La tormenta

 

La tormenta.

Sinopsis: Cinco jóvenes en medio de una tormenta de nieve, asilados en un edificio abandonado en compañía de una vampiresa hambrienta. ¿Qué podría salir mal?

Por: Josep Nada


Alpes franceses. Invierno de 2021


El Pegaso Z102 de color rojo circulaba medio de una tormenta de nieve por una sinuosa y estrecha carretera montañosa. El limpiaparabrisas a duras penas lograba despejar la nieve que se acumulaba sobre el cristal, pese a circular con prudencia y a poca velocidad, las ruedas patinaban de vez en cuando, amenazando con detener el avance del vehículo. Dónde cualquier otro motor se habría parado, lentamente pero con una resistencia propia de un caballo de batalla, el Pegaso seguía avanzando por la peligrosa carretera.

Pese a ser plena noche, el vehículo circulaba con las luces apagadas ya que el haz de los faros reflejándose en los gruesos copos de nieve habría cegado a su conductora. Aún así, pese a su visión nocturna, Valeria no lograba atisbar a más de diez metros de distancia.

Perdida en esa carretera secundaria, lamentaba su decisión. Había pasado todo el día dormitando en una cómoda habitación de un lujoso resort de montaña. Fue el parte meteorológico, advirtiendo de una fuerte tormenta durante la noche, lo que la forzó a desplazarse. A arriesgarse a tomar esa carretera. No era buena idea que un vampiro quedara aislado de noche en un hotel lleno de gente. ¿De quién iba a alimentarse, de un desafortunado turista, de un trabajador de limpieza, de algún botones? ¿Y luego qué? Aislada en medio de la nieve, el riesgo a ser descubierta era demasiado elevado.

Y por eso, se la había jugado, justo después de la puesta de sol, con la esperanza de lograr eludir la tormenta que se cernía, subió al coche y se internó por esa carretera poco transitada. Su idea era descender hacia el valle más próximo, dejar atrás el temporal y buscar en alguno de esos pueblos dispersados a una víctima adecuada.

Y ahora, en plena tormenta, Valeria tenía todos los números de quedar atrapada de un momento a otro en esa estrecha carretera. Dar la vuelta y regresar al hotel no era una opción. Sólo le quedaba seguir adelante y cruzar los dedos para que el motor no se detuviera.

- Venga, venga, no te pares no te pares.- Masculló al notar las ruedas patinar en la nieve.

Si se quedaba atrapada en la nieve, a kilómetros de distancia de cualquier lugar habitable, no le quedaría otra opción que abandonar el vehículo y buscar un refugio en medio de la nieve protegerse de la luz solar.

- Como un esquimal.- Murmuró, riéndose de su propia ocurrencia.- Sin cenar y durmiendo en un iglú.

Y por si fuera poco, la radio empezó a emitir estática, interrumpiendo la emisora de rock que estaba escuchando.

- ¡Lo que me faltaba!- Masculló frustrada mientras tocaba los controles de la radio.- Conducir sin música.


De repente, algo captó su atención. Sus rápidos reflejos reaccionaron a tiempo, pisando el freno y girando el volante. El coche patinó unos metros, saliendo parcialmente de la carretera y chocando suavemente con otro vehículo atravesado.

- ¡Maldita sea!- Gritó furiosa mientras salía del coche.- ¿Se puede saber que hace ese armatoste aquí en medio?

Sus ojos contemplaron una auto-caravana parada en medio de la carretera, con las luces de emergencia encendidas. “Maldita sea” masculló de nuevo Valeria “cómo no logre apartar este trasto de aquí tendré que empezar a construirme un iglú”.

Alrededor del vehículo, había cinco jóvenes. Valeria notaba su presencia más por el latido de sus asustados corazones que por lo que sus ojos vislumbraban a través de la nieve.

- Sólo faltaba toparme con una panda de hippies.- Murmuró mientras examinaba la parte frontal que había topado con la caravana. Valeria le tenía mucho aprecio a ese coche, y le sabría muy mal que se hubiera abollado.

- ¿Estás bien?- Preguntó una voz masculina a través de la nieve.

Valeria, molesta, se puso las manos delante de los ojos, protegiéndose del destello cegador de la linterna.

- ¡Aparta eso de mi cara!- Le gritó. Tenía hambre y su humor no estaba en su mejor momento.- Estoy atrapada en medio de una maldita tormenta de nieve. ¡¿Cómo quieres que esté?!

Acto seguido, relajó el tono de voz, el chico estaba preocupado y, a juzgar por el latido de su corazón, francamente asustado.

- Estoy bien.- Añadió.- Afortunadamente os vi a tiempo.

- Circulabas con las luces apagadas. Podrías haberte matado.- Advirtió el chico.

Valeria hizo caso omiso a ese comentario y se acercó al grupo. Tres chicas y dos chicos, parados en medio de la nieve, con el capó abierto, intentando arrancar el motor de la caravana.

- Es inútil.- Dijo Valeria.- La acumulación de nieve ha ahogado el motor.

- Todo iba bien hasta que de repente, las ruedas patinaron y el motor se paró.- Apuntó una chica, asustada.

- No deberíais haber abierto el capó.- Añadió Valeria.- Ahora sí que no podéis hacer nada. Salvo contactar con los equipos de emergencia, con un poco de suerte mandarán alguien a sacaros de aquí. En el peor de los casos, deberéis pasar la noche aquí.

- No hay cobertura.- Dijo otro chico.

- Mala suerte.- Murmuró la vampira, lamentando también su propia suerte.- Estamos atrapados. ¡Menuda mierda!

Al cabo de unos minutos, los cinco jóvenes se rindieron ante lo obvio. No lograrían arrancar el vehículo, y sin cobertura, no tenían muchas opciones. El primer chico la animó a entrar con ellos en la caravana. “Al menos no nos moriremos de frío” le dijo.


A regañadientes, Valeria entró con ellos. “Genial, compartir un pequeño espacio con cinco cálidos corazones” pensó intentando controlar su sed.

- ¿Te encuentras bien?- Le preguntó una chica de pelo rubio cuando la vio entrar.- Te veo muy pálida.

- Bebe algo caliente.- Le dijo un chico mientras le tendía un termo con café.- ¿Se puede saber de dónde vienes, vestida así? Es un milagro que no estés sufriendo una hipotermia.

Valeria agradeció el café y por primera vez reparó en su aspecto. Indiferente al viento helado, llevaba un largo y seductor vestido negro de tirantes, con un escote en forma de “V” y que dejaba su espalda al descubierto. La tela le llegaba hasta los tobillos, con un seductor corte que revelaba sus muslos cada vez que ella movía las piernas. Un vestido que en la sala de baile del lujoso resort hubiera causado sensación, pero no era lo más apropiado para conducir bajo una tormenta de nieve. Sus zapatos de suela plana, bonitos y prácticos para danzar, tampoco eran lo mejor para andar por la nieve.

