El médico de Laia
Sinopsis: Una rutinaria visita al médico se complica cuando atiende a la protagonista un nuevo y atractivo doctor.
Por: Josep Nada
Aquel día Laia se levantó cansada y de mal humor, a primera hora tenía visita con su médico y esa era una de las cosas que más aborrecía. Su médico, el Doctor Salinas era un hombre de edad avanzada, un “vejestorio” como solía llamarlo, que siempre le preguntaba por su gato, pareciendo que se interesara más por su mascota que por la propia paciente.
- Un día que puedo faltar al trabajo y tengo que levantarme incluso antes.- Renegó, recién salida de la ducha mientras desplegaba diversos conjuntos de ropa interior sobre la cama.
La inmensa mayoría de la gente, para ser visitada por el médico, suele escoger el conjunto interior más soso y aburrido. Algo discreto y que no despierte miradas indeseadas. Laia incluso había escuchado hablar de gente que acude al médico, o al fisioterapeuta, con calcetines agujereados y ropa interior gastada, o a veces, mucho peor.
Al otro extremo, Laia era de las que optaban por ponerse siempre uno de sus mejores conjuntos de lencería. “Suficientemente humillante es que te vean con esas batas médicas como para encima llevar debajo tu peor lencería” pensaba ella mientras se ponía un bonito conjunto de encaje negro.
Entró en el hospital cinco minutos antes de la hora. “Total, para lo que sirve” pensó con un bufido mientras cruzaba la puerta automática. Pese a tener cita concertada, el Doctor Salinas siempre la hacía esperar entre tres cuartos y una hora.
- Como mínimo me pondré al día en las redes.- Murmuró mientras se sentaba en una silla de plástico de la sala de espera y sacaba su teléfono móvil.
Aún no llevaba cinco minutos sentada que una voz la sorprendió.
- ¿La señorita Laia?
Inmediatamente ella se levantó. En la sala de espera había un hombre de unos treinta años, alto, alrededor del metro noventa, con pelo oscuro y rizado, tez morena y una barba de dos días que le daban un aspecto interesante.
- ¡Yo!- Dijo acercándose al joven doctor.
- Acompáñeme por favor.- Dijo el hombre mientras le abría una puerta lateral.- Soy el Doctor Morán.
- Pero yo…
- Lo sé.- Interrumpió el joven doctor.- Tenía cita con el Doctor Salinas, pero nos ha llamado a primera hora de la mañana indicando que no se encontraba bien de salud, así que hoy atenderé yo sus visitas.
“Vaya, el día no será tan malo como parecía” pensó Laia para sus adentros mientra seguía al joven doctor por varios pasillos por los que nunca había transitado. El médico la hizo subir a un ascensor destartalado que parecía un milagro que funcionara, hasta una planta en obras.
- Perdona el desorden.- Dijo el joven con una sonrisa, al ver la extraña mirada de Laia.- Esa zona debería estar habilitada hace años, pero con los constantes recortes… Por aquí por favor.
El doctor condujo a Laia hacia una pequeña sala de visitas, provista de una camilla y un estante con varios productos sanitarios que ella no identificó.
El doctor sacó de un cajón una bolsa de plástico con una bata blanca.
- Ahora vuelvo, mientras tanto, puede ponerse eso.- Le dijo educadamente.
Cuando la puerta se cerró, Laia con un suspiro, empezó a desprenderse de sus tejanos y su jersey. Si había algo que aborrecía eran esas odiosas batas médicas que se cerraban por detrás y que nunca terminaban de ajustar bien.
Laia no perdió ocasión de sacarse una foto de sus calcetines, que tenían un bonito estampado de leopardo, que acto seguido compartió con sus seguidores de Twitter. “Joder el de hoy si está bueno” escribió en el texto que acompañaba a la foto.
Las reacciones no se hicieron esperar: “vaya vaya, que afortunada”, “a ver si lo conquistas”, “Oishhhh le has hecho foto al pimpollo???” le comentaron enseguida sus más fieles seguidores.
Con una sonrisa, y aún en ropa interior, Laia leía los comentarios. Por una vez, no le hubiera importado que el médico estuviera presente mientras se desvestía. Le hubiera gustado contemplar de reojo la mirada del joven y atractivo doctor mientras ella se desprendía de su ropa.
- ¡Cómo diantres se pone eso!- Masculló mientras intentaba acomodarse la bata.
Mientras lidiaba con la incómoda prenda, sin tan siquiera llamar previamente, el Doctor Morán entró en la salita, llevando un maletín oscuro.
Laia, avergonzada, se dio la vuelta.
- Si le sirve de consuelo.- Dijo el doctor desviando la mirada.- No es nada que no haya visto antes.
La chica notó como se le subían los colores a las mejillas. Nerviosa, intentó anudarse la bata sin resultado.
- Deje que la ayude.- Dijo el doctor situándose a su espalda y acto seguido empezó a atarle la bata.- Por cierto, bonito conjunto.
