó, temiendo una traición.
- Alguien se dejó una ventana abierta.- Respondió ella con voz tranquila, acercándose.
- Un paso más y llamo a la guardia.
- Adelante, hacedlo.- Dijo Valeria sin alterarse lo más mínimo.- El tiempo en que vuestros guardias tarden en acudir, es más que suficiente para que pueda cortaros vuestro real cuello y saltar por la ventana. Gritad y perderéis algo más que una oreja.
- ¿Qué… que queréis?- Preguntó el monarca cada vez más asustado.- Entiendo que si queríais verme muerto, no estarías aquí plantada.
- Correcto.- Apuntó ella con una sonrisa.
- Entonces…
- Vengo a cumplir la promesa de un hombre muerto.- Indicó Valeria, apoyándose en el dosel de la suntuosa cama.- De dos hombres muertos, para ser precisos. ¿Puedo ir al grano, o preferís primero escuchar primero la historia?
Con un gesto Jorge II le indicó que se explicara. La seguridad con la que hablaba la chica lo hacía estremecer de miedo. La posibilidad de que en cualquier momento pudiera entrar un guardia o un criado no parecía afectarla en absoluto, en lugar de estar en un edificio enemigo, se comportaba como si estuviera en su propia casa. Y la media sonrisa que dibujaba su rostro lo sacaba de quicio.
- Tal vez no os acordéis de ello, pero os preocupéis, que os refrescaré la memoria.- Dijo Valeria como si tuviera todo el tiempo del mundo.- Pero hará cosa de unos diez años, un capitán de navío español, Juan León Fandiño sorprendió a un corsario vuestro, un tal Robert Jenkins frente a la costa de Florida. Como castigo, le cortó una oreja.
- Lo recuerdo perfectamente.- Murmuró el monarca.- Ese idiota y su maldita oreja. La excusa perfecta para declarar una guerra cuya victoria suponíamos asegurada de antemano. Maldito sea el día que me dejé arrastrar por el optimismo de mis consejeros.
- Supongo entonces.- Prosiguió Valeria.- Que recordaréis las palabras de Fandiño al cortarle la oreja a vuestro pirata.
- Él mismo las recitó ante la Cámara de los Comunes.- Dijo el Rey, apartándose de la ventana.- Ve y di a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve. Pero, ¡espera! ¿que…?
Haciendo un gesto de silencio con los labios, Valeria lo hizo callar. Había algo en la mirada de la chica que silenció al poderoso monarca.
- Vos, como un pirata cualquiera, ordenasteis un traicionero ataque sobre el Caribe sin esperar primero a declarar formalmente la guerra.
Jorge II la miró extrañado, y Valeria se explicó mejor.
- Como supongo que sabréis, Fandiño falleció hace cuatro años, pero tenía muy buena amistad con cierto marino vasco. Alguien a quién vosotros llamáis “Mediohombre”. Viendo el revuelo que la oreja del tal Jenkins empezó a ocasionar en Londres, Lezo le hizo una promesa a Fandiño en su lecho de muerte. Le juró que si vos, aprovechando la circunstancia, intentabais apoderaros de los dominios españoles, él mismo, con su brazo bueno os cortaría la oreja.
- ¡Lezo está muerto!- Escupió el Rey.
- Cierto, y aquí estoy yo.- Apuntó ella con una sonrisa, sacando un fino cuchillo de su vestimenta.- Para cumplir la promesa de dos hombres muertos. Así que decidme, ¿izquierda, o derecha?
Cuando los guardias, alertados por los gritos del monarca, se personaron en su cámara, encontraron la ventana abierta y a Jorge II, sangrando profusamente. Por mucho que peinaron, palmo a palmo, cada rincón del palacio y sus jardines, no lograron localizar a la escurridiza intrusa.
La vergüenza fue tal, que el monarca prohibió a ninguno de los presentes hablar, ni tan siquiera mencionar, el asunto bajo pena de muerte. A todos los efectos, el Rey se había cortado afeitándose. En todas sus apariciones públicas, incluso en el día de su muerte, se cuidó mucho que su densa peluca cubriese su oreja cortada. De forma que nadie se percatara de esa humillación.
FIN

Comentarios
Publicar un comentario