Tras varios minutos de amena conversa, Valeria ya conocía a los cinco. Eran un grupo de universitarios españoles que habían aprovechado la semana blanca para ir a esquiar a los Alpes. Bajando de las pistas, habían tomado un desvío equivocado y al caer la noche se habían visto atrapados por la tormenta.

Mientras Valeria elaboraba una excusa coherente que justificara circular a estas horas en medio de la tormenta, la luz de la caravana se apagó.

- Genial, nos hemos quedado sin batería.- Dijo Carlos, un chico de complexión fuerte con el pelo corto y oscuro.

- Sin calefacción, nos vamos a congelar.- Añadió asustada Alba, una chica bajita y algo regordeta con pelo rubio y rizado.

Una chica de ojos azules y el rostro poblado de pecas llamada Miriam empezó a sacar mantas de un compartimiento. La otra chica, Laura, algo más alta que Valeria, morena y esbelta, examinaba una gruesa guía de carreteras alumbrada por una linterna.

- Estamos aquí, justo en esa curva.- Dijo Laura señalando un punto del mapa.- Y eso, tiene toda la pinta de ser una construcción. Está a poca distancia, encima de una colina que queda a nuestra izquierda. A lo mejor hay alguien que nos podría prestar ayuda.

Todos se acercaron al punto señalado del mapa.

- Debe estar a menos de cien metros de nuestra posición.- Dijo Valeria.- Sólo tendremos que atravesar el pequeño bosque que hay junto a la carretera.

- ¿Cómo sabes que hay un bosque?- Le preguntó Alba, intrigada.- A fuera, aún con linterna, es imposible ver a más de dos metros.

Lucas, un chico de complexión flaca, con unas gafas que a ojos de Valeria, le daban un aspecto de “empollón”, le tendió un anorak. La chica se lo puso, dándole las gracias, plenamente consciente de lo sospechoso que resultaba haber abandonado su coche tan poco abrigada.

- Vamos pues.- Dijo Carlos.- No podemos quedarnos aquí o nos arriesgamos a que la nieve nos impida salir.

Los chicos llenaron algunas mochilas con latas de comida, el termo de café y varias botellas de agua así como linternas y otros instrumentos y los seis abandonaron la caravana.

Los agudos sentidos de Valeria fueron mucho más útiles que las potentes linternas. Guiándolos a través del pequeño grupo de árboles que crecía al lado de la carretera, subieron una pequeña colina. Tiritando de frío se plantaron frente un enorme edificio de tres plantas, con enormes ventanales provistos de rejas en las que no se atisbaba ningún tipo de luz. Afortunadamente, la doble puerta principal no estaba cerrada con llave ni candado.


Entraron en un amplio vestíbulo con unas unas enormes escaleras al fondo, y justo a la derecha de la entrada, un pequeño mostrador lleno de polvo y dos butacas raídas. A derecha e izquierda se abrían dos puertas dobles de cristal con el marco carcomido.

- Creo que es un antiguo sanatorio para tuberculosos.- Dijo Valeria contemplando algunos cuadros llenos de polvo que aún colgaban de las paredes.- Antiguamente se creía que el aire de montaña ayudaba a los enfermos a sanar.

Carlos abrió la puerta de la izquierda, que daba a un amplio pasillo con puertas a banda y banda. Una sala de estar, un pequeño cuarto, una especie de consultorio médico... Una de las puertas conducía a un despacho, con una estantería llena de libros polvorientos, una mesa con una silla y un sofá. En un rincón había una estufa de leña.

- ¿Por qué abandonarían un lugar así?- Preguntó Miriam asombrada.- Podrían convertirlo en hotel.

- Estamos en una carretera secundaria, en medio de la nada.- Respondió Lucas.- ¿De verdad crees que alguien invertiría dinero para acondicionar un lugar tan alejado de las estaciones de esquí?

Mientras Carlos encendía la estufa con restos de muebles de las estancias contiguas, Miriam y Alba se sentaron en el sofá y empezaron a sacar algo de comida de las mochilas. Laura miraba a través de los polvorientos cristales de la ventana, intentando vislumbrar algo a través de la densa tormenta.

- Aquí estaremos mucho más protegidos que en la caravana.- Dijo Lucas llevando las butacas del vestíbulo.

“Sí” pensó Valeria mientras se apoyaba en la mesa “cinco jóvenes encerrados en un edificio abandonado con un vampiro hambriento. Esto parece una pésima película de Serie B”.

- ¿Qué es tan divertido?- Le preguntó Alba al verla reír.

- Nada, nada, cosas mías.- Respondió Valeria ladeando la cabeza.

“No es la primera vez que pasas una noche entera sin comer, puedes aguantarlo” intentaba autoconvencerse la vampira, alejando de sus pensamientos el hambre que sentía y del latido de los cinco corazones.


Al cabo de una hora, Valeria estaba sonriendo y disfrutando de la divertida conversación con los cinco universitarios. Aquellos chicos empezaban a caerle francamente bien, eran divertidos además de amables y altruistas. No habían dudado en compartir su comida con ella, que ella declinó, pero en cambio aceptó encantada otra taza de café caliente.

“Me pregunto qué pensarán de mi” se decía mientras tomaba un sorbo de café. Preocupados por su palidez y el tacto frío de su piel, le habían ofrecido una butaca frente a la estufa, que ella amablemente cedió a Miriam, que aún tiritaba de frío. Ellos vestían con ropa gruesa, de invierno, mientras que Valeria lucía un fino vestido de noche. Aún llevaba sobre los hombros el anorak que le había dado Lucas.

El café y la comida empezó a hacer efecto en los asustados cuerpos de los jóvenes. Carlos y Miriam incluso abandonaron el pequeño despacho, con la excusa de que querían “explorar un poco” el edificio. “Chica afortunada” pensó la vampira, nadie podría negar que Carlos era un joven altamente atractivo.

- Si lo que queréis es un poco de intimidad.- Dijo atrevida, leyendo sus intenciones como un libro abierto.- Sólo tenéis que decirlo, no pasa nada, aquí somos todos mayorcitos. Seguro que en algún rincón encontraréis una cómoda cama.

El comentario sacó una risita a los otros tres, mientras que ruborizó a la pareja. Los agudos sentidos de Valeria no detectaban ningún signo de peligro en el edificio. Al cabo de un rato, Lucas abandonó también la habitación, llevándose consigo una linterna. No todos los días se tenía la posibilidad de explorar un enorme edificio modernista abandonado. Eso dejó a Valeria sola con las otras dos chicas.