De nuevo, el rubor se apoderó de Laia, aunque esta vez no fue vergüenza. ¿Ese atractivo doctor se había fijado en su conjunto interior? Más relajada, se sentó en la camilla. “A lo mejor podría pedirle una foto” pensó por un instante "eso causaría furor en Twitter".
El doctor Morán acercó un estetoscopio a su corazón y examinó sus oídos y ojos. Laia no podía apartar la mirada de esos penetrantes ojos marrones que de vez en cuando parecían posarse en sus muslos.
- Está usted en plena forma, señorita Laia.- Le dijo sacando algo del maletín.- Ahora por favor, necesito que se tumbe de espaldas.
Ella sin dejar de observarlo se acomodó en la camilla tal como le había indicado. Consciente de lo que, en esa posición, la corta bata revelaba más que insinuaba, se puso las manos a la cintura y tiró de la prenda, intentando cubrir al menos los glúteos.
- Si supiera la de veces que hemos pedido al fabricante que añada un palmo más de tela a esas prendas...- Dijo el Doctor adivinando la incomodidad de Laia.
La chica se extrañó al ver que el médico llevaba un par de ventosas en la mano, de las que salía un cable que se conectaba al maletín.
- Es un tratamiento experimental.- La tranquilizó el doctor mientras pegaba las ventosas a sus sienes.
- Ahora voy a desabrocharle un poco la bata y a practicar varios puntos de presión sobre su espalda.- Añadió en tono tranquilizador, señalando su maletín.- De esa forma, los electrodos conectados a esa máquina, irán revelando sus puntos de dolor y así tendremos un diagnóstico completo sobre lo que la aflige.
Morán se acercó al maletín y desplegó una pantalla con varios indicadores. Una barra vertical de color rojo, una línea horizontal de color verde, y un pequeño rectángulo lleno de puntos de color lila.
El doctor se volvió a acercar a ella y desabrochó los dos primeros nudos de la bata. Se puso un guante de latex e introdujo su mano por el interior de la prenda, palpando su espalda, deteniéndose en el cierre de su sujetador.
- Lo siento pero debo desabrocharlo o interferirá en el resultado de la prueba.
Laia no pudo evitar un suspiro cuando notó la firme mano del médico recorrer su espalda, aquello empezaba a parecerse más a un spa que a una visita médica. Los hábiles dedos de hombre apretaban diversos puntos sobre su espalda, cerca de su columna, en los omóplatos. Lentamente, su mano descendió por la zona lumbar.
De reojo veía los distintos indicadores de la pantalla del maletín, pero fue incapaz de discernir lo que podían significar todas esas líneas y puntos en movimiento. Relajándose, entrecerró los ojos. Sí, definitivamente, ese día estaba yendo mucho mejor de lo esperado. Casi deseaba que esa visita no terminara nunca.
Tan absorta estaba que no se percató de que el Doctor se había apartado de ella durante un instante. De repente, un intenso y punzante dolor en la columna estremeció todo su cuerpo.
- Tranquila… Tranquila.- Le susurró el doctor mientras apoyaba su fuerte brazo contra su espalda, evitando que la chica se levantara.
El dolor era tan intenso que Laia no tenía fuerzas ni para gritar. La barra roja de la pantalla subía y bajaba a un ritmo frenético, la línea verde parecía un sismógrafo advirtiendo el fin del mundo y los puntos lilas aparecían y desaparecían constantemente.
Pasados unos instantes, que a ella le parecieron horas, el dolor empezó a remitir. El Doctor se apartó de la camilla y se acercó al maletín. Laia se fijó que en su mano derecha, sujetaba una jeringa.
- ¿Qué me has…?- Balbuceó, incapaz de pronunciar nada coherente.
- Es un nuevo fármaco.- Dijo Morán mientras guardaba la jeringa en un compartimiento de su maletín y sacaba otra junto a un vial.- En cuestión de semanas verá como su dolor de espalda va mitigando hasta desaparecer.
Laia empezaba a asustarse, intentó levantarse pero sus piernas no le respondían, tenía todo su cuerpo paralizado.
- Ahora debo tomar una pequeña muestra de sangre y ya habremos terminado.
A Laia le pareció que los labios del doctor, al pronunciar aquellas palabras, torcían una siniestra sonrisa. Morán sujetó su brazo izquierdo y lo golpeó suavemente a la altura del codo, buscando la vena. Haciendo caso omiso a las protestas de la chica, clavó la jeringa y la llenó de su líquido vital.
Retiró la jeringa y vertió su contenido en el vial. Acto seguido, sacó del maletín otra jeringa con otro vial.
- Es necesario tomar varias muestras.- Explicó.- Por si una da un resultado erróneo.
Hasta cuatro viales llenó con la sangre de Laia.
- Ya hemos terminado.- Dijo mientras le quitaba las ventosas de la cabeza.- ¿Ve como no era para tanto?