Valeria empezó a hojear los libros del despacho: tratados de medicina, registros de pacientes, había incluso algunos libros de Freud y Fleming.

- Eso te matará.- Le dijo a Laura al ver que encendía un cigarrillo.

Por toda respuesta la chica le acercó el paquete.

- ¿No decías que eso mata?- Le reprochó Alba al ver que Valeria no rechazaba el ofrecimiento.

- A mi no.- Dijo con una sonrisa mientras tomaba una bocanada de humo. El tabaco ayudaría a mitigar su sed.

Terminado el cigarrillo, dejó los libros y se sentó junto ambas chicas, charlando animadamente. De repente, Carlos y Miriam entraron apresuradamente en la estancia. “¿Tan pronto?” pensó sorprendida la vampiresa, aunque inmediatamente, un característico olor hizo estremecer todo su cuerpo.


- ¡El botiquín, rápido!- Dijo una asustada Miriam.

Carlos presentaba un feo corte en la mano que sangraba profusamente.

- Intenté quitar el pestillo de una puerta rompiendo el cristal y me corté.- Explicó mientras Alba le vendaba la herida.- Qué tonto soy.

Valeria se acurrucó frente a la ventana, mirando hacia afuera. Hacía un esfuerzo titánico para disimular el brillo ansioso de sus ojos, apretaba los dientes con fuerza, intentando retraer sus colmillos. El olor de la sangre amenazaba con hacerla perder el control.

“Menuda mierda” pensaba mientras se sentaba nuevamente en el sillón, intentando controlar sus ansias. Sus manos y sus piernas temblaban sin control, no podía apartar su mente de la herida vendada de Carlos. Se fijó en que las tres chicas tenían la mirada fijada en ella, extrañadas por su comportamiento.

“Una yonki” se dijo Valeria “deben pensar que soy una jodida yonki a la que le está entrando el mono”. Y ciertamente, su aspecto en esos instantes, era muy parecido a la de un adicto en pleno síndrome de abstinencia. “Una maldita adicta a la sangre, eso es lo que soy” se reprochaba a si misma.

Aquello era insostenible, tenía que apartarse de ellos si no quería cometer algo de lo que luego se arrepentiría. Eran buenos chicos, su único pecado había sido ser amables con ella, inconscientes del peligro que en esos instantes se cernía sobre ellos. “Maldita seas Valeria, maldita sea el momento en que pensaste que hambrienta como estás, podías compartir espacio con ellos, como si fueras una persona normal” se recriminaba.

- Vo… voy al co… coche.- Balbuceó, intentando pronunciar algo coherente con sus colmillos dilatándose en el interior de su boca.

Alba se levantó, intentando detenerla, pero en ese mismo instante, Lucas entró en el despacho. Estaba algo alterado y llevaba algo pesado y voluminoso en brazos.

- Mirad lo que he encontrado.- Dijo satisfecho mientras depositaba sobre la mesa un viejo y obsoleto radiotransmisor de onda corta.- Con eso podemos intentar pedir ayuda, tal vez manden un equipo de rescate.

Valeria contempló el aparato con curiosidad, pese al polvo que lo cubría y el paso del tiempo, parecía en buen estado. Con su mente entretenida en el transmisor, su ansia se calmó un poco.

- Es un transceptor portátil.- Dijo mientras lo examinaba.- Un modelo militar de 1940, debe tener una dinamo para poder cargar su batería.

Lucas le señaló una manija rota en un lateral del aparato.

- Sin manija no hay dinamo.- Concluyó Valeria.- Si pudiéramos conectarlo a la electricidad…

- ¿Cómo es que sabes tanto de esos aparatos?- Le preguntó Lucas intrigado.

- Yo… ehm… Vi como utilizaban uno de esos en una película de la Segunda Guerra Mundial.- Se apresuró a responder.

“Quién iba a decir que en pleno 2021 aún sacaría partido a lo que aprendí en la resistencia francesa” pensó la vampiresa para sus adentros.

- Yo creo que no he visto ninguna peli que me enseñara nada útil.- Añadió Miriam examinando el aparato.

- Seguramente habrá por aquí algún tipo de generador con diésel.- Dijo Carlos esperanzado.- Un sanatorio, aislado en medio de la nada, quién lo construyó debió prever el corte de energía en caso de tormentas como esa. Seguro que debe tener algún sistema de emergencia para generar electricidad.

- La batería de mi coche.- Dijo Valeria.- Su potencia es suficiente para hacer funcionar eso. Mucho más rápido que buscar durante horas un generador que a lo mejor ni existe o no está operativo.

La verdadera intención de la chica era otra, separarse del grupo, llegar al Pegaso y encerrarse allí, lejos del olor a sangre y de esos palpitantes corazones. En esos instantes, era una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento.

- ¡Espera!- Dijo Lucas apresurado al ver que la chica salía con el aparato.- Ir sola es demasiado peligroso, te acompaño.

“Porque demonios tienes que ser tan preocupado” masculló “no ves que soy un peligro para ti”. Aunque al final se dejó acompañar, el aire helado al salir a fuera mitigó en parte su ansia de sangre, y apartada de Carlos y su herida, creía poder controlar su sed. Además, ese chico con pintas de empollón le había caído en gracia, y no le importaba pasar un rato a solas con él.


El coche de Valeria estaba cubierto de nieve por encima de las ruedas. El chico tuvo que sacar una pala del techo de la caravana para poder apartar la nieve y abrir las puertas.

- ¡Caramba, menudo auto!- Exclamó sorprendido al entrar en el bólido por la puerta del copiloto.

Valeria puso el radiotransmisor entre los dos asientos. Con habilidad, desmontó la radio del coche y sacó dos cables que conectó a un cable de alimentación del radiotransmisor. Acto seguido, puso la llave en el contacto y el aparato empezó a emitir estática.

- Pues si que aprendiste en esa peli.- Preguntó el chico, sorprendido.- ¿Cómo se titulaba?

- No toques nada.- Dijo ella ignorando la pregunta mientras examinaba los distintos botones del aparato.- A ver si logro reducir esa estática.

En reiteradas ocasiones intentó contactar con alguien, sin éxito. Tres veces cambió la frecuencia sin obtener mejor resultado.

- Nuestro gozo en un pozo.- Dijo Valeria frustrada, apagando el motor. No quería que la nieve acumulada encima se fundiera e inutilizara el vehículo como había pasado con la caravana.

- ¿Y ahora qué…?

Con un gesto brusco, Valeria hizo callar al chico. A través del silbido del viento, su agudo oído captó un sonido inconfundible, un grito de auxilio. Pasados unos segundos, escuchó gritos y chillidos de otras tres personas.

- ¡Vamos!- Lo apremió mientras salía del vehículo, cerrando el contacto pero dejando la llave puesta.- Tus amigos están en apuros.

- ¿Pe… Pero cómo sabes…?- Balbuceó Lucas mientras salía del coche.- Es imposible ver ni escuchar nada.

Tirando de su brazo, para no perderlo en medio de la tormenta, la chica lo condujo apresuradamente de vuelta al edificio. Justo cruzar la puerta, el olor a sangre, mucho más intenso, llenó sus fosas nasales, enloqueciéndola casi del todo, sus ojos brillaban como ascuas y sus largos colmillos se asomaban por la comisura de los labios.


Afortunadamente Lucas no se percató del cambio en su compañera. Con el corazón en un puño, abrió la puerta derecha del vestíbulo, y allí, en pie en el pasillo, Carlos, Alba y Miriam contemplaban el cuerpo sin vida de Laura, destripada con una bestialidad salvaje.

- Di… dijo que...- Balbuceaba Alba entre sollozos.- que… iba a buscar un… baño.

Valeria se acercó al cuerpo. Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para evitar el impuso de lamer la sangre casi coagulada del suelo. Ahora mismo sentía la misma sed que una persona después de andar durante horas bajo un sol de pleno verano sin beber una gota de agua. Todo su cuerpo temblaba como una hoja.

- ¿Qué ha podido pasar?- Preguntó Lucas con un hilo de voz.

Valeria no podía pensar con claridad. De hecho, ni tan siquiera se había percatado que junto al cuerpo, había mucha menos sangre de la que cabría esperar de una herida de ese tamaño.

- No estamos solos.- Dijo Carlos rompiendo el tenso silencio.

Y tenía toda la razón, la muerte de Carla no había sido un accidente. Valeria haciendo un esfuerzo aguzó sus sentidos. No percibía ninguna otra presencia salvo los cuatro asustados corazones de los chicos restantes. Tampoco “sentía” la presencia de otro no-muerto.

Valeria se acercó a una puerta entreabierta, era una amplio salón comedor, con varias mesas y un par de butacas que daba a la parte trasera del edificio. El viento helado y la nieve entraba a través de una ventana rota, la única desprovista de reja. Con la intención de que el viento helado contra su rostro despejara un poco su ansia, Valeria se acercó a la ventana. Sus zapatos pisaron cristales rotos a medida que se acercaba, como si la ventana se hubiera roto de fuera hacia adentro. Si hubiera prestado más atención, habría podido observar pequeños charcos de agua esparcidos por el suelo en dirección a la puerta.

- ¿Qué haces aquí a oscuras?- Dijo Alba sobresaltándola.- Es peligroso separarnos. ¿Qué te ocurre a los ojos?

Tan absorta estaba, que Valeria no se percató de que sus ojos destellaban como ascuas en la oscura sala. Tuvo que recurrir a la hipnosis para forzar a Alba a olvidar ese pequeño detalle.

- Me has cegado con la linterna.- Le dijo.- Salgamos de aquí.

De nuevo, la sed casi se adueño de ella al pasar cerca de la chica, podía escuchar la sangre fluir por sus venas. Aunque Carlos había cubierto el cuerpo de la infortunada Laura con una cortina, el hedor a muerte y sangre la volvió a enloquecer. Su cuerpo temblaba, sus rodillas le flaquearon, inconscientemente se agachó junto al cadáver deseando pasar la lengua por las baldosas ensangrentadas.

“Son buenos chicos, están aterrorizados y aún así mantienen la entereza. Yo no soy más que un peligro para ellos” pensó mientras luchaba por mantener el control. Mientras ellos volvían al despacho dónde habían dejado sus cosas, la vampira fue quedando rezagada y cuando cruzaron el vestíbulo, como una exhalación, subió escaleras arriba.


“Se preocuparán por mi ausencia” pensaba mientras recorría el pasillo de la primera planta, múltiples puertas daban a pequeñas habitaciones para los enfermos, provistas de camastros y algún pequeño mueble. “Espero que sean prudentes y no me sigan”.

La mente de Valeria era un cúmulo de pensamientos contradictorios. Por un lado, era obvio que había “algo” en el edificio. Lo que había matado a Laura podía volver a lanzarse contra el pequeño grupo. Una parte de su consciencia la impulsaba a estar cerca de ellos, para poder protegerlos. Pero por otro lado, la realidad se imponía, sedienta como estaba, ella misma sería una amenaza mucho mayor que lo que fuera que había matado a la chica. “Admítelo Valeria, ¿cuanto tiempo crees que podrás mantener el control? ¿Hasta que la sed de sangre te impulse a abalanzarte contra uno de ellos?” pensaba cabizbaja.

Con todos sus sentidos en alerta, no percibía ninguna otra presencia. Aquello le permitió relajarse. “Fuera lo que fuera, está claro que ya no está aquí” pensó mientras se recostaba en un camastro, quitándose el incómodo anorak. “A lo mejor ha sido un animal salvaje, un lobo solitario, o un lince, habrá entrado por la ventana, atacado a la pobre chica y, asustado por el griterío de los otros, habrá escapado por dónde vino”.

Aunque por alguna extraña razón, aquella explicación no la terminaba de convencer del todo. ¿Por qué pese a no notar nada, su instinto le seguía diciendo que aún estaban en peligro?

- ¡¿Valeria?!- El grito de Carlos subiendo las escaleras la sacó de sus pensamientos. Tan distraída estaba que ni tan siquiera lo había escuchado subir.

La chica dudaba entre salir o ocultarse. El haz de la linterna le indicó que el chico había llegado al primer piso. Con sigilo, salió de donde estaba y se escondió en un pequeño archivo situado un par de puertas pasillo abajo. Con cuidado cerró la puerta con el pestillo.

- ¡¿Valeria?!- Gritó de nuevo. Y entonces, todo se precipitó.

El agudo oído de la vampiresa escuchó el sonido casi imperceptible de unos pasos acercándose por el otro pasillo. “¡Imposible! Nadie es tan sigiloso” pensó ella, sólo otro vampiro podría moverse de esa forma, y en ese caso, su cuerpo hubiera detectado su presencia.

Justo cuando Valeria salió del pequeño cuarto, el grito de Carlos resonó por toda la planta. Tan sólo llegó a atisbar una enorme sombra encima del chico que al verla, se alejó escaleras arriba. Valeria intentó seguirla y llegó a una especie de desván. Amplio y diáfano pero abarrotado de muebles y trastos. “¿Qué diablos era esa cosa?” sus sentidos no detectaban su presencia. Aunque enseguida, el olor a sangre la forzó a bajar. En el vestíbulo, apoyado en una pared, Carlos gemía de dolor mientras apretaba las manos contra su vientre.