Laia, aturdida, se incorporó.
- Por favor, no se levante.- Dijo Morán.- Estará algo mareada, debe descansar unos minutos. Enseguida mandaré a una enfermera para que le traiga un zumo y algo de comer que la ayude a recuperar fuerzas.
El doctor metió los electrodos y las jeringuillas usadas dentro del maletín, lo cerró y abandonó la habitación.
- Pronto la llamaremos con los resultados.- Dijo antes de salir.- Espero volver a verla pronto.
Justo cuando el doctor abandonó la consulta, Laia se fijó por un breve instante en el maletín, era metálico, de color negro, pero lo que llamó su atención fue un logo grabado en una esquina. Un octágono dividido en cuatro triángulos de color rojo y cuatro de color blanco. A la mayoría de personas, ese logo les habría recordado una cruz templaria, roja bajo fondo blanco. En cambio a Laia, por alguna extraña razón, le pareció algo muy distinto: le recordó un paraguas.
La chica permaneció sentada en la camilla durante más de una hora y media, esperando una enfermera que no llegaba. Distraída, interactuando en Twitter, perdió la noción del tiempo. De repente, la puerta se abrió bruscamente.
- ¡¿Pero qué…?!- Preguntó un hombre vestido con un mono de trabajo y un casco de obrero.- ¿Se puede saber qué hace usted aquí? Esta zona está en obras.
Confundida, Laia, intentó explicarle que acababa de ser visitada por el médico, pero el operario no la escuchó. Tomándola del brazo, la sacó bruscamente de la salita y la condujo a través del pasillo.
- ¿Es que no lee los carteles?- Le reprochó señalando un cartel que indicaba “ZONA EN OBRAS. PROHIBIDO EL PASO A TODA PERSONA NO AUTORIZADA”.
- Oiga, ese cartel no...- Protestó la chica, aunque inmediatamente otra cosa ocupó su mente.- ¡Mi ropa! ¡Déjeme al menos coger mis cosas!
El operario, ignorando completamente sus protestas la empujó hasta el ascensor y apretó el botón de la planta baja. Laia, apresuradamente apretó el botón para abrir las puertas, pero la máquina hizo caso omiso del comando.
“Madre mía que vergüenza” pensó la chica cuando el timbre del ascensor indicó que había llegado a la planta baja. “Por favor no me miréis, qué ridícula” murmuró mientras salía, con la mirada fija en el suelo y cubriéndose el rostro con las manos.
- ¿Laia?- Escuchó que le decía una voz cercana.- ¿Señorita Laia?
Alzó la cabeza y ante ella tenía a una enfermera de unos cincuenta años, con cara de no haber tomado nunca “All Bran”·
- ¡¿Se puede saber dónde se había metido?!- Le reprochó.- El Doctor Salinas lleva más de una hora esperándola.
- ¿Cómo?- Preguntó ella intrigada.- ¿El doctor Salinas? Pero si el Doctor Morán me dijo que…
- ¿Doctor Morán?- Preguntó la enfermera extrañada.- Llevo veinte años en este hospital y le aseguro que no hay ningún doctor con ese apellido.
- Pe… pero.
La enfermera no la dejó explicarse. Bruscamente la tomó del brazo y la arrastró de nuevo hasta la sala de espera. De nuevo los colores subieron al rostro de Laia al pasar, vestida tan sólo con la bata médica, frente a una decena de pacientes esperando. Por las miradas que le dirigían, la chica dedujo que su atuendo revelaba mucho más de lo que ella desearía.
- ¡Déjeme al menos volver a coger mi ropa!- Protestó mientras la enfermera la arrastraba hacia un consultorio cercano.
FIN

Qué ágil esta historia. Aunque me he quedado un poco huérfano y confuso al leerla.
ResponderEliminar¿Cuál es el interés del siniestro Dr. Morán en extraer los preciados fluidos corporales de la incauta y casquivana Laia? ¿A dónde nos llevará ese logotipo cruce de paraguas y cruz templaria? ¿Qué hubiera ocurrido si Laia no hubiera decidido hacer ensayos con su lencería? ¿Habrá una continuación que desvele los misterios?
Me quedo con demasiadas inquietudes.
Aparte de eso, felicidades por la iniciativa de recuperar y dar luz a tus viejos escritos. De hecho me has animado a hacer lo mismo con cosas que tenía en un blog antidiluviano y al que quiero añadir algunas cosas nuevas.
Saludos
Buenas tardes, gracias por el comentario, me alegro que te gustara la historia. Esa historia fue una petición expresa (la única que he hecho por encargo) tenía que ser un relato sobre una chica que acude al médico. En su momento iba a terminar aquí pero tal vez me anime a continuarla, de momento tengo un par de ideas anotadas pendientes de desarrollar.
EliminarSobre el logo híbrido paraguas-cruz templaria, es un guiño a la saga Resident Evil, aunque tampoco quería que se viera algo demasiado obvio.
saludos