La vampiresa lo ayudó a incorporarse, tenía una fea herida en la barriga. Tres profundas incisiones que sangraban profusamente. Aislados, sin posibilidad de pedir ayuda, no había nada que hacer, ni tan siquiera con el surtido botiquín que tenían. Si algo había aprendido en sus cuatrocientos años de existencia, era a saber cuando una herida era mortal.

Esta vez, no intentó luchar contra ello, sus labios se acercaron solos al cálido cuello, buscando el débil palpito de la arteria. Fue casi un acto de misericordia, ahorrándole minutos de agonía. El “beso” de la vampiresa apartó el dolor de su mente, apagando sus sentidos. Al cabo de unos instantes, Carlos expiró en sus brazos.

Saciada, Valeria podría pensar y actuar con más claridad, aunque no tuvo tiempo de nada. El haz de luz de una linterna se proyectó contra su rostro, cegándola.


- Eres… eres un...- Escuchó decir a la voz de Lucas.- ¡Monstruo!

- ¡Espera!- Le gritó Valeria mientras el chico huía escaleras abajo.- Puedo…

Pero acto seguido, calló, ¿podía qué? ¿explicarlo? ¿decirle que aquello no era lo que parecía? Sin verse la cara, era plenamente consciente del aspecto que ofrecía, con finos regueros de sangre resbalando por la comisura de sus labios. Con sus ojos brillando como ascuas, y sus largos colmillos saliendo de su boca. ¿Qué explicación podría darle?

Cualquier otro vampiro se habría abalanzado contra el chico antes de que pudiera alertar a sus compañeros. Dejar cabos sueltos era demasiado arriesgado y la prudencia aconsejaba matar al testigo antes de que advirtiera a los otros. Matar a uno para evitar verse obligada a matar al resto. Cualquier otro vampiro habría actuado así.

Pero no Valeria. La chica, con su inerte corazón en un puño, lo escuchaba bajar corriendo las escaleras. “Monstruo” esa palabra le había dolido tanto como una bala de plata. Hacía décadas que nadie se refería a ella por ese apodo. Y en cierto modo, en ese mismo instante, ella se sentía como tal. Sólo un monstruo se alimentaría de alguien que que había sido amable con ella, que durante los breves momentos que habían compartido, la había hecho reír con sus ocurrencias y anécdotas.

Maldiciendo su naturaleza, se olvidó por completo de lo que había atacado a Carlos. Intentó lanzarse sobre Lucas, con un poco de suerte podría hacerle olvidar lo presenciado. Pero entonces una mole sombría saltó por el hueco de la escalera. Con un rugido se abalanzó sobre el chico justo cuando había alcanzado el vestíbulo de la planta baja.

Con horror, Lucas contempló a la criatura que tenía encima suyo. Un rostro que, pese a tener algún rasgo humanoide, se parecía más al de una bestia. Como un gorila con el rostro algo alargado, desprovisto de nariz y con largas orejas de murciélago. Mientras aplastaba su cuerpo con sus manos provistas de garras, abrió la boca, mostrando unas fauces llenas de largos y afilados dientes. Una espesa y pestilente saliva resbaló hacia su rostro, causándole una arcada. Pero lo que más lo aterrorizaba, eran esos brillantes ojos rojos. Sólo deseó que la muerte fuera rápida.

La criatura no llegó a cerrar la mandíbula contra su garganta. Por primera vez en toda su existencia, el ser fue apartado de su presa, viéndose lanzado con fuerza contra la pared.

Sorprendido, Lucas se incorporó con dificultad. Entre él y su atacante, se alzaba Valeria, con sus ojos brillando como ascuas, todo su cuerpo en tensión y su boca totalmente abierta, mostrando amenazadoramente sus largos colmillos.

Cuando la bestia se incorporó, la vampiresa siseó como una cobra al ataque. Creyendo que podría dominarla con su fuerza mental, al igual que a cualquier otro animal, la chica lo miró fijamente con sus ojos de fuego. Pero esa criatura no se regía por los mismos principios que las demás bestias. Mitad animal mitad vampiro, su instinto salvaje lo hacía inmune a los poderes psíquicos de Valeria, sólo su creador podía someterlo. Su híbrida naturaleza también impedía que la chica pudiera sentir su presencia como sentía cuando tenía otro vampiro cerca.

La criatura examinó durante unos instantes a su enemiga. Por un instante, en la planta superior, su presencia lo había asustado. La falta de latido de su corazón le había recordado a su poderosa creadora, y se había acobardado. Pero ahora, esos pequeños colmillos y su mirada de fiera no le daban miedo, podía oler su aura, era poderosa, pero no tanto como el ser que lo había creado. Si llegara a enterarse que se había acobardado ante un vampiro menor, su ama se enfadaría.


Tomando a Valeria por sorpresa, la bestia se abalanzó sobre ella, clavándole los dientes en el hombro. Lucas, paralizado de miedo, escuchó el crujir de los huesos al romperse. La chica no pudo reprimir un alarido de dolor.

Al contrario de lo que mucha gente cree, los vampiros no son completamente invulnerables, ni insensibles al dolor. Su alta tasa de regeneración les permite sanar casi cualquier herida, incluso la mutilación, haciéndolos casi insensibles al dolor. Pero ello no implica que esa habilidad innata sea eterna. Si un vampiro sufre de forma continuada, lesiones severas, su capacidad de regeneración se verá severamente limitada. No lo destruirá, salvo que se le hiera en alguno de sus puntos vitales con algún material que anule completamente su regeneración inmediata, como la plata o ciertos tipos de madera. Pero quedará indefenso, a merced de su oponente.

Aguantando el dolor, Valeria hincó sus colmillos en el rostro de la criatura, desgarrando carne y músculo. “Maldita sea, se regenera” pensó al ver como piel y carne volvían a su sitio instantes después.

La vampira no comprendía la naturaleza del ser al que se enfrentaba, tenía la piel cálida, casi febril, pero en cambio su corazón no palpitaba. En su larga existencia, nunca se había encontrado con un “Strigoi” una abyecta creación que sólo un poderoso vampiro podría realizar.

Las fauces de la criatura seguían cerrándose con fuerza sobre su hombro. Incapaz de soltarse, Valeria tomó una decisión desesperada. Apoyo sus manos sobre los hombros del atacante y empujó con todas sus fuerzas.

Sus gritos de dolor resonaron por todo el edificio a medida que, hueso, músculo y tendones se desgarraban hasta que, con un súbito tirón, se vio libre de las fauces que la atenazaban.

Jadeando, Valeria retrocedió, dando tiempo a regenerar su mutilado hombro. Afortunadamente, se había alimentado hacía pocos instantes y su cuerpo estaba en plenas facultades. Pero no podía permitirse otra lesión así o su regeneración se vería comprometida.

Miró a su alrededor, buscando cualquier cosa que pudiera servir para equilibrar la pelea. A pocos metros, Alba y Miriam junto a Lucas contemplaban la escena con asombro y temor.

- ¡Huid!- Les gritó.- ¡Esto no es un jodido espectáculo!


El Strigoi volvió a embestir contra ella, pero esta vez la chica estaba preparada y esquivó la acometida sin problema. Aunque no podía hacer eso eternamente, debía dar con algo que pudiera dañar a la criatura o la pelea estaría sentenciada.

De nuevo la bestia arremetió, esta vez, el esquive de Valeria no fue perfecto y las garras de la criatura desgarraron la piel de su espalda, abriendo músculo y carne.

“Olvídate de su cálida piel. Su corazón no palpita, y si no palpita, es porque no está vivo” pensó entre jadeos mientras su herida se regeneraba. “Y tu sabes como combatir a un maldito no-muerto”.

- ¡Aprisa!- Gritó a los tres jóvenes que aún seguían ahí sin moverse.- ¡Que alguien vaya hasta mi coche!

Tuvo que esquivar otra acometida de la bestia para poder continuar.

- ¡Detrás del asiento del conductor, hay una funda de terciopelo! La veréis enseguida. Traedme lo que hay dentro… ¡Y unos guantes de cuero que encontraréis en la guantera!

Un fuerte zarpazo del Strigoi le desgarró el vientre, dañando sus órganos internos. Un esputo de oscura sangre salió de sus labios.

- ¡No os quedéis ahí pasmados!- Gritó de nuevo, haciéndolos reaccionar.- ¡Lo que hay en la funda y los guantes!

Esperanzada, vio como Alba corría hacia afuera. “Son poco más de cincuenta metros, espero que no se pierda” pensó, aunque no tuvo tiempo de mucho más. El Strigoi aprendía las reacciones de Valeria y esta vez ella no logró evadir la embestida. Agarrándola por la cabeza, la golpeó con fuerza contra la pared, escuchándose el crujido del hueso craneal al romperse. Por poco no le aplastó completamente el cerebro.


La cabeza le dolía, su visión era borrosa, sus oídos le pitaban y todo su cuerpo temblaba. Aprovechando que el Strigoi la había soltado, intentó levantarse pero su cuerpo no respondió. Sus extremidades se movían en espasmos erráticos. Agachada vio como la criatura se acercaba a Lucas y Miriam. Incapaz de ponerse en pie la vampiresa ya no representaba una amenaza para la criatura. Y el latido asustado de los jóvenes lo atraían más que su frío cuerpo. “Reacciona maldita sea, muévete” se decía Valeria intentando levantarse.

Con horror, la pareja contempló como la bestia se acercaba a ellos. Paralizados de terror, eran incapaces de hacer nada que no fuera temblar de miedo. Y justo cuando el Strigoi tensaba sus músculos para saltar, Valeria, parcialmente regenerada, se abalanzó sobre su espalda, mordiéndole el cuello con fuerza.

- Huid maldita sea… Salid de aquí.- Gritó la vampira mientras sus colmillos arrancaban tiras de carne y pelo.

Por primera vez, el Strigoi aulló de dolor. Se incorporó y empezó a golpear de forma errática su espalda contra las paredes, intentando quitarse de encima a la chica que a dentelladas, intentaba separar su enorme cabeza de sus hombros.

Valeria se quedaba sin aire. A cada embestida contra las paredes notaba como se le quebraba algún hueso, aún así, ella seguía sin soltar a su presa. Apretaba la mandíbula con todas sus fuerzas, intentando romper las vértebras de la bestia para alcanzar la médula. Los fuertes brazos del Strigoi tiraban con fuerza de sus piernas, amenazando con desmembrarla. Aún así, ella aguantó el dolor sin soltarse. La pelea se había reducido a una simple carrera de resistencia, y el cuerpo de la vampiresa parecía más frágil que el de su enemigo.

Valeria captó esperanzada el sonido de unos pasos apresurados cruzando la puerta.


- ¡Toma!- Dijo Alba mientras le lanzaba un alargado bulto de terciopelo.

Inmediatamente, la vampira soltó el cuello del Strigoi, la criatura aprovechó para arrojarla contra la pared mientras recuperaba aire. Cuando cayó al suelo, Valeria se lanzó contra el bulto de tela como si la vida le fuera en ello.

- ¡Los guantes!- Gritó.

Temblorosa, Alba le arrojó los guantes, que desafortunadamente cayeron a unos metros de distancia, entre ella y la criatura.

“Maldita sea” masculló mientras se lanzaba a toda velocidad entre las piernas de la bestia. No tuvo tiempo de nada más, agarró el primer guante que alcanzó y en un rápido gesto se lo puso. El izquierdo.

Mientras volteaba por el suelo, el Strigoi volvió a arremeter contra ella. Esta vez, Valeria no hizo ningún gesto para esquivarlo. Asentó las rodillas en el suelo e introdujo su mano enguantada en la funda de terciopelo, sacando un largo y plateado objeto.

La espada de plata bendecida penetró en las fauces de la bestia en ángulo ascendente. Como un palillo pinchando una aceituna, atravesó su cráneo, destruyendo el cerebro.

La había rescatado de las tropas francesas que saqueaban España. Y des de entonces, hacía poco más de doscientos años, Valeria acarreaba siempre consigo la espada de plata de su primo, como si de un talismán se tratara. Ella, que nunca se había visto como una cazadora de vampiros, era la segunda vez que esgrimía el arma contra otro no-muerto.


Los tres jóvenes miraban a Valeria con una mezcla de sentimientos contradictorios, no se atrevían a acercarse a ella temiendo que fuera a abalanzarse contra ellos. La contemplaban como se contemplaría a un tigre al acecho en medio de la jungla, entre admiración, respeto y temor.

- ¿Pero… que demonios era esa cosa?- Preguntó Lucas, rompiendo el silencio, mientras contemplaba el humeante cuerpo del Strigoi. A diferencia del resto de no-muertos, no se convertía en polvo sino que se deshacía en una pestilente masa de carne y huesos.

- ¿Un… un hombre lobo?- Apuntó Miriam.

- ¡No seas idiota!- Le reprochó Valeria, que aún no terminaba de entender a qué demonios se había enfrentado.- Los hombres lobo no existen.

- Hasta hace unos minutos.- Dijo el chico.- Yo hubiera jurado que los vampiros tampoco existen.

La vampira se desprendió de los restos de su desgarrado vestido, que en ese instante sólo un tirante lo mantenía sujeto a su cuerpo.

- Una pena, con lo bien que me quedaba.- Murmuró, indiferente a su casi desnudez.


- No voy a haceros daño.- Dijo intentando tranquilizar a los tres jóvenes.- Aunque... supongo que alguien que quisiera haceros daño diría lo mismo. Yo… mejor vuelvo al coche.

Lucas se quitó su desgarrada chaqueta y se la ofreció. Ella la rechazó con un gesto amable.

- La necesitas más que yo. Mi cuerpo aguanta bien el frío.- Explicó para luego añadir, con otro tono de voz.- Aunque tal vez sí que debería cubrirme con algo. Espero que te guste lo que estás mirando pero me incomoda que mantengas tus ojos clavados en mi…

El chico, ruborizado, agachó la cabeza y murmuró unas palabras de disculpa, haciendo sonreír a la vampira. De reojo vio como Alba y Miriam se cruzaban, entre risitas, una mirada cómplice.

- ¿Cuantos años tienes?- Preguntó Lucas, la curiosidad empezaba a vencer el medio que sentía por la chica. No todos los días se descubre que los vampiros son algo más que seres de ficción.

- ¿Preguntas por la edad que tenía cuando mi corazón dejó de latir?- Respondió ella.- ¿O quieres saber cuántos años hace que soy lo que soy?

- Pues...- Murmuró el chico...- Por…

- Te estoy tomando el pelo.- Lo interrumpió con una sonrisa.- Viva o no-muerta, la edad es algo que nunca se pregunta a una chica.

Aquel comentario, de nuevo, causó una risita en las otras dos chicas. Valeria con una sonrisa se internó en la nieve. “Que sonrían ahora, que distraigan su mente de la tragedia que acaban de vivir” pensó.

- ¡Espera!- La detuvo Miriam.- Quédate con nosotros… No nos dejes.

Valeria se dio la vuelta, sorprendida por ese comentario. En ese instante, la chica salió corriendo y se abrazó a su cuerpo.

- Pero… ¿Qué?- Balbuceó sorprendida, aunque sin rechazar el abrazo. Con ternura, rodeó con sus fríos brazos el cálido cuerpo de Miriam, que había empezado a sollozar.


Minutos más tarde, Valeria estaba con los otros tres en el despacho, calentándose con la estufa, esperando a que amainara la tormenta. Lucas descansaba en un sillón, durmiendo plácidamente mientras que Valeria estaba sentada en el sofá, en medio de ambas chicas. Si se podía considerar como tal, una de las ventajas de su sed incontrolable, era que ingería más alimento del que precisaba su cuerpo. Pese a las heridas sufridas en la lucha, su cuerpo no le pedía más sangre.

Mientras observaba a las chicas, con sus cálidas cabezas apoyadas en sus hombros, Valeria se preguntó qué extraño sentimiento las había impulsado a buscar la protección de la vampira durante su sueño. A pesar de su insistencia de que era mejor que se separara de ellos, le habían rogado encarecidamente que no las dejara solas. Y allí estaba, agotada tras una intensa pelea, con dos palpitantes corazones a cada lado.

En su regazo, dentro de la gruesa funda de terciopelo, tenía la espada de plata. Valeria se contempló la mano izquierda durante unos instantes. Pese a utilizar el guante, el contacto con el arma bendecida le había dejado la mano totalmente enrojecida, similar a una irritación por lejía.

- ¿Te duele?- Le preguntó Alba medio somnolienta.

Valeria negó con la cabeza.

- No me refiero a la mano.- Aclaró ella.- Sino a cuando…. Gritaste mucho cuando esa cosa te…

- Que pueda regenerar casi cualquier herida, no significa que sea insensible al dolor.

- ¿Por qué lo hiciste? Podrías haber huido. ¿Por qué arriesgaste tu vida por nosotros?- Insistió Alba, señalando la funda de terciopelo.- ¿Eres una cazadora de monstruos?

Valeria negó con la cabeza mientras sonreía, aquella pregunta le había hecho gracia.

- Descansa...- Le dijo por toda respuesta mientras la miraba fijamente a los ojos.

Valeria había tenido que recurrir a sus poderes psíquicos para lograr que los tres jóvenes pudieran descansar y conciliar el sueño. Ni que fuera por unas pocas horas, se merecían ese descanso, sin que la muerte de sus dos amigos atormentara sus mentes. Cuando fuera de día, ya tendrían tiempo de afrontar la realidad. Eran buenos chicos, algo que no abundaba en ese mundo. No merecían lo sucedido, pensaba ella.


Horas después.


Era casi el alba cuando Valeria se levantó. Cogió la funda de terciopelo y cuando se disponía a abandonar el despacho, la voz de Lucas la sorprendió.

- ¿Te vas?- Dijo levantándose.

Valeria estuvo tentada de hacerlo dormir de nuevo, pero simplemente, de pie en la puerta, asintió.

- Pronto será de día, debo buscar un lugar dónde refugiarme.

- Ese edificio es enorme.- Dijo el chico.- Podrías…

- Esto se llenará de policías. La tormenta está a punto de amainar, en unas pocas horas volveréis a tener cobertura. Y yo necesito encontrar un sitio seguro.

El chico esta vez, en lugar de su cuerpo, mantenía la mirada en la funda de terciopelo. Valeria dudó unos instantes, sabía perfectamente el daño que esa arma podía hacerle, pero no notaba ninguna intención hostil en Lucas. Finalmente, le tendió la funda. Horas antes, el chico había pedido ver la espada y Valeria había sido algo borde con él. Ahora, en cierto modo lamentaba haber sido tan brusca ante su curiosidad. El chico era un fanático de las espadas e historias de fantasía, y a parte, a ella le caía francamente bien.

- ¿De verdad me dejas verla?- Preguntó asombrado.

- Sólo unos instantes.- Le respondió con una amable sonrisa.

Lucas sacó la fina espada de plata y la contempló detenidamente a la luz de la linterna.

- Parece antigua.

- Lo es.- Respondió ella mientras con un gesto le pedía que volviera a guardarla. Tener la hoja tan cerca de su rostro, empuñada por otra persona, la incomodaba.- Un arma forjada para matar vampiros.

- ¿Qué dice la inscripción de la hoja?- Le preguntó mientras la depositaba de nuevo en la funda.

- Es parte de un antiguo salmo de protección contra el mal.- Explicó Valeria.- Está en latín, reza ego sum lux in tenebris.

- Yo soy la luz en la tiniebla...- Repitió el chico mientras le tendía la funda con la espada.- Nunca había visto una espada así ¿Puedo preguntar de dónde procede?

- No, no puedes.- Replicó ella mientras le daba la espalda y se alejaba un par de pasos.

- ¿Y si viene otro… otra cosa de esas?

- La luz del sol será vuestra mayor defensa. Faltan pocos minutos para la aurora.

Justo cuando empezó a andar por el pasillo, Valeria se detuvo y se volvió hacia Lucas.


- Escucha atentamente. Cuando habléis con la policía.- Le dijo ella.- Seguramente les intrigará el pestilente resto de esa cosa, pero no digáis nada sobre vampiros o os tomarán por locos. Y aún creerán que vosotros matasteis a vuestros amigos. Decir que os atacó un extraño animal salvaje no dista mucho de la realidad. El coche delatará mi presencia, podéis decirles que huí como una cobarde a la primera señal de peligro.

Él fue a decir algo pero ella no le dejó hablar.

- Y sobre tu amigo… Se que esto no justifica nada… No puedo cambiar lo que soy… Pero no pude hacer nada para salvarlo… Su herida era mortal por necesidad… La verdad yo… Supongo que tenías toda la razón, en el fondo no dejo de ser un...

- Gracias.- Interrumpió él.- Gracias por haber arriesgado tu vida. Sin tu ayuda, habríamos muerto los cinco. Te debemos la vida, no te puedo reprochar nada.

Sin saber muy bien que responder, Valeria abandonó el edificio y se adentró en la nieve. Los copos de nieve que caían, borrarían sus huellas en pocos instantes.

“Como un esquimal” masculló mientras excavaba un hueco en la nieve, a varios kilómetros del edificio abandonado.


La noche siguiente, Valeria abandonó su iglú improvisado y como un zorro ártico se sacudió la nieve del cuerpo. El cielo estaba despejado y la luz de la luna brillaba sobre la nieve, dedicó unos instantes a admirar el hermoso paisaje nevado. Tal como había predicho, a medida que se acercaba al sanatorio abandonado, veía el destello de luces azules.

Varios policías custodiaban la escena del crimen. Una máquina quitanieves había despejado la carretera. La caravana no se veía por ningún sitio, pero afortunadamente, el Pegaso seguía en su lugar, a la espera de llevarlo al depósito judicial. Le habían quitado la nieve de encima y una cinta policial lo rodeaba.

Valeria rompió la cinta y entró en el coche. Esta noche estaba de suerte, la llave seguía en el contacto. Apartó el radiotransmisor, volvió a conectar la radio y arrancó. La música rock la envolvió mientras pisaba el acelerador. El sonido de potente motor alertó a un par de agentes, pero cuando llegaron a su coche patrulla, ella ya estaba lejos.


Epílogo. Algunas horas después.


Estaba bien abrigado, pero aún así, un escalofrío recorrió el cuerpo del joven Gendarme. Pese a estar en el interior del Sanatorio, una fuerte ventisca se había empezado a formar a su alrededor.

La transmutación en niebla tenía sus ventajas y sus inconvenientes, uno de ellos era que sólo podía transmutar su cuerpo, no su ropa ni ningún objeto. Así que ella apareció completamente desnuda ante el joven policía.

El agente la contempló con el rostro desencajado, convencido de que su mente por el frío y la falta de sueño, le estaba haciendo ver alucinaciones. Ante él tenía una chica pelirroja que mediría alrededor de metro sesenta. Era difícil precisar su edad, pero su cara redonda y cubierta de pecas le daban un aspecto joven e inocente. Cuando sus ojos se posaron en las bonitas formas femeninas, su vista se oscureció y su cuerpo cayó al suelo.

Erzebeth Bathory escuchaba el débil latido del hombre. Matar policías siempre era contraproducente, lo sabía por experiencia, y no deseaba llamar la atención. Había tenido sus siglos de gloria y ahora prefería gozar de una existencia discreta y tranquila. Avanzó un par de pasos y se detuvo en el amasijo de carne putrefacta que había sido el Strigoi.

- Sangre de mi sangre… ¿Quién te habrá hecho eso?- Murmuró con auténtica tristeza.- Pobrecito...

Le tenía aprecio a esa bestia, su “mascota” como lo llamaba. Fiel guardián que mantenía alejados a los curiosos de su guarida. “La tormenta debió desorientarte, vagaste sin rumbo hasta llegar aquí” pensaba la chica “pero… ¿quién… quién te ha hecho eso? Te juro que lamentará haber nacido”.

Dejando inconsciente a otro policía, se acercó a un coche patrulla. Se sentó en el asiento y ojeó el expediente policial, memorizando su contenido. Al cabo de unos minutos, volvía a desvanecerse entre la niebla.


Poco rato después, Ersebeth meditaba en el enorme salón de su solitaria mansión. Construida hacía poco más de tres siglos en la ladera de un monte escarpado, sobre una abandonada mina de carbón. Alejada de cualquier vía de comunicación o sendero alpinista, aislada del mundo. Su única vía de acceso era a través de un antiguo teleférico comunicaba la abandonada mina con la mansión. Un sendero adoquinado, ahora cubierto de hierba y liquen, conducía de la mina a una carretera actualmente clausurada.

Se acercó a la mesa y alzó la mirada. Colgando del techo, boca abajo, había un hombre de unos cuarenta años con el torso desnudo. Su corazón aún latía, pero no por muchos días más. En su cuello tenía una pequeña vía, similar a las que ponen a los pacientes en los hospitales para inyectarles suero.

La vampiresa, abrió la vía, acercó una copa de cristal y la llenó con la sangre que fluía. Cerró la vía y acercó sus labios a la copa. Le gustaba alimentarse de alpinistas, sus cuerpos eran sanos y atléticos; su sangre, sabrosa. Y una vez fallecían… era tan fácil simular un accidente en la montaña.

Mientras tomaba pequeños sorbos de la copa, se sentó en una enorme silla de ébano, tallada con tortuosas y grotescas formas que hacían que pareciera más un trono que un sillón, y encendió un ordenador portátil.

En el informe policial, se hablaba de un vehículo, un Pegaso Z-103 a nombre de una Sociedad Limitada española. Hizo una búsqueda rápida, la empresa se dedicaba a la gestión de patrimonio inmobiliario y activos financieros, sus participaciones sociales estaban en manos de un conglomerado de sociedades distintas, sus cargos directivos eran también personas jurídicas. No se habían encontrado huellas dactilares en el interior del vehículo, la única descripción de su ocupante era vaga, una “joven chica morena”. Frustrada, apartó el ordenador, aquello era una vía muerta.

Mientras apuraba la copa, pensó en el otro vehículo que aparecía en el informe, una auto-caravana alquilada por cinco jóvenes, dos de los cuales habían fallecido. Quedaban un chico y dos chicas. Sí, aquél era un buen hilo del que tirar.

FIN




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